Hogar de la Madre


Inicio Noticias Nº 111 Marzo/Abril 2003 HM Revista - Mamie y las bromas
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Mamie y las bromas

Mamie tenía un gran humor. No era negro. Pero a veces iba muy fuerte cuando se trataba de ella. Tenía una fina ironía que la hacía resultar especialmente inteligente. Sus ironías a veces no eran captadas por la persona a la que iba dirigida, debido al estado pasional de la persona.

Recientemente hemos tenido la suerte de estar con don Ramón Rodríguez Alcalde, que durante mucho tiempo fue su confesor. Y nos contó cómo conoció a Mamie cuando vino a Santander, en la casa que poseían los padres de una joven que estudiaba francés en Bruselas, y que ella había hospedado en su casa de la c/ Tervuren. La casa estaba situada en la Ciudad Jardín, en el piso de arriba de los padres de don Ramón. Aquella señorita se llamaba Paquita, y sería andando el tiempo la esposa de un buen amigo del Hogar de la Madre, director de banco, ya difunto, don Pablo Concepción Fernández, primer secretario general de la Fundación Hogar de la Madre.


Recordaba don Ramón la simpatía, el carácter fuerte, la irresistible atracción de aquella mujer que “siempre he conocido enferma, llena de dolores: pero siempre alegre y simpática. Parecía que no le doliera nada. Era una mujer ordinaria, en el sentido de sencilla, sin nada que fuera exterior para llamar la atención”. Y nos contó la siguiente anécdota que dice mucho del temple, la fe, la confianza y la esperanza que latía en su corazón.

“Poco antes de morir, le cortaron a Mamie un pie. Porque se le había gangrenado. Yo fui a visitarla, en el mes de Julio. Y sonriendo me dijo:

-Yo no comprendo a estas hijas mías (se refería a las hermanas, Siervas del Hogar de la Madre). Ellas me tienen que coger en andas para llevarme al baño. Y están tristes porque me han cortado un pie. Y debían estar alegres porque así peso menos”.

He de decir que sí, que esta era Mamie. Pero al recordarla, no pudimos apenas reprimir las lágrimas, todos los que allí escuchábamos y recordábamos.

Era Mamie finísima en sus observaciones y delicada en las correcciones, pero siempre con un saberlas decir sin herir a nadie, sin disgustarlas. A no ser que se refiriese a las cosas de Nuestra Madre.

Un día tuvo que decir algo poco agradable de oír a una persona de alto rango y muy calificado. Su defecto dominante era el miedo paralizante. Estando hablando con él en su despacho, para que se animara a tomar decisiones importantes, aunque le acarrearan ciertas incomodidades, un golpe de viento hizo que las contraventanas que estaban situadas a las espaldas de su sillón se moviesen con fuerza. Esta persona dio un fuerte respingo, asustado. Y Mamie, con una socarronería burlona, le dijo:

-¿Va a tener también miedo del viento?.

Y es que Mamie sabía encontrar las palabras apropiadas y los momentos justos.

© Revista HM º111 - Marzo/Abril 2003
 

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