Oración final y los ritos de conclusión

Después de la comunión, es conveniente dejar un tiempo de silencio para que, tanto el sacerdote como los fieles puedan aprovechar esos momentos de intimidad con el Señor. El Santo Padre, en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis afirma a este respecto: “Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio” (SC, 50).

Para completar la plegaria del pueblo de Dios y concluir todo el rito de la Comunión, el sacerdote pronuncia la oración postcomunión, en la que se ruega para  que el Misterio celebrado produzca frutos abundantes en los fieles y en la Iglesia (cfr. OGMR, 72).

Después de la oración postcomunión, el sacerdote saluda al pueblo y lo bendice trazando la señal de la cruz e invocando la Trinidad: “la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros”. Es necesario señalar que el sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la Eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).

Finalmente, el sacerdote despide al pueblo. La palabra Misa deriva del verbo latino mitere que significa “enviar”. La celebración de la Eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.

Dice el Papa Benedicto XVI que en las palabras Ite, Missa est pronunciadas al final de la celebración eucarística, se puede apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. La expresión missa se transforma en misión. Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la Iglesia (cfr. SC, 51).
A través de estas palabras se manifiesta el vínculo que debe existir entre la liturgia y la vida cristiana. Cada hombre que recibe verdaderamente el Cuerpo del Señor, debe ser necesariamente testigo de su amor en el mundo, debe ser una lámpara colocada en lo alto del candelero para que alumbre a todos los de la casa. La participación en la Eucaristía no puede reducirse a una vivencia intimista de la unión con Dios, sino que debe impulsar a todos los fieles a ser testigos de Cristo en el mundo. La vivencia auténtica de la Eucaristía produce apóstoles.

Que la Virgen María, Madre de la Eucaristía y Reina de los Apóstoles, nos enseñe a conjugar estas dos realidades que están íntimamente unidas: la Iglesia vive de la Eucaristía, acrecienta su unión con Cristo en el Sacramento del Amor, y al mismo tiempo, la Iglesia debe encontrar en Cristo Eucaristía la fortaleza del testimonio, del anuncio, para que todos los hombres puedan llegar a conocer a Jesucristo y a vivir de Él, participando de esa abundante vida divina que ha venido a traer sobre la tierra.

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