Sería imposible hablar de cómo llegué al Hogar sin hablar antes de mi madre. Mis sentimientos por mi madre y por Nuestra Madre parecen confundirse suavemente a veces, pues ambas han alimentado en mí el conocimiento y el afecto por la otra.
Mi madre: una estrella inextinguible, una constante luz en mi oscuridad, un ejemplo acabado de una vida de amor, sacrificio y fortaleza (que espero poder imitar algún día). Ella es una mujer que no es madre sólo por un derecho o una facultad, sino por esencia. De igual forma que entré en este mundo en unos brazos tan amorosos, lo único que ella deseaba era asegurarse de que entrara también en los brazos de Aquél que es Amor. Por eso, conforme al deseo de mi madre, en Pascua de 2006 entré en la Iglesia Católica. Digo según su deseo porque esto era algo que no estaba en mi lista de prioridades, y que a ella le causaba mucho sufrimiento. Y es que Dios nos da madres por esta razón, para que sean ejemplo de paciencia y firmeza en la verdad. Él nos dio a su Madre, la cual está totalmente dedicada a Él, que es la fuente de todas las virtudes, Él que es la Verdad. Todas las madres están dedicadas a la seguridad de sus hijos, y, claro, las madres siempre saben mejor.
Mi madre quiso que yo fuera a la Universidad católica de Ave María. Yo, por mi parte, tenía un plan distinto, mis propios planes, pero... el hombre propone y Dios dispone. Después de cansarme de la subjetividad del placer, de la vida... y sin ningún mérito por mi parte, se me mostró algo objetivo, no todo era relativo. El amor es objetivo. “Él, que ama, se empeñará en declarar ese amor con su ser entero, ipso facto”.
Unos días antes de que empezaran las clases, decidí que el encaminarme en la dirección Universidad Ave María no sería algo tan terrible después de todo. Al día siguiente, mi madre y yo tomamos un vuelo a Florida.
Gracias a mi empeño por amar y creer, encontré finalmente el descanso, pero había “algo” desconocido que se me venía encima siempre, algo que me desasosegaba. Dios me buscaba cuando yo aún no le conocía. Y a veces iba a parar a una Iglesia, delante del Santísimo Sacramento, y no sabía por qué. No lo entendía, sólo sabía que irradiaba un extraño consuelo y paz. Sólo en estos momentos espontáneos de la gracia de Dios me sentía cómoda acudiendo a Él. Pero yo no quería una “religión”. Nunca me había gustado aquello que, en mi ignorancia, había visto de ella. Yo quería una filosofía. Mi espíritu estaba muy desasosegado por un Dios con muchas normas y reglas, necesitaba ser libre. Pero, sin embargo, esta inquietud de mi espíritu no era por naturaleza, sino como consecuencia.
En este momento, un “alocado” regalo del amor de Dios vino en mi ayuda, una nueva amiga. No puedo menos que mencionarla, porque sin su persistencia y ánimo creativo nunca hubiera llegado a ir a la iglesia. Justo antes de Pascua de 2007 esta amiga se empezó a entrometer en mi hora de la siesta todos los domingos. Y sólo por gracia de Dios pude contenerme muchas veces de darle una bofetada cuando me venía a despertar. Así que al final, acabé yendo a Misa todos los domingos recién levantada y sin ni siquiera peinarme. ¡Dios es tan bueno...!
Llevaba ya dos meses siendo “arrastrada” hasta Misa todos los domingos y llegó el primer fin de semana de mayo. Este fin de semana fue cuando las Siervas del Hogar de la Madre (a las que yo no conocía aún) tuvieron un retiro de tres días en silencio para chicas. Tres días que tendrían un fortísimo impacto en mi vida. Eran tres días que yo había estado esperando con “ansia” porque Tricia (mi mejor amiga) iba a ir a él. Esto significaba que iba a ser el primer domingo desde Pascua que no me iban a despertar con insultos respecto a mis ideas sobre la moda o chocolate untado en mi nariz. Esto significaba que no tenía que ir a la iglesia y que estaba libre. También era el fin de semana antes de los exámenes finales. Así es que, el viernes por la tarde, Tricia se fue para pasar el fin de semana con las monjas, y yo a la biblioteca, esperando poder aprobar. Salí de la biblioteca para coger un libro que necesitaba de la habitación y por alguna razón cambié totalmente de dirección hacia la salida del edificio por otra puerta. Allí había una cola de gente, todos muy silenciosos y con aspecto sombrío. Un panorama para nada atractivo a mi vista. Llegué a la conclusión de que debían estar esperando para confesarse. Para gran alegría y alivio por mi parte pude evitar el tener que hacer una Primera Confesión cuando entré a la Iglesia Católica hacía justo un año y no era ciertamente algo que me agradase hacer en el futuro. Entonces, ¿cómo acabé en la cola? ¡Pues porque Dios lo quiso! La siguiente cosa que recuerdo es estar sentada delante del sacerdote pidiéndole perdón por sólo saber el comienzo de la confesión: “perdóneme Padre, porque he pecado...” porque era lo que había visto hacer en las películas. Ese domingo fue la primera misa en la que verdaderamente participé. ¡Dios es tan bueno!
¡Confesión! ¡Confesión! ¡Confesión! ¡Eucaristía! ¡Eucaristía! ¡Eucaristía! No puedo enfatizar suficientemente lo importante que esto es. ¡De qué otro modo vamos a recibir el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor sin ellos! ¡Y cómo podemos vivir sin Él que es la Vida en nosotros! La confesión es la puerta a través de la cual Dios desea venir a nosotros en abundancia, para preparar nuestros corazones para la dulzura que es Él mismo, dándose a nosotros en la Eucaristía.
Me dijeron que las Hermanas de hábito blanco tenían una casa en Ecuador donde hacían trabajo misionero. Así es que fui al encuentro de “esas de hábito blanco”. Cuando les pregunté sobre Ecuador me dijeron que iban a hacer una peregrinación a España ese verano, y que también había una peregrinación a Italia. Una semana después conseguí el billete para España, y al final de mis clases de verano, me fui. Nunca he experimentado un sentimiento de acogida como el que tuve cuando llegué a España. En Julio de 2007, en la peregrinación a Roma, entré como candidata del Hogar de la Madre.
Vive de tal modo que conduzcamos a todas las almas al borde de sí mismas y de esta manera caigan en Dios y en los brazos amorosos de Nuestra Madre.
“Ven, ven al borde
¡Es demasiado alto!
Ven al borde.
¡Podemos caernos!
¡VEN AL BORDE!
Así que fueron.
Ella empujó...
Y volaron.”
(Christopher Logue)
©Revista HM º140 Enero/Febrero 2008