Eminencia, Excelentísimo y Reverendísimo Señor Secretario, Joseph Clemens, y todos los que hemos participado en esta aventura sobrenatural o, mejor dicho, este camino -porque no es una aventura, sino un camino-.
Hasta ahora no me había emocionado, pero cuando Don Miguel ha empezado a rememorar un poco nuestra historia, me he sentido profundamente tocado porque he reconocido la mano misteriosa de Dios que nos ha ido conduciendo y que ahora nos ha llevado a este buen puerto del reconocimiento con la erección canónica.
Nosotros siempre hemos tenido en nuestro corazón el amor a la Iglesia, siempre. El acto de nacimiento del Hogar de la Madre de la Juventud en aquellas seis primeras niñas, porque eran verdaderamente unas niñas, se hizo en la tumba de San Pedro para manifestar nuestra intención de fundar nuestro movimiento sólo en Pedro, porque él es quien recibió el encargo del Señor: “Confirma a tus hermanos”. Por lo tanto, este acto tiene un valor inigualable para nosotros. Es el final de un camino de padecimientos también. Pero yo quiero decir a mis hermanos, y a mis hijos e hijas, que esto es un compromiso de fidelidad. Dentro del Hogar de la Madre no debería haber nunca voces discordantes con el Magisterio de la Iglesia, ni con el modo en que la Iglesia interpreta la moral, la liturgia o cualquier otro ámbito de referencia, porque es la luz que nos llega del Señor a través de los que Él mismo ha elegido.
Yo recibí, anteriormente a la fundación, una gracia inmensa en el Vaticano. Vine con Mamie en peregrinación a Roma y, bajando hacia la tumba de San Pedro, había cuatro chicos austríacos cantando el credo en latín, “Credo in unum Deum...” Y al bajar, yo sentía cómo estaban cantando la fe de la Iglesia y recibí una gracia —de índole pasiva, se puede decir, pero muy activa porque las gracias de Dios es de lo más activo que hay— en la que el Señor me movía a hacer actos de entrega a esa fe. “Esta fe que están cantando estos chicos es mi fe, es la fe de la Iglesia, es la fe de tantos siglos, y yo estoy dispuesto a dar mi vida por la confesión de esta fe y a dar hasta la última gota de mi sangre por esta fe”. Esa gracia inmensa la he llevado en el corazón y querría que también todos los que forman parte del Hogar pudieran disfrutar un día de esa gracia inmensa que me dio el Señor y que nos lleva a la fidelidad completa.
Ayer estábamos con el Eminentísimo Señor Cardenal Julián Herranz celebrando Misa en San Girolamo y, nada más llegar a la sacristía, me dijo: “Piensa que un movimiento, una asociación, que es reconocida antes de treinta años es una caricia de Dios, pero también es una inmensa responsabilidad” . Yo querría que todos nosotros nos diéramos cuenta de esta responsabilidad que nos viene de Dios y que en el futuro vivamos con docilidad, con entrega total, las misiones que el Señor nos ha confiado: La defensa de la Eucaristía, la defensa del honor de Nuestra Madre, especialmente en el privilegio de su virginidad, y la conquista de los jóvenes para el Señor.
Nosotros no somos los mejores, ni somos los exclusivos. Somos una pequeña y humilde planta, una humildísima planta de la Iglesia que el Señor ha plantado en su maravilloso jardín, que es la Iglesia. Ojalá que entendamos siempre que tenemos que mantenernos humildes, porque el día en que nosotros estemos infectados de orgullo institucional, ese día sería nuestro comienzo del fin.
Que Dios Nuestro Señor sea alabado, que el Señor sea glorificado a través del Hogar de la Madre, y que se cumpla nuestra tercera misión de conquistar a los jóvenes para Jesucristo. Ésta es nuestra tarea y ésta es nuestra misión en la Iglesia, que ahora nos ha reconocido con este documento.
Intervención del Eminentísimo Señor Cardenal Stanislaw Rilko
21 de Junio de 2010
Consejo Pontifico para los Laicos
Queridos amigos del Hogar de la Madre:
Mis primeras palabras quieren ser de bienvenida para todos y cada uno de vosotros, que habéis venido hoy en gran número al Consejo Potificio para los Laicos, procedentes de los diversos lugares del mundo donde está presente vuestra Asociación.
Un saludo muy cordial va dirigido a vuestro fundador y presidente, el Reverendo Padre Rafael Alonso Reymundo. Agradezco las palabras que ha pronunciado.
El acto de entrega del Decreto de reconocimiento de una Asociación Internacional de Fieles es siempre un momento que reviste una gran importancia, tanto para la propia asociación, como para el Consejo Potificio para los Laicos. Por un lado, un grupo de fieles encuentra confirmado por la Sede Apostólica su derecho a asociarse para fomentar una vida cristiana más perfecta y desarrollar actividades de evangelización. Por otro, es un modo a través del cual este Dicasterio cumple con su tarea de promover en la Iglesia la participación activa y responsable de los fieles en asociaciones, misión que le ha sido confiada por el Romano Pontífice.
En el pasaje del Evangelio de San Lucas, hemos escuchado de nuevo el misterio de la Encarnación de Cristo. Se trata de una narración con una formidable densidad de contenido. Cada expresión lleva consigo una sorprendente profundidad de significado.
La encarnación del Hijo de Dios comporta diversas realidades: la virginidad de María que concibe a Jesús en sus entrañas purísimas y que el Niño es verdadero hombre por ser Hijo de María y, al mismo tiempo, Hijo de Dios. Todos los días, a la hora del Ángelus, los cristianos tenemos ocasión de revivir estas verdades comprendidas en este gran misterio de la fe.
La repercusión del “sí” de María ha de verse en el conjunto de la historia de la humanidad. Los padres y la Tradición de la Iglesia lo han puesto de manifiesto continuamente. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia "Lumen Gentium" del Concilio Vaticano II encontramos esta cita de San Ireneo de Lyon, quien afirma: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe. María, en efecto, reparó con su respuesta la desobediencia de Eva, convirtiéndose en causa de la salvación de todo el linaje humano”.
Queridos amigos, sabéis bien que el Hogar de la Madre favorece vuestra santificación personal en el seguimiento de Cristo. Como todas las realidades eclesiales, habéis nacido en el seno de la Iglesia con el fin de servirla fielmente; en vuestro caso por medio de la triple misión que caracteriza vuestro carisma, es decir, la defensa del sacramento de la Eucaristía; del honor de Nuestra Madre, la Santísima Virgen María, especialmente en el privilegio de su virginidad; y la conquista de la juventud para Jesucristo. Hoy os aliento a vivir intensamente esta misión a la que os comprometéis como miembros del Hogar de la Madre.
Conozco bien el interés que mostráis hacia la formación cristiana de la juventud. Se trata de un apostolado que el P. Rafael, vuestro fundador, cultivó desde el día de su ordenación sacerdotal. Como sabéis, el Consejo Potificio para los Laicos sigue de modo particular todo lo que se refiere a la pastoral juvenil y organiza en colaboración con las iglesias particulares la Jornada Mundial de la Juventud, que tantos frutos de santidad y entrega a Dios entre los jóvenes ha propiciado desde que el Venerable Siervo de Dios, Juan Pablo II, la instituyó en 1985. Confío en veros de nuevo junto con muchos amigos vuestros en la próxima jornada que tendrá lugar en Madrid en agosto del próximo año, participando en este evento de gracia junto al Papa, Benedicto XVI. En el respeto de vuestra identidad eclesial y a vuestros modos apostólicos propios, es necesario que trabajéis siempre en perfecta sintonía con el Romano Pontífice y los pastores de las iglesias particulares. De este modo, seréis siempre fieles y eficaces anunciadores de la Buena Nueva.
Hoy comienza una nueva etapa en la historia de vuestra asociación en la que se estrechan íntimamente sus vínculos con la Santa Sede. Los estatutos por los que se regirá el Hogar de la Madre son aprobados por un período inicial "ad esperimentum" de 5 años. Una vez transcurrido este período y contando con la experiencia adquirida durante este tiempo, solicitaréis al Dicasterio la aprobación definitiva.
Al felicitaros de todo corazón, acudo a Nuestra Madre María para pedirle que os guíe constantemente en vuestros pasos e interceda siempre por el servicio que prestáis a la Iglesia. Gracias a todos.
Palabras espontáneas de Su Eminencia al final de la ceremonia
Es un día especial, de manera particular para vosotros. Es una piedra miliar en el camino de vuestra historia este sello importante que la Iglesia ha dado a vuestro camino, a vuestro carisma, a vuestro itinerario de apostolado y de formación. Podéis continuar vuestro camino desde hoy en adelante con más certeza de que la Iglesia está con vosotros; de que lo que hacéis, lo hacéis en la Iglesia. No es una cuestión privada, es cumplir la misión que la Iglesia os ha confiado.
De manera particular, me gustaría agradecer a vuestro fundador por las palabras que ha pronunciado. La primera palabra que me ha llamado la atención es la alegría. Alegría por el don recibido, porque el reconocimiento es un don, es un signo de confianza de parte de la Iglesia. La Iglesia se fía de vosotros, se fía del camino que estáis haciendo. Al mismo tiempo, en el discurso de sus palabras han sido pronunciadas otras dos palabras extremamente importantes: la palabra responsabilidad y la palabra fidelidad.
El don de nuestra vida, el don que procede de Dios, tendría que llegar a ser por nuestra parte un compromiso más grande, un compromiso más generoso al servicio que la Iglesia nos confía. Entonces la alegría sí, pero la alegría que se transforma en un compromiso mayor. En una responsabilidad más grande para no desperdiciar este don.
Y después la palabra fidelidad. Esta palabra es particularmente válida hoy, en un mundo confundido en el que reina el relativismo, en el que una vez se dice que sí y en otra ocasión, se dice no. ¡Qué necesidad hay entre los discípulos de Cristo de la fidelidad! Fidelidad a Cristo, a su Palabra, fidelidad en consecuencia a la Iglesia y a su Magisterio, a todo lo que la Iglesia nos pide a nosotros, lo que la Iglesia espera de nosotros.
Entonces conservad estas tres palabras importantes en vuestro corazón de la misma manera como el Evangelio dice que la Virgen conservaba las cosas y los eventos en los que participaba y los meditaba en su corazón. Conservad estas palabras: la alegría de vuestro servicio a la Iglesia, a Cristo, a la Virgen. Que vuestro servicio, sea siempre un servicio lleno de alegría, sea siempre un servicio responsable y que vuestro servicio, así como lo ha sido el de María, sea siempre un servicio fiel.
Muchas felicidades. Que vuestro movimiento crezca, se desarrolle y lleve muchos frutos, especialmente y de manera particular, por lo que concierne a la formación de las jóvenes generaciones. Ya tenéis una tarea muy importante con la que enfrentaros en la próxima Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid en 2011. Cuando vayamos a Madrid veremos y buscaremos entre los jóvenes las letras con el nombre de vuestro movimiento. ¿Estaréis o no?
Muchas felicidades y nos veremos en Madrid el año que viene.
Homilía del Eminentísimo Señor Cardenal Antonio Cañizares Llovera
23 de Junio de 2010
Iglesia de Santa Maria della Scala (Roma)
Muy queridos hermanos y hermanas:
Hoy, a esta celebración Eucarística, unimos la acción de gracias por la Aprobación Pontificia como un don para toda la Iglesia de la nueva Asociación Internacional de Fieles del Hogar de la Madre. Hacemos nuestro el canto de la Santísima Virgen María, el canto del Magnificat, y con Santa María, siempre Virgen, proclamamos la grandeza del Señor porque hace obras grandes en favor de su Iglesia, en favor de los hombres, también a través del Hogar de la Madre. Cantamos y proclamamos la gloria del Señor que siempre se manifiesta a favor de los humildes y sencillos de corazón.
Esta aprobación es una nueva manifestación del amor y de la misericordia de Dios por nosotros, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Redentor, en el cual hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales. También en este hecho de la aprobación podemos ver la protección de Nuestra Señora, siempre Virgen María, la Madre del verdadero y único Dios por quien se vive, del Creador, Señor del cielo y de la tierra. Madre también nuestra, de nosotros que la hemos recibido en nuestra casa, en nuestro hogar. Ella es, para todos, signo y mensaje de confianza plena. Es la manifestación de la ternura eterna de Dios en medio de tantos dolores, sufrimientos y contradicciones de los hombres. Ella, siempre y en todo momento, nos es dada como Madre nuestra junto a la Cruz de Jesús, y nos invita a la confianza, al abandono en sus manos y en su corazón de Madre. Del mismo modo que el Salmo 90 nos invita a confiar en el Omnipotente que nos cubre con sus plumas, con sus alas, y bajo su sombra vivimos; ahora también la Virgen María se muestra como potente intercesora, se ofrece Ella misma a refugiarnos en su seno, nos invita a dejarnos y abandonar en Ella todos nuestros problemas, nuestras inquietudes, para que no nos inquiete ni nos preocupe ninguna otra cosa, porque en Ella tenemos al Redentor que se nos da a los hombres como salvación y esperanza certísima.
El gozo, el consuelo y la confianza en esta solicitud maternal de María se refleja en la escena evangélica de la Visitación, como también se refleja en las Bodas de Caná o cuando está junto a la Cruz del Señor, donde nos es dada por Madre. Antes de esta escena evangélica de la Visitación, María había recibido el anuncio del Ángel Gabriel, que la saluda: “llena de gracia”, y le comunica que sería Madre de Jesús, el Salvador único de todos los hombres. Cuando María llega a casa de Isabel en Ain Karen, acababa de acontecer el hecho más estelar y central de toda la historia humana: la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María. Había comenzado entonces la plenitud de los tiempos, la presencia verdadera de Dios entre nosotros, con nosotros y por nosotros, “Dios con nosotros, Emmanuel”. Aquella hora había sucedido en un momento silencioso, una hora olvidada. María había recibido todo de Dios en aquel silencio, en aquella paz de Nazaret. Ella, siempre virgen, será Madre por obra y gracia del Espíritu Santo. Todo en ella es gracia, obra de la gracia de Dios. Como todo en nosotros es obra de la gracia y de la misericordia de Dios. Como en esta Asociación del Hogar de la Madre todo es gracia, misericordia, entrega de Dios en favor de nosotros, a quienes ama.
El misterio de María, la Virgen Madre, ha estado preparado también en otros momentos de la historia de la salvación. Recordad aquellos otros pasajes de la madre de Isaac, Sara, que era estéril y que por el poder de Dios concibió a Isaac, convirtiéndose así en Madre del pueblo elegido cuando era ya anciana y habían desaparecido sus fuerzas para ser madre. La historia de la salvación continúa también con Ana, la madre de Samuel, que da a luz siendo estéril. E igualmente le sucede a la madre de Sansón, y a Isabel, madre de Juan Bautista, cuya fiesta celebramos mañana. En todos estos casos, el significado de aquello que sucede es el mismo. La salvación no viene en modo absoluto del hombre y de su poder, sino de Dios, del actuar suyo enteramente por gracia. Por esto, el actuar de Dios sucede y se da donde humanamente no sería posible esperar ninguna otra cosa. Hace nacer del seno materno de Sara el destinatario de la promesa y sigue esta ley en el nacimiento del Señor del seno de la Virgen Madre. Esto significa, queridos hermanos, y esto significa también para el Hogar de la Madre, que la salvación del mundo, que el futuro del mundo, el futuro también del Hogar de la Madre, es obra exclusiva de Dios y por esto surge en medio de la debilidad e incluso a veces de la fragilidad humana. El nacimiento del seno de la Virgen significa el carácter gratuito de este hecho, es símbolo de la gracia, la más genuina realización de las palabras que la Virgen María dirá después en el Magnificat: “Ha dispersado a los soberbios, ha ensalzado y levantado a los humildes”.
Pero este misterio de la gracia que se ha producido en María no la aleja de nosotros, no la hace inaccesible, sino que la convierte en un signo reconfortante de gracia. Ella anuncia a Dios que es más grande que nuestro corazón. Es más fuerte su gracia que nuestra debilidad. Ella, Virgen y Madre, es signo de la gloria escondida, oculta pero profunda. Por esto, es saludada: “llena de gracia, llena de gozo”. Ella lleva el gozo y la alegría por donde va, porque lleva al Hijo de Dios y lo hace presente y está con Él. En Él está toda gracia, todas las bendiciones de Dios, toda la misericordia, todo el amor. Donde está Dios está Cristo, está la alegría, la gracia, el amor y, por esto, la esperanza.
La Virgen María, llevando en su seno a Jesús apenas concebido, visita la casa de su prima anciana Isabel, estimada estéril por todos. Pero estaba ya en el sexto mes de la gestación donada por Dios, para quien nada hay imposible, como dice el ángel en la Anunciación. María es una muchacha joven pero no tiene ningún miedo, porque Dios está con Ella, dentro de Ella. María, tabernáculo vivo del Dios encarnado, es el arca de la alianza en quien el Señor ha visitado y redimido a su pueblo. La presencia de Jesús la llena del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo expresa que está llena de gracia, de gozo, y Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de aquel que un día deberá anunciar a Israel. Exultan los hijos, llenas de alegría exultan también las madres. Este encuentro tiene su expresión en el canto del Magnificat, que es canto de gozo, de alabanza y de reconocimiento a Dios que es quien todo lo hace, que tiene compasión y misericordia, que está con nosotros y a favor nuestro. La presencia de Jesús llena de alegría, es la gran alegría que llena todo el mundo. Es la alegría que nosotros sentimos también porque su presencia se manifiesta en la aprobación del gozo de la madre. Esta alegría profunda es la que lleva María, como en esta escena de Ain Karen junto a Isabel, porque lleva a Jesús, lleva el consuelo, la alegría para el mundo, el resplandor de la gloria del Padre. La Virgen María continúa siendo hoy también el gran signo de la proximidad de Jesucristo, de la cercanía de Cristo, que invita a todos los hombres a entrar en comunión con Él para tener acceso a Dios que es amor, rico en misericordia y piedad, atento a todos aquellos que invocan su nombre y confían en Él.
Que la Virgen María señale los caminos que debemos recorrer, que señale al Hogar de la Madre los caminos que también debe recorrer para anunciar y llevar de nuevo el Evangelio que trae la paz, el consuelo y la alegría para todos. Como sucede en esta escena evangélica de la Visitación y como nos muestra su ternura de Madre de Dios y Madre nuestra. Que nos ayude a llevar el gozo y la alegría profunda que Ella misma lleva en su seno, el fruto bendito de su bendito vientre, Jesús. Que nos dé fuerzas para tratar de llevar la profunda alegría de haber conocido a Dios, el amor y la misericordia en su Hijo Jesucristo, rostro humano suyo. Que nos ayude a trasparentar en todo esta presencia de la gloria liberadora y del consuelo de Dios con nosotros, del Emmanuel. Esto es posible si, como se ve en el Evangelio de la Visitación, como María, creemos y confiamos plenamente en Dios. “Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, dice Isabel a María. Gozosos nosotros si nos fiamos enteramente de Dios, si creemos por completo en Él, porque entonces se manifestará la alegría y el consuelo en la tribulación, que es saber y comprender que nos ama sin límite alguno, infinitamente, en un verdadero derroche de gracia y de generosidad en su Hijo Jesucristo.
Sed testigos de esto queridos hermanos y hermanas del Hogar de la Madre, no sabemos lo que tenemos con la fe. La fe es lo más grande, los más importante para cada uno de los hombres, la mayor de las riquezas que hemos recibido. El camino del futuro es el camino de la fe, es el camino de la confianza en Dios y en su ternura misericordiosa, esta que vemos y palpamos en la Virgen María. La esperanza de un futuro nuevo está en seguir el camino de la fe que nos enseña y reaviva incesantemente la Santísima Virgen María. Caminando este camino somos capaces de ver las maravillas de la gracia de Dios y aprendemos que no hay gloria ni alegría ni gozo más luminoso para el hombre y para el mundo, que la alegría y el gozo, la luz de la gracia y del amor de Dios, su bondad y su ternura, que ha aparecido en Jesucristo por ese “sí” de la Virgen María a la llamada del Señor.
Que vuestra Asociación Internacional del Hogar de la Madre con la Aprobación Pontificia sea en todo el mundo un verdadero “Hogar de la Madre” y una manifestación de María, una acogida en todo de María y un testimonio de aquello que vemos en María. Por eso en esta celebración pedimos: Santa María siempre Virgen, ruega por esta asociación, tu Hogar; ruega por nosotros y por toda la Iglesia para que sintamos la alegría y la esperanza de la visitación de la Madre de Nuestro Señor en estos tiempos tan necesitados de su presencia.
Reverendo Padre Rafael Alonso, queridos padres y hermanas, religiosos, queridos fieles todos:
Es realmente un don de la Providencia poder compartir con vosotros este día de gracia en el que la Iglesia, por medio del Consejo para los Laicos, ha reconocido la asociación Hogar de la Madre como Asociación Pública Internacional de Fieles, afirmando también de este modo cómo vosotros sois hijos de la Iglesia y que ella es vuestra Madre, vuestra casa, el lugar de donde provenís y hacia el cual continuamente camináis.
Dirijo un saludo particularmente especial a vuestro fundador, Padre Rafael Alonso, de quien puedo sólo imaginar los sentimientos de profunda trepidación juntamente a aquellos de intensa acción de gracias. La generación que el Espíritu Santo permite a través de nosotros, pobres hombres, es siempre un evento que supera nuestras mismas capacidades y sobre todo nuestras esperanzas. Ver cómo una obra nace, crece y florece entre las propias manos, es uno de los dones más grandes que Dios puede ofrecer a un hombre en esta tierra. Después, el reconocimiento de la Iglesia afirma definitivamente que la obra no es humana, sino que viene de Dios. Esto es, que germina de la semilla de un carisma, de un don del Espíritu, y que como cualquier don, es donado para una utilidad común, para el servicio del Reino y para la evangelización.
Hoy es un día histórico para vuestra Asociación, que ha llegado a ser, mediante la maternidad de la Iglesia, adulta. Pero no en el sentido humano de vaga autonomía, sino en aquel más profundo del término que indica siempre una estatura más grande y, con ella, una mayor responsabilidad. Sabemos muy bien que llegar a ser Asociación Pública de Fieles implica, en cierto modo, la misma identidad de la Iglesia, la cual afirma públicamente: "Estos son mis hijos, la Asociación Hogar de la Madre". Pertenecen a la Iglesia, ella es Iglesia, y en ella se realiza un particular don del Espíritu que se ofrece a toda la Iglesia. El júbilo de este día no es solamente vuestro sino de toda la Iglesia, que no puede más que alegrarse de esos sus hijos que quieren ser verdaderamente fieles, anclados en la verdad, deseosos de caminar hacia la santidad, humildes y pobres, enamorados de la Eucaristía, de la Virgen María y del Vicario de Cristo.
Queridos amigos, sobre todo y siempre conservad el don precioso de la humildad que el Señor os ha concedido. Es más, a partir de hoy, cultivadlo de manera especial a fin de que siempre vuestro fiel testimonio sea cada vez más evidente y acogedor, con dulce humanidad y capaz de seguir con firmeza radical a Cristo y donarlo a todos los hermanos, sobre todo a los jóvenes. Con aquella mansedumbre que convence y que tantas veces es el arma más eficaz de toda asociación o acción evangelizadora.
Como el Evangelio nos ha recordado, debemos ser siempre capaces de purificarnos, de quitar las vigas de nuestros ojos para poder ver y, de esta manera, ser capaces de quitar las pajas de los ojos del hermano. Leyendo este texto, muchas veces se contempla la desproporción entre la viga y la paja y tal lectura es obviamente legítima. Sin embargo, el fin por el que es necesario quitar la viga es aquella expresión extraordinaria que resalta el evangelista afirmando “y entonces verás bien”. Sabemos cómo en el Nuevo Testamente el verbo “ver”, y no sólo en San Juan, tiene un significado de la luz que es Cristo, la luz de la verdad y, en definitiva, el tema de la fe. Liberarnos de la broza y de las vigas y permanecer en la humildad significa ponerse en la condición de quien ve y ve bien y de esta manera, iluminado por el Señor, es luz para sus hermanos los hombres.
Hoy es un día de luz en el que vuestro carisma, aquel que le ha sido dado al Padre Rafael Alonso, brilla de manera particular y la Iglesia, madre y maestra, ha decidido ponerlo sobre el candelero para que ilumine a toda la casa. Debéis estar profundamente agradecidos por esta realidad y sabed que esto no representa un punto de llegada sino que constituye necesariamente un punto de partida, del cual, con vigor, lealtad y espíritu de sacrificio, hay que partir siempre hacia la obra de la evangelización.
Diciendo “Hogar de la Madre” pensamos inmediata y justamente en la bienaventurada Virgen María, de quien os sentís hijos y que en la realidad de los hechos es realmente Nuestra Madre. Sin embargo, me permito sugerir que mediante la reciprocidad y la intimidad teológica entre la Beata Virgen María y la Santa Iglesia, sobre todo hoy, y desde hoy para siempre, diciendo “Hogar de la Madre” debemos pensar necesariamente también en la Madre Iglesia, de la que María es un espléndido icono. Es ella, la Iglesia del Señor Jesús, la Iglesia del Papa y de los obispos en efectiva comunión con él, la Iglesia de todos los fieles del mundo y, sobre todo, la Iglesia de los santos y de los mártires, la que os ofrece una experiencia de gran maternidad y os invita a vivir constantemente una experiencia de profunda filiación que es capaz de cambiar ella sola y definitivamente el corazón del hombre.
Aquello que hace atractivo a vuestra asociación es la capacidad de conjugar una radical fidelidad al Evangelio, a la doctrina de la Iglesia, a la Tradición y al Magisterio, juntamente con el testimonio de la caridad que pide permanentemente, como tantas veces nos ha recordado el Santo Padre, ser guiada y alimentada por la verdad. Al igual que en las primitivas comunidades cristianas, el anuncio del Evangelio era conjugado con una real experiencia de comunión, de caridad y de puesta en común, así sucederá en vuestra asociación: que cuanto más fiel sea al carisma reconocido por la Iglesia, tanto más se extenderá.
Cuando el 29 de julio de 1982 un grupo de seis jóvenes fue fundado junto a la tumba de San Pedro en Roma con el nombre de “Hogar de la Madre de la Juventud”, nunca hubierais imaginado que en sólo 28 años hubiera sucedido todo esto. Las siervas, los siervos, los adultos, las fundaciones, la comunicación... todos instrumentos con los cuales mostráis el saber conjugar eficazmente una gran fidelidad con una auténtica adaptación al momento presente, utilizando todos los medios a vuestra disposición para la edificación del reino. Fundamentalmente debemos saber que ha sido un partir de Pedro, de la Piedra; esto es, partir de la fidelidad al Papa, como único criterio posible de comparación para quien desea estar en la certeza de caminar en la verdad. Si no se hubiera partido desde ahí, seguramente hoy no nos encontraríamos aquí. Partir de Pedro significa abrazar a toda la Iglesia, porque como bien sabéis “ubi Petrus, ibi Ecclesia”: donde está Pedro, ahí está la Iglesia. Contemporáneamente significa, como hoy se muestra de manera evidente, dejarse abrazar por la Iglesia, vivir la experiencia de que provenimos de una gloriosa historia bimilenaria que ha permitido el verdadero desarrollo de la humanidad y que de esta historia somos parte elegida porque somos suyos, somos de Cristo.
Junto a la maternidad de la Iglesia y a la paternidad de Pedro, otra fuerza segura e inextinguible de vuestra asociación es aquello que hace referencia cierta y constante a la Beata Virgen María. “Hogar de la Madre” en este sentido nos sugiere mirar constantemente a María Santísima, que acogida en casa por el discípulo amado del Señor, es la que en primer lugar y por medio de la fe y del amor, acoge a cuantos a ella se encaminan. Es ella quien ha estado presente en el milagro de la Iglesia que estaba naciendo, quien ha orado por cada uno de los discípulos y ha ofrecido su propia vida por aquella comunidad que se estaba configurando. Es ella la que hoy se alegra por el reconocimiento ofrecido por la Santa Sede a vuestro fundador y a toda la Asociación.
Con sencillez, ofrezcamos cada fatiga y cansancio al Señor, a fin de que nada se pierda y todo vaya por el mejor camino. Bajo el sol de la presencia eucarística, con Pedro, con la bienaventurada Virgen María, y con la mejor intención de la fidelidad a Cristo y a la Iglesia, no era posible no ver la gran luz de este día. Y con absoluta gratitud humana y espiritual al reconocimiento pontificio, que representa una llamada fundamental a llegar a ser santos. Con vuestra presencia vosotros sois un signo elocuente de esa llamada. El Señor sigue guiando a su Iglesia y engendra hijos e hijas capaces de auténtico e incisivo testimonio, porque Él mismo quiere renovar a su Iglesia para una más convincente y apostólica extensión del Reino de Dios.
Uniendo mi corazón al vuestro, mi gozo al vuestro y mi profunda exultación de ánimo a vuestro Magnificat, deseo hacer patente mi aprecio a vuestra Asociación, asegurándoos una profunda comunión de intenciones que nos enaltece y sobre todo confiándoos diariamente a la intercesión de María, “Salus populi romani”, quien más que nadie es la inspiradora y cuidadora de todo buen propósito. A ella entregamos esta jornada, los días sucesivos que viviréis juntos hasta el próximo miércoles en la audiencia en la plaza de San Pedro. A ella confiamos toda nuestra existencia. A ella, con un solo corazón, nos consagramos para siempre.
Homilía del Eminentísimo Señor Cardenal Julián Herranz
20 de Junio de 2010
Iglesia de San Girolamo della Carità (Roma)
Queridos hermanos:
[…] “¿Quién dicen las gentes que soy Yo?” Esta pregunta hace dos mil años que el Señor la viene haciendo a muchos de los discípulos que le han ido siguiendo, que le hemos ido siguiendo. “¿Quién dicen las gentes que soy Yo?” Al fin y al cabo, desde el punto de vista apostólico es más importante decir: “El mundo, ¿qué piensa de Cristo?” El destino de cada persona depende de lo que ella piense de Cristo. El Santo Padre, frecuentemente, dice que hay un empeño del maligno, del diablo, del padre de la mentira, de querer enseñar a las gentes a vivir como si Cristo no hubiera existido, como si no hubiese un Dios que nos ha redimido. […] El apostolado consiste precisamente en llevar a Cristo a las gentes.
Dos mil años son los que los discípulos de Cristo, entre los que estáis todas vosotras y todos vosotros, y yo; vivimos con el empeño de querer comunicar al mundo el gozo de haber sido redimidos por Cristo, la alegría de sabernos hijos de un Dios que es Padre.
Cuando el Señor hace esa pregunta quiere poner a prueba la vibración apostólica de nuestra alma. Porque no podemos vivir tranquilos cuando vemos a tantas gentes que no conocen todavía a Cristo, que lo han conocido y lo han abandonado o que lo siguen cansinamente, sin amor verdadero. Los discípulos le dijeron lo que las gentes de su tiempo decían, lo hemos leído: “Moisés”, o “Elías”, o “uno de los profetas resucitado”. Ahora las gentes suelen pensar de Cristo diferentes cosas. Evidentemente, muchos, gracias a Dios, por la fe, pueden saber que es el Hijo de Dios, Dios hecho carne, nuestro Padre, nuestro Hermano. Pero otros, sin creer que es Dios, piensan en Él como en un moralista, un profeta, quizá un iluminado, un paranoico, o una invención. Y eso nos tiene que doler y tiene que poner en vibración cada vez más nuestro deseo de que conozcan de verdad a Cristo, de que se dé en sus vidas lo mismo que sucede con el amor humano. El amor se busca, se encuentra, se trata, se conoce y se ama. Nosotros queremos que la gracia de Dios haga este proceso en el alma de todo el mundo. Que busquen a Cristo, que encuentren a Cristo. Que lo encuentren en el Evangelio, en la Eucaristía. Que lo traten y, tratándolo, se enamoren.
[…] La pregunta que el Señor les hace a ellos es: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”. Él sabía que ellos vivían la vida de intimidad con Él, porque los había elegido, porque los tenía junto a Él. Y está esperando que ellos, que le conocen, lo conozcan mejor y lo amen más que las gentes. […]
Dios os bendiga, porque estáis dando de nuevo una vibración muy grande a la dimensión contemplativa del cristiano. A la adoración de la Santísima Eucaristía, a la fe en la presencia real de Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia Santa. Porque pasáis horas delante de Él, abriendo vuestro corazón a Él. Porque sabéis decirle: “Jesús, te amo. Jesús mío, Amor mío, Tesoro mío, Dios mío. Tú eres para mí Todo. Tú eres la luz que ilumina mi alma. Tú eres el camino que yo estoy recorriendo. Tú eres la Palabra que llena mi corazón”. Y así. Son manifestaciones de enamorado, de enamorada, con Cristo.
Hago un breve paréntesis. Cuando murió Juan Pablo II, muchos periodistas me preguntaban a mí y a otros cardenales cosas del Papa y solían decir que había batido muchos récords: el Papa que más vueltas había dado a la tierra, el Papa que más millones de almas había encontrado, el Papa que había hecho comunicar los documentos doctrinales... […] Yo les solía decir que se habían olvidado del más importante. “¿Y cuál es ese récord?”, insistían. Es el Papa que más horas ha pasado delante del Santísimo. Ese es el récord que le ha permitido batir todos los demás récords. ¿Por qué?, preguntaba alguno. Pues porque esas horas son horas de un enamorado que habla con su Amor. Y quien ama va gritando al mundo el amor que tiene dentro. Por eso él empezó su ministerio diciendo: “¡Abrid las puertas a Cristo!”. Y murió con Cristo, con su amor, en las manos. Y fue a todos los areópagos del mundo a hablar de ese amor. Y toda la fuerza que él tenía era porque sabía hablar de Cristo. Y apagaba esa sed de Dios que en el salmo responsorial hemos cantado.
Esa dimensión contemplativa, de adoración del Santísimo Sacramento, es vital en vuestro carisma. Porque vosotras también tenéis que batir ese récord de adoración eucarística, os dará toda la fuerza para que también vosotras y vosotros, como Juan Pablo II, y como todos los apóstoles a lo largo de la vida de la Iglesia, vayáis a los areópagos del mundo a hablar de esto. Pero primero hay que enamorarse.
Sigamos el Evangelio, que enseña muchas más cosas. Yo no quiero alargarme. Los curas no tenemos que hacer largas homilías, porque si no protestan. Yo ya sé que vosotros no vais a protestar. Hay una cosa muy bonita que también toca vuestra espiritualidad. ¿Quién es de los discípulos el primero que dice “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo?” Pedro. En la tumba de San Pedro nació en cierta manera vuestra Asociación. Y vais a concluir estos días de acción de gracias con la misa que celebrará vuestro fundador allí. Vuestra espiritualidad, vuestro fundador me corregirá si me equivoco, es una espiritualidad evidentemente Cristo-céntrica, después eucarística, apostólica y petrina. Vivís muy unidas a la Roca, que es Pedro. Dios os bendiga porque eso significa garantizar vuestra unidad. Es muy bonito que la erección que se hará mañana garantizará también de alguna manera la unidad entre las distintas ramas que componen el Hogar de la Madre. Pero esa unidad vuestra también está alimentada por el amor a Pedro, que garantiza la unidad de la Iglesia. En un texto paralelo a este que se ha leído de San Lucas, en el texto del Evangelio de San Mateo se dice: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne, ni la sangre, sino el Padre mío que está en los cielos”. Esa respuesta inmediata del fogoso Pedro, que tanto gustaba al Señor, porque hablaba con el corazón en la mano. Le dice el Señor: “No te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre Dios”. Es muy importante tenerlo en cuenta en todas las instituciones de la Iglesia. Y cada uno de nosotros, que no somos capaces de hacer absolutamente nada sin la ayuda de nuestro Padre Dios, que nos manda su Espíritu, el Espíritu Santo, que dentro de nuestra alma nos recuerda las enseñanzas de Jesús y nos da con sus dones la fuerza de poder vivir. El Espíritu Santo actúa en nuestra alma como en el alma de Pedro. Nos permite dar respuestas personales a Jesús cuando a lo largo de nuestra vida nos hace esa pregunta: “Tú, ¿quién dices que soy yo?” Fíjate que, hermana mía, hermano mío, durante la vida, alguna vez vas a ver, estando delante del sagrario, que te va a decir Jesús: “¿Quién dices que soy Yo para ti?”. Como le preguntó una vez también a Pedro, cuando le estaba confiando a la Iglesia, si lo amaba. El Señor sabe cuánto es limitada nuestra capacidad de corresponder a su amor. Pero a través de su Espíritu trata de ayudarnos a amarlo cada vez más.
Pasemos a la parte final del Evangelio, que resumo. Veis que el Señor, después de que ellos, con Pedro, han reconocido su divinidad, les dice que verán esa divinidad humillada por los hombres. “Porque el Hijo del Hombre será despreciado, será humillado, será crucificado. Pero al tercer día resucitará”. Y el Señor anuncia a los apóstoles su Pasión, Muerte y Resurrección para que no tengan miedo, en la vida, a la cruz. Porque va a ser la cruz el trono de triunfo y las raíces de ese árbol, raíces profundas, de donde va a nacer la alegría de la resurrección. Y esto me gusta recordarlo en conexión a vuestra espiritualidad. Todas esas razones que tocan la virtud de la penitencia. En todas las fundaciones se atraviesan momentos en los cuales hay que afrontar la cruz, especialmente los fundadores. Una penitencia pasiva, que muchas veces consiste en la falta de medios materiales, otras en una incomprensión sobre ese carisma que se desea vivir diciendo “sí” al Señor. Penitencia pasiva, momentos difíciles que suelen, como en la familia, no ser conocidos por los hijos. Que solo lo saben los padres. También las indecisiones; muchas cosas las sabe sobre todo el fundador y las personas que más cerquita tiene. Pero con la ayuda del Espíritu Santo se ama esa cruz. Porque esa cruz es la garantía de la resurrección. Hay que pasar por la cruz para llegar a la alegría y al triunfo de la resurrección.
Pero, además, es bonito que vosotras y vosotros tengáis en vuestro plan de vida, en vuestras Constituciones, una serie de cosas que os aseguran el ejercicio de la mortificación y de la penitencia personal, corporal y espiritual. Es muy importante, porque el Señor dijo: “Quien quiera venir detrás de Mí, tome la cruz de cada día y me siga”. Esa cruz, unas veces viene dada, otras veces tenemos que buscarla, aceptando las contradicciones o las dificultades de cada día con amor y buscando con Él la sal de la mortificación y de la penitencia activa en todo lo que vivamos. Desde la forma de sonreír hasta la forma de cumplir con el deber cotidiano. Siempre hay que poner un granito de sal en cada cosa para que Cristo esté de verdad dentro de nosotros, en nuestra alma, y nos acompañe.
Pero llegamos al penúltimo carácter o característica de vuestra espiritualidad: la alegría. A mí me da mucho gusto. Siempre, desde que os he conocido, os he visto con la sonrisa. Se ve clarísimamente que es la sonrisa de Cristo, la alegría. Los cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de alegría en un mundo que está triste. En un mundo que, a lo mejor, nada en la abundancia, pero está triste. Quizá porque está lejos de Cristo. Vosotros y vosotras estáis cerca de Cristo y por eso irradiáis alegría. Y tenéis un espíritu juvenil. El cristiano no envejece nunca. Tiene siempre en el alma la juventud de Cristo, que no envejece. Que es siempre el Dios viviente: ayer, hoy y mañana, hasta el fin de los siglos.
Llegamos, y así concluimos estas palabritas, a esa característica que es la última pero no es la menos importante, es decir, la mariana. La Virgen, la Madre de Cristo, Madre nuestra, Madre de la humanidad, Madre de todos, como os gusta llamarla, es “Causa Nostræ Laetitiæ”, la causa de nuestra alegría. Bien, pues yo voy a terminar diciéndole a la Santísima Virgen, en nombre vuestro, que recoja aquí. Fijaos que la Virgen está aquí. ¿Por qué? Ahora en el altar se va a actualizar lo que pasó en el Calvario hace dos mil años. Sacramentalmente será el mismo sacrificio del Calvario. Y cuando el sacrificio del Calvario se cumplía, a los pies de la cruz estaba Nuestra Madre. A mí me gusta imaginar, cuando celebro la misa, que está junto al altar. Nosotras no la vemos, pero Ella no abandona nunca a su Hijo, como una madre no abandona a su hijo cuando está muriendo. Pues a esta Madre Nuestra que nos va a acompañar ahora en el sacrificio de la cruz, yo le digo en vuestro nombre que presente a su Hijo todas las cosas que tengáis en el alma. Y termino como he comenzado. La cosa más bonita que podemos hacer es poner en el altar, llevado por la Santísima Virgen, todo lo que tengáis en vuestro corazón. Todas vuestras intenciones, vuestros deseos apostólicos y de santidad. Todo lo que esté en el corazón de vuestro fundador como una necesidad para toda la fundación. Y luego, una cosa que estoy seguro de que está en el corazón de todas vosotras y de todos vosotros, como está también en el mío; el deseo, con la ayuda de la gracia de Dios, de hacer como la Virgen: convertir nuestra vida en un “sí” fiel, hasta la muerte. El ser fieles a la vocación divina, al querer de Dios, hasta la muerte. Como Ella supo estar al pie de la cruz, amando la voluntad de Dios. De esa manera hay que vivir. Y así será siempre, si somos fieles a la Madre y la causa de nuestra alegría.
Queridos hermanos, miembros del Hogar de la Madre, y simpatizantes:
Hemos recibido en estos días la palabra de la Iglesia para nosotros. Una palabra que nos ha llenado de alegría y de reconocimiento ante las gracias que el Señor deposita en nosotros.
Esa palabra de la Iglesia nos ha dicho que somos Iglesia y que estamos en el corazón de la Iglesia, que no somos nada extraño ni una tumoración que ha salido por ahí, dignos de que nos den “una patada en el trasero” y nos saquen fuera del camino como algo desechable.
Somos Iglesia y esta es la gran alegría que tenemos. Esa es nuestra gran alegría. Sta. Teresa de Jesús sufrió toda su vida pensando si estaría haciendo la obra de Dios y cuando murió en Alba de Tormes, ella también dijo: “Por fin muero hija de la Iglesia”. Toda su vida había sido un padecimiento. Pensaría: “Todo esto que yo estoy llevando adelante, ¿será un sueño? ¿Será una rebeldía? ¿Será una idea mía? ¿Será un capricho…?”
Hoy tenemos que venir aquí, que es el corazón de la Iglesia, delante de ese altar que se eleva justamente encima de donde está la tumba de S. Pedro, para reconocer que, aquello que empezó un día como un camino misterioso de fe y que quisimos que estuviera fundamentado justamente en la Roca que el Señor había escogido para su Iglesia, era de Dios.
Aquí nació el Hogar de la Madre de la Juventud; las chicas primero, el 29 de julio de 1982, como nos recordaba ayer Su Eminencia el Cardenal Rylko. Empezaron ante la tumba de S. Pedro, delante de la pequeña Capilla Clementina que está ahí abajo. Eran seis chicas, tres de ellas fundadoras de las Siervas del Hogar de la Madre; dos casadas, una de ellas es Esmeralda, que está a punto de dar a luz a su sexto hijo. Su marido está aquí con nosotros y ella, de corazón. ¡Cuánto ha sufrido por no poder estar aquí celebrando con nosotros este día! Yo quiero tener un recuerdo especial para ella, porque también ella es fundamento. Una niña de 16 años, cuando yo la conocí. Empezaban su noviazgo Rafa y ella, y se planteó muy seriamente si Dios la estaría llamando a la vida consagrada. Y sufrió al pensar si Dios no la llamaba por falta de generosidad. Nada de eso, era una generosidad y una apertura total a Dios como se ve también por esta apertura a la vida. Su sexto hijo ya dentro de poco estará entre nosotros y dos de sus hijos mayores están también ahí sentados entre vosotros. ¡Qué generosidad!
Cuando yo concebí el Hogar de la Madre, no lo concebía como una consagración en pobreza, en castidad y en obediencia. Yo concebía el Hogar de la Madre de la Juventud como almas totalmente generosas con Dios y abiertas a Dios. No cerradas, abiertas a Dios. Eran jóvenes dinámicos, eran jóvenes entregados, haciendo un compromiso de hacer “lo que Él os diga”. No soy yo quien da la vocación. Yo he hablado a miles de jóvenes y no todos han sido generosos, pero los que han sido generosos han sabido entregar sus vidas a Dios, sea en vida consagrada total o en vida matrimonial, con un matrimonio planteado en la generosidad, no en el cálculo, no en el egoísmo, no en la simple satisfacción de sus pasiones. Y esos matrimonios son los que yo siempre he anhelado en el Hogar, porque esos matrimonios están completamente dados a Dios, en sus manos, y generan también vida eterna, porque se constituyen en testimonio, su propia vida es signo del amor entre Cristo y su Iglesia. Esto es algo que siempre he anhelado.
Hoy estamos celebrando la misa de María, Reina de los Apóstoles. La palabra “apóstol” viene del griego “apostolein”, que significa “ser enviado”. Para ser enviado hay que aproximarse, no hay que alejarse de Jesucristo. Hay que ir hacia Él diciéndole con plena generosidad: “Señor, lo que Tú quieras, como Tú quieras, donde Tú quieras, cuando Tú quieras, cuanto Tú quieras, con quien Tú quieras”. Si esto lo hacemos así, ¡qué dinamismo!, ¡qué fuerza!. Como el Santo Padre Juan Pablo II, con cuyo magisterio se ha formado el Hogar de la Madre durante tantos años, como ha ocurrido con otros grupos.
No somos los únicos, no somos los exclusivos, no somos, quizá, los mejores, sin duda que no lo somos. Y yo ayer os hablaba: “Ojalá nos conservemos siempre en humildad, en escondimiento”.
Hoy celebra la Iglesia a S. Paulino de Nola, un gran santo. Nació en Francia, en Burdeos. Era conocido por su amabilidad, por su inteligencia, por el apostolado intelectual. Amigo de S. Jerónimo, de S. Agustín y de muchos Santos Padres que le tenían como amigo íntimo. Impresiona su generosidad. Conociendo, en tiempo de los vándalos, que habían cogido prisionero al hijo único de una feligresa suya que era viuda, él se ofreció para ser canjeado por ese hijo. Es el amor extremo, es la comprensión de lo que es el amor verdadero. Hoy vivimos con tanto egoísmo, con tanto deseo de sobresalir... “¡Yo quiero ser grande, el único, tener mucho dinero, dinero, dinero…! ¡Pobre humanidad! ¡Cuántos engaños! Si fueras el último, ¡cuánto más ganarías! Pero no llegarás nunca a ser el último porque allí, en ese lugar, está Jesucristo. Él se ha hecho el último de todos para que no tengamos miedo alguno a acercarnos a Jesucristo que está ahí abajo, el último, el grano de trigo que cae y se pudre y entonces da mucho fruto. Te encontrarás con Cristo, "serás dichoso, te irá bien", su Palabra no falla nunca. “El que quiera ganar su vida la perderá, el que la pierda por Mí y por el Evangelio, la encontrará”. Si estas palabras penetrasen dentro de nuestro corazón, justamente aquí, ¡cuánto ganaríamos! Aquí donde S. Pedro está enterrado, habiendo sido crucificado cabeza abajo en el año 64, en la gran persecución de Nerón. ¡Cuánto ganaríamos nosotros si perdiéramos nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestra soberbia, nuestra impureza, nuestras miserias! Si tuviéramos la generosidad de jugárnoslo todo por Jesucristo.
Aquí estamos reunidos como un pequeño cenáculo, con la Virgen Santísima y todos los santos. Con un corazón sumamente agradecido, en primer lugar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo, Nuestro Hermano, a la Virgen Santísima, Nuestra Madre. Y como nos decía ayer su Excelencia Mons. Mauro Piacenza, en “Hogar de la Madre”, ese “Madre” significa también Iglesia, agradecimiento a la Iglesia, amor a la Iglesia. El Padre Kentenich quiso que después de su muerte en su lápida se pusieran estas palabras: “Dilexit Ecclesiam”, “Amó a la Iglesia”. Vosotros también. Os lo pido, queridos hermanos, amad a la Iglesia y, porque amáis a la Iglesia, haced que esta Iglesia sea más santa. ¿Cómo? Abriéndoos al que es Santo para que la santidad de Jesucristo entre en nuestros corazones y nos transforme en Él, para que nuestra espiritualidad de transformación e identificación en Cristo se verifique realmente en nuestra vida. Porque de muy poco serviría reunirnos aquí para llevar una vida mundana, una vida triste y de materialismo y de impureza y en la satisfacción de nuestros más bajos deseos. ¡Desead cosas grandes! ¡Desead estar con Cristo! Como diría San Pablo: “Deseo ser desatado y estar con Cristo”. Verme desatado de todas las miserias y ataduras que aprisionan el corazón en este mundo miserable y mundano. Y unirme a esta humanidad santificada por Cristo; un día nos veremos todos juntos en el cielo, allí donde están nuestros verdaderos gozos.
Que Dios, Nuestro Señor, nos ayude, queridos hermanos, para que vivamos como buenos apóstoles enviados aquí, en este momento trascendental en el cual se necesitan testigos. Sobre todo testigos, no “palabreros”. No gente que habla, o gente muda, o gente atada. Necesitamos verdaderamente hombres libres, y nos liberamos en la Palabra de Dios que es la Verdad, que es la Vida. Como Jesucristo mismo nos dijo: “La verdad os hará libres”. No caigamos en este relativismo moral y en el relativismo ontológico. Nosotros sabemos bien que somos hijos de Dios y hermanos de los hombres y, por tanto, responsables también de nuestros hermanos. No seamos como Caín, “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?” ¡Sí, tú eres guardián de tu hermano! Tú debes ayudar a que vivan tus hermanos. Ojalá que el Hogar de la Madre entre por este camino. ¿Sabéis una cosa? Su Eminencia el Cardenal Rylko me decía: “A partir de ahora vais a tener muchas vocaciones”. Alguno de ustedes al oír esto pensará: “Van a aumentar las Siervas, van a aumentar los Siervos”. Pero yo me digo: La vocación al Hogar de la Madre, no es exclusiva de los siervos y de las siervas. Los seglares, los seglares tienen que venir y van a venir, llamados por el Señor a la casa de la Virgen Santísima, Nuestra Madre. Van a venir aquí, para con nosotros poder glorificar a Dios, Nuestro Padre. Sí, ciertamente, yo creo que vamos a tener muchas vocaciones.
Que Dios, Nuestro Señor, oiga nuestras plegarias, que nos transformemos en apóstoles y testigos, y que con nuestra vida coherente suscitemos el anhelo de recorrer este camino con nosotros y con toda la Iglesia hacia la casa del Padre.
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Este libro contiene una breve historia del Hogar, una explicación de su espiritualidad, dos cartas del Padre Rafael para los laicos del Hogar, y todas las homilias e intervenciones durante los días de la aprobación del Hogar de la Madre como Asociación Pública Internacional de Fieles en Roma.
Asociación Pública Internacional de Fieles
El Hogar de la Madre de todos los hombres, Madre de la Juventud, ha sido aprobado oficialmente por la Iglesia. A las 11:00 del día 21 de junio de 2010, Su Eminencia el Cardenal Stanisław Ryłko, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, entregó al Hogar de la Madre el Decreto de Aprobación como Asociación Pública Internacional de Fieles, en la sede del dicho Dicasterio de la Curia Romana.
La ceremonia estuvo rodeada por una serie de celebraciones en Roma, durante los días precedentes y posteriores a la misma.
Estas jornadas comenzaron con una Hora Santa, el domingo 20 de junio, dirigida por el P. Félix López, Siervo General de los Siervos del Hogar de la Madre, en la Iglesia de San Girolamo della Carità. A continuación tuvo lugar la celebración de la Santa Misa, presidida por Su Eminencia el Cardenal Julián Herranz, Presidente de la Comisión Disciplinar de la Curia Romana.
El día 21, Su Excelencia Mons. Mauro Piacenza, Secretario de la Congregación para el Clero, celebró la Santa Misa en la Iglesia de San Girolamo della Caritá.
El día 22 de junio, el P. Rafael Alonso Reymundo, Fundador del Hogar de la Madre, presidió la Santa Misa de acción de gracias en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro del Vaticano.
El 23 de junio, a las 10:30, estuvimos presentes en la Audiencia General del Santo Padre, Benedicto XVI, en el Aula Pablo VI del Vaticano. El P. Rafael, Fundador; y la M. Ana María Campo, Sierva General de las Siervas del Hogar de la Madre, tuvieron la oportunidad de saludar personalmente al Santo Padre al final de la Audiencia.
Por la tarde, a las 18:00, tuvimos la Santa Misa, presidida por Su Eminencia el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la Iglesia de Santa Maria della Scala.
Para esta ocasión se han reunido en Roma numerosos miembros del Hogar de la Madre en todas sus ramas, de muchos países diferentes. Hemos celebrado juntos la Aprobación y hemos dado gracias al Señor y a Nuestra Madre por su misericordia infinita.
Fotos de las celebraciones de la Aprobación
Puedes ver las fotos de las celebraciones en el Álbum de Fotos
Audios de las celebraciones de la Aprobación
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