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Preparación de los dones

Con la preparación de los dones, comienza la liturgia propiamente eucarística. Dentro de los ritos de presentación y ofrenda de los dones, encontramos los siguientes elementos: la procesión de las ofrendas, la presentación del pan, la mezcla del vino con el agua y su posterior ofrenda, la oración privada del ministro, la incensación, el lavabo y la oración sobre las ofrendas.

ofrenda2Originariamente, este rito fue algo tan simple como colocar en silencio sobre el altar el pan y el vino que se convertirían en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Más tarde se añadió una procesión de ofrendas, que al principio fue silenciosa y después acompañada de un canto.

El rito no es una mera presentación de dones, sino que incluye también cierto sentido ofertorial. En el pan y el vino ofrecemos simbólicamente algo de nosotros mismos, y por el gesto de incensar las ofrendas y las personas, reconocemos el sentido de ofrenda de unas y otras. Es decir, el pan y el vino van a transformarse en Cristo, y los ministros y los fieles, deben también transformarse en “ofrenda permanente”.

La liturgia romana actual, a diferencia de otras, hace la presentación separada del pan y el vino, rito de gran riqueza y expresividad. “La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. Él es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios” (CEC, 1350).

Este es el momento privilegiado donde hacer la colecta, para que los fieles ofrezcan su ayuda material a los hermanos necesitados. “Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9)” (CEC, 1351)

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su última Exhortación Apostólica Postsinodal “Sacramentum caritatis”, habla sobre la presentación y ofrenda de los dones en el número 47: “ Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «intervalo» entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar, toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo”.

En este denso párrafo se mencionan ideas muy importantes que deseo comentar. En primer lugar se menciona cómo la creación entera es asumida por Cristo para ser presentada al Padre en el sacrificio de la Misa. En este momento, cada hombre presenta, junto con Cristo, sus sufrimientos y alegrías, su trabajo, también considerado como colaboración a la obra creadora de Dios, según el mandamiento del Génesis: “henchid la tierra y sometedla” (Gen. 1, 28).

Señala el Santo Padre que este gesto “no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas”. No es necesario ofrecer junto con las ofrendas otras cosas (un balón, un libro, una paleta de albañil, etc) como símbolo del ocio o del estudio o del trabajo. El pan y el vino llevan incluidos, en su sencillez, todas las realidades humanas y toda la creación.

En el rito, el sacerdote toma primero la patena con el pan, y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, mientras dice la fórmula correspondiente; y lo mismo hace con el vino. Las dos oraciones que el sacerdote pronuncia, en alta voz o en secreto, casi idénticas, son muy semejantes a las que empleaba Jesús en sus plegarias de bendición, siguiendo la tradición judía (berekáh; Lc 10,21; Jn 11,41). Primero sobre el pan, y después sobre el vino, como lo hizo Cristo, el sacerdote dice:
-«Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan [vino], fruto de la tierra [vid] y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida [bebida de salvación]». Y el pueblo responde:
-«Bendito seas por siempre, Señor» (Rm 9,5; 2Cor 11,31).
Después de presentar el pan y el vino, el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto:
-«Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro». De esta manera, se dispone a celebrar el culto “en espíritu y verdad”, sabiendo que “un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecias, Señor” (Sal. 50).
Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo. En seguida, el sacerdote lava sus manos, procurando así su «purificación interior», y vuelto al centro del altar solicita la súplica de todos: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”.
-“El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.
Las oraciones de los fieles, uniéndose a la de Cristo, se elevan aquí a Dios como el incienso (Sal 140,2; Ap 5,8; 8,3-4). Y el pueblo asistente, uniéndose a Cristo víctima, se dispone a ofrecerse a Dios «en oblación y sacrificio de suave perfume» (Ef 5,2).

“En el pan y el vino que llevamos al altar, toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre”.
(Sacramentum Caritatis, 47)

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