¿Quiénes somos?

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Nos decía Sor Luisina que estuvo observándola, y la verdad es que no recordaba aquella cara... Después de tantos años de trabajo apostólico en tantos lugares... Así que empezó la “investigación”: “Y yo ¿de dónde te conozco, hija? ¿Estudiaste en alguno de nuestros colegios... será de alguna misión?... A ver, hazme acuerdo”.
Resulta que aquella mujer había sido su alumna de catequesis cuando era pequeña en uno de los suburbios de Guayaquil.

La hermana se alegró mucho de ver que después de tantos años, todavía se acordaba de su catequista y le preguntó qué había sido de su vida.
La pobre mujer le contó cómo su vida se había descarrilado bastante. Por circunstancias de la vida y necesidad de dinero acabó como prostituta.
La hermana lo lamentó mucho y le preguntó si podía ayudarla de alguna manera. La mujer le dijo que ya la había ayudado; y le explicó cómo.
Dios, en su infinita misericordia, se acordó de ella.

Primero, permitió que a pesar de que ella tomaba todas las “precauciones” quedó embarazada no se sabe de cuál de todos aquellos hombres. Todo se le derrumbó y hasta pensó en abortar. Entonces el Señor puso en su camino una mujer que estaba deseando adoptar un bebé, le ofreció solucionarle todo a cambio de que le entregara el niño.
Cuando llegó el momento de dar a luz y tuvo al niño en sus brazos lo empezó a querer con muchísima fuerza y se arrepintió del trato hecho. Pero ya no había vuelta atrás y a los doce días tuvo que entregarlo. Quedó deshecha y muy deprimida... se sentía aplastada bajo el peso de todos sus pecados y se odiaba a sí misma; llegó a desearse la muerte.

De pronto, no sabe cómo, le vinieron a la mente con mucha fuerza las cosas que había aprendido cuando era pequeña en la catequesis. En su memoria estaba nítida la imagen de aquella hermanita que con tanta dulzura les hablaba de la Madre buena que tenemos en el Cielo, una Madre a la que no debemos temer nunca porque Ella jamás rechaza a ninguno de sus hijos, por muy malos que sean, ni deja de ayudarles cuando la llaman.
Entonces se sintió movida a dirigirse a una iglesia y se arrodilló ante la imagen de la Virgen... desahogó toda la angustia y el peso de su corazón llorando ante su Madre.

Un sacerdote de aquella parroquia la vio, la estuvo observando un rato y se acercó a ella. Con una delicadeza y paciencia casi maternal escuchó toda la historia de aquella pobre alma, la consoló y la absolvió.
Se sintió totalmente nueva. Y con la ayuda de aquel mismo sacerdote pudo rehacer su vida. Ahora estaba trabajando honradamente y sacando su vida adelante con mucha paz y alegría.
No dejaba de abrazar a la hermana y agradecerla por haberla enseñado aquellas cosas que habían quedado sembradas en su corazón y que en el momento menos esperado, pero más necesario, habían rebrotado con fuerza sacándola de la más absoluta miseria.
Por todo esto, Sor Luisina no deja de dar gracias a Dios y nos decía cómo anécdotas como ésta son las que han hecho del trabajo con los niños su apostolado predilecto, porque lo que se siembra en el corazón tierno de un pequeño quedará ahí grabado para siempre y tarde o temprano dará sus frutos.

©Revista HM º129 Marzo/Abril 2006