Sí, queridos amigos, después de recibir a Jesús
en la Eucaristía, ¿qué hay que hacer?
Estar atento a Jesús, que acaba de entrar en tu corazón,
para escuchar lo que te quiere decir.
¿Sabes lo que te dice el Señor cada vez que comulgas?
Pues te dice, ni más ni menos, que te ama, y que quiere
hacer que cada día te parezcas más a Él.
Tú, mi querido monaguillo, no tienes que despistarte, ni estar
mirando a un lado o a otro, para ver quién viene o quién
va, o qué hace esta persona o aquella otra. Sino que
tienes que estar atento al sacerdote, que acaba de distribuir la
comunión
entre los fieles, y necesita tu ayuda. También hay que estar
muy atento a Jesús, que está en tu alma.
Estar atento al sacerdote que necesita que le ayudes, porque él,
después de guardar las Sagradas Formas que han sobrado, en
el Sagrario, tiene que purificar los vasos sagrados, es decir, la
patena y el cáliz; cuando el sacerdote ha purificado la patena,
necesita que tú le ayudes a poner agua en el cáliz,
para que pueda purificarlo y limpiarlo, y que no queden en él
partículas del Cuerpo de Cristo. Tienes que acercarte al altar
con la vinajera que contiene el agua, y ponerlo en el cáliz
cuando él te lo diga.
Y cuando el sacerdote (o el diácono, si lo hay) ha purificado
la patena y el cáliz, y ha colocado ya el purificador y el
corporal sobre éste, puedes retirarlo a la credencia, para
que estos vasos sagrados no se queden sobre el altar.
Y estar atento también a Jesús que está en tu
corazón, para darle gracias por todos sus dones, especialmente
porque ha querido venir a tu alma. Pedirle cosas grandes (no cosas
que a nosotros nos parecen grandes, sino cosas grandes de verdad:
su gracia, que nos ayude a superar las tentaciones, el Espíritu
Santo, que nos ayude a ser santos…) ¡Hay tantas cosas
verdaderamente grandes que le podemos pedir al Señor!
¿
Sabes lo que decía Santa Teresa de Jesús? Pues esta
gran santa decía que el momento después de comulgar,
era el momento en el que teníamos que tratar de los grandes
asuntos con el Señor. Porque es el momento en el que le tenemos
más cerca, le tenemos dentro de nosotros, cuando acabamos
de comulgar. Y es el momento en el que podemos hablar de nuestros
grandes asuntos con él, pidiéndole las gracias que
necesitamos para ser mejores, para no caer en la tentación,
pedirle por las personas que más queremos, por la conversión
de los pecadores, por la paz en el mundo… y por tantas y tantas
cosas que necesitamos nosotros, y que son buenas y necesarias para
los demás.
Y estas dos cosas (estar atento al sacerdote, y estar atento a Jesús)
se pueden compaginar muy bien. No lo olvides: trata de tus
asuntos importantes con Jesús, al que acabas de recibir con el corazón
limpio y bien dispuesto.