Hna. Zdenka María Turkova, S.H.M.
Yo nunca he querido ser monja. ¡Nunca! Hasta que tuve 23 años ni lo había deseado, ni imaginado, ni siquiera pensado. Si alguien me lo hubiera dicho como “oye y si un día eres monja, ¿qué pasa?” Le habría dicho que está loco loco, pero loco. Conociéndome, la vida que llevaba y todo, imposible ser monja. ¡Pero! Los planes del Señor y sus pensamientos están muy por encima de los nuestros así que Él un día decidió a dar un giro muy grande a toda mi vida.
En aquella época yo estaba en la universidad, tenía un novio (cosa seria, llevábamos años juntos), yo no tenía fe, así que vivía como viven las personas que no tienen fe, de la doctrina católica sabía poco o nada, ni sé si sería capaz decir los diez mandamientos. Dios no tenía nada que decir en mi vida, no estaba en contra de Él, más bien indiferente. Simplemente pensaba que no existía.
Me ofrecieron una beca de Erasmus para ir a estudiar a Santander (Cantabria, España) para nueve meses. Acepté y con 23 años para cumplir llegué a España. Al principio me lo pasé muy mal, no conocía a nadie, echaba de menos a mi novio, mis amigos, mi familia, mi tierra, todo. Santander no me gustaba para nada. En una de las primeras clases conocí a la que ahora es la Hna. Sara (SHM) que
entonces era candidata. Hablamos de algo de estudios y luego ella vio que yo llevaba una pequeña cruz de oro (regalo de mi hermana) y me preguntó: “¿Eres católica? Y yo queriendo decir que no y que no me interesaba para nada me oí decir a mí misma: “No, pero estoy buscando.” No lo quería decir, simplemente me salió. Era el Señor que iba haciéndose más y más presente en mi vida aunque yo todavía no me daba cuenta.
Sara me presentó a otra hermana (Hna. Mª Luisa) que se convirtió luego en mi guía hacia la conversión. Ella me dejó el libro de Jorge Loring “Para salvarte” para que lo vaya leyendo. Y yo leyéndolo muy poco a poco, intentando reflexionar y absorber lo que ponía empecé a creer en Dios. Empecé a descubrir en mí un deseo cada vez más grande de conocer a este gran Misterioso para mí, de conocer la Verdad, no miles de verdades, sino la Verdad, la única, la que no se mueve.
Más tarde conocí la comunidad de Siervas del Hogar de la Madre con su fundador d. Rafael Alonso. Conocerlos significó para mí que se me abría un nuevo mundo, un mundo mucho más limpio, mucho más sencillo, mucho más transparente y mucho más lleno de amor de verdad que el que conocía hasta entonces. Luego todo fue un proceso más o menos rápido, los conocí en octubre, en diciembre pedí el bautismo y empecé a tener catequesis inten
siva porque el gran día iba a ser en la Vigilia de la Resurrección que aquel año caía en 10 de abril.
Tuve muchas luchas, por un lado Dios me atraía muchísimo, descubría cosas antes desconocidas que me llenaban hasta lo más hondo de mi alma, sentía que Dios me llamaba a la vida cristiana de verdad y que allí iba a encontrar mucha más felicidad, pero…Tenía mucho apego a mi vida de antes, mis vicios, mis comodidades, mis independencias, en fin no estaba todavía dispuesta a dejar tantas cosas por Dios. Y tenía miedo, mucho miedo. Quizá de lo desconocido, de lo que Dios me pueda pedir dejar, no lo sé. Casi no me bauticé, unos días antes dije que no quería bautizarme ya porque sabía que no iba a vivir según los mandamientos. Pero Dios en su gran misericordia no se olvidó de mí, ni me rechazó por tonta.
Sino que mediante las Siervas que me invitaron a una peregrinación a Roma y rezaron tanto por mí, me llevó a una iglesia para mostrarme y convencerme allí de que yo tenía hambre y sed de Él y que Él era el Amor que yo tanto deseaba y buscaba.
El 10 de abril el padre Rafael me bautizó y yo me quedé con un gran deseo de hacer lo que Dios quiera. Todavía no había sentido la llamada a la vida religiosa. Sí me sentí llamada a entregar un año de mi vida viviendo cerca de las hermanas y trabajando para el Hogar de la Madre.
Apoyada en la gracia del Señor y en Nuestra Madre dejé a mi novio que era una de las cosas más duras y volví a España. Unos dos meses después de repente en la oración sentí mucho que el Señor me amaba, pero no como antes, pero como si fuese para Él, sólo para Él y Él para mí. Era como si hubiese cogido su manto y me habría escondido debajo de Él y así me quería convertir en posesión suya. Aquel día me gustaría haberle dicho que yo no quería, pero no
me atrevía, claro, como es Dios… Y más tarde supuso para mí todavía mucha lucha el aceptar ser monja.
¡Lo increíble se hace realidad por la gracia de Dios!
Ahora estoy más feliz que nunca y también más enamorada que nunca y tengo la absoluta certeza que sigue siendo Él que va llevando mi vida, a veces suavemente que casi no se nota y otras veces con fuerza cambiando de rumbo. Conocer a Dios es lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias, Señor, gracias.






