"Para ti la gloria; para mí la confusión"
Un libro con las historias de 20 Siervos que han dejado todo para seguir la llamada del Señor.
"Llegó a mis manos el discurso que el Papa Juan Pablo II pronunció en su última visita a España. Lo leí y me impresionó mucho cuando el Papa dice: “Si oyes la voz del Señor que te dice sígueme… ¡“No la acalles”!…Estas palabras se me clavaron en el alma".

Hace ya ni más ni menos que la friolera de dieciséis años desde que conozco, bueno mejor dicho, desde que me hablaron por primera vez, del movimiento juvenil Hogar de la Madre (H.M.). Lo conocí a través de las Siervas del Hogar de la Madre, que en el año 1995, llegaron a Cuenca a fundar una nueva comunidad en la parroquia San Fernando, mi parroquia.
En esa época (1995-1996) yo estaba metida de lleno en la edad que llamamos del “pavo” (14 años), y lo que menos pasaba por mi cabeza en esos tiempos era ir a la Iglesia, tratar con monjas, vivir una vida cristiana coherente… Además yo tenía poca formación y no sabía qué eran muchas de estas cosas. Viviendo la vida de forma superficial y haciendo en cada momento lo que me daba la gana, salió a mi encuentro, de forma providencial, el Hogar de la Madre. Es en él donde ha crecido y madurado mi vida cristiana.
He de decir, que antes de que las hermanas me hablaran del Hogar como grupo, me enseñaron a rezar, a tener una relación personal con Dios, a valorar la vida de la gracia… Me enseñaron qué es lo más importante en la vida y me hablaron por primera vez de mi vocación a la santidad.
Cuando al final del curso 1995-1996, me propusieron formar parte del Hogar y hacer el compromiso de experta, impulsada y movida, sin duda, por el Espíritu Santo, -aunque en realidad fue como si Nuestra Madre me dijese: "Hazlo"-, dije que sí. Nunca olvidaré ese 4 de Julio de 1996 en el que hice mi primer compromiso de experta con el Hogar. El P. Rafael, junto con algunas hermanas, habían hecho un viaje desde Santander a Cuenca para visitar a la comunidad y yo aproveché para entrar. Fui el primer miembro del Hogar en Cuenca, aunque poco tiempo después el “grupito” se amplió y entraron algunas chicas más, entre ellas algunas de mis amigas… Aquí se puede decir que comenzó la salida de mi carrera hacia el Amor…
El tiempo pasaba y también mi fe y mi compromiso de vida cristiana tenían que crecer. Iba a convivencias, retiros, ejercicios espirituales, campamentos, peregrinaciones, encuentros de Semana Santa con el Hogar, y eso me mantenía.
Tuve unos años un poco “tontos” de mucha lucha con Dios, con el mundo y conmigo misma. Pero como soy un milagro de la gracia y Dios ha tenido mucha paciencia conmigo y no me ha dejado nunca, aunque yo me he querido escapar muchas veces de sus manos amorosas de Padre, en el año 2001 entré de veterana en el H.M. e hice un compromiso de vida cristiana más fuerte con Dios. Creo que esto fue muy importante para mí y me ayudó mucho porque tenía más tiempo de oración personal, iba a Misa todos los días, rezaba el Rosario…
Y por fin, llegó para mí la pregunta del millón: ¿Qué quiere Dios de mí? Yo sabía que para cada persona Dios tiene un proyecto de vida, una vocación. Y yo, tenía que encontrar la mía que, por supuesto, ser monja no iba a ser (eso decía yo, pero… ¿y Dios?).
En una peregrinación que hice a Fátima con el Hogar en el año 2002, en la Capilla de la Virgen, hablando con el Señor y Nuestra Madre en la oración, entendí que en el Hogar era donde Ellos me querían y que como hasta ahora había recibido mucho, llegaba el momento de dar yo algo.
Hice un año de voluntariado con el Hogar, entregando mi tiempo y mi “vida” al servicio de Dios…Me fui a vivir a Santander, ayudé al Hogar en su apostolado con los medios de comunicación (TV, radio, revista…), y ahí, en unos ejercicios de mes que el Padre Rafael me invitó a hacer con las novicias, entendí delante de Dios, que me quería para que fuera toda, sola y siempre suya: “El que deja todo y me sigue, recibirá cien veces más y al final, la vida eterna”.
Acabé los ejercicios espirituales pero… la cosa no terminó ahí. En poco tiempo quise “olvidar” todas las gracias que el Señor me había dado y, por supuesto, también el tema de la vocación y seguí como si nada hubiera pasado.
Continué en Santander con el voluntariado del H.M. y durante ese tiempo el Señor no dejaba de hablarme ni un instante en cada cosa que vivía. Todo lo que escuchaba y leía desembocaba en un tema: la vocación religiosa , pero yo no lo quería oír ni entender, me costaba mucho y además yo ya tenía mis planes, mis proyectos para el futuro.
Hacía el final de ese año 2003, llegó a mis manos el discurso que el Papa Juan Pablo II pronunció en su última visita a España, en el aeródromo de Cuatro Vientos, Madrid, para la canonización de cinco nuevos santos, en abril. Lo leí y me impresionó mucho cuando el Papa dice: “Si oyes la voz del Señor que te dice sígueme… ¡No la acalles!” Estas palabras se me clavaron en el alma y recordé la fuerza con la que el Papa Juan Pablo II nos lo había dicho en esa vigilia a los jóvenes que estábamos allí y a los que le estaban escuchando desde donde estuvieran. Yo tuve la suerte de asistir con el H.M.
Después de esto, ya no podía seguir luchando más y acallando esa voz de Dios en mi interior, tenía que rendirme a su voluntad y así lo hice (por fin). El 6 de Enero de 2004, en la solemnidad de la Epifanía del Señor, me ofrecí al Señor como un pobre regalo necesitado de Él y entré de candidata en las Siervas del Hogar de la Madre. Para mí estaba claro que si el Señor me llamaba para entregarme totalmente a Él, sería en el Hogar de la Madre, viviendo esa espiritualidad y misiones dentro de la Iglesia.
¡Qué alegría tan grande! Por fin, gracias a la infinita paciencia y misericordia del Señor, estoy aquí para ser sola, siempre y toda de Él.
Ahora soy profesa temporal y estoy a las puertas de hacer mi compromiso definitivo, los votos perpetuos, en septiembre de 2012.
Doy gracias a Dios por todo lo que ha hecho conmigo, por cómo me ha cuidado y protegido en mi vida. Por mi parte, sólo puedo responder con generosidad a su llamada porque sólo tengo esta vida para dársela a Él.
Acabo estas palabras diciendo, como Santa Teresita del Niño Jesús, que yo también experimento que soy ese pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que Él me ha confiado.
¡Mi vocación es el amor!
Gracias Señor, gracias María… Ayudadnos a ser fieles a nuestra vocación. Amén.