Hogar de la Madre

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Inicio Revista HM Números Anteriores Nº 109 Noviembre/Diciembre 2002 HM Revista - Mamie y el amor a los pobres

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MAMIE Y EL AMOR A LOS POBRES

He querido hablar en este artículo sobre Mamie y su amor a los pobres porque esta cualidad la poseía Mamie en un grado eminente.
La comprensión es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y entender la razón de sus pensamientos, deseos, comportamientos, etc. En esto, Mamie era una maestra. No una maestra en el sentido teórico sino que obraba magistralmente en su capacidad de comprender a los demás. Esta cualidad la poseía Mamie desde muy temprana edad. Recuerdo cómo me contaba ella que a sus dieciseis años, movida por el amor hacia los pobres, atendía a personas mayores que estaban en situación de pobreza.

Me contó cómo atendía con mucho cariño a una pobre anciana que pasaba la mayor parte de su tiempo pidiendo limosna. Todo el mundo pensaba que aquella mujer era una paupérrima mujer.

Incluso Mamie le hacía la comida e iba con ella a una especie como de tugurio donde vivía aquella mujer, que era toda su posesión. En aquel tugurio había una cama donde la mujer siempre que llegaba Mamie, estaba reposando. Muy probablemente el cansancio de recorrer las calles, las puertas de las iglesias, las puertas de los bares más concurridos, la puerta de la ópera, la puerta de… la puerta de… hacía que esta mujer agotada llegase a su casa y se arrojase pesadamente sobre un jergón que Mamie pensaba estaba lleno de paja.

Mamie se ofreció repetidas veces a esta señora a airearle la cama, y a hacérsela de nuevo con sábanas limpias, una cama que olía a suciedad y a humedad, un tanto nauseabunda. La mujer siempre le respondía con una negativa.

Ni siquiera consentía que le mullera el colchón. Incluso ante la reiteración del ofrecimiento la mujer montaba en cólera y ofendía de palabra a Mamie joven que se ofrecía a hacer este servicio. No entendía Mamie ese proceder de la anciana. Pero pronto descubriría la razón de aquellos repentes tan duros que le cogían a la mujer y la situaban en un estado de cólera casi infinito.

Murió la mujer y tuvieron que levantar el cadáver y mover la cama. Y..., ¡oh, sorpresa!. Todo el colchón que olía a orín, estaba lleno de billetes de banco. Aquella mujer había estado viviendo miserablemente en la riqueza. Tenía un inmenso seguro de vida.

Mamie me lo contaba diciendo que cada cual tiene su idea. No es que aprobase la forma de vivir de la mujer. Simplemente la comprendía.

Hay muchos hombres que se parecen a esa mujer del colchón lleno de billetes con olor pestilente y que no atesoran tesoros para el cielo. Si Mamie estuviera viva volvería a decir: “Hijo mío, cada cual su idea”.

No era la idea de Mamie porque Mamie nunca amó el dinero. Se servía de él para hacer siempre el bien.

© Revista HM º109- Noviembre/Diciembre 2002
 

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