La fidelidad al Papa es uno de los rasgos de nuestro naciente
Instituto. Fidelidad al Papa y al Magisterio de la
Iglesia en las cuestiones dogmáticas o morales,
a las normas litúrgicas. En una Iglesia donde por desgracia
se oyen tantas críticas injustas al Vicario de Cristo
en la tierra, se hace más necesario manifestar abiertamente
nuestra total adhesión a su persona y a todo
su Magisterio. Nacimos en la tumba de S. Pedro y
queremos seguir fieles a Pedro. Sólo en él tenemos
la garantía de verdad. Su Magisterio no es para nosotros
algo que nos coarta nuestra libertad, sino faro luminoso que
brilla en medio de la confusión que nos envuelve, camino
seguro que nos conduce a la Verdad.


Si
el H.M.J. en su rama masculina nacía con
S. Juan al pie de la cruz, los Siervos quieren desarrollar
en su vida ese hecho. Algo que pertenece a la esencia de nuestro carisma
es manifestar la maternidad de María. Ella es
nuestra Madre.
El Señor nos la entregó desde la Cruz como
testamento precioso de su amor. Pero no está de más pensar
que S. Juan, que tuvo la suerte de recibirla en representación
de todos los hombres, era sacerdote. Los Siervos queremos vivir en nuestra
vida sacerdotal y religiosa esa relación tierna con
nuestra Madre.
Nuestra seguridad está en pertenecer a María,
en dejarse modelar por Ella. Ella está cerca de nosotros, nos
cuida, nos protege, nos guía. Ella, Madre del Único Sacerdote,
nos enseña a ser sacerdotes, a ofrecer a su Hijo al Padre con el mismo
amor con que Ella lo ofrecía en su corazón cuando
estuvo al pie de la cruz.
Ella está también siempre presente junto a
la cruz de cada hijo suyo sacerdote.
Queremos que su Corazón materno sea el fuego
que da calor a nuestra Comunidad. Queremos que Ella viva en nosotros
y entre nosotros.
 Los Siervos del Hogar de la Madre queremos vivir de la Eucaristía.
Para ello celebramos la Santa Misa cada día, intentando vivirla en unión
vital con Jesucristo, compartiendo su misterio de donación y obediencia al Padre.
Cada día tenemos una hora de adoración a la Eucaristía, y media hora de oración mental por la tarde.
Las noches de los jueves, tenemos turnos
de adoración a Cristo Eucaristía,
contemplando el misterio de la institución de la Eucaristía y el sacerdocio, uniéndonos a su amor y su dolor en Getsemaní.
Rezamos diariamente el Rosario como signo de nuestra pertenencia y unión filial con María, Nuestra Madre. Intentamos imitar sus disposiciones ante Dios y su colaboración
a la obra de salvación de los hombres.
 Recitamos la Liturgia de las Horas, para alabar a Dios en nombre de la Iglesia.
Recibimos con frecuencia el sacramento de la penitencia, para vivir en un esfuerzo constante de conversión y de búsqueda sincera de la santidad.
El silencio es de gran importancia para el cultivo de la unión con Dios. Cada día tenemos silencio desde el rezo de vísperas hasta después de la adoración la mañana siguiente. El silencio permite al Señor hablar a nuestros corazones y nos protege de la dispersión.
 Durante las comidas tenemos lectura espiritual.
Las vidas de los santos o los autores espirituales son alimento para nuestro espíritu y
nos estimulan constantemente con sus ejemplos de fidelidad a Cristo.
Cada año tenemos una semana de Ejercicios
Espirituales en silencio y tenemos un día de retiro al mes.
 Los Siervos aparecen unidos por
una común llamada de Dios en la línea
del carisma fundacional, por una típica y común
consagración eclesial y por una común respuesta
que nace de la participación en la experiencia del
Espíritu vivida y transmitida por el Fundador
y en su misión dentro de la Iglesia.
Nuestra comunidad, Cenáculo de caridad, se ha de
construir bajo el soplo del Espíritu Santo
y la protección materna de la Virgen María.
Ella, quiere vivir en nosotros y entre nosotros. Su presencia
materna crea nuestra fraternidad.
 La vida comunitaria ofrece la ventaja de una gran estabilidad,
una fraternidad al servicio de Cristo,
una libertad de espíritu robustecida por la obediencia
y una doctrina experimentada para conseguir la perfección.
Esencial en la vida comunitaria es tener unidad de corazón
y de alma, de ideas y de sentimientos. Esta unidad es un
símbolo de la venida de Cristo y es una fuente de poderosa energía
apostólica.
La vida comunitaria, que prefigura la ciudad del cielo y
la gloria de la resurrección, es esencial
en los Siervos, y no debe tener como fin a nosotros
mismos, sino a la Iglesia y a todos los hombres. La oración salva la comunión y la
comunidad.
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