|
|
La
antigua Roma no fue nunca así. Esta situación
no tiene precedentes en la historia humana. Es única y original,
propia del mundo “cristiano” moderno. Una sociedad que
permite a sus jóvenes hijos -13,14 y 15 años de edad-
emborracharse en masa por sus calles; una sociedad que permite la
venta de la más depravada pornografía en sus gasolineras
y tiendas de la esquina; una sociedad que mata a sus propios hijos
en una escala sanguinaria y masiva; una sociedad cuyos hombres se
someten a operaciones para hacerse mujeres y cuyas mujeres se someten
a operaciones para hacerse hombres... es una sociedad en
decadencia, y una sociedad en decadencia es una sociedad madura para
la destrucción, vulnerable para sus enemigos, fáciles
presas de las fuerzas del mal fuera y dentro de ella, y su caída
es sólo una cuestión de tiempo. La antigua
Roma no fue nunca así, y nosotros sabemos lo que le pasó a
la antigua Roma.
El moderno mundo desarrollado surgió de la civilización
cristiana, porque los Diez Mandamientos y el núcleo
de la familia cristiana son el secreto de una vida feliz y próspera
que conduce al desarrollo de la sociedad. Pero la prosperidad
también tiene sus riesgos. Amenazas y tiranía
no consiguieron matar al espíritu cristiano, pero donde la coacción
falla, la seducción tiene éxito; donde la opresión
falla, triunfa la prosperidad. “El dinero habla”. El alma
que no se pudo vencer, se pudo comprar. Estamos viviendo en la época
de la gran seducción. Somos seducidos desde nuestra libertad
y nuestra dignidad. Todo el mundo “desarrollado” está
en esta situación. El mayor líder cristiano de nuestros tiempos;
el Papa Juan Pablo II, lo ha dicho, que Europa es un país de misión. Él
nos ha llamado a “la nueva evangelización”. No habría
necesidad de una nueva evangelización si Europa fuera verdaderamente
cristiana, pero no lo es. Europa ha hecho del placer un dios y ¡qué dios
tan cruel y exigente!.
No
habría necesidad de una nueva evangelización
si Europa fuera
verdaderamente cristiana,
pero no lo es.
La anticoncepción artificial ha facilitado
esta deificación del placer, y deificando el placer, ha demonizado
la reproducción. Ha demonizado el tener hijos, está en
contra de los bebés. Y si es anti-bebé, tiene que ser
también anti-madre y por lo tanto anti-mujer, porque la maternidad
es una de las características más preciosas de la mujer.
A una mujer joven que va al hospital para tener su tercer hijo, la
enfermera de Maternidad le pregunta si es una mujer o una coneja. La
Historia ciertamente descubrirá
que el acto más valiente en defensa de los derechos y de la dignidad
de la mujer en el siglo XX ha sido la persistente condena, por parte
de la Iglesia Católica, del uso de la anticoncepción artificial (cf.
Humanae Vitae, Familiaris Consortio, por ejemplo).
El placer sexual es una parte integrante del proceso reproductivo,
y el proceso reproductivo, a su vez, es parte integrante de la relación
de amor entre dos personas hechas una para siempre por el lazo sagrado
del Matrimonio. La masturbación saca el placer sexual de este
su contexto natural. Y la anticoncepción hace exactamente la misma
cosa. Aísla el placer sexual del fin reproductivo. Es por lo tanto
otra forma de masturbación. Degrada el acto de amor al de auto-abuso.
La anticoncepción transforma el acto sexual de una expresión
de unión a una causa de división. Hace de los “esposos”
unas “parejas” que de hecho son todo menos una pareja, ya
que no comparten verdaderamente. Su unión ya no es íntegra.
Ellos ya no se dan el uno al otro totalmente y sin reservas. Cada uno
hace del otro un objeto, deshumanizando y despersonalizando. Cuando el
placer es el fin único y exclusivo, ambos “participantes”
se encierran cada vez más en su propio mundo egoísta. La
anticoncepción, sea espiritual o físicamente, impide la
verdadera unión de las personas. Es una cuña que
lentamente pero segura separa y aísla, divide y destruye. La anticoncepción,
por tanto, es una de las causas de divorcio.
La única solución
a todo esto es un
retorno
revolucionario
al Dios que hemos abandonado.
Pero no es todo. El Papa Juan Pablo II ha indicado justamente (Cf.
Evangelium Vitae) que la misma mentalidad contra la vida que se
encuentra en la raíz del aborto, está también presente
en el uso de la anticoncepción artificial. El aborto entonces, así como
el divorcio, es fruto de la anticoncepción. La planificación
familiar natural respeta los ritmos biológicos del maravilloso sistema
procreativo establecido por Dios. La anticoncepción artificial viola
y trivializa el acto de amor, y a la larga trae consecuencias tremendas para
el individuo y para la sociedad. El divorcio se puede obtener en todos los
países europeos. En Gran Bretaña, por ejemplo, dos de cada
tres matrimonios terminan con el divorcio, en Alemania cuatro de cada cinco.
El aborto es aprobado ahora en todos los países europeos menos en
Irlanda y Malta y uno se pregunta durante cuánto tiempo resistirán
así. En Francia, un cuarto de millón de niños no nacidos
son abortados cada año. En Gran Bretaña, 200.000 sólo
con medios quirúrgicos. En otras palabras, cada cinco años,
más de dos millones de niños no nacidos son abortados sólo
en Gran Bretaña y en Francia, no contando los abortados en el resto
de Europa y el mundo “desarrollado”, el mundo llamado “cristiano”.
España, tradicionalmente una de las grandes naciones cristianas junto
con Italia, ahora tiene unas de las leyes más liberales sobre el aborto,
tiene uno de los más
altos niveles de divorcio y el nivel de natalidad más bajo
de Europa. Si la tendencia actual continúa, dentro de diez
años España se encontrará sin hombres jóvenes
para su ejército para protegerse de invasiones. Para sostener
su sistema de seguridad social actual, necesitará importar
una fuerza de trabajo de cuatro millones de trabajadores, hasta diez
millones incluyendo sus familias.
50 millones de bebés
son asesinados en el seno de sus madres cada año en el mundo
occidental. La Madre Teresa de Calcuta afirmó proféticamente
muchos años antes del ataque al World Trade Center de Nueva
York: “No puede nunca haber verdadera paz en un mundo que
tranquilamente mata a sus propios hijos”. Si tenemos que
poner fin a esta cultura de muerte en la que estamos viviendo, entonces
su raíz y su causa subyacente tienen que ser tratadas. El aborto
es el fruto, y ciertamente es un fruto podrido, pero el árbol
del que sale ese fruto podrido es la anticoncepción. Y si la
anticoncepción es el árbol, entonces la impureza sexual
ciertamente es la raíz y la semilla de todo eso. ¡Mira
dónde han llevado los “swinging sixties” (años
sesenta)! La única solución a todo esto es un
retorno revolucionario al Dios que hemos abandonado, pero
de una manera u otra, antes o después, este “árbol”,
como la Antigua Roma, está destinado a caer.
- ¿Vivimos
realmente en una sociedad en decadencia?
- ¿Es cierto que el placer es un dios?
- Europa ¿no es cristiana?
- ¿La anticoncepción impide la unión de las
personas?
- ¿La única solución es volver al Dios que hemos abandonado? ¿Le
hemos abandonado? ¿y
tú?
"No puede nunca haber verdadera paz en un mundo que tranquilamente mata
a sus propios hijos"
Piensa esto seriamente. |
|
|