Una gota de azufre
Estoy delante del Santísimo expuesto. No sé a cuento de qué, me viene a la memoria el recuerdo de una escena pasada en mi vida estudiantil y me siento empujada por el Señor a ponerla por escrito. Esta es la historia:
Era el curso 1987-88. Por aquel entonces yo era una joven cristiana que estudiaba 2º de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid.
Como cada día, salí después de comer, deprisa y corriendo. Llegué a clase de Historia del Arte. Me senté en el medio de una de las filas de pupitres y asientos corridos que amueblaban el aula. Estos asientos no sólo eran incómodos sino que tenían su inconveniente. Una vez que te habías sentado en ellos, si querías salir debías molestar a toda la fila haciendo que se levantasen.
Aquella tarde presagiaba ser distinta. Al final del aula habían colocado una máquina a la que yo no presté atención (di por hecho que nos pondrían diapositivas, cosa frecuente en clase de Arte). Un grupo de chicos y chicas (ocho o diez quizá) estaban distribuidos por la clase. Unos, cerrando ventanas a cal y canto para que no entrase luz. Otro, tapando la puerta a modo de vigilante. Otro, al mando de la máquina (supuesto proyector de diapositivas), y delante, en el encerado, un grupo de cinco o seis chicos y chicas con batas blancas riendo y conversando con la joven e innovadora profesora de Arte. Habían preparado una tira de papel continuo blanco tapando el encerado.
La profesora hizo una breve introducción que, en resumen, venía a decir que lo que íbamos a ver a continuación era una nueva forma de hacer “Arte”.
Todos nos callamos y comenzó la función. En primer lugar se inició un diálogo, a modo de teatro, entre los chicos y chicas de bata blanca (pero yo no recuerdo ya nada de lo que hablaron). Enseguida, sus colaboradores apagaron todas las luces del aula quedando plenamente a oscuras, sin resquicio alguno de luz. La máquina que se encontraba detrás de nosotros se encendió y empezó a proyectar luces de colores que iban cambiando. De no sé dónde, emergió por toda la clase el efecto especial del humo y una música que acompañaría el baile lujurioso que los batas blancas iban a hacer. Éstos, comenzaron a hacer unas pintadas sobre el papel blanco del encerado con una simbología concreta y de tan mal gusto que no quiero referir aquí. La cosa no quedó ahí. Se pintaron sus caras y abrieron sus batas de par en par. Sus cuerpos estaban desnudos y pintados a modo de tatuajes.
¿Y yo? ¡Dios mío! Yo, ¡a punto de desmayarme! Hice el amago de levantarme y marcharme. ¿Pero cómo? ¡Imposible salir de allí! ¡Ni veía ni sabía cómo hacerlo! Podría quizás huir de allí a costa de pisar las cabezas de todos mis compañeros.
En esta angustia me encontraba cuando aquellos inmundos se subieron por los pupitres y gateando comenzaron a hacer gestos lujuriosos. Comprendí en ese momento, sin duda alguna inspirada por Dios, que no debía levantarme a ciegas para salir, pues si yo me subía a la misma pasarela donde ellos estaban, ¡qué mejor diversión podría encontrar un obsceno que tener pasto fresco para sus impurezas!.
Aparté mi mirada de aquello y acudiendo a Dios y pidiendo el socorro de la Stma. Virgen inicié un diálogo con Ellos. Mi alma gritaba con todas sus fuerzas: “¡Yo soy hija de la Luz! ¡Yo no soy hija de estas tinieblas!”. Me entregué a Dios con todas mis ganas, más que nunca. Y gritaba, y gritaba interiormente: ¡Sólo Dios es mi Dios! “Tú eres mi todo”, “Sólo Tú”, “¡Yo no quiero ésto!”.
Y como Satanás sabe manejar bien a sus agentes para molestar a los escogidos de Dios, a mí me envió a uno de estos chicos que, con cara demoniaca, vino hacia mí por las mesas. Me quiso acariciar la cara como una babosa pero le di un fuerte manotazo y le aparté de mí empujándole. Al fin, el Señor permitió que me dejara en paz.
Aquello olía a pestilencia de infierno. Y tan sólo era una gota de azufre.
Las batas se abrocharon y la función terminó. Se dieron todas las luces y “aquí no ha pasado nada”. La música se convirtió en música más amistosa y la profesora aplaudió efusivamente. El fin de aquella actuación era un guateque donde se invitaba a los alumnos a bailar y a beber.
Salí del aula más que volando. No sabía si gritar, llorar, o qué hacer. Me sublevaba, me superaba todo aquello tan inesperado. Estaba muy enfadada, pero en ningún momento me sentí manchada. Sabía que había vencido una batalla donde mi escudo había sido Dios.
¡Y la gente tan normal!. Conmigo salieron tres o cuatro compañeras. Con ellas pude descargar lo que mis cortas palabras alcanzaban a decir, porque ciertamente no encontraba ni palabras para calificar aquello. ¿Y cuál fue mi mayor sorpresa? Quitando una que estaba muy descontenta, las otras no veían más allá que un simple teatro. No alcanzaban a ver algo más profundo. Por más que intenté razonar con ellas, tenían los ojos tapados. Según una de ellas mi problema residía en que yo era demasiado “puritana”.
¡Dios mío, demasiado puritana! A mí no me asustaba ver un cuerpo desnudo. Lo que a mí me asustaba era el mal y la suciedad del pecado que había allí escondido, la podredumbre, la falsedad, la mentira, la esclavitud del alma, el odio a Dios, la encerrona y la manipulación tan grande que habían hecho con nosotros.
Señoras y señores, y a eso lo llamaban “Arte”.
Esta es, en gran parte, la “cultura” (cultura de muerte, claro) que están adquiriendo nuestros jóvenes y niños en Colegios, Institutos y Universidades. Si no así, del modo tan horrendo como a mí se me manifestó, sí de un modo más velado.
Aquella experiencia me llevó a meditar durante días, con mucho provecho de mi alma, en lo angustioso y terrible que debe ser el infierno. Ya sé que no está de moda hablar del infierno. Pero no me importa que esté o no de moda. Es un Dogma de fe, es Revelación de Dios y existe precisamente porque Dios es infinita Misericordia y da a cada uno según sus obras.
Me hace gracia que se diga que no es un tema de moda, cuando precisamente es lo que más de moda está. Constantemente tenemos alusiones al infierno en anuncios publicitarios, en nombres de hoteles, marcas comerciales, slogans, canciones, juegos de niños, etc., etc. Se nos presenta un Diablo muy simpático, por ejemplo en forma de bebé para que a los niños les infunda ternura. Se nos presenta un diablejo muy simpático con rabo, tridente y cuernos que nos invita a disfrutar de toda clase de placeres sensuales. Pues muy bien. ¿Y dicen que no está de moda?. Esa es la mayor victoria de Satanás: hacernos creer que no existe. ¡Y qué bien lo está haciendo!. Mientras sigamos los cristianos dormidos y creyendo que toda esta campaña lasciva es un simple teatro, un simple anuncio publicitario o un simple juego, seguirá engañando y devorando a los que hemos nacido para ser hijos de la Luz y vivir felices con el único Dios verdadero en el Cielo.
En último término, para aquellos que prefieren creer que el infierno no existe o que si existe está vacío, les recuerdo esta anécdota del recién canonizado S. Pío de Pietrelcina: Se le acercó una señora y le dijo: “Yo no creo en el infierno”. Y con esa santa sorna que caracteriza a los santos, S. Pío le contestó: “No se preocupe, señora, ya creerá cuando vaya a él”.
Dios quiera que reaccionemos a tiempo y que, cuanto antes, quien esté sumido en la pocilga del espíritu salga de ella y distinga el pestilente olor a azufre del buen olor de Cristo.






