Hogar de la Madre


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Nº 117 - Marzo/Abril 2004

Deslizándose por el arcoiris

Por Terri DeLuca

Terri, ¿estás sentada?”, -la enfermera preguntó por el teléfono- “hemos recibido los resultados de tu test y son positivos. Estás embarazada”.

Yo rebosaba de alegría, sollozando con lágrimas de felicidad. Nunca había estado tan alegre. Habíamos querido tener otro niño desde hacía dos años. Por fin Dios nos había dado el don de la vida otra vez. ¡Ese era el día más feliz de mi vida!

Ocho semanas después tuvimos nuestro primer ultrasonido.

- “Es una niña”, dijo el Dr. Horner.
- “¿Está seguro?”, le pregunté ilusionada.
- “Bueno, yo no pintaría todavía la habitación del bebé, pero sí, estoy seguro”.

Mi primer hijo, Joey, que entonces tenía dos años, sabía algo de lo que estaba pasando. Él sabía que la tripa de mamá estaba cambiando, pero naturalmente no sabía por qué. Me acuerdo tener un placer inmenso al contarle que iba a tener una hermanita y cómo sería cuando ella viniera a casa. Joey aprendió a acariciar mi tripa y a decir “be-bé”. A la hora de comer, cuando le pedíamos a Dios que bendijera la comida, también le pedíamos que bendijera al bebé y Joey acariciaba su propia tripa. ¡Yo, la madre de dos niños casi no me lo podía creer!

Cuando el bebé tenía 19 semanas en el útero, tuvimos otro ultrasonido para ver el desarrollo. “Va con cuatro semanas de retraso en el crecimiento”, me dijo Debbie, la enfermera. Ella parecía confusa y al mismo tiempo preocupada. El Dr. Horner entró. Después de un atento examen, encontró lo mismo.

Llegados a este punto, no podemos hacer otra cosa que esperar. Yo creo que los bebés crecen pegando estirones. Vuelve dentro de tres semanas y veremos qué tal está”, dijo el buen doctor.

Después de tres largas semanas, volví. “Ella ha crecido en tres semanas, pero sigue teniendo el retraso de cuatro”, dijo él. “Vamos a intentar otra vez en otras tres semanas”. Yo me sentí animada. Algo dentro de mí no estaba tan confiado.

El siguiente informe confirmó esa sensación. María ahora tenía un retraso de cinco semanas. “Vamos a pedir una segunda opinión”, afirmó el Dr. Horner. Yo estaba preocupada, pero el Dr. Horner me aseguró que no me tenía que preocupar, así que no lo hice.

La semana siguiente Phil (mi marido), Joey y yo fuimos a ver al Dr. Shaver, un prenatalogista, una persona especializada en embarazos de alto riesgo. Yo nunca me había considerado “de alto riesgo” hasta que salimos por esa puerta aquel día.

Se descubrió en seguida con una extravagante máquina de ultrasonidos que a María le faltaba una arteria en su cordón umbilical. Lo siguiente que descubrieron fueron sus pies zopos, sus manos zopas y una abertura en su espina (spina bífida), y una cabeza con forma de “roca”. La enfermera y el doctor sugirieron una amniocentesis para ver qué daño cromosómico, si había, tenía María. “Sería lo mejor si supiéramos con lo que nos estamos enfrentando aquí”, afirmó el médico. “Y es legalmente demasiado tarde para considerar un aborto”. “Eso nunca hubiera sido considerado”, le respondí yo firmemente. El doctor continuó con su pronóstico:Ella podría nacer muerta o gravemente retrasada”, nos dijo honestamente. Yo miré a Phil y él asintió con la cabeza. Yo de mala gana decidí seguir adelante con la amniocentesis.

Mientras ellos estaban preparando el procedimiento, nos enviaron al despacho del consejero genético para ver los posibles errores que podría tener nuestro bebé. En el curso de la conversación el aborto volvió a salir.

-“¿El Dr. Horner no le sugirió una amniocentesis para darle la opción de terminar su embarazo?”, me preguntó ella.

Nunca hubiera sido una opción”, afirmé yo enfáticamente. “El Dr. Horner conoce mis sentimientos; no necesitaba preguntarme”. Yo estaba internamente furiosa.

Phil y yo ese día salimos del despacho del médico sintiéndonos emocionalmente y físicamente debilitados.
Esa noche en casa, ambos nos sentimos enfermos; como si tuviésemos gripe. Junto con noches sin sueño, esa sensación de indisposición duró un par de días.

Una semana después la ansiada llamada telefónica llegó: - “Terri, ¿estás sola?”, preguntó la consejera genética. “Hemos recibido los resultados de tu test y no son buenos. Tu bebé tiene Trisomía 18 y va a morir”, me informó.

Mis sollozos eran incontrolables. Nunca me sentí tan destrozada, tan hundida. Temblaba por todo el cuerpo. Los músculos de mis piernas estaban todos tensos. ¿Cómo podía ser?

- “¿Qué es Trisomía 18?”, pregunté.
- “Es una anormalidad cromosómica que ha causado a tu hija un grave retraso mental. Como resultado, su cerebro no puede decirle a su cuerpo cómo funcionar. Normalmente en estos bebés el corazón se para o ellos simplemente dejan de respirar”.
- “¿Cuánto tiempo puede ella vivir?”, pregunté de mala gana.
- “Si ella sobrevive al canal del nacimiento, Terri, podría vivir unos pocos momentos u horas. Yo he visto un bebé vivir 7 días”.

Es inútil decir que yo estaba en estado de conmoción. Después de siete años de estar juntos, Phil y yo nunca nos habíamos enfrentado con un trauma así en nuestras vidas. Dios siempre había sido tan bueno con nosotros y nos había dado todo lo que necesitábamos. Podríamos decir que nuestra vida juntos era perfecta... hasta ese momento.

Poco después, una noche, Phil vino a casa del trabajo, entró por la puerta de atrás y declaró: “Corazón, vamos a preparar la cuna y a prepararnos para la venida de María a casa. Si nosotros creemos que será curada, entonces Dios la curará”. Yo ya había hablado para el funeral y entonces en ese momento decidimos dejar a un lado los planes para la muerte de María y concentrarnos totalmente en la oración por un milagro. Yo inmediatamente pensé en la mujer de la Biblia que creyó que con sólo tocar el manto de Jesús se curaría. Yo creía sin sombra de duda que María iba a ser perfectamente normal en el nacimiento. “Por eso os digo: todo cuanto orando pidiéreis, creed que lo recibiréis y se os dará(Mc 11, 24). Yo confiada me agarré a esas palabras.

Al día siguiente copié una novena a la Beata Margarita de Castello,
una mujer que fue echada fuera por sus padres por sus graves deformidades, y la envié a todas las personas que conocía. Yo les pedía que la rezaran durante nueve días y si ellos después querían repetirla, mejor. También les pedía que hicieran copias y las pasaran a otros. Después de dos meses había más de doscientas copias en circulación. Pronto contábamos con personas de diecinueve estados que rezaban por la pequeña María. Empezamos a recibir postales y cartas de personas que no conocíamos diciéndonos que estaban rezando por nosotros y por la pequeña. Esas personas eran de todas las confesiones, algunos que iban a la iglesia y otros no, pero la conclusión final es que estaban rezando. Hubo una congregación entera en Inglaterra que rezó. Esta niña tuvo cientos de personas de rodillas rezando -¡y todavía no había salido del vientre!- Esta muestra de apoyo a través de la oración reforzó mi creencia de que María seguramente sería un milagro de Navidad.

Después, el 11 de diciembre, cuatro días antes de la fecha en que debía nacer María, un artículo salió en nuestro periódico local, “The Charlotte Observer”, que contaba la historia de una mujer que había tenido un aborto en el tercer trimestre. Su bebé era hidrocéfalo y le habían dado seis meses de vida después de nacer. La madre buscó y encontró un médico en Wichita, Kansas, que hacía abortos en los últimos meses de embarazo. Él puso fin a la vida del bebé con una inyección de solución salina y después tuvo que drenar la cabeza del bebé, ya que era demasiado grande para pasar por el canal de nacimiento. El periodista etiquetó el procedimiento como “un milagro”. La madre alabó a su abortista afirmando que él era un “regalo de Dios”, aplaudiendo a su “habilidad y coraje”. ¿Cuán distorsionados nos podemos volver? ¿Cuánta habilidad hace falta para matar a un bebé inocente? ¿No es el quinto mandamiento de Dios: “No matarás?”.

Llamadas de desconocidos estaban grabadas en nuestro contestador cuando volví a casa del trabajo ese día, diciendo que ellos, también estaban rezando. Eso llevó a una columna en el periódico en la que nuestra historia de rezar por un milagro y creer en él y sobre la integridad de la vida en el seno materno se dio a conocer. En ese artículo se investigaba sobre mis puntos de vista sobre el aborto y por qué yo no lo había tenido. La periodista, Dannye Powell, daba mis dos razones que fueron publicadas cuidadosamente: “Primero: Terri cree que el aborto es un asesinato. Segundo: abortar al bebé sería fallar en la confianza en el poder de Dios que puede hacer un milagro”.

María ya es un milagro”, decía el artículo. “Ella ya ha hecho una afirmación sobre la preservación de la vida en el seno materno. Si ella puede salvar una sola vida, es por eso por lo que fue creada”. ¡El movimiento pro vida había alcanzado la primera página de la sección local de The Charlotte Observer!. ¡Bendito sea Dios! Y desde ese artículo empezó un asedio de oraciones. El bebé María había tocado miles de almas a que la amaran, rezaran por ella y confiaran en la sabiduría de Dios y Su voluntad sobre nosotros.

Impresionantemente precoz para alguien que todavía tiene que salir del vientre ciertamente maravilloso si no milagroso”, escribió un hermano dominico que yo no conocía, el hermano Martín Martiny, OP. El milagro había empezado. Un niño en el vientre estaba juntando a los fieles en oración, cambiando vidas, corazones y mentes para decir “sí” a la vida. ¡Qué bendición era para nosotros ser sus padres!

La gente empezó a sentir como que conocía a María. Rezar por un niño parecía crear un amor y una cercanía como si fuera su propia hija. María dio humanidad a la vida en el seno materno. Ella no era simplemente “una mancha de tejido” como argumentan algunos pro abortistas. Ella era un ser humano viviente y amante que estaba gritando al mundo diciendo: “¡Estoy viva! ¡Soy creación de Dios! ¡No perdáis la esperanza sobre mí! ¡Esperad en mí! ¡Queredme!”. Y ellos lo hicieron.

María nació el 21 de diciembre de 1995 a las 8 de la mañana aproximadamente. Ella se fue al Cielo alrededor de las 4 de la tarde. Todo lo que yo pude pensar cuando el doctor me dijo: “La hemos perdido”, fue que ella estaba en el Cielo, feliz y en paz. No tuve pesar en ese momento, no derramé ninguna lágrima. Y cuando al final tuve en mis brazos a mi bebé de 1 kg. 616 gr y 38 cm de larga, mis lágrimas eran lágrimas de tristeza y alegría. Tristeza por razones obvias, y alegría por María. Yo quería lo mejor para mi niña. ¿Y qué madre no lo quiere? ¿Y qué vida podría ser superior a la vida eterna con Dios? Yo no podía evitar pensar en María, la Madre de Jesús, cuando sostenía el cuerpo de su Hijo después de que fuera descolgado de la cruz: sus llagas abiertas, su cuerpo doblado, roto. María tenía espina bífida y un agujero del tamaño de la palma de mi mano en su espalda. Estaba también doblada en sus manos y pies. Se parecía a Cristo crucificado. Él que vino y dio Su vida por nosotros. Yo tenía en mis brazos a alguien que dio su vida por los demás. ¡Qué privilegio ser su madre!

El viernes, el día después de la subida al Cielo de María, yo hablé con Dannye, la periodista del Charlotte Observer. Ella me dijo que había miles de personas que la llamaban para saber de “El Bebé María”. Dannye quería hacer una historia, y yo también, pero el editor dijo: “No, es demasiado pronto. Dale a Terri una semana para clarificar sus sentimientos”. Yo me quedé decepcionada. Yo le dije a Dannye que era una historia de Navidad. “Tiene que ser contada”, supliqué. “Mis sentimientos no van a cambiar en una semana”. Así que Dannye pasó por encima de la cabeza del editor y sólo por la gracia de Dios obtuvo el permiso de hacer la mitad de su columna sobre María.

Así que el día de la vigilia de Navidad se escribió otra historia de un bebé que nació, un bebé que llevó a mucha gente a arrodillarse en oración, un bebé que cambió corazones, vidas. Una historia de un bebé que vivió, amó y murió. Esa historia proclamaba que la vida y la muerte de María eran verdaderamente un milagro. Hablaba de mi parto, del latido esporádico del corazón de María y del latido que ya no era. Decía cómo María había hecho más “Por Dios y contra el aborto que la mayoría de nosotros durante nuestra vida”. Esa historia de Navidad lo ponía todo en su sitio. María vivió una vida perfecta. Existió nueve meses en el seno de su madre y se fue directamente a su Madre y Padre en el Cielo.

La razón de la existencia de María está clara para mí ahora. Su muerte ha traído vida. Su vocación era dar su vida por los demás, especialmente a madres que contemplaban la posibilidad de abortar. Como resultado de la historia de María en The Charlotte Observer, y de la gracia de Dios, María será recordada y muchas madres dirán “sí” a la vida dentro de ellas. Si una vida se ha salvado como resultado de la muerte de María, entonces su existencia ha merecido la pena. Yo creo que María ha salvado más de una vida.

Así que le pedí al Señor si me podía dar algún signo, alguna indicación de que María está bien, en el Cielo y feliz. Un par de semanas pasaron y recibí una llamada telefónica para mi marido. Durante la conversación la mujer mencionó un sueño de su hija de 12 años, Holly. Holly soñó que fue al Cielo. Había arcoiris por todos los lados con nubes esponjosas, una gran verja y Jesús y María estaban sentados sobre tronos hechos de nubes. ¡Y había bebés por todos los lados deslizándose por los arcoiris!

No lo tuve mucho en consideración entonces y después de la llamada volví a lo que había estado haciendo. Empecé a pensar en bebés y a imaginármelos deslizándose por los arcoiris. De pronto me di cuenta de que ¡estaba oyendo la canción “En algún lugar por encima del arcoiris” ¡Después de mi llamada, yo había puesto “El Mago de Oz” para Joey! ¡Eso era! ¡Esa era mi señal! Me deshice en lágrimas de alegría. ¡Gracias, Jesús! Mi pequeña está bien, es bendecida, está feliz en el Cielo con todos los otros bebés que se han ido. ¡Y ella está corriendo, saltando y deslizándose por los arcoiris...!

Una vida salvada: Algunos meses después un Oblato de S. Benito envió los artículos de periódico sobre María a alguien en Nueva York que tenía un embarazo problemático. Parece que le diagnosticaron que el bebé tendría síndrome de Down. El médico recomendó un aborto. Después de leer la historia de María, esa mujer escogió la vida y ¡dio a luz un bebé perfectamente sano!

La historia continúa...
Hasta hoy (16 de julio de 2003) Una ginecóloga en la ciudad de Nueva York tiene los artículos de María en su despacho. Cuando llega alguien que quiere poner fin a su embarazo, ella le enseña la historia de María. ¡Todavía se están salvando vidas por la intercesión de mi dulce bebé María!

¡Alabado sea Dios!

©Revista HM º117

 

Cómo conocí el Hogar - Mónica Fernández Beitia

1997- 17 años
2004- 24 años

Yo tenía diecisiete años cuando conocí el Hogar. Son ya siete años los que llevo formando parte de él y sigo con la misma ilusión o quizás más que la primera vez cuando hice mi primer compromiso. Puedo decir que mi amor hacia el Hogar no ha decaído en ningún momento, pero a la vez he de reconocer que todo lo que he recibido ha sido gracia de Dios.

Todo comenzó gracias a unos amigos que me invitaron a unas convivencias de Semana Santa con el Hogar de la Madre. Yo me lancé a ir, pero no tanto por el deseo de encontrarme con Dios sino por estos chicos que eran tan... tan auténticos. No dudé en aceptar la propuesta.

Aún tengo grabado en mi corazón y en mi mente todo lo que viví de forma tan intensa: la alegría de la gente, una alegría sana, sencilla, que brotaba sin duda de almas en paz entregadas y conscientes del amor que Dios las tenía, deseosas de decir al mundo que el Señor y Nuestra Madre les aman y que merece la pena seguir a Dios.

Otra cosa que el Señor utilizó para “engancharme” y para hablarme fueron las canciones. Me llevaban totalmente a hacer oración, eran canciones con vida, o mejor dicho, las canciones eran oración hecha vida. ¡Qué mejor forma de hablar de Dios que haciéndolo vida!

Y por último, aunque podría contar muchas otras cosas, lo que me llamó la atención y me encantó fue la Eucaristía y las homilías del P. Rafael que me llegaban profundamente, como si fuera una lanza de fuego, no podía dudar de la veracidad de sus palabras.

Mirad, fue para mí tan impactante aquella Semana Santa del `97, que no dejé de llorar en cuatro días que estuve allí (y confieso que después continué haciéndolo). Tuve la sensación de estar curándome interiormente ¿de qué? No lo sabía, pero sí lo sentía. Ahora ya lo sé.

Recuerdo un día, en una reunión en la que me preguntaron: “Mónica, ¿cuál es tu experiencia de esta Semana Santa?” Yo sólo recuerdo responder con lágrimas, no acertaba con las palabras que respondían a mis sentimientos y sólo pude decir: “super... super... superbien...”.

¡ Qué profundidad ¿verdad?! Pero en aquel momento no supe que más decir. Yo sabía que algo estaba pasando en mí e intuía que eso me llevaría, por justicia, a cambiar mi vida y a dar un giro de 180o a la visión que yo tenía de la misma. Por eso, cuando cuento cómo conocí el Hogar, tengo que hacer alusión a mi regreso a la vida de gracia.

Después de aquellas palabras tan escuetas, sí que acerté a decir una cosa y era que había experimentado la presencia de Nuestra Madre, su cariño y delicadeza hacia mí.

Mientras observaba todo boquiabierta, yo me decía: “No puedo quedarme quieta e indiferente ante todo lo que estoy recibiendo. Quiero tener lo que tienen ellos, pues de la misma manera que me han ayudado yo podré ayudar a otros”. Este pensamiento era constante, y de esta manera decidí entrar en el Hogar. Hice el compromiso en el Hogar de la Madre de la Juventud, en la Vigilia Pascual, y durante el compromiso me di cuenta que no sabía cumplir la mayoría de las cosas a las que me comprometía: no sabía rezar el Ángelus, tampoco sabía hacer oración y yo me estaba comprometiendo... Una joven seducida totalmente por el mundo ¿a qué estaba aspirando en esos momentos? ¿sería capaz de perseverar?

Pero sin miedo, me lancé al estadio, sin pensar en los obstáculos que me encontraría durante mi carrera hacia la meta de la santidad.

De esta manera conocí el Hogar a través de mis amigos que fueron los instrumentos. Sin yo quererlo, Él salió al encuentro pues yo conscientemente no necesitaba a Dios, pensaba que lo tenía todo, pero una vez que se le conoce es verdad eso de que “no puedes conocer a Jesús y no amarle, amarle y no seguirle”.

Y actualmente, aquí sigo, dando lo poco que tengo al Señor, pero recibiéndolo todo de Él, pues el Señor nunca se deja ganar en generosidad. Si no, haz la prueba.

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004

 

Entrevista a Don Yaroslav Rudyy

Don Yaroslav Rudyy nació en un pequeño pueblo ucraniano llamado Derebchyn, en la región de Vinnitsa. Tiene veintisiete años y fue ordenado sacerdote el 11 de diciembre de 2000. Actualmente estudia Teología Fundamental en la Universidad Lateranense de Roma.


¿Cómo era a nivel religioso Ucrania antes de la llegada del comunismo?
Ucrania no es ahora como era antes de llegar el partido comunista, incluso a nivel territorial no es la misma que antes de la Segunda Guerra Mundial. La situación religiosa estaba bien organizada, con muchas diócesis y un gran número de fieles y sacerdotes que trabajaban en aquel territorio. Antes de entrar en la Unión Soviética, el nivel religioso era muy alto y se buscaba desarrollarlo siempre más. Ahora la situación es totalmente diversa. La gente ha cambiado mucho a causa de las persecuciones.

¿Cuándo entró Ucrania a formar parte de la Unión Soviética?
Tras la Revolución del 1917 quince países entraron en la Unión Soviética. Ucrania fue de los primeros en entrar.

¿Cuál fue el método utilizado por el comunismo para hacer desaparecer la fe del pueblo ucraniano?
Es una pregunta difícil por lo extensa que podría ser la respuesta. Para el comunismo la religión era el “opio del pueblo” y por eso, desde este razonamiento materialista, buscaron la manera de destruir la Iglesia y todo lo que tenía que ver con el mundo de lo espiritual. Pero es difícil precisar el método que han usado porque han usado tantos... todo lo que se les ocurría para eliminar la Iglesia. El tiempo de las persecuciones ha sido largo, pero ellos tenían más proyectos incluso, para cuando ya no hubiera más cristianos en el país.

A nivel de educación de los niños, por ejemplo, ¿qué han hecho?
A los niños, en la escuela, se les enseñaba que Dios no existía. Pero no se conformaban con esto. Buscaron el modo de poder coger a los niños separándolos de los padres. En cuanto era posible, esto es, uno o dos años después del nacimiento del niño, los tomaban y los llevaban a centros del Estado. Los padres tenían que trabajar. Se hizo una gran campaña para presentar a la mujer como más fuerte, más comprometida a nivel laboral. Por esto, normalmente, trabajaban los dos, marido y mujer. Los niños debían estar en algún sitio y entonces era cuando el Estado intervenía para recogerlos en sus centros. Después, en el colegio, se continuaba inculcándoles la misma ideología.

¿ Cuál era la situación de los sacerdotes en esos momentos?
Los sacerdotes intentaron hacer todo lo que era posible, pero muchos fueron encarcelados, deportados... Muchos perdieron la vida. Con todo, los comunistas se dieron cuenta de que no podían destruirlo todo en un momento, en un día. Lo hicieron lo más rápidamente que pudieron pero aun así, por un tiempo, algunos sacerdotes pudieron seguir trabajando con la gente. Muchos de ellos fueron encarcelados una, dos y hasta más veces. Algunos volvían, para después ser encarcelados otra vez. Pero estos sacerdotes estaban con la gente y se esforzaban en enseñar la fe a pesar de lo difícil de la situación. Sucedía muchas veces, por ejemplo, que un sacerdote tenía permiso para celebrar la Eucaristía en un determinado lugar, pero no podía hacerlo en ningún otro sitio. A pesar de esto, ellos trataban de celebrar los sacramentos, el bautismo, el matrimonio, la Eucaristía, confesar a los enfermos... Intentaban hacer muchas cosas, incluso cosas imposibles. La gente no podía ir a la Iglesia con tranquilidad, no podía bautizar a sus hijos porque si lo hacía después tendrían problemas, por ejemplo, los padres podían perder el trabajo o tantas otras cosas. Pero al mismo tiempo, la gente hacía todo lo que podía para conservar la fe. Cuando hablo de este período de persecución no hablo solamente de sacerdotes católicos sino también de sacerdotes ortodoxos, porque también ellos han sufrido mucho.

¿ La situación continúa así?
No, desde que Ucrania fue liberada en el año 1991, la situación, gracias a Dios, ha cambiado.

¿ Cómo es la situación religiosa en Ucrania?
En Ucrania tenemos dos ritos católicos, el romano-católico y el greco-católico. Católicos de rito romano somos aproximadamente un 3%. Católicos de rito bizantino (greco-católicos) cerca de un 8%. En total casi un 12% de católicos en Ucrania. Los ortodoxos son mayoría, aunque no son una iglesia única. Hay tres Patriarcados ortodoxos en Ucrania, completamente independientes. Hay también bastantes protestantes y también hebreos y musulmanes. Es difícil encontrar una vía ecuménica en Ucrania.

¿ Cómo descubrió su vocación en medio de todas estas dificultades?
Durante mi juventud pude ser educado en la fe. Mi madre es católica de rito romano y mi padre ortodoxo. Diría que para mí fue una cosa muy bonita, aunque también difícil de explicar. Yo he crecido en la iglesia porque al final de ese tiempo de persecución y de comunismo, años 80-90, todo era ya más fácil. Ya no había persecuciones tan graves como al comienzo y hasta la mitad de este período. Fueron unos setenta años de comunismo. Llegó un momento en que se podían contar los sacerdotes que quedaban en Ucrania con los dedos de una mano.

Es difícil precisar cuándo he descubierto mi vocación, pero cuando me quedaba ya poco para terminar mis estudios comencé a rezar y a pensar para encontrar cuál era mi camino. Tenía que decidir qué iba a estudiar después. Me venía a veces el pensamiento de ser sacerdote. Pero después pasaba el tiempo y me decía que no iba a ser fácil para mí y me lo quitaba de la cabeza. Pensaba mucho y observaba a los sacerdotes que veía. Había ya muchos sacerdotes en aquel momento en Ucrania que venían para ayudarnos, sobre todo de Polonia. De repente sentí muy fuerte en mi corazón: “Debo hacer la prueba”. Fue algo muy especial, muy personal. Pensé: “Debo hacer la prueba e ir al seminario para estudiar. Si después este camino no es el mío puedo dejarlo y buscar otro”. Me decidí completamente, al menos debía probar. Después vería si llegaba a ser sacerdote o no. Todavía no dije nada a nadie.

¿ Cómo reaccionaron sus padres?
Tengo que darle muchas gracias a mis padres. Para toda vocación los padres son algo muy importante. En una ocasión, hablando con mis padres, ellos me dijeron: “Tú eres el que debe elegir y hacer eso que sientes”. Estaba también la posibilidad de ir a la Universidad. Les contesté: “Sí, está bien, pero aún debo pensar”. Dos meses después le dije a mis padres que quería ir al seminario. Yo tenía diecisiete años. Ellos lo aceptaron muy contentos, incluso mi padre que, como ya he dicho, es ortodoxo. Aunque, ciertamente, con algo de preocupación. Por ejemplo, recuerdo a mi madre hablarme de la gran responsabilidad que cada sacerdote tiene ante Dios, por tantas personas que le son confiadas.

Su familia, ¿ha sufrido también la persecución?
Sí, sí. Por ejemplo, mi bisabuelo estuvo en Siberia muchos años.

¿ Solamente por ser católico?
Bueno, ellos no decían directamente que era por ser creyente, sino que buscaban el modo de presentar que uno había hablado o hecho algo contra el Estado o una persona importante del partido, contra Stalin... Por ejemplo, mi bisabuelo fue acusado de haber dicho algo pero también de que vendía rosarios cerca de la iglesia. Él no había hecho esto nunca. Se sabía. Pero era así. Y tuvo que estar muchos años en Siberia. Él es uno de los pocos que volvió. Fueron deportados muchísimos, miles y miles de personas. De mi pueblo solamente volvieron él y otro. No puedo decir mucho de él, sólo que era un hombre verdaderamente creyente. A mí me da mucha alegría oír esto a mi abuela, que era su hija. Ella me contaba que él, en Siberia, en una situación tan difícil como la que estaba, rezaba mucho. No hace mucho que murió.

¿ Puede contar cómo ha defendido su fe el pueblo ucraniano en este tiempo de persecución?
La vida era muy difícil. Con esta palabra se puede resumir. Difícil. Muchas personas fueron deportadas, sin ninguna culpa, como mi bisabuelo. También muchos sacerdotes, con lo cual mucha gente quedaba sin pastores, sin posibilidad de confesarse y de asistir a Misa.

La gente trataba de ser fuerte. Estaba prohibido ir a la Iglesia pero estaba aún más prohibido llevar a los niños a la Iglesia. Si un niño iba a la Iglesia sabía que después tendría muchos problemas en la escuela, que no tendría buenas notas, sabía que al terminar la escuela no podría ir a la Universidad. Pero aunque el sacerdote no estuviera, la gente intentaba ir a la Iglesia. Esto me lo han contado personas ancianas que lo han vivido. Cogían los vestidos que el sacerdote usa para celebrar la Misa, los ponían sobre el altar y rezaban juntos por esos sacerdotes que antes estaban allí y ya no estaban, y rezaban también para que el Señor enviara nuevas vocaciones. Creo que seguramente también yo debo dar las gracias a estas personas por esta oración, por haber conservado la esperanza. Seguramente yo he encontrado mi vocación sacerdotal por esta oración.

Después, aunque era muy difícil, si la gente sabía que había un sacerdote, aunque fuera a trescientos o cuatrocientos kilómetros, iban a donde estaba el sacerdote. No podían ir muy frecuentemente, pero al menos para llevar a sus hijos a bautizar, para que el sacerdote bendijera su matrimonio...

Muchas personas, a pesar de las grandes dificultades, se esforzaron en no perder la fe combatiendo dentro de sus corazones. Aunque en la escuela todos los niños oían decir que Dios no existe, en casa muchos padres enseñaban a sus hijos que Dios existe, les enseñaban al menos una oración, todo a escondidas, nadie debía saber nada, pero al menos lo más fundamental lo enseñaban, Dios existe. Las personas más valientes se arriesgaban incluso a enseñar a otros.

¿ Puede contar ejemplos concretos?
¡ Se podrían contar tantas cosas! Recuerdo a mi obispo, se llamaba Mons. Jan Olszanski. Ahora está con Dios. Murió en febrero de 2003. Fue una persona con una fe verdaderamente grande y con un gran espíritu. Él nos contaba muchas cosas a los seminaristas. Yo entré en el seminario en el año 1993. Era ya tiempo de libertad. Una vez le oí contar una cosa que él había oído a otra persona que lo había vivido. Un sacerdote, como tantos otros, fue deportado a Siberia y conducido a un “gulag”, a una cárcel. Allí habían sido conducidos muchos otros sacerdotes, no sólo de Ucrania, también de otros países de todo el territorio de la Unión Soviética. Cuando llegó allí le dieron un sitio para acostarse en un gran barracón donde había ya muchas personas. Intentaba dormir pero no podía. Todo estaba muy silencioso. Una prisión es una prisión. De pronto comenzó a sentir la voz de una persona que rezaba cerca de él. Él se acercó. No se le podía reconocer como sacerdote porque todos vestían igual. El que rezaba era un hombre anciano y el sacerdote le preguntó: “¿Qué estás haciendo?”. El hombre le respondió: “Estoy rezando al Señor porque yo querría confesarme antes de morir”. Muchos de los prisioneros sabían que lo más seguro era que jamás saldrían vivos de allí. El sacerdote continuó preguntando: “¿Pero de verdad crees que podrás salir de aquí para confesarte, así tan fácilmente?”. El otro respondió: “Mira, yo no sé cómo será. Pero si yo no puedo salir de aquí, entonces Dios encontrará aquí para mí un sacerdote que me podrá ayudar”. Y efectivamente lo encontró. Escuchando una cosa así se siente la gran fuerza de la mano de Dios. Cuando un sacerdote era deportado, allí donde estuviera, intentaba hacer todo lo que podía por los demás. Conozco a un anciano sacerdote que estuvo en la prisión varias veces, por mucho tiempo, y pudo hacer mucho bien a aquellos que estaban encarcelados con él.

Otra cosa que puedo contar sobre cómo estaba el pueblo ucraniano, cómo vivía esta situación, es un episodio de la vida de mi obispo. Cuando era todavía sacerdote trabajaba en una pequeña ciudad. En aquel tiempo él había recibido permiso para estar en una pequeña capilla que había en el cementerio. Había momentos más fáciles, otros más difíciles. Un día llegaron algunos parroquianos para decirle que al día siguiente, temprano, por la mañana, iban a venir a por él y que si lo cogían no se sabía dónde lo llevarían después, si a Siberia, si a una cárcel, a otro lugar... quién sabe. Él no sabía qué debía hacer, solamente sabía que a la mañana siguiente vendrían a por él. Vinieron muchos parroquianos a la capilla. Él sabía que no podía dejar en la iglesita la Eucaristía. Decidió ir donde su obispo y hacer lo que él le dijese pero primero entró en la iglesia para consumir el Santísimo, y lo hizo con un dolor grandísimo. La gente lloraba porque no sabían si volvería o no, ni qué sucedería mañana. Pero no se podía hacer absolutamente nada. La gente vivía ya con mucho miedo y sabían que si se hacía cualquier cosa después tendrían problemas. Al día siguiente se lo llevaron pero al cabo de un tiempo pudo volver porque la gente actuó con mucho valor.

¿ Cuándo se pudo comenzar a reconstruir las iglesias?
Cuando yo era pequeño recuerdo que la gente comenzó a pedir permiso para construir iglesias. Habían sido destruidas muchísimas, algunas muy antiguas. Era muy difícil recibir el permiso pero lo consiguieron. En mi pueblo consiguieron el permiso en el año 1989. Fue un verdadero milagro. Pero se debía ir a un montón de sitios, recorrer muchas oficinas, en Moscú, Kiev... visitar aquí, ir allí, pedir, volver para atrás, volver de nuevo. Pero les movía una gran fe.

Podemos imaginar que todo esto lo ha hecho gente muy valiente y con mucha fe.

Sí pero al mismo tiempo otros muchos han perdido la fe. Hay tantos niños que fueron educados durante toda su juventud en que Dios no existe, y que tienen ya cincuenta o sesenta años y que ahora no pueden creer en Dios. Muchos sí, pero tantos otros no. Ahora mismo en Ucrania no hay muchos ateos... Muchas personas tras el fin del comunismo y de las persecuciones confiesan que siempre han creído pero que no podían decirlo. Muchas personas ahora intentan reencontrar la fe. Hay muchas vocaciones, tanto para el sacerdocio como para la vida religiosa. Pero es necesario aún un poco de tiempo y mucho trabajo para reconstruir todo lo que se ha destruido. Ahora la persecución ha terminado, pero no se sabe qué pasará mañana. Es necesario reevangelizar Ucrania, porque antes se conocía la fe y se conocía a Dios pero, después de este período, muchos saben que Dios existe, pero no saben nada más. Necesitan también la oración para ayudarles a crecer en la fe. Yo he visto a muchas personas que han mantenido la fe y la esperanza. No eran grandes personas sino sencillas y pequeñas, en su mayor parte mujeres que rezaban, y aunque era muy difícil su situación han superado esta prueba y han podido trasmitir la fe a sus hijos.

Mucha gente siente ahora “hambre de fe”, pero todavía tienen miedo. No miedo de ir a la iglesia, sino el miedo de hombres de cincuenta o sesenta años que tienen vergüenza de decir que no saben nada de Dios, que no saben rezar. Después de haber sido personas tan importantes, tan inteligentes, con puestos muy altos en la sociedad, ahora se dan cuenta de que no conocen cosas elementales. Pero hay muchos también que no tienen esta vergüenza y comprenden que ante Dios no importa nuestra inteligencia sino nuestra fe y nuestro corazón.

¿ Querría añadir algo más?
Que estoy muy contento de ser sacerdote y le doy gracias a Dios cada día por mi vocación.

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004
 

Mamie y sus debilidades

Este recuerdo-vivencia sobre Mamie me lo ha sugerido la lectura espiritual de un magnífico libro que recomiendo a los lectores de H.M.: "Sólo Dios Basta", de Slawomir Biela, editada por Ediciones Paulinas. En este libro hay un pequeño apartado con el título "Bendita Debilidad" que me impresionó vivamente y me impulsó a escribir así.

La debilidad del hombre es congénita. No se aparta nunca de él. Y Mamie supo que lo era y supo aceptar con fe viva su propia debilidad. Ya desde niña su gran tendencia que la hacía vulnerable era su timidez. Lo era en extremo. Y esta condición de su carácter la inhibía en sus reacciones y la hacía aparecer contumaz y orgullosa a los ojos de sus padres. Ellos, preocupados por esta niña tan cabezota y rebelde, trataban corregirla de esta tendencia con dureza extrema. Todo era bueno con tal de vencer su "innata soberbia". A su lado estaba su hermana menor, que sería después sor Elena, que le dieron en Puerto Príncipe el apelativo de "sor bulldozer". Fue una gran misionera en África, Vietnam y República de Haití, donde murió. Ella de niña era vivaracha, simpática, vital, expansiva, decidida, intuitiva, extrovertida… un cúmulo de condiciones que la hacían particularmente activa a sus padres, de los cuales conseguía todo lo que quería.

Mamie era la mayor. Y sólo eran ellas dos. “Las culpas”, cuando había los consabidos roces fraternos, eran siempre de la orgullosa hermana mayor que “tenia envidia”, que era “dura” con la pequeña, etc. etc. Pero no era así. Mamie no sabía defenderse. Quería cordialmente a su hermana, la admiraba y la defendía. Pero no sabía decir una palabra en su legítima defensa.
Yo mismo asistí a conversaciones entre las dos hermanas, ya mayores, en las que recordaban juntas estas peripecias infantiles, de adolescentes y juveniles. Las recuerdo a ambas sentadas. Mamie en su sillón, con la taza de café delante de ella y su crucifijo, regalo de su hijo espiritual sacerdote el P. Enzo Bianchi. Y Sor Elena tomando un vaso de naranjada, porque debía tomar líquidos por razones de salud. Era el descanso de la gran misionera; y el descanso de la pobre oferente.

Recordaban juntas sus pequeñas anécdotas familiares, con un padre enfermo de los nervios después de su aventura en el Congo. Quiso él hacer fortuna allá, en tierras africanas, cuando el Congo era administrado por el Estado belga y era su gran colonia. Y volvió con unos papagayos, enfermo de malaria, y con los bolsillos tan vacíos como se habían ido. Y tras un accidente de carro, que agravó su enfermedad, murió.

Su madre sacó adelante sus hijas,
trabajando de enfermera en un hospital, ya desaparecido de Bruxelas. Defendió la familia como una leona a sus cachorros. Les dio una buena educación, aunque algo estricta para aquellos tiempos. Y para los nuestros, sería rigorista. Pero yo siempre oí palabras de alabanza hacia ella. El corazón de su hija mayor, aunque de corta edad, necesitaba una cercanía y comprensión que no llegaba.

Mamie, ya mayor, de más de 60 años, en oración decía a Nuestra Madre: “Mamá, a mí no se me ha ahorrado ningún sufrimiento. Los he tenido de todas clases: corporales, morales, espirituales, económicos…”. Y en el interior de su alma creyó oír una voz que le decía: “Sí, hija mía. Así lo ha querido el Señor para que puedas consolar a los que Él acercará hasta ti”. Y esta iluminación interior la envolvió en una paz indescriptible.

Yo he visto la capacidad de Mamie para consolar.
La cara de los enfermos se iluminaba al calor de su palabra. Y la de los niños también. Mamie daba impresión de fortaleza porque era débil, conocía su propia debilidad, y ponía en Dios su confianza. No tenía miedo a la debilidad física, psíquica, o espiritual. Ella se apoyaba solamente en Él. El desarrollo de su vida interior la colocaba en la situación de gran fortaleza en medio de las dificultades y problemas de la vida. Su debilidad era en sí misma una bendición y un gran don.

Por D. Rafael Alonso Reymundo

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004
 

Juan Pablo II y la Eucaristía

"La Eucaristía es el centro de toda mi jornada"

“La Eucaristía es el centro de toda mi jornada” ha afirmado en varias ocasiones el Santo Padre Juan Pablo II y con ello nos ha dejado un precioso testimonio de la importancia de la misma para la Iglesia y para la vida personal de cada uno. El Papa vive realmente de la Eucaristía. De ella ha extraído la fuerza para vivir estos 25 años de Pontificado, para recorrer incansablemente el mundo hasta el último confín de la tierra, para anunciar sin miedo la verdad de Dios aun en sitios donde esa verdad estaba en contraste con lo que piensan y buscan los hombres. De ella ha sacado la fuerza para entregarse hasta desgastarse. Y de ella continúa extrayendo la fuerza para vivir esta nueva etapa de su ministerio clavado en la cruz, en medio de los límites de la ancianidad y la enfermedad pero sin pararse en ningún momento y sin bajarse de la cruz.

Precisamente en este inicio de milenio, nos ha querido dejar un valioso documento sobre este tema tan importante y tan querido para la Iglesia: la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”. Una Encíclica que deja lugar para algunas confidencias y en la que ha buscado poner en evidencia una idea fundamental: ¡En el centro de nuestra existencia debe estar siempre Él y sólo Él! ¡Cristo!, preocupados únicamente de su gloria y el bien de las almas.

Una Encíclica en la que nos muestra un poco su secreto: su fuerza no viene de él mismo sino sólo de Dios a través de su contacto diario con la Eucaristía, según declara en la misma, dejando entrever como ha experimentado tantas veces y ha palpado el amor infinito del Corazón de Cristo al estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo Eucaristía: “¡Cuántas veces mis queridos hermanos y hermanas he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!(EE n. 25).

Una Encíclica en la que ha querido suscitar entre los fieles el “asombro” eucarístico y la gratitud ante este gran misterio que nos muestra el amor que llega hasta el extremo, amor que no conoce medida (n. 11). Y en la que nos deja todo un programa de vida junto con la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae: Contemplar el rostro de Cristo con María. Lo cual implica saber reconocerle donde quiera que se manifieste, pero sobre todo en el sacramento vivo de su Cuerpo y su Sangre, pues la Iglesia vive del Cristo Eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada (n. 3). Y esto implica también saber estar largos ratos ante el Santísimo en adoración silenciosa y actitud de amor (n. 25).

Una Encíclica en la que nos recuerda que la Eucaristía es: lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia (n. 9),
que es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones (n.10), que es el don por excelencia que la Iglesia ha recibido de Cristo, su Señor, porque es el don de sí mismo de su persona en su santa humanidad y además de su obra de salvación (n.11).

Una Encíclica que desea suscitar en la comunidad una verdadera “hambre” de la Eucaristía
que lleve a no perder ocasión alguna de celebrar la Misa (n.33).

Pero ¿qué podríamos decir que es la Eucaristía para el Papa? es difícil pues por mucho que digamos no llegaríamos nunca a agotar el tema al ser un Misterio tan grande y al vivirlo él con tanta intensidad. Pero de sus muchas intervenciones sí podemos aprender que para el Papa la Eucaristía es:

- Un amor que supera la capacidad del corazón del hombre y al adorar el Santísimo Sacramento “nos sentimos sumergidos en el océano de amor que mana del Corazón de Dios” (Homilía Jueves Santo 2001)
- Es fuente de toda vocación y ministerio pues “¿no es acaso el misterio de Cristo vivo y operante en la historia?” En la Eucaristía Jesús continúa llamando a un seguimiento y ofreciendo a cada hombre la plenitud del tiempo (Mensaje para la XXXVII Jornada de Oración por las Vocaciones. 2000).
- Es la fuente donde encontrar la clave interpretativa de la propia existencia y el valor para realizarla.
- Es fuente inagotable de santidad y de vida cristiana
pues quien participa de ella recibe el impulso y la fuerza necesaria para vivir como auténtico cristiano.
- Es fuente y cumbre de toda evangelización puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y en Él con el Padre y el Espíritu Santo.
- Es el signo perenne del amor de Dios que nos sostiene en nuestro camino.
- Es misterio de fe porque el Señor crucificado y resucitado está realmente presente en la Eucaristía, es prenda de esperanza que anima nuestro caminar y es fuente de amor porque “amor con amor se paga”.
- Es un deber irrenunciable que debe vivirse no como un precepto sino como una necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente (Novo Millennio Ineunte n. 36).
- Es un tesoro inestimable
no sólo su celebración sino también estar ante ella fuera de la Misa pues nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia (EE n. 25).

De ahí las numerosas exhortaciones que ha realizado al respecto a los presbíteros,
pues si la Eucaristía es el centro y cumbre de la vida de la Iglesia, lo es todavía más para el sacerdote, ya que constituye el corazón de toda existencia sacerdotal “¡Es el prodigio que nosotros los sacerdotes tocamos todos los días con nuestras manos en la Santa Misa!” (Homilía Jueves Santo 2001).

Y les exhorta con insistencia a celebrar la Misa todos los días aun cuando no hubiera ningún fiel y a vivirla como el momento central de cada día, como fruto de un deseo sincero y como ocasión de encuentro profundo y eficaz con Cristo (cfr. Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (n. 49) afirmando cómo en ella encuentra el sacerdote la fuerza para sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva y la energía necesaria para afrontar sus deberes apostólicos. Por ello en una Homilía en el Seminario Mayor de Roma afirmó que “el seminarista es ante todo un apasionado de la Eucaristía”.

Y pide a los Obispos que enciendan en los corazones de sus fieles la devoción y el amor a la Eucaristía a la vez que perseveran ellos mismos en la fracción del pan, progresan en la vida eucarística y cultivan su vida espiritual en el clima de la Eucaristía.

Dado que la Eucaristía es un misterio de fe que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga a abandonarnos en Dios y confiar en Él, el Papa nos muestra quién puede guiarnos y ayudarnos en ese camino, enseñándonos a tener su misma actitud: la Virgen María a la que concede el título especial de “Mujer eucarística” (cfr. EE n. 54).

No escatimemos, pues, tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe. Que no cese nunca nuestra oración ante este gran misterio de amor (cfr. Dominicaíáe Cenae). Es el llamamiento que nos hace el Papa, el gran enamorado de la Eucaristía.

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004
 

Al descubierto - Nicolás Punzalan “Niko”

19 años
Nutley, New Jersey (Esatdos Unidos)

- ¿Qué estudias?
Matemáticas, Economía.

- ¿Qué es lo que más deseas en la vida?
Ser verdaderamente feliz.

- ¿Qué es para ti la sinceridad?
Oración. Nunca ser deshonesto con Dios, aunque lo intentes.

- ¿Crees que se vive o se representa?
Se vive.

- ¿Para qué ha sido creado Nick?

Para amar a Dios y ser feliz haciéndolo.

- ¿Crees que los jóvenes lo saben?
Algunos sí y algunos no. No es siempre fácil aceptar lo que Dios quiere para ti.

- El Papa ha dicho que cuando el hombre se acerca a Jesús es más hombre, ¿cómo lo entiendes?
Cuando un hombre descansa plenamente en Dios, se vuelve exactamente lo que él tendría que ser. Él es completo.

- ¿Qué crees que le falta al hombre de hoy?
Yo no lo sé, todavía soy un niño.

- ¿Crees que los hombres de hoy tienen miedo de aceptar compromisos definitivos? ¿a qué se debe?

Sí. Miedo a mirar a Dios para que muestre el camino.

- ¿Cómo afrontas el pasado?
Con aceptación.

- ¿Y el presente?
Como viene.

- ¿Y el futuro?
Con esperanza y con miedo.

- ¿Crees que los jóvenes se atreven a pensar?
Sí, pero no de la manera correcta.

- ¿Por qué?
Muchas veces parece que la gente de mi edad discuten por discutir más que para buscar la verdad. Ellos buscan ideas que les hacen sentirse seguros: “Tengo razón, tú estás equivocado”. Hay mucho orgullo entre los jóvenes y muchos no parecen estar preocupados de buscar ninguna respuesta a las cosas sobre las que discuten.

- Tú, ¿te atreves a pensar?

Cuando tengo que hacerlo.

- ¿Qué les falta a los jóvenes?
Dirección.

- ¿Cómo se puede llenar el vacío interior?
Preguntándole a Dios lo que Él quiere y después hacerlo.

- ¿Cuál es el rasgo más característico de tu carácter?
Timidez.

- ¿Qué virtud te gustaría poseer?
Fe, una mayor fe en Dios.

- ¿Te consideras cobarde o valiente?
Muy cobarde.

- ¿Tienes miedo a la muerte?

No es algo que desee, pero no creo realmente que esté tan mal.

- ¿En la vida hay que probarlo todo?
No, Dios basta.

- ¿Cuál es el peor defecto?
No amar.

- Si te encontraras cara a cara con Jesucristo, ¿qué le dirías?
Gracias. Te quiero. ¿Cuál es mi vocación?

Completa estas frases:

- Lloro cuando...
mi voluntad no es la voluntad de Dios.
- Ante la tristeza...
pido a Dios ayuda.
- Si volviera a nacer...
rezaría más.
- Mi vida está...
empezando.
- Mi alegría está...
en hacer la voluntad de Dios.
- El mejor guía es...
Dios.
- Dios...
es el mejor guía.
- Un sacerdote...
es lo que muchos será.
- Me divierte...
estar con mis hermanos.

Contesta con una palabra:

Familia: Amor.
Hombre:
Hermanos.
Mujer:
Don.
Vida:
de Dios.
Música:
Alabanza.
Cielo:
Sí.
Infierno: No.

Entrega: Dios.
Valentía:
Héroe.
Generosidad:
familias.
Dulzura:
María.
Virgen María:
Santa.
Sueños:
Felicidad.

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004

 


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