Del Papa- "Eucaristía y misión"
Mensaje para Jornada Misionera Mundial 2004
El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones he querido recordar. La misión, como he recordado en la Encíclica Redemptoris Missio, está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la "sed" del Redentor (cfr. Jn. 19, 28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de almas que hay que salvar: baste pensar, por ejemplo, a santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, y a monseñor Comboni, gran apóstol de África, que he tenido la alegría de elevar recientemente al honor de los altares. Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión "ad gentes", partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana... "Eucaristía y Misión", como bien subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le acojan como único salvador.  Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado, precisamente el Jueves Santo, he firmado la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, de la que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden ayudar, queridos hermanos y hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la próxima Jornada Misionera Mundial. «La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la de Cristo (Cfr. Jn. 20, 21), y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo» (Ecclesia de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (Ibíd., 60). Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía» (Ibíd., 33; cfr. Presbyterorum Ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras "Ite, misa est", todos deben sentirse enviados como "misioneros de la Eucaristía" a difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor. Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse largo tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que yo mismo hago cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr. Ecclesia de Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el Concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG, 11), «fuente y culminación de toda la predicación evangélica» (PO, 5). El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza del Espíritu Santo en el Cuerpo y Sangre de Cristo, son la prueba de "un nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap. 21, 1), que la Iglesia anuncia en su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio eucarístico, el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y sobre su historia. ¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las palabras de la consagración: "mi cuerpo que es entregado por vosotros... mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc. 22,19-20). Cristo ha muerto por todos; el don de la salvación es para todos, don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "haced esto en recuerdo mío" (Lc. 22, 19). Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el sacramento del Orden. A este banquete y sacrificio están invitados todos los hombres, para poder, así, participar de la misma vida de Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn. 6, 56-57). Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm. 15, 16), para formar cada vez más "un solo corazón y una sola alma" (Hch. 4, 32) y ser así testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra. La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación universal. El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado; es el "pan de vida" que sostiene a todos cuantos, a su vez, se hacen "pan partido" para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio. Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue "redimida" de modo eminente en previsión de los méritos de su Hijo" (LG, 53). Consideraba en la Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor» (n. 62). María, «el primer tabernáculo de la historia» (Ibíd., 55), nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr. Jn. 14, 6). «Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 57). Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad «una verdadera hambre de la Eucaristía» (Ibíd., n. 33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María, "Mujer eucarística", os bendigo de corazón a todos.
©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004
La última batalla
Por Hna. Rosa M. y Hna María, S.H.M. (Ecuador)
Alguien nos avisó para que fuéramos a visitar a una señora ya mayor y bastante enferma. Estaban preocupados, ya que viendo cercana la muerte de la señora Carmen creían que debían ayudarla a afrontar este momento, poniéndose al fin en paz con Dios y por lo tanto con sus hijos. Más de veinte años de enemistad y rencores que debían disolverse. En el nombre del Señor nos dirigimos a su casa para conocerla e intentar ayudarla en todo lo que estuviera en nuestra mano. Nos acompañaba un sacerdote por si ella quería recibir el perdón de Dios. Nos encontramos con una ancianita de ochenta y seis años, recostada en una cama, que se sujetaba con fuerza la parte izquierda de la cabeza quejándose de un agudo dolor. Nos recibió muy bien. Empezamos la conversación hablando de todo un poco para irnos conociendo e ir entrando en materia; el campo, la lluvia de los últimos días, los nietos... hasta que salió el tema de sus hijos. Unos problemas en el pasado sembraron la discordia que se prolongaba hasta el día de hoy. Para ella estaban muertos. No quería hablar del tema. Se ponía nerviosa y golpeándose el pecho decía que no quería perdonar. Le hablamos de lo que Dios había hecho con nosotros perdonándonos desde la cruz y la animamos a hacer lo mismo, de mil maneras posibles para que lo entendiera. El problema no estaba en que no nos entendiera, sino en que, por nada del mundo, perdonaría a sus hijos. Estaba cerrada. Sin poder hacer más rezamos con ella pidiéndole al Señor que ablandara su corazón. Estábamos muy impresionadas de ver cómo un corazón puede llegar a endurecerse hasta el punto de no arrepentirse ni aun en el momento de la muerte. Tantos años de rencor habían formado un auténtico callo. Al cabo de unos días volvimos al ataque. Nos recibió muy contenta, aunque estaba un poco pachucha. Rezamos y nos metimos al tema. Esta vez estaba distinta. Nos confesó que cuando tuvo el disgusto con sus hijos lo pasó muy mal y llorando ante un crucifijo juró al Señor que jamás les perdonaría, y ahora ella no podía faltar a aquel juramento. Por más que le explicamos que un juramento así no valía para nada ante Dios, ella se sentía totalmente atada y por lo tanto incapaz de perdonar. De nuevo bombardeo sobre el amor y la misericordia de Dios que estaba deseando liberarla de aquella cadena inmensa que la tenía atada y ahogada. Finalmente pareció que aflojaba un poquito su posición y reconoció que necesitaba la ayuda de un sacerdote. Manifestó que estaba dispuesta a confesar. ¡Qué alegría! Incluso aunque ella siguiera sintiendo el dolor y rechazo, sólo con el deseo de arrepentirse y liberarse ya estaba en manos del Señor. Salimos tan contentas. A la mañana siguiente nos presentamos de nuevo allí con el Padre que traía al Señor y los Santos Óleos. Saludamos a la familia y la sra. Carmen aceptó gustosa quedarse con el sacerdote. Las hermanas estuvimos conversando un rato con la familia fuera hasta que el Padre nos llamó. Y con la misma le administró la Unción, pero cuando quiso darle la Eucaristía ella se puso muy nerviosa y no quería. Nos acercamos para ayudarla, empujando la Forma y dándole un vaso de agua para que pudiera tragar, mientras le explicábamos que el Padre ya le había escuchado todo y le había dado la absolución y si se arrepentía todo estaba perdonado. Todos nos mirábamos sorprendidos y pensando que quizá por la edad le estaba fallando la cabeza. Con fuerza se retiró el vaso de los labios y dejó pegada la Santa Hostia en el canto. “Yo no puedo recibirlo. No puede entrar en mí, porque yo no perdono. ¡No, no perdono!” Señor, ¡qué impresión!... Le preguntamos, le volvimos a razonar y comprobamos que sabía muy bien lo que decía. No se retractaba de su juramento, no estaba dispuesta a perdonarlos nunca y su conciencia no le permitía recibir al Señor. Una de las hermanas tuvo que sumir la Hostia... “Gracias, Señor, por permitirme estar aquí en este momento y darme la oportunidad de defenderte y demostrar mi amor por ti en la Eucaristía”. A partir de este momento ya no había quien detuviera las lágrimas. Se “mascaba” la presencia del “Otro” que tenía bien sujeta aquella alma y no pensaba soltarla por nada del mundo.... Hablamos y hablamos, razonamos, rezamos ¡nada!...Señor, qué impotencia. El Padre bendijo agua y mientras rezábamos se dedicó a asperjar a nuestra pobre enferma y toda la habitación. Llegó la hora de irnos. La sra. Carmen nos despidió muy atenta. Le preguntamos si nos recibiría otro día y nos dijo que por supuesto, con mucho gusto porque éramos muy buenos con ella. Salimos de allí con el corazón temblando por la impresión, pero con la confianza firme en la misericordia de Dios que no iba a abandonar a aquella pobre mujer. Si nos había puesto en su camino para algo sería. Mientras volvíamos a la parroquia en el coche, el Padre nos iba contando que él ya se había encontrado más casos así. Moribundos que han formado un muro de rencor tan grande en su corazón que ni en ese momento tan definitivo eran capaces ya de romperlo. Y nos decía: “La gente está loca, no entienden que es necesario confesarse con frecuencia y estar siempre en paz con el Señor y con los demás, si no, mira lo que pasa en la última batalla”. La historia de la sra. Carmen aún no ha terminado, estamos en pleno combate por su alma. Seguimos yendo a su casa todas las semanas, hablamos un ratito y rezamos, rezamos, rezamos... Sabe el Señor que tenemos puesta toda nuestra confianza en Él que no permitirá que se pierda esta alma. Él mismo ha querido llevarnos hasta ella para que intercedamos por esta pobre paralítica espiritual, que atada por un juramento sacrílego que hizo en un momento de intenso dolor, engañada sin duda por Satanás, no es capaz de dar ni un pasito hacia Aquel que puede y quiere salvarla. Nosotros estamos dispuestos, como aquellos del Evangelio, a cargar con ella en su camilla y aunque sea rompiendo el techo de la casa, presentarla ante el Señor. Pero claro, cuando Él le pregunte si quiere ser sanada... así que aprovechamos estas líneas para pediros vuestras oraciones. ¡Gracias! Esta experiencia nos puede ayudar un poco para reflexionar. Lo primero, como decía el Padre, para caer en la cuenta de que la salvación de nuestra alma no podemos dejarla para el último momento. “Ya me confesaré cuando me llegue la hora de morir, entonces me arrepentiré y le pediré perdón a Dios.” ¡¡Inteligente!! ¿Y quién te asegura, primero, que vayas a tener tiempo, y segundo que no tendrás ya tan endurecido tu corazón que no podrás arrepentirte? Además ¿piensas que el sinvergüenza del demonio que ahora te engaña haciéndote ver en una dulce y fácil muerte te va a soltar tan ricamente en el momento de la batalla final? ¡Tonto! Mírale cómo sujeta y ahoga a esta pobre ancianita y aprende otra lección, la del valor de un alma. Mientras rezábamos con la sra. Carmen y sentíamos tan clara la presencia del maligno, interiormente nos salía decirle ¡vete de aquí! ¡suéltala! ¿Qué te importa esta viejecita? Y haciendo la pregunta nos venía la respuesta en una especie de sensación de vértigo al intuir el valor de cada alma, cada alma. A veces podemos olvidar que también por una viejita de ochenta y seis años Jesucristo derramó hasta la última gota de su sangre. Pero Satanás no se olvida, no. Él conoce bien el verdadero valor de todo y está absolutamente pendiente de cada alma por pequeñita que parezca. Y no ceja en su empeño hasta después de la muerte. “Pero si no es el alma de un sacerdote, de la que dependen tantos. Ni la de una valiente misionera. Ni la de un comprometido médico cristiano que combate con sus conocimientos contra el aborto...”. Pero es un alma. Como el Santo Cura de Ars podemos en muchas ocasiones llamar al demonio “nuestro colega” porque nos avisa y nos enseña muchas cosas. Nosotros le estamos muy agradecidos (entiéndase bien) porque después de esta experiencia hemos sentido un sensible aumento de celo apostólico, ¡cada alma, cada alma! Viendo su interés hemos comprendido hasta qué punto no podemos despreciar ningún alma que el Señor ponga en nuestro camino, por pobre que parezca. Y también nos hemos encendido en deseos de entregarnos, de darlo todo, luchando por la salvación de cada alma, sin rendirnos hasta que acabe la última batalla.
Ver 2º parte
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Cómo conocí el Hogar- Conchi García del Pino
1982- 19 años 2004- 41 años
Nací en Ocaña, un pueblo de Toledo, España. Soy la cuarta de nueve hermanos. Mis padres son maravillosos, nos han educado siempre en la fe y en el amor y temor de Dios. En el período de la adolescencia y primera juventud yo también pasé mi crisis o bache espiritual. Interiormente vivía muy lejos de Dios porque sobre mi conciencia pesaban pecados mortales. Yo no estaba contenta con esta situación y quería cambiar, ser diferente; porque vivía muy triste por dentro, lloraba siempre por las noches y a solas; aunque al exterior parecía todo lo contrario.  Yo quería ser buena, quería ayudar a los demás, pero me daba mucha vergüenza confesarme y esto dificultaba las cosas. Cuando tenía 17 años conseguí confesarme. Después de la confesión le dije al Señor que a partir de entonces prometía no volver a caer en el pecado mortal y hacer siempre lo que a Él le agradase; que ya había pasado bastante tiempo alejada de Él y no quería seguir pasándolo mal. Ese curso empecé a estudiar COU. Los estudios nunca fueron maravillosos pero al final conseguí aprobar todo. Había decidido estudiar Psicología en Salamanca para poder ayudar a otros jóvenes y niños, porque yo quería salir del pueblo, sentía la necesidad de ser diferente, ser alguien. Ya estaba todo preparado: me habían concedido una beca para estudiar en Salamanca y había estado allí para buscar residencia, sólo me faltaba aprobar el examen de Selectividad… ¡y lo suspendí!  Es aquí donde el Señor me hizo "un cambio de agujas". ¡Cómo lloré esos días!, me veía obligada a quedarme un año entero en mi pueblo, perdiendo la posibilidad de la beca de estudios. Pero... de forma providencial, a principio del curso trasladaron a Barcelona, por motivos de trabajo, a mi tío (padre de la Hna. Reme). Mi prima debía estudiar COU y no quería dejar el Instituto de Toledo. Lo hablamos entre nosotras y pedimos a nuestros padres que me dejasen a mí ir a Toledo para vivir con mi prima, así mientras ella estudiaba COU yo asistiría con ella a clase y esto me serviría como preparación para el examen de Selectividad.  Accedieron a nuestros deseos y así ese curso 1981-1982, lo vivimos juntas en Toledo. El P. Rafael por aquel entonces era catedrático de Historia en el Instituto donde estudiaba mi prima. Ella ya le conocía, asistía a las reuniones que organizaba él con jóvenes. Yo comencé a conocer al P. Rafael y a Mamie. Habíamos comenzado a llevar una vida espiritual: hacíamos oración por la mañana y por las tardes asistíamos a la misa que celebraba el Padre y luego nos íbamos con él a su casa para estar también con Mamie. Cuando el Padre comenzó a celebrar las misas para los estudiantes por las mañanas en la capilla de S. Antón, al lado del Instituto, a veces después de misa nos íbamos a desayunar con Mamie. Ese curso nos convertimos en las sombras de Mamie y el P. Rafael, siempre estábamos con ellos y los acompañábamos a donde fueran de viaje.  También durante este curso el Padre nos hablaba de hacer un compromiso, de empezar un grupo serio de jóvenes con vida de oración y compromiso de apostolado. Nosotras decíamos que sí a todo. Organizamos una peregrinación con chicas a Roma, en el mes de Julio. Y durante esta peregrinación el Padre, antes de llegar a Roma, en Lourdes, nos habló a un grupito de catorce chicas sobre la posibilidad de empezar el grupo y hacer un compromiso. De esas chicas respondimos seis afirmativamente y el dia 29 de Julio de 1982, ante la tumba de S. Pedro en el Vaticano, hacíamos nuestro primer compromiso en el Hogar, naciendo así el Hogar de la Madre de la Juventud. Yo me sentía como "pez en el agua", feliz de verdad, había encontrado mi sitio, realmente me sentía consagrada a Dios y a Nuestra Madre y quería dedicar toda mi vida a Ellos entregándome en el Hogar. El Hogar era mi vocación; aunque todavía no había descubierto mi vocación como Sierva, esto lo descubriría a los dos años, después de pedirle mucho al Señor que me mostrara cuál era mi puesto dentro del Hogar.
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Entrevista al Hno. Pepe Díaz Pérez Misionero Comboniano
¿Se puede presentar un poco? Me llamo José Díaz Pérez. Nací en Oviedo. Tengo cincuenta y seis años. Soy misionero comboniano desde hace más de treinta años. Entré con veintiún años. ¿ Cómo fue su vocación? Mi vocación yo la defino medio en broma medio en serio. En broma porque si lo tomo en serio en el momento de haberme sentido llamado tal vez no hubiera respondido que sí. Y en serio porque el Señor cuando llama, llama de verdad. Yo entiendo que mi vocación fue un don de Dios, como es toda vocación. No podía pensar que el Señor pudiera llamarme a mí. Mi infancia fue normal, en una familia sencilla, cristiana. Estudié en un colegio de religiosos, pero de pequeño nunca me sentí atraído por la vocación.
Un día, cuando ya estudiaba en la Universidad Industrial y trabajaba, en la parroquia en la que yo frecuentaba un grupo juvenil, me encontré una revista que me llamó la atención, la revista Mundo Negro. Me atrajo el título y la leí. Yo creo que fue el chispazo. Por primera vez yo me sentí llamado, y di la respuesta en ese momento. Tenía diecinueve o veinte años. Al final de la revista había un anuncio. Todavía recuerdo la frase de memoria. Decía: “Se necesitan jóvenes generosos, que quieran entregar su vida a la más noble aventura. Tú puedes ser uno de ellos, como sacerdote o como hermano”. Y dije: “¿Y por qué no?”. Y ahí está el medio en broma medio en serio, porque si lo pienso no me atrevo.
En ese momento cogí un papel y les escribí diciendo que quería conocerlos un poco más. Salí a la calle y eché la carta en correos. Fue todo sin pensarlo. De hecho a nivel físico, yo tengo una poliomielitis, una parálisis. ¡Cómo para pensar ser misionero! Además yo al misionero lo veía en un pedestal. ¿Cómo me iba a identificar yo con eso? Para mí el misionero tenía que ser un hombre inteligente, que hablase diez o doce lenguas. Y tenía que ser un hombre santo. Si yo lo hubiera pensado bien, humanamente hablando, hubiera dicho que no. Como yo creo que le ocurre a todo llamado. ¿Quién se siente digno? Por eso digo que mi vocación ha sido un don en el que el protagonista ha sido Él. ¿ En qué países ha estado? He estado fundamentalmente en América Latina, en Perú, en Chile y en Ecuador y también en Mozambique. ¿ Qué diferencias encuentra entre la fe de estos países y la fe de Europa? Las comparaciones son odiosas pero la fe de Europa es una fe secularizada, y la fe de estos otros países es una fe que nace desde la infancia, desde una experiencia de la familia, de la sociedad. Una fe tal vez más sencilla, menos sofisticada que la fe europea. La fe es siempre un don de Dios, pero la diferencia de cómo se vive es una diferencia sustancial. La fe de aquí tal vez sea más un compromiso social y la de allí más un compromiso espiritual. Todo esto hablando globalmente. ¿ Cómo desarrolla el trabajo misionero en estos países? La metodología misionera es muy distinta de una zona a otra e incluso de una diócesis a otra. Nosotros los combonianos vivimos en comunidades, normalmente un mínimo de tres misioneros, un hermano y dos sacerdotes. La evangelización nace de la misma comunidad. Los misioneros no vamos como los francotiradores, como se dice popularmente, es decir, que uno va sólo bautizando y evangelizando sino que es la comunidad, a través de la comunidad se evangeliza. Asumimos parroquias, normalmente abrimos nuevas parroquias, vamos a situaciones límites de pobreza, de enfermedad, incluso en situaciones de persecución y de guerra. Concretamente mi trabajo y el de los hermanos es apoyar desde la educación, la promoción humana en todos los niveles de desarrollo, la sanidad, la administración de las comunidades, las diferentes actividades que se organicen... ¿ Recuerda algunas experiencias fuertes de apostolado? Recuerdo dos experiencias de Mozambique que a mí me llamaron mucho la atención. Una fue apenas llegado a Mozambique. Fui a ver la tumba de un compañero mío comboniano, muerto en la Guerra Civil de Mozambique. Era un hermano médico, joven, treinta y cuatro años. Venía de la aduana, del puerto, y traía medicinas y material para el hospital. Lo asaltaron en plena carretera, el coche no se paró y lo ametrallaron, y allí quedó muerto. El caso es que fui a ver su tumba, y muy cerca había otra tumba que me impresionó mucho porque no tenía nombre. Era de un catequista, de los primeros catequistas nativos que tuvo la misión. 
Un padre de familia que llegó a ser muy ancianito, respetado por todos. Murió de una enfermedad tropical. Antes de morir le pidió a sus familiares que no le pusieran nombre en la tumba, sino una frase que decía así: “Lo que gasté ya no lo tengo. Lo que guardé ya lo perdí. Sólo tengo lo que di”. Fue una frase que me marcó la experiencia misionera en África. Realmente este catequista con esta frase daba un testimonio a sus descendientes y a la comunidad de que lo único que merece la pena en esta vida es entregarse, eso es lo que queda, por eso dice “sólo tengo lo que di”, lo que entregué. Y creo que este es el fruto que nosotros los misioneros recibimos. Pasamos por situaciones límite de muerte, de enfermedad, de hambre, de persecución... pero a la vez ves estos frutos, de cristianos que nosotros a veces llamamos salvajes, o llamamos miserables, o desgraciados, y que a los ojos de Dios son justamente lo contrario, son los “benditos de mi Padre”. Dijo que iba a contar dos experiencias de Mozambique, ¿cuál es la segunda? Pues fue en una colecta. Allí las colectas no son como aquí, en Europa, que se pasa un canastillo para que cada uno eche sus moneditas. Allí en la colecta toda la comunidad cristiana va al altar y deposita su ofrenda. ¿En qué consiste la ofrenda? Pues hay de todo, hay dinero, pero sobre todo vienen con los frutos de la tierra y del trabajo de los hombres: verduras, patatas, gallinas, huevos, fruta... Recuerdo que estaban en la fila, como quien va a la comunión e iban dejando su ofrenda en unas canastas que había allí. Esa vez yo presidía la celebración de la Palabra. Muchas comunidades no pueden tener la misa todos los domingos, todo lo más cada dos o tres meses, por eso es necesario hacer celebraciones de la Palabra.
Me impresionó ver venir a un hombre descalzo. Me impresionó no porque estuviera descalzo, porque descalzos había muchos más, sino porque era un leproso. Nosotros tenemos allí en la misión un hospital de leprosos. Este era un joven, yo le calculo veinte años. No llevaba nada. Solamente un papelito doblado, no en las manos porque no tenía manos, tenía sólo puños, y allí agarraba el papelito. Cuando se me acercó me miró con unos ojos radiantes. Su rostro, a pesar de estar desfigurado, no tenía nariz, ni orejas... por una lepra bastante avanzada, tenía una sonrisa, una paz interior, que se reflejaba en su rostro. Dejó caer el sobre, me sonrió y se fue a su lugar. Me impresionó tanto ese rostro que aparté el sobre a un lado y llegado a la sacristía lo abrí. Todavía recuerdo lo que ponía: “Soy un hombre pobre, soy un hombre enfermo, pero soy feliz, y ofrezco al Señor mi vida para que esta comunidad sea fiel al Evangelio”. No podía hacerse una ofrenda mayor. Me hizo llorar. Realmente son testimonios que gratifican todo el trabajo y el esfuerzo que tú hagas. ¿ Ha vivido situaciones martiriales, o al menos de mucho peligro para su vida? Sí, sí que he vivido unas cuantas. En América Latina, concretamente en Perú. Allí estaba Sendero Luminoso, famoso movimiento maoísta, leninista, marxista, comunista... En nuestras misiones nos dejaban trabajar pero sabíamos que a nosotros, los misioneros, nos tenían reservados para el final de la revolución. Había territorios que ellos tenían “ocupados” y para trabajar allí teníamos que pedir permiso. Yo estaba en Lima, trabajando en la Pastoral juvenil, pero fui unos días a una misión que tenemos en la Sierra, en la ciudad de Tarma. La “Primavera de los Andes” llaman en Perú a esta ciudad. Un día salí con otro misionero, sacerdote alemán, de “safari”, como le decimos nosotros, a recorrer unas misiones del interior. Había que pasar una cordillera. No se podía ir por la carretera general porque la habían llenado de zanjas enormes de tal forma que los coches no podían circular por ella. Pero como el otro misionero conocía muy bien la zona me dijo: “No te preocupes que yo conozco caminos”. Y así fue.
Nos metimos por un atajo y ya llevábamos la mitad del camino, bajando por una colina, cuando en un cañón vimos que bajaban de cada ladera como treinta o cuarenta muchachos y muchachas, casi todos niños aún de catorce a diecinueve años, con unas metralletas más grandes que ellos. Había algunas personas más mayores, por supuesto. Nos pararon el coche y nos hicieron salir de él con las manos en la cabeza. Nos preguntaron que quiénes éramos y a dónde íbamos. Les dijimos que éramos los misioneros, los padrecitos nos conocen allí, y que íbamos a tal misión a celebrar la Eucaristía y a visitar a las familias. Entonces uno de los que estaban con ellos dijo: “¡¡Milagro!!”. Nosotros nos miramos y preguntamos: “¿Milagro? No entendemos” Sigue diciéndonos: “Milagro porque ustedes acaban de pasar por encima de una mina y el coche no estalló”. 
Yo no sé si fue milagro o qué. El hecho es que nos quitaron el coche y nos descalzaron. Yo llevaba unas botas ortopédicas por la pierna que tengo paralizada. Nos llevaron montaña arriba, a unas grutas. Llovía. Nos dijeron: “Quedan detenidos acá. No se muevan”. Suponemos que nos querían llevar luego a otro lugar, secuestrados. Y allí nos dejaron en la noche. Mi compañero, a las doce o una de la madrugada, me dijo: “Vámonos que ya no hay nadie”. Yo no me atrevía a moverme pero él insistió: “No hay nadie”. Así que cogimos fuerza y regresamos a pie. Cuando sentíamos algún ruido o veíamos algún movimiento nos escondíamos, en plena lluvia, a tres mil metros de altitud, un frío terrible, descalzos. Así que andando, descansando, andando, descansando, llegamos al día siguiente, a eso de las once de la mañana a la misión. Cuando nos vieron nuestros hermanos uno de ellos dice: “¡¡Milagro!!”. Dije yo: “¿Qué? ¿Otra mina?” Y es que realmente era un milagro, nos creían ya muertos, porque el coche que nos habían quitado lo habían usado como coche bomba en un atentado contra el municipio. Sabían que era el coche de la misión, y por eso se habían dicho: “Si hicieron esto con el coche qué habrán hecho con los misioneros”.
Esta experiencia me quedó grabada porque es tal vez una de las más fuertes que yo he vivido por el agotamiento, por el frío, por los pies que cuando llegué a pesar de que hacía un frío enorme yo los tenía hirviendo, llenos de llagas, de sangre... Recuerdo que fui a la capilla inmediatamente a dar gracias a Dios porque a pesar de que humanamente hablando había sido todo una pesadilla yo me sentía feliz, sentía un gozo, una paz que no tengo palabras para describir y definir la experiencia interior que yo viví en esos momentos. Me venían a la cabeza esas palabras del Evangelio que dicen: “Bienaventurados aquellos a los que os persiguen a causa de mi nombre”. Cuéntenos alguna experiencia de su apostolado con las familias. Pues me acuerdo de una experiencia muy linda que tuve en Arequipa, al sur de Perú. Yo estaba allí en una parroquia, trabajaba directamente en la pastoral y con los movimientos juveniles. Había tres hermanos que tenían grandes problemas en la familia. Dos de ellos llevaban repitiendo curso dos veces. Los papás estaban preocupadísimos. Un día la madre se me acercó y me dijo: “Usted es muy amigo de mis hijos, quisiera que me ayudara, que ayudara a mis hijos”. Y me contó sus problemas con los estudios. Yo conocía el problema y recuerdo que le dije a la madre: “Mire, el problema no son sus hijos, el problema son ustedes, usted y su marido”. Ella me miró y me dijo: “Y ¿qué podemos hacer? Porque yo quiero ayudar a mis hijos”. Le dije: “Si realmente quieren a sus hijos, venga usted con su marido para que podamos hablar”.
Y vino con su marido. Él trabajaba en una fábrica de cervezas, esto significa que todos los fines de semana se emborrachaba, escándalos en la casa, peleas. Les dije: “Miren, yo tengo la solución de sus hijos. Pero depende de ustedes. Dentro de dos semanas va a haber un encuentro del Movimiento Familiar Cristiano, es un movimiento que ayuda a las familias. Yo tengo que dar algunas charlas allí. Si ustedes van, van a hacerle un favor enorme a sus hijos. El problema es que su casa es un infierno, y el fruto lo tienen allí. Prométanme que van a ir a este encuentro y yo les garantizo que allí van a tener la respuesta”. Efectivamente fueron, se convirtieron al Señor, lloraron, pidieron perdón... fue una conversión increíble. Cuento esta experiencia porque yo en ese momento me acordé de una frase muy conocida, cuando Simeón, en pie, tiene en brazos al niño Jesús, y dice: “Señor, ahora ya puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Cuando yo he podido ver frutos así, que son muchos, también yo le he dicho al Señor: “Señor, yo ya he cumplido ...”. Es la experiencia no sólo mía sino de muchos misioneros. Bueno, más que “ya he cumplido”, sería mejor decir: “He visto la gloria de Dios”. He visto cómo la gloria de Dios se manifiesta y sigue actuando en este mundo y escribiendo páginas hermosas del Evangelio del siglo XXI. ¿ Qué es lo que más le ha gustado de su trabajo como misionero? Estar con la gente y compartir con ellos la experiencia del amor de Dios. Que esa experiencia que se lee en la Escritura sea una experiencia vital, una experiencia como de quien experimenta la caricia de una madre. Eso es lo que yo quiero comunicar a los demás para que la vivan. Recuerdo una vez en Ecuador. Unos franciscanos me invitaron a dar una charla sobre el amor de Dios a un grupo de personas afro-americanas, en una zona muy abandonada al norte del país. Eran tres días de conferencias y a mí me invitaron el último día. Yo les hablé del amor de Dios desde mi experiencia personal. Al final se me acercó el padre franciscano que lo organizaba todo y me dijo: “Fíjate que yo estudié tantos años teología y nunca pude hablar como hablaste tú”, en el sentido de que gente que no sabía ni leer ni escribir habían entendido tan claramente. La alegría del misionero es esa, el anuncio del amor de Dios. Cuéntenos una última experiencia de su trabajo en misiones. Empiezo citando aquella oración de Cristo en el Evangelio: “Padre Santo, te alabo y te bendigo, te doy gracias porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla y humilde y se las has ocultado a la gente autosuficiente, orgullosa, segura de sí misma”. Pues esta oración yo la he visto encarnada en la experiencia misionera, de muchas formas, maneras y momentos. Uno de ellos fue justamente en un día del Domund. Estaba en Lima. Unas semanas antes a los misioneros nos invitan a dar testimonios. A mí me invitaron a hablar en varios institutos y colegios religiosos para mover la generosidad de los jóvenes y de los niños. Una de las Hermanas me dijo: “Hermano, me gustaría que fueras a un colegio a las afueras de Lima”. Le respondí a la hermana: “Claro que sí. Dígame el nombre y la dirección”. Yo iba con un proyector para poner algunas diapositivas. El colegio en cuestión no tenía nombre, tenía un número. Era un colegio fiscal, pobre, muy pobre. Allí me fui con mi proyector. Había quedado a las once de la mañana. Di vueltas y vueltas.Todo son chocitas de cañas de bambú. Y por más que buscaba no encontraba.
Después de una hora y media, no digo desesperados, pero sí un poco frustrados, yo me decía: “Qué pena, la intención era buena. Nadie me sabe decir dónde está”. De pronto vi un niño y pensé: “Este niño a lo mejor sabe”. Le pregunté: “Oye, niño, ¿dónde está el colegio mil quinientos veinticinco?” Me dice: “Padrecito, lo tiene usted enfrente”. Era verdad, lo tenía enfrente. Nunca jamás hubiera podido pensar que eso era un colegio. Era un trozo de tierra, un muro de esteras y nada más. Ni techo ni nada. Allí, debajo de unos árboles daban la clase. Cuando entré me daba vergüenza llevar el proyector porque no tenían ni luz ni pared para proyectar. Cuando me vieron todos empezaron a aplaudir sentados como estaban en tronquitos, descalzos, algunos con un pantaloncito nada más. El agua no lo habían visto en semanas, con los mosquitos en la nariz... Yo me quedé mudo. No supe qué decir. Hablar de las misiones en tierra de misión. Realmente me sentí incómodo. 
Pero me acordé nuevamente del Evangelio cuando dice: “No os preocupéis de lo que tengáis que decir porque yo pondré las palabras en vuestras bocas”. De repente me salió espontáneo preguntarles si conocían a Dios, si eran cristianos, y todos cantando en lengua quechua me decían: “Dios es nuestro Taíta, Dios es nuestro Papito y María nuestra Mamá”. Y me salió enseguida todo un sermón: “Bienaventurados vosotros, bienaventurados porque hay millones y millones de niños que no conocen al Taíta, al Papito. Y ustedes sí. Yo sé que algunos hoy no desayunaron, que algunos están enfermos pero aun así sois bienaventurados porque conocéis el Taíta, a Diosito. Hay otros que están igual que vosotros pero lo peor que le puede pasar a un niño es que no conozca a su Papá”. Me miraban con unos ojos... Y yo les seguí hablando... Al final me iba a ir ya y la Hermana me llama: “Hermano, que no les has entregado el sobrecito”. “Hermana -le dije yo- pero si no tienen dónde caerse muertos”. Enseguida me arrepentí de estas palabras. Ella siguió diciendo: “Es que yo ya les hablé de que les ibas a entregar el sobrecito para la colecta”. Les hacía ilusión también porque dentro iba una estampa del Santo Padre.
A los quince días me llama por teléfono la Hermana y me dice: “Hermano, no ha ido al colegio”. Y yo: “¿A qué colegio? Si he estado en treinta colegios esta semana”. “Al colegio mil quinientos veinticinco”. “¡Ah, sí! -dije yo- bueno, recógelos tú”. Me dice: “No, quieren dártelos a ti personalmente”. Me fui para allá. Y había allí en la puerta, a la entrada del colegio, un niño de siete u ocho años, descalzo, con el sobre en la mano, como quien llevara su propio corazón, con una unción, lo llevaba como el tesoro más grande del mundo: “Tome, padrecito, para los niños que no conocen a Jesús”. Les quedó clavado esa expresión. Me dio el sobrecito y había escrito un papelito: “Mi mamá siete soles, mi papá cinco soles, mi hermano mayor tres soles... total 18 soles”. No llegaba ni a tres pesetas, pero era como ver el Evangelio de la viuda con su óbolo. Este niño daba todo lo que tenía, no dio más porque no tenía más. Si volviera a nacer, ¿volvería a ser misionero? Volvería a ser misionero. Esa pregunta se la hice yo cuando era novicio a un hermano misionero muy anciano, ya de ochenta años, con cuarenta y tantos años en Sudán, que había sido perseguido, encarcelado, lleno de enfermedades... Recuerdo que me acerqué a él y le dije: “Hermanito, ¿si usted volviera a nacer, volvería a ser misionero?” Y él dijo las palabras de nuestro fundador, Daniel Comboni, palabras que yo hago mías ahora: “Si volviera a nacer, no una, sino mil veces, mil veces sería misionero”.
©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004
Cosas extrañas de Mamie
Alguno de nuestros lectores le habrá sorprendido el título de este artículo. No me extraña que se extrañen. Y no me extraña que deseen saber a qué me refiero cuando digo cosas extrañas de Mamie. Voy a intentar explicarme aunque para ello tenga que remontarme un poco lejos en el tiempo. Cuando yo estaba en el último curso de la carrera de Filosofía y Letras, sección Geografía e Historia, tuve una “enfermedad” un tanto rara. Sin saber por qué, yo, que era un chico joven y sano, me vi sorprendido por un sarpullido, es decir, un conjunto de granos que producían gran escozor y desazón y que eran dolorosos cuando se rascaban. Estaba por entonces enfrascado en mis estudios y me vino aquello. Frecuentaba las aulas de la universidad de Salamanca, en el Palacio de Anaya y en aquella ampliación que era llamada Anayita. Aquel sarpullido, cuando salía, no tenía sitio fijo. Unas veces surgía en la cabeza, otras veces en los brazos, en el tórax… en cualquier lugar en el momento más inopinado. Era tal el escozor y el desazón que me distraía en mis estudios y cuando me concentraba en los libros sin darme cuenta me rascaba y se producía un dolor intenso que excitaba cada vez más. Recurría yo a pequeñas estratagemas para poder mantener mis dedos sin dirigirlos hacia el lugar dañado. Y para ello cogía la guitarra y me ponía a tocar. Pero a veces ni por esas. Fui al médico y me puso un tratamiento a base de unas pastillas y un granulado. Recuerdo que aquel granulado era de color amarillo. Y cuando lo tomaba me producía una somnolencia tal que era peor el remedio que la enfermedad. El estudio, aun cuando no se resentían las notas, se me hacía sumamente dificultoso. La modorra era tan fuerte que frecuentemente ponía mis antebrazos en la mesa y me pasaba media hora, y a veces una hora, dormitando. Cuando conocí a Mamie, en una de nuestras conversaciones le dije esta dificultad que yo tenía. Ella me dijo que rezaría por mí al Señor para que me ayudase. Lo extraño fue que al poco tiempo de los rezos de Mamie a mí se me pasó aquella enfermedad. Ya no sentía aquella picazón ni aquellos síntomas que iban en torno a la enfermedad. Recuerdo que cuando me rascaba se producían unos enrojecimientos, según la dirección de las uñas, que duraba un tiempo excesivo a lo que es normal. Un día se lo dije a Mamie: - Mamie, ¿sabes que me ha de-saparecido el picor y el sarpullido que me salía? Y Mamie con una sonrisa un tanto pícara me dijo: - Sí, lo he cogido yo. - ¿Cómo? ¿qué lo has cogido tú? - Sí. Y me mostró la parte de su cuello. Y yo me quedé asombrado porque en la parte del cuello que me mostraba había un sarpullido semejante al que yo padecía tiempo atrás. Yo no salía de mi asombro. Y poco después, en las lecturas espirituales que yo he hecho, he sabido que san Juan Bosco sufría a veces las enfermedades de sus hijos. Y supe también que san Vicente de Paúl cogió una enfermedad de escrúpulos que padecía un sacerdote al cual él quería ayudar. Y he sabido también que una hermana clarisa, en un convento de Valencia, que era hermana de san Francisco Javier, murió con unos sufrimientos terribles que había aceptado para que otra hermana de su convento muriera con paz y sin sufrimiento, cosa que supo por revelación privada. Son cosas sorprendentes. Son cosas extrañas. Pero quiero decir que en la vida de Mamie había muchas cosas que sin ser irracionales estaban por encima de lo racional.
Por D. Rafael Alonso Reymundo
©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004
Al descubierto - Bernadette Clair
19 años Cork (Irlanda)
- ¿Qué estudias? Estoy en el ultimo año del Instituto. - ¿Qué es lo mejor de la vida? Saber que el Amor de Dios es constante a pesar de todo. - ¿Cómo defines la soledad? Estar solo. - ¿Hay una soledad buena y una soledad mala? Yo creo que sí. La buena soledad es la que se dedica a Dios, dando toda tu atención a Él. La mala es cuando estás encerrado en ti mismo, pensando sólo en tus problemas o deseos y no pensando en los demás. - ¿Qué es ser joven? Encontrar alegría en la vida.
- ¿Y la vejez? Cuando uno está cansado de vivir. - ¿Qué es lo que más te gusta de la vida? Amar a Dios, hacer su voluntad y ser totalmente de Él. - ¿A qué tienes miedo? A caer en el pecado y estar orgullosa de hacerlo. - ¿Por qué la gente llora? Porque no pueden hacer más. - ¿Por qué lloras? No sé. El Señor me ha hecho así. Lloro a veces aunque no sé por qué. - ¿Qué virtud darías tú como regalo a un hombre joven? Docilidad a la voluntad de Dios. - ¿A una mujer? La humildad. - ¿A una madre? La paciencia. -¿ A un padre? La perseverancia. - ¿A los niños? La obediencia. - ¿Cuál es la cosa más importante? El Amor. - ¿Qué significa ser como niños? Ser humildes, confiando siempre que Nuestro Padre en el Cielo sabe qué es lo mejor para nosotros. - El lema de la Jornada Mundial de la Juventud de 2004 es: ¨Queremos ver a Jesús¨... ¿qué significa ver a Jesús? Verle es amarle y amarle es seguirle. - ¿Cómo puede uno llegar a la libertad? Dejando todo para seguir a Jesús. - ¿Cómo puedes perderla? No respondiendo a la Divina gracia. - ¿Cuál es uno de tus pasajes favoritos de la Biblia? El que dice: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta"
COMPLETA ESTAS FRASES:
ME PARECE QUE... Dios es Buenísimo. NO ESTOY DE ACUERDO CON... el que dice que hay más de una verdad. SI LA GENTE PENSARA EN DIOS... no caerían en el pecado. LO QUE PASA CON LOS CATÓLICOS ES QUE... se dejan seducir por el mundo por miedo. GASTARÉ MI JUVENTUD... sirviendo y amando a Dios como Él quiera. AL FINAL DEL CAMINO DIRÉ... voy hacia Ti a quien siempre he buscado. MI GRAN DESEO ES... amar a Dios. PIDO PERDÓN CADA VEZ QUE... peco. PARA MÍ ES DIFÍCIL... ser humilde. TE DOY MI SONRISA... para animarte y mostrarte que el Señor te ama.
RESPONDE CON UNA PALABRA:
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BERNADETTE: nombre. ESTUDIOS: colegio. MARÍA: Madre. MADRE: María. IRLANDA: casa. SENTIDO: Jesús. VIDA: Dios. |
CIELO: Siempre. REZAR: amar. DON: gracia. CAMINO: libertad. VERDAD: Iglesia. LIBERTAD: fortaleza. ALEGRÍA: Dios.
©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004
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