¿Quiénes somos?
Lo he cogido por casualidad para leer las agudas observaciones y las profundas meditaciones de un obispo que fue para nosotros un verdadero padre y pastor. Este pequeño libro está dedicado cariñosamente a Mamie con esta dedicatoria personal: «
A Me Elisabeth Van Treuttens, en comunión de fe y esperanza, pidiendo al Señor que haga gozosa y fecunda su actividad al servicio de Jesús, bajo la protección maternal de Santa María, Madre de la Iglesia y en cooperación apostólica con todos sus hermanos e “hijos”». Firmado: + José Guerra C. Obispo de Cuenca, 13-7-1973.
Ciertamente se me agolpan recuerdos llenos de alegría al recordarles a ambos, porque me ha sorprendido que Mons. pusiera entrecomillado la palabra hijos. Porque él no ignoraba la función maternal espiritual que tenía Mamie.

Cuando Mamie murió tenía noventa y nueve hijos espirituales sacerdotes y entre ellos algún obispo. El mismo D. José Guerra Campos era hijo espiritual de Mamie. En el año 1975, por tanto posterior a esta dedicatoria, yo fui con Mamie a visitar a D. José que nos acogió con un corazón paterno y nos pidió que rezáramos con él el Ángelus como lo hacíamos en nuestra casa. Nos pusimos de rodillas y los tres rezamos a la Virgen Santísima.
Pasaron los años y Mamie ya viejecita, en silla de ruedas, con el pie gangrenado, fue junto a todos los miembros del Hogar de la Madre, que celebrábamos la Semana Santa en el Monasterio de S. Miguel de la Victoria en Priego (Cuenca), a la Misa Crismal que celebraba el Sr. Obispo. Al acabar la misa, Mamie quiso ir a saludarle para darle las gracias por todo lo que había hecho por el Hogar. Esperamos en la puerta de salida de la sacristía y después de atender a otras personas en el interior de la sacristía salió. Al encontrarse con Mamie, esta le dijo: “
Hijo mío, quiero agradecerle todo lo que has hecho por nosotros”. Yo le dije:
“Monseñor, tiene el pie con gangrena y está ofreciendo todo por sus hijos”. Los que estábamos rodeándola, en número bastante elevado puesto que sobrepasábamos las doscientas personas, pudimos oír cómo él respondía: “
Siempre que nace una obra, el Señor escoge un alma víctima para que se ofrezca por ella. Y esta es usted. Continúe fiel a su trabajo”.
Una corriente de espíritu unía a estas dos almas grandes.
Por D. Rafael Alonso Reymundo.
©Revista HM º116 - Enero/Febrero 2004