Mensaje de S.S. Benedicto XVI en la Vigilia Pascual
«¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida. Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo. Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida.  ¿ Cómo lo podemos entender? Pienso que lo que ocurre en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20). Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, Pablo– ha cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en este «no»: Yo, pero «no» más yo. Con estas palabras, Pablo no describe una experiencia mística cualquiera, que tal vez podía habérsele concedido y, si acaso, podría interesarnos desde el punto de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del «morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia Pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir, al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer.  « Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él. Yo, pero no más yo: ésta es la vía de la Cruz, la vía que «cruza» una existencia encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y duradera. De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el Exultet: «Exulten por fin los coros de los ángeles... Goce también la tierra». La resurrección es un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con el Exultet: «Cristo, tu hijo resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén.
©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006
Hablamos con P. Giovanni Demaria
Esta vez hablamos con un misionero del P.I.M.E. Es italiano, fue ordenado sacerdote en el 2004 y posteriormente destinado a su misión en Arakan Valley (Kidapawan), en la isla de Mindanao, en el sur de Filipinas.
P. Giovanni, ¿cuántos años tiene? Tengo 34 años. ¿ Cómo ha sido su educación religiosa durante su infancia y juventud? ¿Qué papel han tenido su familia, su parroquia y los grupos juveniles que ha frecuentado? He nacido en una familia cristiana que me ha enseñado a intuir la presencia de Dios y a percibir la exigencia de honrar esta Presencia. En mi familia la vida de fe se ha vivido como un hecho íntimo; forma parte de la conciencia personal y familiar al mismo tiempo. No creo que mis padres en el pasado hayan pensado nunca que la opción cristiana pudiera llegar a ser el reto y la aventura de toda una vida; sin embargo, han querido de corazón que yo tuviera distintas experiencias (deporte, música, conocimiento de otros idiomas y otras culturas, scout) que me ayudaran a crecer humanamente de manera completa. Mi vida de fe ha crecido en el seno de mi familia y en el compartir con chicos y chicas de mi edad pertenecientes al mundo scout (AGESCI). En el ambiente scout he podido experimentar y poner a prueba cuanto de la fe en Jesucristo yo intuía y vivía en casa.  ¿ A qué edad sintió la vocación al sacerdocio? Fue alrededor de los 22 años. ¿ Fue antes la llamada al sacerdocio y después a las misiones o ha sido una llamada única? Ha habido distintos momentos. En una primera época, yo advertí distinguidamente en primer lugar la Presencia de Dios, después el deseo de consagrarme al Señor, después la inutilidad de cuanto yo hacía en mis jornadas de estudiante, y al final, la exigencia de fiarme hasta en lo profundo. El tesoro valioso que custodio es el deseo y la conciencia de pertenecer al Señor. La alegría de ser misionero y la disponibilidad de ir por doquier, son la consecuencia de la fuerza con que yo percibo que le pertenezco en lo íntimo. Además creo que forma parte de nuestra fe cristiana el ser peregrinos, extranjeros y el estar en el grupo de la minoría. En mi vocación ha sido determinante la presencia y el seguimiento de un padre misionero del P.I.M.E. que es mi confesor desde que yo tenía dieciocho años. ¿ Le ha resultado difícil responder a la llamada del Señor? ¿Cuáles han sido los frenos o los obstáculos más grandes que ha tenido que superar? He necesitado dos años para definir y comprender un poco lo que el Señor me estaba pidiendo. Cuando intuí que este camino era mi camino, no tuve resistencias interiores para fiarme y empezar esta aventura. Sin embargo, yo no comprendí en seguida que tenía que dejar enteramente los estudios universitarios: yo creía en un principio que tenía que terminarlos; después, tras los primeros meses de seminario, comprendí que eran más un obstáculo que una ayuda en el seguimiento del Señor. ¿ Cómo ha reaccionado su familia a su vocación? ¿Qué piensan ahora? A mi familia le ha costado trabajo acoger mi decisión de seguir al Señor como sacerdote. Mis padres han construido toda su vida sobre nuestra familia y han buscado y vivido en ella su alegría, su realización humana y su opción cristiana. Desgraciadamente han percibido mi elección de ser sacerdote en oposición al valor de la familia y de la fecundidad y como huida de la realidad y de la complejidad de la vida cotidiana. Pero gracias a Dios, últimamente se han pacificado y serenado y ahora intuyen que también mi vida esconde un tesoro hermoso y valioso. ¿ Y sus amigos? En estos años han sido determinantes la presencia y la guía de mi confesor y la amistad de pocas personas y de algunas familias. Han sido los lugares concretos en los que me he sentido amado y comprendido. ¿ De dónde ha sacado la fuerza, usted, un joven estudiante de ingeniería, para dejar todo un futuro humanamente más que prometedor para ser sacerdote y misionero? En realidad, cuando te encuentras con el Señor, única e intensamente percibes sólo su Presencia y la acosante exigencia de responder a su amor. Delante del Señor y de su llamada, cada vida y cada cosa sin Dios pierde su encanto y sencillamente se desvanece. Cuando intuyes que esa vida es tu vida, nada te puede retener (dicho entre paréntesis, ese futuro no era tan prometedor). ¿ Por qué ha escogido entrar en el P.I.M.E. (Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras)? ¿Qué es lo que le ha atraído? Simplemente porque en un padre del P.I.M.E. he encontrado un confesor y un guía espiritual capaz de acompañarme en la aventura de la fe al encuentro con el Señor. ¿ Podría describir un poco sus sentimientos el día de su ordenación sacerdotal? ¿Cómo lo vivió? Viví intensamente los días, muy bonitos, de los ejercicios espirituales que precedieron a la ordenación. Éramos treinta chicos esperando entrar en la catedral. Esos días tenían que profundizar de alguna manera nuestro deseo de Dios y ensanchar nuestro corazón para ser conformados a Él en el sacramento del Orden. En realidad, también en el día de la propia ordenación se permanece como espectadores encantados de un misterio extraordinario y bastante más grande que nosotros. He tenido la gracia de llegar a aquel día verdaderamente presente, con todo mi ser, con el corazón y en la fe; desgraciadamente estaba un poco tenso y no fui capaz de acoger serenamente y con alegría profunda todo el afecto de la gente que encontré aquel día. Ahora doy gracias a Dios por todo lo que me pasó en aquellos días. ¿ Qué es para usted el sacerdocio? La vida concreta en la que el Señor me pide que yo le busque y en la que me promete que se va a dejar encontrar.  ¿ Cuál ha sido su primer destino? He sido destinado a la misión de Arakan Valley, en la isla de Mindanao, en el sur de Filipinas. Se trata de un trabajo sobre todo de evangelización y eso es lo que más anhela mi corazón. ¿ Cómo es allí en Mindanao la situación para un misionero católico? ¿No es peligroso a causa de la fuerte presencia musulmana? En los primeros años voy a trabajar con dos padres del P.I.M.E., que están en las Filipinas respectivamente desde 1978 y 2000. El contexto social, cultural y religioso es musulmán. Sin embargo, la misión en Arakan Valley está dirigida a las poblaciones tribales de religión predominantemente animista. Los contrastes mayores con los musulmanes se dan en la región alrededor de Zamboanga City, que está bastante lejos de mi misión, aunque es lugar de apostolado para los padres del P.I.M.E. ¿ No teme por su vida? La verdad es que no lo pienso. Sin embargo, creo que una posible enfermedad o una situación difícil es, de todas formas, un lugar (a veces privilegiado) de encuentro con Dios. Temo más bien la prolongación de relaciones conflictivas con personas que yo en realidad deseo amar. ¿ Cuál es allí su trabajo? Terminados los estudios del idioma seboano en Davao City, llegué a la misión de Arakan, en la diócesis de Kidapawan, Mindanao. He vivido en Arakan sólo siete meses y ahora me encuentro en una comunidad de Zambboanga City para retomar aliento y salud. La experiencia hecha en Arakan es un intento entre muchos, con sus límites y sus intuiciones. He vivido durante cuatro meses en una familia en la pequeña comunidad de Meocan, a tres cuartos de hora en moto de la casa de los padres (estamos cuatro padres del P.I.M.E.). En el primer mes me quedé en la comunidad y visitaba las distintas familias. Al mes siguiente, me propuse alcanzar las comunidades de los alrededores. Salía por la mañana, muchas veces andando, y volvía a “casa” para la hora de comer o un poco después. Encontré a los líderes de las comunidades cristianas y a unas pocas familias. En los últimos dos meses, durante los primeros días de la semana, vivía por turno en las comunidades de los alrededores, durmiendo en las familias indicadas por los líderes, y volvía a Meocan el miércoles por la noche. ¿ Podrías contarnos algunas anécdotas de tu trabajo de evangelización? Me encuentro en esta tierra desde hace poco y soy todavía sólo un niño. Cuando llego a una comunidad, pido visitar a cada familia; escucho con estupor y sufrimiento lo que ellos deciden compartir. Se trata de gente pobre, aplastada por la miseria en la que vive y preocupada por tener algo de qué comer y por no ponerse enferma. Sienten viva la presencia del Señor; son de fe fuerte aunque sencilla. A veces buscan los sacramentos, en particular el Bautismo, como protección del mal y de las enfermedades, y quizás como para “agradar a Dios”. Acogen con alegría la presencia del sacerdote; ofrecen lo que tienen: café, un poco de arroz dulce y tubérculos. ¿ Cuál ha sido su mayor satisfacción hasta ahora? Estoy feliz de esta primera experiencia en Arakan; en primer lugar, por las familias extraordinarias que me han acogido en su casa, por el tiempo vivido y compartido con ellos (muchas veces por la noche, alrededor de la mesa y a la luz de una vela, en su pobre casa de bambú, con los padres y muchos niños), y después por los muchísimos jóvenes que he conocido. Recuerdo dos momentos entre muchos. Una mañana salí de Meocan con unos veinte jóvenes y en tres horas de camino, con los pies descalzos, con el barro hasta la cadera a través de los campos de maíz y algunos riachuelos, alcanzamos la misión de Arakan para una convivencia de tres días con todos los jóvenes de la parroquia. Siempre sonreían y se preocupaban de que no me quedara demasiado atrás… En Meocan se me acercó una pareja de jóvenes, un chico y una chica que tenían tres hijos y pedían poder “volver” a la Iglesia católica. La historia era que los padres de aquel chico decidieron separarse y como consecuencia le abandonaron cuando él todavía era pequeño. No recordaba haber frecuentado nunca una comunidad cristiana. La chica, bautizada católica, por cuestiones personales había “peregrinado” por algunas comunidades protestantes. Ahora, como familia, habían pedido ser acogidos en la comunidad católica de Meocan. Yo estuve visitando su familia durante algunos meses. Leíamos y meditábamos juntos los Evangelios del domingo e intenté introducirlos a los Sacramentos que iban a recibir y a la vida de gracia que estos significan. Después de su participación en los seminarios parroquiales, pude bautizar al hombre y a sus tres hijos y celebrar la boda de los dos padres. ¿ Ha tenido alguna experiencia fuerte o impresionante? Como sacerdote hay algunos momentos de profunda gracia: la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. En las semanas que precedieron a la Navidad visité a muchas comunidades para la celebración de la Eucaristía y me encontré con hombres, mujeres y niños esperando para confesarse. El Señor toca el corazón y la vida de la gente en el sacramento de su misericordia. Guardo con maravilla y lo encomiendo en la oración lo que la gente me ha confiado y la experiencia que han tenido de la misericordia y de la presencia de Dios en ellos.  ¿ Qué es lo que le resulta más difícil de su trabajo misionero? Estoy de misiones para buscar y seguir al Señor; deseo amarle y servirle con mi vida. Me resulta difícil encontrar un equilibrio entre el tiempo y el corazón que pertenecen a Dios sólo y la pasión y las fuerzas que la gente exige y espera. Reconozco que necesito cuidar de mi salud y de mi fe. ¿ Cuál es el papel de la Eucaristía en su vida espiritual? Es el espacio del silencio de Dios y al mismo tiempo de su secreta Presencia. Yo necesito estar delante de la Eucaristía en silencio, para darme cuenta de este pozo profundo de agua viva a la que nos podemos acercar cada vez que celebramos los misterios de Cristo Señor en la vida de la Iglesia y en el encuentro cotidiano con la gente de la calle. Cuando me acerco al altar para celebrar la Misa, me encuentro muchas veces diciéndome que todavía no comprendo lo que estoy viviendo y, sin embargo, percibo ese misterio como vivo y eficaz, especialmente cuando junto al pan ofrecido está también toda mi débil humanidad. ¿ Y el papel de la Virgen? Miro a María en primer lugar como a una mujer de fe; me sorprende y me atrae su maternidad. Vivo la oración del rosario como un rezar y contemplar con María los misterios de Cristo. ¿ Qué les diría a los jóvenes de hoy? Que no hay alegría más grande que pertenecer a Jesucristo y poder empezar una aventura tan fascinadora y exigente como es la de la fe en Él y su servicio en la misión. ¿ Qué le gustaría que pidiéramos al Señor por usted, todos los que leemos esta revista? Que yo pueda mirar cada día de mi vida, también el último, con fe.
©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006
Alzheimer espiritual
Por Kelly Pezo
Mis abuelos llevan casados ya casi cincuenta y tres años. Como cualquier matrimonio, han tenido sus momentos difíciles y sus tribulaciones. También ha habido momentos de inmensa alegría y amor. Mi abuela es una esposa, una madre y una abuela increíble, siempre preocupada del bienestar de todo el mundo. ¡Ha sido tan buena con mi abuelo! Se podría decir que le mima. Ella hace cualquier cosa por él. Pero todos, los diez hijos y veintisiete nietos están de acuerdo en que son un cuadro muy bonito de ver: ¡tantos años y todavía tan enamorados! Hace algunos años, a mi abuelo le diagnosticaron la enfermedad de Alzheimer. Es una enfermedad progresiva y hereditaria; la mayoría de sus hermanos ya han perdido casi del todo la cabeza. De vez en cuando él se olvida los nombres de los nietos o pregunta: “¿De quién eres?”. Y nosotros simplemente sonreímos y le decimos: “Yo soy de Gisela” o “Soy de Javier”. Y simplemente tienes que seguir sonriendo aun después de la quinta vez que pregunta. Últimamente las cosas han empeorado, pero él siempre se acordaba de mi abuela. Mi abuela, por la gracia de Dios, ha tenido tanta serenidad y amor. Ella se está santificando ocupándose pacientemente de sus alucinaciones, olvidos, paranoia, visitas al médico de todo un día, y todas las cosas que conlleva el ser la mujer de un hombre mayor con la enfermedad de Alzheimer. La semana pasada mi abuela llamó a mi madre llorando y le contó algo que había pasado. Mi abuelo se había despertado esa mañana y no había reconocido a mi abuela. Él no conseguía saber quién era ella y rehusaba creerle cuando ella le dijo que era su mujer. Pidió una prueba. Así que ella sacó las fotos de la celebración de su cincuenta aniversario de bodas y se las enseñó a él con lágrimas en los ojos. Él la miró y miró a las fotos y empezó a darse cuenta que ella le estaba con tando la verdad y de que era ella, su fiel esposa de casi 53 años. Él, enseguida empezó a llorar y a pedirle perdón, y los dos lloraron juntos. ¿ Cuántas veces, Señor, nosotros somos así contigo? Tan rápidamente olvidamos todo lo que Él ha hecho por nosotros. No sentimos la presencia del Señor y cuando las cosas empiezan a hacerse más duras y es más difícil amarle, entonces le preguntamos: “¿Quién eres? ¡No sé quién eres! ¡Pruébamelo!”. Y Él nos mira con una mirada de amor inagotable y dice: “¿Cómo puedes olvidarme?”. Después nosotros empezamos a pensar y reflexionar sobre nuestras vidas y todas las gracias que hemos recibido y volvemos a recordar cómo Él ha estado presente en los tiempos buenos y en los no tan buenos. Y nosotros nos derrumbamos y lloramos. Lloramos lágrimas como las de San Pedro después de haber negado al Señor tres veces, lágrimas de contrición por haber sido infieles. Pero Nuestro Señor es fiel, porque no puede negarse a sí mismo (1 Tim 2,13). Y aunque no hay curación para el Alzheimer, el Señor sí que nos ha dado un remedio para el Alzheimer espiritual: un lugar al pie de la Cruz al lado de la Virgen siempre fiel, que siempre está intercediendo por sus pobres hijos. Queridísima Madre, salud de los enfermos, enséñanos a ser fieles.
©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006
Mamie
Por D. Rafael Alonso
El 25 de enero de 2006, Su Santidad el Papa Benedicto XVI nos dio a toda la Iglesia el regalo de su primera encíclica: Deus Caritas Est. En ella nos habla el Papa de lo que es propiamente el amor cristiano como ágape comunión que se hace servicio y entrega desinteresada. Si en algo se distinguió Mamie fue precisamente en su capacidad de amar. Un día, expansionando su corazón en la oración, le decía a Nuestra Madre: “Mamá querida, a mí no se me ha ahorrado ninguna clase de sufrimientos, los he tenido todos: corporales, morales, espirituales…”. Y me contaba ella que sintió en su corazón que Nuestra Madre le decía: “Sí, hija mía, así lo ha querido el Señor para que puedas comprender a todos los que vendrán a ti con sus sufrimientos”. Ciertamente la capacidad de consolar que tenía Mamie, era más que notable. Todos los que se acercaban a ella con cualquier clase de sufrimiento recibían verdaderamente consolación. Y lo más curioso es que ella no utilizaba las palabras, decisivas para consolar, desgastadas por el uso frívolo y rutinario que encontramos tantas veces en los labios de las personas. Mamie sabía poner a la persona que sufría en su responsabilidad de aceptar el sufrimiento y ofrecerlo, y no lo decía desde la posición del que no ha sufrido y quiere encontrar unas palabras de ánimo para el que sufre. Lo hacía desde su experiencia perfectamente hermanada con la pena del sufriente. Así he visto consolar a personas a punto de ser abandonadas por su cónyuge, al cónyuge que tenía miedo de ir a su casa porque era como ir al infierno, a la persona que estaba a punto de perder la visión de los ojos, a la persona que sufría de arteriosclerosis, cáncer, de desequilibrios psicológicos por parte de algún miembro de la familia, problemas económicos... Se me agolpan en la cabeza tantos y tantos que acudían a ella cada uno con sus limitaciones y penas. Yo he visto cómo se acercaba Mamie a la silla de ruedas de una vecina enferma que ya no se podía poner de pie, mirarla profundamente a los ojos y decirla: “hija mía, cuánto te quiere el Señor, si vieras cuánto te quiere el Señor; hala, hala, no te quejes más y ofrece eso, que el Señor sufrió mucho más por ti”. No eran palabras salidas desde una lozanía espiritual y corporal, eran palabras cargadas de comprensión y reverencia ante el sufrimiento del prójimo. Cuando leía la carta encíclica del Papa, la figura de Cristo que aparece como el Dios de la misericordia y la figura de tantos Cristos que han vivido su vida santamente, ha venido a mi memoria esta multitud de cristianos anónimos pero vivos ante Dios, y entre ellos está también la figura de nuestra hermana Mamie.
©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006
Cómo conoci El Hogar - Ana M. Lapeña
2001- 14 años 2006- 19 años
Siempre definimos el Hogar como “el regalo que el Señor le quiere hacer a su Madre” y las personas del Hogar nos sentimos como almas que Nuestra Madre ha escogido para Ella. Yo pienso que Nuestra Madre me tomó para sí el día en que mis padres me consagraron a Ella pasándome por el manto de la Virgen del Pilar cuando yo era pequeña. No recuerdo quién me enseñó a rezar tres Ave Marías. La Salve me la enseñó mi profesora del colegio y yo cada noche la rezaba porque me gustaba aunque no entendía lo que significaba. Cuento esto porque ahora pienso que aquellas primeras oraciones fueron fundamentales y que, aunque yo no entendía lo que quería decir, la Virgen no se olvidó de aquel “vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos” ni de aquel “ruega por nosotros pecadores”. Al ir creciendo y entrando en la adolescencia comencé a escoger malos caminos. Gracias a Dios mi conciencia no me dejaba tranquila, pero cuesta mucho confesarse y por eso pasé mucho tiempo sin hacerlo. Para justificarme intenté convencerme a mí misma de que Dios no existía y empecé a sentir un rechazo muy grande por la Iglesia a la cual acusaba de cosas que no eran ciertas y rechazaba a Dios diciendo que no era bueno. Pero yo todo esto en el fondo de mi corazón no me lo creía y seguía intranquila porque además cuanto más pecaba más insatisfecha me sentía y llegué a estar esclava de mis vicios. De alguna manera me despreciaba a mí misma. Es el juego del enemigo, primero te muestra una pompa atractiva y te hace creer que con eso alcanzarás la felicidad y cuando explota en tus manos te deja hundido y amargado en tu miseria. Hay gente que me dice: “¿puede una adolescente de 14 años plantearse esas cosas?”. Claro que puede, los adolescentes no son idiotas, sólo son adolescentes y con 14 años yo me preguntaba por el sentido de la vida y buscaba la verdad. Fue en segundo de la ESO cuando conocí a unas chicas del Hogar. Iban a mi clase y un día en el recreo yo estaba diciendo que Dios no existía y lo justificaba diciendo que en el cielo no hay más que nubes que son gotas de agua en suspensión y me quedaba tan tranquila como si hubiese escrito una tesis doctoral. Ahora me acuerdo y me pongo colorada… pero andaba yo así dándomelas de lista cuando una chica me dijo: “No digas eso, Dios sí existe”. Yo le contesté: “Demuéstramelo”. Ella me dijo: “No sé demostrártelo pero te digo que existe. Yo lo sé. A mí me escucha. Estoy segura”. Yo por supuesto la dejé en ridículo con argumentos tontos otra vez. Aparentemente en aquella conversación había ganado yo, pero lo cierto es que me dejó tal remordimiento de conciencia que a los pocos días le pedí a ella y a sus amigas cristianas que me ayudasen a creer, que yo quería pero no podía. Ellas me invitaron a unas reuniones a las que iban.Yo no sé por qué fui. Ahora lo pienso y no tiene sentido. Es como si alguien me hubiese cogido y sin yo darme cuenta me hubiese llevado. Allí estaba llevando el círculo una Sierva del Hogar de la Madre, la hermana María, y lo que yo pensé al escuchar toda la reunión fue: “Esto es la verdad”.  Quise entrar en el Hogar de la Madre y comencé a ir a misa los domingos y a todas las reuniones. Pero todavía iba a medio gas. Iba como andando por el borde de un precipicio y pasaba más tiempo abajo que arriba porque no rompía con mi vieja vida. Finalmente me decidí por la santidad ese verano en un encuentro de verano del Hogar. Algunas personas que me conocen dicen que allí me lavaron el coco, pero no es verdad, lo que me lavaron fue el alma, y no fueron las personas sino Jesucristo. Lo que me hizo decidirme a cambiar fue la experiencia tan fuerte que tuve de Él. Un día, estando en la capilla, escuché en el alma con mucha fuerza: ¡Sígueme o déjame! Y con eso entendí que el Señor prefería que no le siguiese a que lo hiciera mediocremente. Me sentí en ese momento completamente libre. Sabía que tenía que optar, sabía que Él era la Verdad y que en Él estaba la felicidad porque así lo había experimentado pero también sabía que seguirla me iba a costar sufrimiento. Decidí seguirla y abrí mi alma a la inmensidad de gracias que Él me quería regalar. A los pocos días, las Hermanas nos hablaron de la vocación, no sólo de la religiosa, también del matrimonio. Decían que teníamos que abrirnos a lo que el Señor quisiese de nosotras. Yo recuerdo estar en la capilla y decirle al Señor: “Señor, si Tú quieres, a mí me encantaría que me eligieses para Ti y poder responderte por todas las almas que no lo hacen. Pero muéstrame tu voluntad, que yo quiero lo que Tú quieras”. Ahora veo clarísimo lo que Él me respondió, algo así como: “Sí, acepto el ofrecimiento”. Pero en ese momento no lo vi claro, no sé si porque no estaba preparada o porque tenía miedo, pero la verdad es que ahora lo puedo recordar como si fuese ayer y no me cabe duda de lo que experimenté. Cuando lo entendí me llené de alegría y de deseos de ser muy generosa para Él, que sería mi Esposo. Fue necesario esperar cuatro años para poder entrar como candidata. Durante todo este tiempo tuve que luchar mucho por mi vocación y mucha gente intentó apagarla. A veces me preguntan: “¿Cómo has aguantado todo este tiempo?”. Yo lo atribuyo a que siempre he intentado ser fiel a la oración y siempre intenté ser sincera y cumplir la voluntad de Dios. Este es un camino seguro. Pero sobre todo el estar aquí lo debo a la misericordia de Dios que por alguna razón que sólo Él sabe y en la que me huelo que está Nuestra Madre por medio, no me ha querido soltar. En alguna ocasión estuve a punto de dejarlo todo. Recuerdo una vez en que fui a la capilla para despedirme de Dios, para decirle que ya no iba a volver más, que ya estaba cansada de sufrir. Entonces abrí el libro de oración mientras me levantaba y leí: “¿Tú también vas a dejarme?”. Esto fue una gracia muy importante para mí. Además, el Señor ha ido siempre poniendo en mi camino a personas que me han ayudado para el cumplimiento de su voluntad. Él no nos abandona, somos nosotros los que le abandonamos.
©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006
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