Al Descubierto- René Zambrana
18 años Briston, Virginia (Estados Unidos)
¿ Cuál es la mayor ilusión de tu vida? El mayor sueño de mi vida es llegar al cielo. ¿ Cuál es el mayor fracaso de una persona? El mayor fracaso de una persona es el pecado, porque te separa de Dios. ¿ Qué opinión te merece el mundo en el que vives? Mi opinión sobre el mundo en que vivo es que muchas personas pierden una gran parte de sus vidas con la TV, el ordenador, la música; pocas personas se toman tiempo para pensar y menos aún tiempo para rezar. ¿ Cómo te definirías en pocas palabras? Un joven puesto en un ambiente que ofrece la oportunidad de absorber gracias. ¿ A qué persona viva admiras más? Al Papa Juan Pablo II. Cuando hayas muerto, ¿qué te gustaría que se recordara de ti? Vivió una virtud heroica. ¿ Qué le pedirías a un joven? Que rezara el Rosario todos los días. ¿ Qué es la alegría? La alegría es un fruto del Espíritu Santo junto con la paz y la misericordia. ¿ Y la tristeza? Pecado. ¿ Tienes miedo a algo? ¿a qué? A nada actualmente. ¿ Cómo se supera el miedo? Respondiendo a la llamada de Cristo a través de su representante sobre la tierra, el Papa: "Duc in altum" o "Rema mar adentro", que es un llamamiento para que saquemos beneficio de una profunda vida de oración como es descrita por Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Esta llamada fue clarificada por la carta del Papa Rosarium Virginis Mariae que ofrecía el Rosario como medio para esta contemplación. ¿ Cuál es el santo de tu devoción? S. Luis María Grignon de Montfort. ¿ Cuál es el hecho de su vida que más admiras? Sus libros "El Secreto del Rosario" y la "Verdadera Devoción a María". ¿ Cuál crees que es el rumbo de tu vida? Yo creo que la dirección de mi vida es hacia Cristo y que yo estoy llamado a seguirle e imitarle. Rezad un Ave María para que yo pueda se fiel a mi vocación. ¿ Dónde está el éxito de una persona? El éxito personal se encuentra en hacer la voluntad de Dios sobre la tierra, como lo hicieron Jesús y María. ¿ Quién es Jesucristo? El Dios viviente con un Corazón de carne. ¿ Cuál es el centro de tu vida? El Dios que un día demostró su amor por mí muriendo en la cruz y que sigue demostrándomelo haciendo siempre su parte para salvar mi alma y llevarme hacia Él. ¿ Cuál es la esperanza de los jóvenes? La esperanza de los jóvenes es que se den cuenta de que ellos son la esperanza de la Iglesia y que están llamados a vivir la misma fe por la que vivieron y murieron los santos, mártires, apóstoles ... ¡Jóven, créetelo, tú eres la esperanza de Dios y se espera mucho de ti! ¿ Cómo se vive mejor? Haciendo lo que el Papa dice. Él es el representante de Cristo sobre la tierra. Este año él dice que recemos el Rosario, así que tomémonos el tiempo de rezarlo bien sin dormitar y conscientes de que tu Madre, la Virgen María, oye tu voz.
Completa:
Soy... una persona con mis propias ideas y opiniones. Me cuesta... estar inseguro, comer carne con trozos de grasa, los primeros segundos antes y después de una ducha fría, que me tomen el pelo, sentirme solo y que no me hagan caso. Pido perdón cada vez que... peco. Los amigos están para... amarlos y ser amado por ellos. La Virgen María me... mima.
¿ Qué te sugieren las siguientes palabras?
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Rene: mi nombre María: el nombre de la Virgen. Fátima: "Rezad el rosario cada día por la paz en el mundo" Apostolado: Rosario, Eucaristía, Duc in altum. Corazón: Cristo en la Eucaristía. Camino: Jesús. Muerte: eternidad. |
Futuro: esperanza, valentía. Presente: caridad. Pasado: fe en la misericordia de Dios. Familia: yo sonrío cuando pienso en mi familia. Fe: es ciega. Caridad: Amor desbordante en el alma. Esperanza: Cielo, de ver a Dios.
©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
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Tengo que ser como él
Fue un día de febrero. Mi alma necesitaba algo más. Yo sabía que Dios me quería todo para Él, pero no sabía cómo ni dónde me podía entregar a la salvación de las almas. Hacía escasamente dos meses que había fallecido mi padre en Cartagena. Todo en mí se derrumbaba. Muerto mi padre, tenía que desgajarme de la parroquia donde habían brotado por primera vez mis ansias de santificación, y ahora en Madrid, me encontraba en un vacío total. Es verdad que mi primera preocupación fue encontrar un ambiente donde esas ansias se convirtiesen en realizaciones; pero no encontré en aquel ambiente que se llamaba católico una amistad profunda, y lejos de ayudarme, tenía que luchar contra él. Yo no concebía que se pudiera estar en una organización católica y llevar una vida corriente, yendo al baile y perdiendo el tiempo en un pin-pon o en el bar del "centro". ¡Qué pequeña me parecía esta vida!. Me veía encerrado en un cascarón y me parecía imposible romperlo. Por eso enraicé mi vida en una más profunda devoción a la que todo lo concede, porque yo había experimentado su protección maternal, cuando habiendo pedido durante la enfermedad de mi padre que se curase o lo llevase al Cielo, Ella alcanzó la gracia de que mi padre no muriese sin confesión y sin haber recibido el óleo que nos hace fuertes soldados de Cristo en la batalla suprema. Incesantemente, con instancia, pedía a nuestra querida Madre me concediese el deseo de mi alma: encontrar un grupo de jóvenes que me ayudasen a ser santo. Y.... ¡cómo lo recuerdo! Un hecho que parece circunstancial, pero que para mí fue providencial, se cruzó en mi camino. Sin duda es vulgar acercarse a los tablones de anuncios y leer lo que allá ponen cuando entre clase y clase no tienes nada que hacer. Yo me acerqué al que había en el corredor donde estábamos los "preuniversitarios" en el Instituto Cardenal Cisneros. Leí tranquilamente: "Charlas de actualidad. Temas de juventud: Hombría, personalidad, libertad, castidad..." A pesar de que salía poco de casa y no sabía dónde estaba el local donde se iban a dar las charlas me dije: "Voy". Pero no quise ir solo, e invité a dos compañeros míos para que me acompañaran. Así fue. A la tarde ya nos encontrábamos, después de clase, sentados en los primeros bancos de la gran sala que tienen los jesuitas para conferencias en la calle de Maldonado. Se acercó al estrado un Padre y comenzó a hablarnos. Me gustó. Pero la sorpresa vino cuando anunció que un seglar nos iba a dirigir la palabra. Nunca había visto que un seglar hablara de Dios a un grupo de trescientos jóvenes como allí estábamos. Empezó a hablar. Yo quedé electrizado. Me gustaba su voz y todo lo que decía era tan real... Nos contó lo que a él le pasaba cuando tenía nuestra edad. ¡Cuántas coincidencias vi entre su vida y la mía! Mientras hablaba, a todo yo decía en mi interior: "Sí. Claro, es verdad. Lleva razón. Evidente..." Me captó. Pero lo mejor es que yo encontraba en él un algo que jamás lo había encontrado. La alegría rebosaba en él y se comunicaba a mi espíritu. Sentía en mí la paz que él llevaba. Me decía a mí mismo: Todo le sobra, su único ideal es Cristo y las almas. Y ¡Cómo habla de la Virgen! ¡cómo la quiere! No, no era un hombre cualquiera. Y en mi interior brotó una frase: "Tengo que ser como él. Mi ideal es ser lo que él es". Entonces yo no me daba cuenta de que lo que veía era a Cristo, que llevaba dentro: "Vivo yo, ya no yo, es Cristo el que vive en mí" (Gal. 2,20). Aquel hombre era Abelardo de Armas, primer superior general de la Cruzada de Sta. María. Con tres sacerdotes había quedado para hablar y llevar una dirección espiritual seria, pero al final no sé qué encontraba en ellos que me hacía retroceder. Sin embargo, aquel joven tenía algo especial que me atraía. Me dije: “Cuando termine esta charla iré y le diré lo que pasa en mí". Me acerqué a él. Le saludé y pregunté si tenía un poco de tiempo disponible. - “Mira, no puedo. Ven mañana”. Salí con mis compañeros. Discutíamos acaloradamente sobre todo lo que nos había impresionado. Al día siguiente conquisté a otros dos. Mientras hablaba el sacerdote, yo deseaba que se pasase el tiempo y subiese a la tarima el seglar. Por fin. Otra vez en mi espíritu la misma reacción que el día anterior. Los mismos deseos de ser como él. Pero ¿qué tenía aquel joven? Y yo no comprendía que era Cristo el que estaba hablando en mi interior, poniéndome aquellos deseos. Termina la charla y hago la misma operación. -”¡Hola! ¿Tienes tiempo ahora?” Se sonríe. -”Ven mejor mañana. Ya hablaremos cuando terminen”. Volví. Este último día nos proyectó unas diapositivas sobre el Santo Sudario de Turín. Cristo aparecío más cercano a mí en aquel rato de silencio que nos dejó delante del verdadero rostro de Jesús. Terminada la proyección le esperé mientras recogía los cables, ordenaba las diapositivas y cerraba el proyector. No sabía qué decirle ahora que tenía la ocasión de charlar. - “Acompáñame hasta mi residencia y hablaremos por el camino”. Le confié todo como a un viejo amigo. Le abrí mi alma. Pero al llegar al punto de la dirección espiritual me dijo que como no era sacerdote no le parecía bien, que me presentaría a uno que me ayudaría incluso mejor que él. Era el P. Tomás Morales. Me invitó a una tanda de ejercicios. No sabía qué era aquello, yo había hecho ejercicios espirituales en el colegio. -”Eso no son ejercicios auténticos. Los ejercicios tienen que estar rodeados de un ambiente de silencio para que Dios pueda hablarte y tú le puedas escuchar. Si quieres hacer algo por Dios y por los demás, es lo primero que debes hacer”. Le dije que sí, que iría, pero tenía problemas económicos. Me resolvió todo. Me preguntó: -”¿Cómo vas a prepararte para esa tanda?” No sabía qué responderle. ¿A qué se referiría? Y como si adivinase mi pensamiento, me dijo: -”Verás, es que no es lo mismo ir preparado que ir a lo que salga. Si en un pueblo hay una lluvia de oro, ¿quién crees que cogerá más, uno del pueblo o uno que esté allí de paso?” -”Me parece que los del pueblo, porque el caminante sólo lleva los bolsillos y algún lugar improvisado, pero los del pueblo tendrán vasijas y espuertas”. -”Pues así ocurre en ejercicios. Si tú, estos días que faltan hasta que empieces tu tanda los dedicas a pedir a Dios que te prepare, irás con esas vasijas que hacen falta para recoger la gracia de Dios que bajará del Cielo a montones. Por eso sería conveniente que todas las mañanas tuvieras, por lo menos, quince minutos de coloquio con Dios pidiéndoselo”. Llegamos a la residencia. Vimos venir hacia nosotros un joven. Me lo presentó: "Es Juan que viene de dar las charlas a los botones del banco X". La misma alegría vi reflejada en su rostro. Me saludó con una amplia sonrisa. Fui a casa. Mi corazón estaba deseoso de ese encuentro con Dios en la soledad de unos ejercicios, que habían sido lo que cambió a mi reciente amigo a una vida de total entrega al Señor. Llegó el día. Un tren nos llevó a Navillas. No me preocupaba dónde iríamos. Lo que yo quería era empezar. Era de noche. Bajamos del tren y a oscuras completamente, con mucho frio, empezamos a caminar por algo que parecía una carretera, pero que apenas veíamos si era un camino. En ejercicios: Un día: sorpresa y cansancio. Muchas dificultades. Otro día: olvido de todo. Sólo Dios cuenta en este momento. Tercer día: Mucha felicidad. Yo sólo, siempre y todo de Dios. Cuarto día: "Me amó y se entregó a la muerte por mí". Agradecimiento. ¡Qué rápido se ha pasado el tiempo! Si por lo menos hubiesen sido ocho días... Hoy me encuentro entregado a Dios como soñé un día. La santidad es mi ideal y la conquista de los jóvenes para Cristo es la realización concreta de ese ideal. Me siento feliz y quiero hacer partícipes de mi felicidad a todos los que me rodean. En el mundo falta alegría. La auténtica. ¡Yo quiero dársela!
Por D. Rafael Alonso Reymundo
©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
Del Papa "La vocación al servicio" XL Jornada Mundial de Oración por las vocaciones
El tema del Mensaje de esta 40° Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, nos invita a volver a las raíces de la vocación cristiana, a la historia del primer llamamiento del Padre, el Hijo Jesús. Él es “el siervo” del Padre, proféticamente anunciado como el que ha elegido y plasmado el Padre desde el seno materno (cfr. Is. 49,1-6), el predilecto que el Padre sostiene y del que se complace (cfr. Is. 42, 1-9), en el que ha puesto su espíritu y al que ha transmitido su fuerza (cfr. Is. 49, 5 y al que exaltará (cfr. Is. 52, 13;- 53, 12). Parece evidente, de pronto, el radical sentido positivo, que el texto inspirado da al término “siervo”. Mientras, en la cultura actual, el que sirve es considerado inferior, en la historia sagrada es el que es llamado por Dios para cumplir una acción particular de salvación y redención, como quien sabe haber recibido todo lo que tiene y por lo tanto se siente tambièn llamado a poner al servicio de los demás todo cuanto ha recibido. El servicio en la Biblia, está siempre unido a una llamada específica que viene de Dios y por tanto representa el máximo cumplimiento de la dignidad de la criatura, o sea, que evoca toda la dimensión misteriosa y trascendente. Así ha sido también en la vida de Jesús, el siervo fiel llamado a cumplir la obra universal de la redención.  En la Sagrada Escritura se da una fuerte y evidente ligazón entre servicio y redención, como de hecho se da entre servicio y sufrimiento, entre Siervo y Cordero de Dios. El Mesías es el Siervo sufriente que padece, que se carga sobre la espalda el peso del pecado humano, es el Cordero “conducido al matadero” ( Is. 53, 7) para pagar el precio de la culpa cometida por la humanidad y devolverle así el servicio del que más tiene necesidad. El Siervo y el Cordero que “maltratado, se dejó humillar y no abría la boca” (Is. 53, 7), mostrando de esta manera una fuerza extraordinaria: la de no devolver el mal con el mal, sino respondiendo al mal con el bien. Es la humilde energía del siervo, que encuentra en Dios su fuerza y que, por esto, Él le transforma en “luz de las naciones” y operador de salvación (cfr. Is. 49, 5-6). La vocación al servicio es siempre, misteriosamente, vocación a tomar parte de forma muy personal, aunque costosa y dolorosa, en el ministerio de la salvación. Jesús es en verdad el modelo perfecto del “siervo” del que habla la Escritura. Él es quien se ha despojado radicalmente de sí, para asumir “la condición de siervo” (Fil. 2, 7), y dedicarse totalmente a las cosas del Padre (cfr. Lc. 2, 49), como Hijo predilecto en quien el Padre se complace (cfr. Mat. 17, 5). Jesús no ha venido para ser servido, “sino para servir y dar su vida en rescate de muchos” (Mat. 20, 28); ha lavado los pies de sus discípulos y ha obedecido al proyecto del Padre hasta la muerte de cruz ( cfr. Fil. 2, 8). Por esto, el Padre mismo, lo ha exaltado dándole un nombre nuevo y haciéndole Señor del cielo y de la tierra (cfr. Fil. 2, 9-11). ¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir y culmina en el descubrimiento del nombre nuevo, pensado por Dios para cada uno? En tal “nombre” cada uno puede proponer su propia identidad, orientándose hacia una realización de sí mismo que lo hará libre y feliz. ¿Cómo no leer, en particular en la parábola del Hijo, Siervo y Señor, la historia vocacional de quien es llamado por Él, para seguirlo de cerca y llegar así, a ser siervo en el ministerio sacerdotal o en la consagración religiosa? En efecto, la vocación sacerdotal o religiosa es siempre por su naturaleza, vocación al servicio generoso a Dios y al prójimo. El servicio, entonces se transforma en camino y mediación preciosa para llegar a comprender mejor la propia vocación. La diakonía es en verdad itinerario pastoral vocacional (cfr. Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 27 c). Jesús, el Siervo y el Señor, es también aquel que llama. Llama a ser como Él, porque sólo en el servicio el ser humano descubre la dignidad propia y la ajena. Él llama a servir como Él ha servido: cuando las relaciones interpersonales son inspiradas en el servicio recíproco, se crea un mundo nuevo y en ello se desarrolla una auténtica cultura vocacional. Con este mensaje, quisiera casi prestar la voz a Jesús, para que proponga a tantos jóvenes el ideal del servicio y ayudarles a superar las tentaciones del individualismo y la ilusión de procurarse así la felicidad. No obstante cierto impulso contrario también presente en la mentalidad actual, se da en el corazón de muchos jóvenes una natural disposición a abrirse a otro, de forma especial al más necesitado. Todo ello les hace generosos, capaces de empatía, dispuestos a olvidarse de sí mismos para anteponer al otro a sus propios intereses. Servir, queridos jóvenes, es vocación del todo natural, porque el ser humano es naturalmente siervo, no siendo dueño de la propia vida y estando en cambio necesitado de tantos servicios al otro. Servir es manifestación de libertad por irrumpir del propio yo y de responsabilidad hacia el otro; y servir es posible a todos, con gestos aparentemente pequeños, pero grandes en realidad si son animados del amor sincero. El verdadero siervo es humilde, sabe ser “inútil” (cfr. Lc. 17, 10), no busca provechos egoístas, pero se empeña por los otros experimentando en el don de sí mismo el gozo de la gratuidad. Os auguro, queridos jóvenes, sepáis escuchar la voz de Dios que os llama al servicio. Es éste el camino que abre tantas formas de ministerios favorables a la comunidad; desde el ministerio ordenado a los varios ministerios instituidos y reconocidos: la catequesis, la animación litúrgica, la educación de los jóvenes, las más variadas expresiones de la caridad (cfr. Novo millennio ineunte, 46). He recordado, en la conclusión del Gran Jubileo, que esta es ”la hora de una nueva ‘fantasía’ de la caridad” (ibidem, 50) Toca a vosotros, jóvenes, de forma particular, hacer que la caridad se exprese en toda su riqueza espiritual y apostólica. Así dice Jesús a los Doce, sorprendidos al discutir entre ellos sobre “quien fuese el más grande” (Mc. 9, 34). Es la tentación de siempre, que no perdona siquiera a quien es llamado a presidir la Eucaristía, el sacramento del amor supremo del “Siervo sufriente”. Quien cumple este servicio, en realidad, es todavía más radicalmente llamado a ser siervo. Es llamado, de hecho, a lograr “in persona Christi” y por lo tanto a revivir la misma condición de Jesús en la Última Cena, asumiendo por ello la misma disponibilidad para amar no sólo hasta el fin sino a dar la vida. Presidir la Cena del Señor, es por lo tanto, una invitación urgente para ofrecerse como don, para que permanezca y crezca en la Iglesia la actitud del Siervo sufriente y Señor. Queridos jóvenes, cultivad la atracción por los valores y por la elección radical que hacen de la existencia un servicio a los demás tras las huellas de Jesús, el Cordero de Dios. No os dejéis seducir por los reclamos del poder y de la ambición personal. El ideal sacerdotal debe ser constantemente purificado por éstos y otras peligrosas ambigüedades. Resuena también hoy el llamamiento del Señor Jesús: “Si uno me sirve, que me siga” (Jn. 12, 26). No tengáis miedo de acogerlo. Encontraréis seguramente dificultades y sacrificios, pero seréis felices de servir, seréis testimonios de aquel gozo que el mundo no puede dar. Seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno; conoceréis la riqueza espiritual del sacerdocio, don y misterio divino. Como otras veces, también en esta circunstancia tendamos la mirada hacia María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización. Invoquémosla con confianza para que no falten en la Iglesia personas dispuestas a responder generosamente a la llamada del Señor, que llama a un más directo servicio del Evangelio.
©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
Entrevista a John Sheerin Dublin, Irlanda 28 años
- John, ¿podrías contarnos cuál era tu situación familiar de niño y qué tipo de formación religiosa recibiste? - Procedo de una familia con cuatro hijos, todos chicos. Yo soy el mayor. Mi padre murió cuando yo tenía diez años, esto significa que mi madre quedó sola para educarnos. No era una familia muy religiosa y todavía no lo es realmente. Tanto mi madre como mi padre provenían de una zona de Dublín donde vivía la clase obrera. Yo crecí siendo un chico como todos, no era ni especialmente bueno ni especialmente malo. Pero ciertamente la muerte de mi padre alteró el curso de mi vida. Yo era muy joven cuando él murió y sólo tengo algunos recuerdos de lo que era tener un padre. De alguna manera empecé a tomar mis propias decisiones. - Entonces, ¿la atmósfera religiosa en tu casa era poca o nula? - Mi padre había sido monaguillo de pequeño. Mi madre venía de una familia bastante religiosa. Ellos iban a Misa los domingos pero no pasaban de ahí. Era como una cosa habitual que había que hacer. Se nos obligaba a ir de pequeños, pero cuando entramos en la adolescencia, mi madre nos mandaba a Misa solos y nosotros ya no íbamos, nos la "fumábamos". - Como tú mismo has dicho, tú eras tu propio consejero y nadie te podía decir lo que tenías que hacer. ¿Era así desde los diez años de edad o fue un proceso gradual? - Yo era un poco inquieto en Primaria, pero no hacía daño a otras personas. Cuando cumplí los 13 años, empecé a juntarme con personas de diferentes partes (mi madre siempre decía que yo tenía un gran “olfato” para descubrir a las personas malas). Se abrió para mí un campo más amplio donde podía hacer cosas que por mí mismo no habría hecho. - Háblanos de tus estudios. - Fui a la Escuela Pública y me suspendieron después de los tres primeros días por pelearme. Tuvieron que llamar a mi madre... - ¿La violencia era una de las características de tus años de adolescencia? - Yo no diría que me peleaba muchísimo, al menos no es algo que yo recuerde. No iba por ahí causando estragos, pero ciertamente yo era el potencial de ello en todas partes por donde iba. Era una actitud, especialmente al pasar de una escuela a otra. Tenía que dejar huella de chico duro. No quería estudiar. Yo creía que sólo los tontos estudiaban. También empecé a beber y a fumar. - ¿A qué edad? - A los 13 años, pero no de manera regular. Al final de mi calle hay un canal. Allí íbamos y cada uno de nosotros se llevaba botellas de su casa. Rompíamos la cabeza y bebíamos de esa botella rota, creyendo que éramos verdaderamente duros. Yo empecé a fumar hachís y más cosas hacia los 14 años. Hubo un cambio muy rápido y pasé de eso a cosas más duras. - En esa etapa, ¿tu madre había perdido todo control sobre ti? - Estimo que sí. Yo nunca estaba bastante tiempo en casa para poder recibir su educación. Desaparecía los fines de semana y en el verano me marchaba durante tres o cuatro días sin decirle dónde iba. Estaba en casa de amigos y cuando volvía, ella se volvía loca y yo pensaba que estaba en mi derecho de hacer lo que me daba la gana. Había guerra. Ella luchaba conmigo hasta el final. -Tú tomabas drogas a los 14 y 15 años... Antes mencionaste tu progreso hacia drogas más fuertes, ¿cómo fue ese proceso? -Este proceso llegó muy rápido. Una cosa lleva a la otra. La sensación que produce la droga hace que tú quieras algo más. Cuando das el paso de hacer algo ilegal es bastante fácil dar el paso siguiente. - Es como si tú hubieras debilitado tu resistencia. - En esa época había unos locales, -yo debía de tener 16 años- donde se pasaba ácido y también pastillas de éxtasis. Lo haces una vez y crees que eso es lo que necesitas, que es maravilloso. Enseguida pasas de fumar ese poquito de hachís y de beber una vez a la semana a hacerlo tres veces por semana. Y en breve espacio de tiempo se empieza a hacer más a menudo. - ¿De dónde sacabas el dinero? - Mis amigos en ese tiempo estaban traficando, compraban grandes cantidades, eso quiere decir que lo podíamos obtener barato y gratuito. No traficábamos abiertamente, es decir, en las calles o en las discotecas, pero en la zona hay alguien que se sabe que trafica. No recuerdo realmente haber robado, pero estoy seguro de que lo hice en algún momento. Era muy fácil porque yo tenía muchos amigos a mi alrededor que lo hacían. -¿Quieres decir que en esos círculos cualquiera que no tomase drogas era una excepción? - Bueno, es que no había nadie en nuestro círculo que no tomara drogas. Todas las personas con las que iba, cada una de ellas, lo hacía. Me acuerdo que íbamos a la ciudad en autobús y veíamos a la gente de nuestro instituto ir a tomar unas cervezas y los considerábamos como tontos por ir al pub, mientras que nosotros íbamos destrozados a ese otro local. - ¿Os considerábais chicos listos? - Nosotros creíamos que nos habíamos topado con una sub-cultura que era increíble y que todos los demás iban a hacer lo mismo. Éramos un pequeño grupo que pensaba que todos los demás eran tontos y que nosotros éramos superiores. Eso fue cuando teníamos 17 años. En esa época todavía la droga no había tenido su efecto sobre nosotros. Porque en cuanto la droga progresa, empieza verdaderamente a consumirte.  - ¿Qué significa que te consume la droga? - Yo había llegado al punto de no tener respeto por nadie fuera de mi grupo. La única vida que yo tenía era tomar drogas, las únicas historias que yo tenía para contar, la única conversación que yo tenía estaban relacionadas con las drogas. Mi hermano menor, David, que era muy pequeño cuando murió mi padre, todo lo que conocía de mí era ya estando en este ambiente. Él necesitó mucho tiempo y sigue necesitándolo para de alguna manera perdonarme. Yo iba a casa tres días a la semana -el resto me los pasaba en casa de alguien hecho polvo-. Volvía a mi casa sólo para cambiarme de ropa o para comer, y desde el momento en que yo entraba en casa todo el mundo permanecía callado. - ¿Eras violento en casa? - Nunca era violento físicamente pero lo era verbal y psicológicamente. - ¿Los cambios de humor eran provocados por la droga? - Sí, eran tremendos. Yo iba por la calle y podía estar completamente feliz pero al minuto siguiente no. Es una situación tal en la que entras que no puedes ser de otra manera. - Sigue contándonos más cosas acerca de esa situación. - Bueno, por esa época empecé a mostrar signos físicos…Yo llevaba ropa vaquera. Tenía el pelo largo al principio pero después entré más en la cultura "rave" y ese era el tipo de corte de pelo que yo tenía para que fuera a juego con la cultura "rave". Lo llevaba todo engominado de punta hacia abajo, se llamaba entonces “corte francés” y todos pensábamos que éramos guays así. A mí nunca me gustaron las joyas, pero muchos de los chicos tenían grandes anillos dorados. En esa época uno podía saber quién estaba metido en la droga simplemente por la manera en que se vestía. Ciertamente se sabía quién estaba metido en esa cultura o quién pretendía formar parte de ella. Nosotros estábamos sólo empezando y todo nos parecía de color de rosa. Más tarde se verían los efectos. La droga es un problema enorme. - ¿Has visto a alguno de tus colegas morir? - Gary, mi mejor amigo con el que crecí, se suicidó a los 16 años cuando yo tenía 17. Otro amigo mío, que estaba acusado de robo y desvalijamiento, drogado y esperando el juicio, se tiró en el río Liffey y se ahogó. Yo mismo, en dos ocasiones, terminé en el hospital casi muerto. Eso fue en la mañana del día de San Patricio. La noche antes fui a una fiesta, tomé todo tipo de cosas y me dio un colapso al lado de la carretera. Llamaron a una ambulancia porque me daban convulsiones. Yo tenía 22 ó 23 años. Me llevaron al hospital donde intentaron mantenerme quieto. Me ponía morado y tuvieron que ponerme una inyección de adrenalina para calmarme e intentar que mi corazón volviera al estado normal. - ¿Y qué fue de tus estudios? - Bueno, en el tercer año me pidieron que dejara el Instituto. No me dejaban volver. Ellos simplemente me dijeron: "Mira, has sido demasiado subversivo, no has trabajado nada, etc., etc.", y me fui. Tenía 15 años entonces. Después fui a otra escuela en la que había estado mi hermano y creo que fui al 30% de las clases. Eso era desde el primer año hasta el quinto. Y después en el sexto año, fui la primera semana y no volví hasta Navidad. Mi madre les convenció para que me admitieran de nuevo. Creo que fui otra semana y no volví más. Por influencia de un tío mío, -que era profesor y conocía al vicerrector- me dejaron volver. Volví y, aunque de hecho no lo hice muy bien, pude completar mis estudios. - ¿Podrías decirnos hasta qué punto llegaste con la droga? - Bueno, yo había estado tomando extasis regularmente todo el tiempo y después seguí tomando un montón de cocaína. La cosa más tonta que he hecho ha sido inyectarme cocaína empleando agujas, porque existía la posibilidad de que yo hubiera podido contraer el Sida. - ¿Decidiste alguna vez dejarlo, por ejemplo cuando te hospitalizaron, porque estabas al borde de la muerte? - Yo sé que al viernes siguiente (y esto pudo ser a los 3 ó 4 días), yo ya estaba otra vez tomando drogas. En realidad, uno se olvida de los malos momentos. Yo creo que sales de ellos y en el mismo minuto en que dejas de sentirte enfermo, todo lo que puedes recordar son los momentos buenos. Así que yo volví de nuevo a hacer lo mismo. Te acostumbras tanto a estar tan mal en todos los sentidos, física y emocionalmente, que tomar drogas se vuelve una norma. - ¿Qué es lo que cambió todo? - No había manera de que yo decidiera dejarlo por mi propia voluntad, no tenía ninguna intención ni veía ninguna razón para hacerlo. Yo no quería. Me acuerdo de haberle dicho a un amigo cuando yo tenía 21 años: "Todavía me quedan unos diez años de ésto". Sinceramente pensaba que empezaría a consumirme y estaba preparado. Después llegué a un punto en que físicamente ya no podía más. Cuando tenía 23 años, Ruth, una amiga mía que ahora es religiosa, me ayudó. - ¿Era de tu grupo de amigos? - Sí. En agosto de 1998 sus padres decidieron por su cuenta enviarla a Medjugorie. Había allí un festival de jóvenes. Ella pensó que era una maravillosa excusa para ir y tomar un poco de sol, así que se fue. Quedamos en que a la vuelta iríamos a recogerla del avión, saldríamos y tendríamos una fiesta. Pero ella volvió de Medjugorie hablando de Dios. Nosotros le decíamos que de qué iba y creíamos que todo era un poco raro. Ella empezó a dejar de tomar drogas, y ya no salía con nosotros... Yo pensaba que le habían lavado el cerebro, pero después de un tiempo empecé a pensar que debía de haber algo en todo eso. Ella parecía más feliz. Tenía que haber alguna realidad en todo eso, no podía ser por “abracadabra". Así que pensé que quizás iría a verla, no porque quisiera dejar las drogas sino porque tenía curiosidad de saber por qué ella había pegado un cambio tan drástico. Me acuerdo de hablar con ella y que me decía: “tienes que intentar dejar de hacer esto y aquello”. Yo simplemente no podía hacerlo, no funcionaba. Me acuerdo, de hecho, haber ido a la iglesia en Dublín e intentar rezar el primer misterio del rosario que yo recé en mi vida. Recuerdo haberme sentado en la iglesia con un par de cuentas de rosario que había encontrado en el autobús. Yendo a la ciudad el día anterior, al salir del autobús encontré que esas cuentas estaban justo debajo de mi pie y las recogí. Fue doloroso rezar aquel rosario. Pasaba cada Ave María y cada una parecía que tenía que empujarla hacia fuera. Cuando terminé tuve que apoyarme en el respaldo de la silla, era como si hubiera estado andando diez millas. - Me imagino que ese fue un paso muy importante, el hecho de hacer ese esfuerzo de ir a la Iglesia y rezar. - Después empecé a ir a una reunión con mi amiga Ruth. Yo no podía confiar en Dios, no sabía cómo confiar en Él. No había contactado con Él todavía. Lo intentaba por mis solas fuerzas. - ¿Te considerabas una persona feliz en esa época? - Entonces sí, pero mirando ahora hacia atrás, ciertamente no lo era. Pensaba que en esos momentos de mi vida yo me lo estaba pasando bien y que esa era la felicidad. Pero cuando paseaba por las calles, yo no tenía nada más que amargura. - ¿Cuándo decidiste cambiar? - Tuve una disputa con Ruth en Navidad, cuando yo tenía 24 años. En esa Navidad me volví loco, empecé a tomar todo tipo de drogas. Dejé de buscar y de intentar volver a Dios. Arruiné la Navidad de mi familia. Yo estaba flotando dentro y fuera de la casa, medio consciente de lo que pasaba a mi alrededor. Después de esa Navidad terminé yéndome lejos. Durante unas semanas estuve en casas de mis amigos por el país. Terminé en Kilkenny, en la casa de mi amigo Paul, y después de haber estado fuera toda la noche -como siempre-, me desperté a la mañana siguiente y por primera vez sentí que tenía que ir a confesarme. Nunca había ido a confesarme antes. La Catedral de Kilkenny estaba justo enfrente de la calle, así que me levanté y crucé la calle hacia la Catedral. Allí estaba el Santísimo Sacramento expuesto. Había un sacerdote confesando y me acerqué. Debí estar como unos cuarenta y cinco minutos. Estuve llorando. Fui delante del Santísimo y me di cuenta de que allí había Alguien y me sentía perdonado. Ese día volví a Dublín, había un mensaje de Ruth y ella me decía si quería ir con ella a conocer a unos sacerdotes.  - ¿Cuánto tiempo hacía que habías discutido con ella? - Dos meses. En ese tiempo yo no hablé con ella, ni la llamé. No había contactado con ella para nada, pero el mismo día en que fui a confesarme ella me había llamado. Así que la llamé y me preguntó si quería ir a conocer a esos sacerdotes que habían venido de España. Sólo por enmendarme y porque se me ofrecía en bandeja, yo no podía decirle que no, después de que ella me había llamado. Así es que fui. Era un encuentro con el Hogar de la Madre. Uno de los sacerdotes, el P. Félix, se acercó a mí al final de la charla; yo estaba de pie al fondo, y tenía mi mano sobre la manilla de la puerta para salir rápidamente aunque estaba muy impresionado con todo lo que había oído. Él simplemente me dijo: "¿Por qué no te vienes en Semana Santa?" Y yo le dije que iría. Fui a España. Cuando llegué allí, al principio me sentí totalmente fuera de lugar. Pensaba que todo el mundo a mi alrededor era santo y que era demasiado para mí. El Viernes Santo, tuvimos una asamblea y el Padre Rafael decía cómo uno no puede estar sentado y no hacer el esfuerzo de levantar el corazón a Dios. No podía quitarme de la cabeza aquello que decía. Yo estaba completamente envuelto en todo. Físicamente sentí que tenía que agarrarme a la mesa porque el corazón se me levantaba interiormente. - Todo eso debió ser una experiencia nueva para ti. - Una enorme experiencia. Terminé por irme a la iglesia. Después, por la noche, cuando todo el mundo se fue yo me quedé un poco más. Sentí que algo me decía: "quédate aquí, quédate aquí". Había muy pocas personas en la iglesia en ese momento, yo no tengo ni idea de cuánto tiempo estuve allí. Por primera vez en mi vida llegué a ser muy consciente de lo que es la vida espiritual. Levanté la mirada hacia el crucifijo, sin ninguna razón en particular, y me pareció nueva, era como si nunca en mi vida hubiera visto la Cruz. Naturalmente la había visto millones de veces pero no la había visto nunca de esta manera. Entendí lo que significaba. Podía sentir a Jesús en la Cruz. Podía ver el dolor y el amor que representaba para mí y me quedé "pasmado". Justamente me vino a la cabeza: "Esto es lo que yo he hecho por ti. Ahora, ¿qué vas a hacer tú por mí?". Pensaba en todo lo que yo había hecho en mi vida, en todas las ofensas que yo había hecho a tanta gente y a mi propia alma. - ¿Esto provocó en tu corazón un sentido de culpabilidad? - No de culpabilidad, no me hizo sentirme culpable, me hizo sentirme perdonado y verdaderamente pequeño. - ¿Dirías que en tu corazón experimentaste el amor de Dios? - Ciertamente, sin ninguna duda. Se me deshacían los ojos; estaba hecho un mar de lágrimas. Sentía mi alma salirse de mí. Recuerdo estar tumbado en la cama absolutamente estupefacto por ésto. Estaba pasmado por la sensación que tenía en mi corazón, asombrado porque podía sentir que yo tenía un alma. Sabía que Dios existía, sabía que Él estaba a mi lado, sabía que Él me amaba. - ¿Qué le dirías a alguien que te dijera: "Esto es sólo un proceso psicológico, tú pasaste por una fase loca cuando eras niño, pero ahora has madurado, estás bien"?. - Yo no tenía ninguna intención de cambiar, yo no veía ninguna razón para cambiar. En el espacio de unos segundos Dios dijo: ¡basta con todo eso!. Fue Él quien me cambió. No es que yo decidiera no tomar más drogas. Era como si mi corazón ya nu estuviera allí. Yo amaba a Dios y tenía que luchar contra el deseo de tomar drogas.
©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
Un pequeño escrito de Mamie
He encontrado un papel escrito por Mamie, con letra temblorosa. Su modo de escribir delata claramente que es del final de su vida. Estaba entre otros muchos en los que iba escribiendo día a día sus pequeños quehaceres. Voy a transcribir los correspondientes al sábado 9/10. Están escritos en francés que era su lengua natal. Como ella murió el 4 de Agosto de 1994 supongo que corresponderá al 9 de Octubre de 1993. “Me levanto a las 9 y media (ella tenía 85 años). Salida de Rafael a las 2 (del Instituto “Jose María de Pereda” en el que impartía clases de Historia). Jeannot (su hermana que era hija de la Caridad) hace las compras hasta las 11. Comida a las 2 y media hasta las tres y media. Sale Rafael a las 4. Y he dormido hasta las 6. Jeannot (estuvo de misionera entre los pigmeos del Congo, en Vietnam y finalmente en la República de Haití) me ha contado de su vida hasta las 9 y cuarto. Ella cena de 9 y media hasta las 10. Llega Rafael a las 10 y nos ha dado la comunión. Ha telefoneado el P. Rojas a Rafael a las 10 y cuarto. Hemos telefoneado a Puerto Príncipe a las 11 y media a sor Amparo y otra hasta las 11 y tres cuartos. Rafael y yo hemos cenado. A las 12 y cuarto Rafael y Jeannot a dormir. Yo “Angelus” y oraciones y a la cama a la 1 y tres cuartos.” Y al día siguiente que era domingo escribe: “10/10, domingo. Me despierto a las 4 y media. Hasta las 6. Amén. Gracias por las inmensas gracias que usted me ha concedido y que no merezco. Ayudad, se lo suplico a nuestro pobre padre Rafael que se da enteramente a usted, a nuestros hijos que os aman y sufren con ánimo, a mi hermana que es suya, siempre sonriente, y olvida sus sufrimientos para ocuparse de los de los demás. Os suplico que abráis los corazones de los que nos impiden serviros. Que vuestra voluntad se haga. Amén. Jesús. A las 8 y tres cuartos me levanto para la misa de la COPE de 9 como todos los domingos. Desayuno a las 3.” Sorprende en sus pequeños escritos la hipersensibilidad y la observación de los más mínimos detalles que se refieren a los sufrimientos de los demás. De tal modo que olvidando en el agradecimiento las gracias recibidas, se ocupa en su oración, sobre todo, de las necesidades y sufrimientos de los demás. De tal modo que hace una ferviente oración. Mamie tenía esta costumbre. Se olvidaba de sí misma para centrar su atención en las demás personas. Todos los que la conocimos sabemos que esto es la verdad, que nos consolaba a todos los que pudimos disfrutar de su amistad y su cariño. Pero éste era algo más. Provenía de una mirada llena de fe y de amor. Porque Mamie nos envolvía en su experiencia de unión con Dios, y realizaba una labor de puente entre la monotonía de la cotidianidad y la realidad trascendente que nos envolvía con su presencia. Muchas veces, desde mi pequeña habitación contigua al salón donde dormía un sueño incómodo en su sillón extensible, veía filtrarse por debajo de mi puerta, cuando me despertaba en la noche, la luz de su lámpara que denotaba sus noches de oración en intimidad divina que ella consumía. En el escrito que hemos transcrito aparece la frase “inmensas gracias que usted me ha concedido...” ¿A quién va dirigida esta oración? Para Mamie la oración era ante todo dirigida al Señor. Es decir, al Padre. Pero otras veces lo hacía a Jesús y otras a Nuestra Madre, a la que le unía una filial confianza. Ella se ha llevado, como todo humano que vive en clave de santidad, muchos secretos. Sentía una especie de rubor y de pudor de hablar de “sus cosas”. Pero todos sabemos de su profundo sentido de lo trascendente, de su saber quedarse en su sitio, de su humillación ante el que es y todo lo puede. ¡Ah, se me olvidaba! Detrás de este papel, de su letra se lee: “2 fantas de naranja”. Era la bebida que le gustaba a su hermana Jeannot. Ya saben, la misionera.
Por D. Rafael Alonso Reymundo
©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
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