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EXPERIENCIAS
MISIONERAS
     
   
   
 


25 de marzo 2003. LOS INICIOS


“¡¡ Estamos muy contentas!!”, -son palabras de la Hna. María-“rezad mucho para que el Señor nos dé un corazón muy grande, lleno de fuego, de amor a las almas, de generosidad y que nos mantenga sencillas y humildes a nuestra vocación”. Todo un plan de vida resumido pero completo para cualquier misionero. Y repite de nuevo: “¡¡qué contentas estamos de ser siervas!!”. Y, por supuesto, no podía faltar la nota de humor: “Ahora lo que mejor se nos está dando es sudar por amor de Dios y a las almas… ¡lo hacemos con abundancia y sin exquisiteces! ¡¡¡Y tan contentas!!!…”. Hna. María

Estos son algunos fragmentos de las cartas de las otras hermanas:
“¡ Dios sea bendito!. La expresión que continuamente me viene a la mente es: “Qué dulce es gastar la vida por Cristo”. Cada día experimento más la fuerza de esta verdad, no porque el sentimiento así lo saboree, es más bien que Dios ha impreso en mi alma esta certeza con la fuerza que da el sentirse amada por Él. ¡Vida por vida! es el grito del corazón cuando contemplamos el gran amor que Dios nos tiene al verle en la cruz… ¡Cuantísimo os quiere el Señor!”. Hna. Estela.

“¡ Las Siervas del Hogar de la Madre en Ecuador! Aquí hay gente muy buena, nos tratan fenomenal. ¡Rezad para que nos pongamos en manos de Dios y vayamos a donde Él quiera… porque la Sierva no se pertenece a sí misma sino a Jesucristo y a los demás. Ojalá que lo vivamos así, nosotras aquí con nuestra misión y vosotras allí con la vuestra. ¿Sabéis una cosa? que yo no me siento lejos de vosotros…” Hna. Rosa María.

“ Estamos muy contentas porque el Señor nos quiere mucho y el campo de apostolado que se nos abre es inmenso. ¡Cuánta sed de Dios tiene esta gente!. ¡Sed muy santos! ¡mucho!, no importa el lugar, lo que importa es la disposición. Y hay que entregarlo todo, toda nuestra nada, y dejarle hacer a Él”. Hna. Inmaculada.

 

FERNANDITA

Día 8 de Septiembre por la tarde.
Como casi todos los días, a media tarde, en la casa de las Hermanas se escucha una voz “lastimera”:
- Hermanitaaaaaa .... ¡ábrame! ..... ¡ábrame! Hermani......hermanitaaaaa.
Es nuestra amiga MĒ Fernanda, una vecinita de casi siete años que se ha encariñado con las monjitas españolas y que viene a verlas y a jugar siempre que puede.
Cuando las Hermanas oyen ese “hermanitas” con tono de “pena- penita- pena” para conmoverlas, ya saben que ahí está Fernandita. Y partidas de la risa salen a saludarla.
Hoy se estableció este diálogo, que tuvo que hacer reír a todos los angelitos del Cielo y sin duda conmovió el Corazón de Ntra Madre.
Hna.- ¡Hola doña Fernanda!
F.- Hermanita, ¡ábrame!
Hna.- ¿Sabes de quién es el cumple hoy?
F.- (Con cara de ilusión) ¡De la Hna. Inmaculada!
Hna.- ¡No! A ver si lo adivinas...
F.- ...¡De la Hna. Rosi!
Hna.- ¡Nooooooooooo! No es de ninguna Hermana.
F.- (Se queda pensativa y con cara de pillina dice) Ya lo sé...
Hna.- A ver, ¿de quién?
F.- Ah ya, ¡de María!
Hna.- ¿Quieres pasar a felicitarla?
F.- ¡Síííííí!
Juntas pasan hasta la capilla y agitando las manos al compás, cantan el cumpleaños feliz a la Virgen. Había que ver la carita y los ojos de ilusión de Fernanda, y la cara de la Hermana, emocionada de ver la candidez de una niña que sin ningún respeto humano felicita a su Madre del Cielo. Toda emocionada le pega un besazo a la imagen que la Hermana le ha bajado para que alcance.
F.- ¿Cuántos años tiene la Virgen?
Hna.- Unoooos 2020 o por ahí.
F.- (Mirando extrañada a la imagen) ¡Pues si está muy joven!
Hna.- (Partida de la risa) ...Esto es sólo una estatua.
Pero la de verdad está en el Cielo y es muchísimo más guapa que ésta. Porque allí, aunque tengas muchos años, no te pones viejo. En el Cielo, cuanto más bueno eres, más guapo... Y como la Virgen es la más buena de todos pues es....
Hna y F.- ¡¡¡Guapísima!!!
F.- Y yo ¿cuándo la voy a ver?
Hna.- Cuando vayamos al Cielo la veremos.
F.- Pero si yo no tengo alas para volar hasta el Cielo.
Hna.- Es que allí vamos cuando nos muramos.
F.- ¡Ah sí! Entonces cuando nos muramos vamos al Cielo.
Hna.- Si has sido bueno.
Salen las dos tan contentas de la capilla.
Fernanda va corriendo feliz a saludar a las otras Hermanas y a decirles la noticia: ”¡Hoy es el cumpleaños de María! Las Hermanas, que saben que le encanta pintar, le proponen hacer un dibujo sorpresa y regalárselo a la Virgen. Toda ilusionada va corriendo a su casa a por las acuarelas... Al irse por la puerta nos mira con cara de preocupación y nos dice:
- “No os vayáis a ir eh... Y cuando vuelva me abrís la puerta.
Y pasa la tarde dibujando y pintando con toda la ilusión de darle una sorpresa a María para que se ponga contenta. Se pinta a sí misma muy guapa y llevando un regalo, un sol porque dice que el sol da alegría. Y a la Virgen con flores y una tarta como la que sale en la portada de HM infantil. Luego le escribe un mensaje que le da vergüenza que lean las Hermanas porque es algo que sale de su corazón.

LA ÚLTIMA BATALLA

Alguien nos avisó para que fuéramos a visitar a una señora ya mayor y bastante enferma. Estaban preocupados, ya que viendo cercana la muerte de la señora Carmen creían que debían ayudarla a afrontar este momento, poniéndose al fin en paz con Dios y por lo tanto con sus hijos. Más de veinte años de enemistad y rencores que debían disolverse.
En el nombre del Señor nos dirigimos a su casa para conocerla e intentar ayudarla en todo lo que estuviera en nuestra mano. Nos acompañaba un sacerdote por si ella quería recibir el perdón de Dios. Nos encontramos con una ancianita de ochenta y seis años, recostada en una cama, que se sujetaba con fuerza la parte izquierda de la cabeza quejándose de un agudo dolor. Nos recibió muy bien. Empezamos la conversación hablando de todo un poco para irnos conociendo e ir entrando en materia; el campo, la lluvia de los últimos días, los nietos... hasta que salió el tema de sus hijos. Unos problemas en el pasado sembraron la discordia que se prolongaba hasta el día de hoy. Para ella estaban muertos. No quería hablar del tema.
Se ponía nerviosa y golpeándose el pecho decía que no quería perdonar. Le hablamos de lo que Dios había hecho con nosotros perdonándonos desde la cruz y la animamos a hacer lo mismo, de mil maneras posibles para que lo entendiera. El problema no estaba en que no nos entendiera, sino en que, por nada del mundo, perdonaría a sus hijos. Estaba cerrada. Sin poder hacer más rezamos con ella pidiéndole al Señor que ablandara su corazón. Estábamos muy impresionadas de ver cómo un corazón puede llegar a endurecerse hasta el punto de no arrepentirse ni aun en el momento de la muerte. Tantos años de rencor habían formado un auténtico callo.
Al cabo de unos días volvimos al ataque. Nos recibió muy contenta, aunque estaba un poco pachucha. Rezamos y nos metimos al tema. Esta vez estaba distinta. Nos confesó que cuando tuvo el disgusto con sus hijos lo pasó muy mal y llorando ante un crucifijo juró al Señor que jamás les perdonaría, y ahora ella no podía faltar a aquel juramento. Por más que le explicamos que un juramento así no valía para nada ante Dios, ella se sentía totalmente atada y por lo tanto incapaz de perdonar. De nuevo bombardeo sobre el amor y la misericordia de Dios que estaba deseando liberarla de aquella cadena inmensa que la tenía atada y ahogada. Finalmente pareció que aflojaba un poquito su posición y reconoció que necesitaba la ayuda de un sacerdote. Manifestó que estaba dispuesta a confesar. ¡Qué alegría! Incluso aunque ella siguiera sintiendo el dolor y rechazo, sólo con el deseo de arrepentirse y liberarse ya estaba en manos del Señor. Salimos tan contentas.
A la mañana siguiente nos presentamos de nuevo allí con el Padre que traía al Señor y los Santos Óleos. Saludamos a la familia y la sra. Carmen aceptó gustosa quedarse con el sacerdote. Las hermanas estuvimos conversando un rato con la familia fuera hasta que el Padre nos llamó. Y con la misma le administró la Unción, pero cuando quiso darle la Eucaristía ella se puso muy nerviosa y no quería. Nos acercamos para ayudarla, empujando la Forma y dándole un vaso de agua para que pudiera tragar, mientras le explicábamos que el Padre ya le había escuchado todo y le había dado la absolución y si se arrepentía todo estaba perdonado. Todos nos mirábamos sorprendidos y pensando que quizá por la edad le estaba fallando la cabeza. Con fuerza se retiró el vaso de los labios y dejó pegada la Santa Hostia en el canto. “Yo no puedo recibirlo. No puede entrar en mí, porque yo no perdono. ¡No, no perdono!” Señor, ¡qué impresión!...
Le preguntamos, le volvimos a razonar y comprobamos que sabía muy bien lo que decía. No se retractaba de su juramento, no estaba dispuesta a perdonarlos nunca y su conciencia no le permitía recibir al Señor.
Una de las hermanas tuvo que sumir la Hostia... “Gracias, Señor, por permitirme estar aquí en este momento y darme la oportunidad de defenderte y demostrar mi amor por ti en la Eucaristía”.
A partir de este momento ya no había quien detuviera las lágrimas. Se “mascaba” la presencia del “Otro” que tenía bien sujeta aquella alma y no pensaba soltarla por nada del mundo.... Hablamos y hablamos, razonamos, rezamos ¡nada!...Señor, qué impotencia. El Padre bendijo agua y mientras rezábamos se dedicó a asperjar a nuestra pobre enferma y toda la habitación.
Llegó la hora de irnos. La sra. Carmen nos despidió muy atenta. Le preguntamos si nos recibiría otro día y nos dijo que por supuesto, con mucho gusto porque éramos muy buenos con ella. Salimos de allí con el corazón temblando por la impresión, pero con la confianza firme en la misericordia de Dios que no iba a abandonar a aquella pobre mujer. Si nos había puesto en su camino para algo sería. Mientras volvíamos a la parroquia en el coche, el Padre nos iba contando que él ya se había encontrado más casos así. Moribundos que han formado un muro de rencor tan grande en su corazón que ni en ese momento tan definitivo eran capaces ya de romperlo. Y nos decía: “La gente está loca, no entienden que es necesario confesarse con frecuencia y estar siempre en paz con el Señor y con los demás, si no, mira lo que pasa en la última batalla”.
La historia de la sra. Carmen aún no ha terminado, estamos en pleno combate por su alma. Seguimos yendo a su casa todas las semanas, hablamos un ratito y rezamos, rezamos, rezamos... Sabe el Señor que tenemos puesta toda nuestra confianza en Él que no permitirá que se pierda esta alma. Él mismo ha querido llevarnos hasta ella para que intercedamos por esta pobre paralítica espiritual, que atada por un juramento sacrílego que hizo en un momento de intenso dolor, engañada sin duda por Satanás, no es capaz de dar ni un pasito hacia Aquel que puede y quiere salvarla. Nosotros estamos dispuestos, como aquellos del Evangelio, a cargar con ella en su camilla y aunque sea rompiendo el techo de la casa, presentarla ante el Señor. Pero claro, cuando Él le pregunte si quiere ser sanada... así que aprovechamos estas líneas para pediros vuestras oraciones. ¡Gracias!
Esta experiencia nos puede ayudar un poco para reflexionar.
Lo primero, como decía el Padre, para caer en la cuenta de que la salvación de nuestra alma no podemos dejarla para el último momento. “Ya me confesaré cuando me llegue la hora de morir, entonces me arrepentiré y le pediré perdón a Dios.” ¡¡Inteligente!! ¿Y quién te asegura, primero, que vayas a tener tiempo, y segundo que no tendrás ya tan endurecido tu corazón que no podrás arrepentirte? Además ¿piensas que el sinvergüenza del demonio que ahora te engaña haciéndote ver en una dulce y fácil muerte te va a soltar tan ricamente en el momento de la batalla final? ¡Tonto! Mírale cómo sujeta y ahoga a esta pobre ancianita y aprende otra lección, la del valor de un alma.
Mientras rezábamos con la sra. Carmen y sentíamos tan clara la presencia del maligno, interiormente nos salía decirle ¡vete de aquí! ¡suéltala! ¿Qué te importa esta viejecita? Y haciendo la pregunta nos venía la respuesta en una especie de sensación de vértigo al intuir el valor de cada alma, cada alma. A veces podemos olvidar que también por una viejita de ochenta y seis años Jesucristo derramó hasta la última gota de su sangre. Pero Satanás no se olvida, no. Él conoce bien el verdadero valor de todo y está absolutamente pendiente de cada alma por pequeñita que parezca. Y no ceja en su empeño hasta después de la muerte. “Pero si no es el alma de un sacerdote, de la que dependen tantos. Ni la de una valiente misionera. Ni la de un comprometido médico cristiano que combate con sus conocimientos contra el aborto...”. Pero es un alma.
Como el Santo Cura de Ars podemos en muchas ocasiones llamar al demonio “nuestro colega” porque nos avisa y nos enseña muchas cosas. Nosotros le estamos muy agradecidos (entiéndase bien) porque después de esta experiencia hemos sentido un sensible aumento de celo apostólico, ¡cada alma, cada alma! Viendo su interés hemos comprendido hasta qué punto no podemos despreciar ningún alma que el Señor ponga en nuestro camino, por pobre que parezca. Y también nos hemos encendido en deseos de entregarnos, de darlo todo, luchando por la salvación de cada alma, sin rendirnos hasta que acabe la última batalla.

LA ÚLTIMA BATALLA II

Ciertamente la Sra. Carmen fue tocada por la gracia de Dios y no dudo que las oraciones constantes de tantas personas, que incluso desde varios países ofrecían por su conversión, fueron ablandando y disponiendo su alma para que el Señor actuara en ella. ¡Qué grande es el poder de la oración!
Quiero contaros a todos la infinita misericordia que Dios tuvo con este alma. Bendito sea por siempre.

Nosotras no podíamos más que rezar por ella e ir a visitarla de vez en cuando, hablarle, hacerla reír y sobre todo rezar con ella el rosario de la Divina Misericordia, a lo cual siempre estaba dispuesta. Siempre nos cogía de la mano y nos apretaba, era como si quisiese decir: ¨no me dejen¨ y cuando nos íbamos repetía: ¨no se olviden de mí¨. Después de varios meses así, un día, que pasábamos cerca de su casa, pensamos en entrar rápidamente para ver cómo estaba, a pesar de no disponer de mucho tiempo.
Se encontraba como siempre acostada. Su familia nos dijo que estaba peor. Había perdido la cabeza y estaba muy débil. Creían que le quedaba poco tiempo de vida. Para nuestro asombro, al acercarnos a ella, nos reconoció perfectamente y con una voz casi ininteligible nos dijo: ¨las madresitas¨. Al salir de su casa fuimos
rápidamente a avisar a un sacerdote que inmediatamente cogió los santos óleos y nos dirigimos de nuevo a su casa. El Padre intentó hablar con ella para confesarla, pero fue imposible porque sólo decía incoherencias y no se le entendía. Al final, después de rezar junto a ella, el sacerdote le administró el sacramento de la unción de enfermos y la absolución bajo condición, con la esperanza de que el sacramento la dispusiera interiormente a perdonar. Antes de irnos, el Padre habló con la familia pidiéndoles que llamaran a esos hijos enemistados. Invitándoles a que entre los hermanos entraran en diálogo y se perdonaran porque ver la paz entre sus hijos iba a facilitar el perdón en el corazón de la Sra. Carmen.
Al cabo de unas semanas fuimos de nuevo a visitarla. Se encontraba mucho mejor que la vez anterior, incluso se incorporó de la cama en la que estaba. Nos reconoció perfectamente y pudimos hablar con ella porque había recuperado la razón. Su rostro reflejaba mucha paz y tranquilidad. Una de sus hijas nos contó que al fin habían venido sus hermanos y que de rodillas, delante de su madre, se habían arrepentido de todo el daño que le habían hecho y le habían pedido perdón. Al principio le costó perdonar, pero ellos le pidieron como muestra del perdón un beso y finalmente se lo dio. Cuando hablamos con ella le preguntamos si quería confesarse y nos dijo que sí.
¿ Os podéis imaginar nuestra alegría y nuestro agradecimiento a Dios?

Al día siguiente volvimos a su casa acompañadas de nuevo por el sacerdote y por el Señor oculto en la Eucaristía. El Padre se quedó impresionado al ver la mejoría de la Sra. Carmen. El Señor se la había
concedido para poderse reconciliar con Él. Su mente estaba lúcida. Arrepentida recibió el perdón de Dios y a continuación el Sacramento de la unción de enfermos y el Santísimo Cuerpo de Cristo. ¡Cuántas gracias para este alma tan necesitada! Me impresionaba mucho ver el poder de Dios actuando a través de las manos sacerdotales que eran las mismas manos de Jesús que curaban.
Nosotras presenciando todo esto con emoción no podíamos más que dar gracias al Señor por su infinita paciencia y misericordia. Podíamos notar en la cara de la viejecita mucha alegría e inocencia. Parecía una niña de ochenta y séis años.
Muchas gracias, Señor, por habernos concedido la gracia de ver la conversión de este alma, por habernos hecho experimentar tu amor y misericordia.
Muchas gracias también a todos vosotros por vuestras oraciones. ¿Qué importa que le conozca o no?¿Qué importa que viva cerca de mí o no? Todos estamos dentro de la gran familia de la Iglesia y nos tenemos que ayudar a ir al cielo. Las oraciones llegan todas hasta el Corazón de Dios y Él las hace dar fruto. Alabado sea.

   

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