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"Para ti la gloria; para mí la confusión"

Un libro con las historias de 20 Siervos que han dejado todo para seguir la llamada del Señor.

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Misionero Comboniano

¿Se puede presentar un poco?
Me llamo José Díaz Pérez. Nací en Oviedo. Tengo cincuenta y seis años. Soy misionero comboniano desde hace más de treinta años. Entré con veintiún años.

¿ Cómo fue su vocación?
Mi vocación yo la defino medio en broma medio en serio. En broma porque si lo tomo en serio en el momento de haberme sentido llamado tal vez no hubiera respondido que sí. Y en serio porque el Señor cuando llama, llama de verdad. Yo entiendo que mi vocación fue un don de Dios, como es toda vocación. No podía pensar que el Señor pudiera llamarme a mí. Mi infancia fue normal, en una familia sencilla, cristiana. Estudié en un colegio de religiosos, pero de pequeño nunca me sentí atraído por la vocación.

Un día, cuando ya estudiaba en la Universidad Industrial y trabajaba, en la parroquia en la que yo frecuentaba un grupo juvenil, me encontré una revista que me llamó la atención, la revista Mundo Negro. Me atrajo el título y la leí. Yo creo que fue el chispazo. Por primera vez yo me sentí llamado, y di la respuesta en ese momento. Tenía diecinueve o veinte años. Al final de la revista había un anuncio. Todavía recuerdo la frase de memoria. Decía: “Se necesitan jóvenes generosos, que quieran entregar su vida a la más noble aventura. Tú puedes ser uno de ellos, como sacerdote o como hermano”. Y dije: “¿Y por qué no?”. Y ahí está el medio en broma medio en serio, porque si lo pienso no me atrevo.

En ese momento cogí un papel y les escribí diciendo que quería conocerlos un poco más. Salí a la calle y eché la carta en correos. Fue todo sin pensarlo. De hecho a nivel físico, yo tengo una poliomielitis, una parálisis. ¡Cómo para pensar ser misionero! Además yo al misionero lo veía en un pedestal. ¿Cómo me iba a identificar yo con eso? Para mí el misionero tenía que ser un hombre inteligente, que hablase diez o doce lenguas. Y tenía que ser un hombre santo. Si yo lo hubiera pensado bien, humanamente hablando, hubiera dicho que no. Como yo creo que le ocurre a todo llamado. ¿Quién se siente digno? Por eso digo que mi vocación ha sido un don en el que el protagonista ha sido Él.

¿ En qué países ha estado?
He estado fundamentalmente en América Latina, en Perú, en Chile y en Ecuador y también en Mozambique.

¿ Qué diferencias encuentra entre la fe de estos países y la fe de Europa?
Las comparaciones son odiosas pero la fe de Europa es una fe secularizada, y la fe de estos otros países es una fe que nace desde la infancia, desde una experiencia de la familia, de la sociedad. Una fe tal vez más sencilla, menos sofisticada que la fe europea. La fe es siempre un don de Dios, pero la diferencia de cómo se vive es una diferencia sustancial. La fe de aquí tal vez sea más un compromiso social y la de allí más un compromiso espiritual. Todo esto hablando globalmente.

¿ Cómo desarrolla el trabajo misionero en estos países?
La metodología misionera es muy distinta de una zona a otra e incluso de una diócesis a otra. Nosotros los combonianos vivimos en comunidades, normalmente un mínimo de tres misioneros, un hermano y dos sacerdotes. La evangelización nace de la misma comunidad. Los misioneros no vamos como los francotiradores, como se dice popularmente, es decir, que uno va sólo bautizando y evangelizando sino que es la comunidad, a través de la comunidad se evangeliza. Asumimos parroquias, normalmente abrimos nuevas parroquias, vamos a situaciones límites de pobreza, de enfermedad, incluso en situaciones de persecución y de guerra. Concretamente mi trabajo y el de los hermanos es apoyar desde la educación, la promoción humana en todos los niveles de desarrollo, la sanidad, la administración de las comunidades, las diferentes actividades que se organicen...

¿ Recuerda algunas experiencias fuertes de apostolado?
Recuerdo dos experiencias de Mozambique que a mí me llamaron mucho la atención. Una fue apenas llegado a Mozambique. Fui a ver la tumba de un compañero mío comboniano, muerto en la Guerra Civil de Mozambique. Era un hermano médico, joven, treinta y cuatro años. Venía de la aduana, del puerto, y traía medicinas y material para el hospital. Lo asaltaron en plena carretera, el coche no se paró y lo ametrallaron, y allí quedó muerto. El caso es que fui a ver su tumba, y muy cerca había otra tumba que me impresionó mucho porque no tenía nombre. Era de un catequista, de los primeros catequistas nativos que tuvo la misión.

Un padre de familia que llegó a ser muy ancianito, respetado por todos. Murió de una enfermedad tropical. Antes de morir le pidió a sus familiares que no le pusieran nombre en la tumba, sino una frase que decía así: “Lo que gasté ya no lo tengo. Lo que guardé ya lo perdí. Sólo tengo lo que di”. Fue una frase que me marcó la experiencia misionera en África. Realmente este catequista con esta frase daba un testimonio a sus descendientes y a la comunidad de que lo único que merece la pena en esta vida es entregarse, eso es lo que queda, por eso dice “sólo tengo lo que di”, lo que entregué. Y creo que este es el fruto que nosotros los misioneros recibimos. Pasamos por situaciones límite de muerte, de enfermedad, de hambre, de persecución... pero a la vez ves estos frutos, de cristianos que nosotros a veces llamamos salvajes, o llamamos miserables, o desgraciados, y que a los ojos de Dios son justamente lo contrario, son los “benditos de mi Padre”.

Dijo que iba a contar dos experiencias de Mozambique, ¿cuál es la segunda?
Pues fue en una colecta. Allí las colectas no son como aquí, en Europa, que se pasa un canastillo para que cada uno eche sus moneditas. Allí en la colecta toda la comunidad cristiana va al altar y deposita su ofrenda. ¿En qué consiste la ofrenda? Pues hay de todo, hay dinero, pero sobre todo vienen con los frutos de la tierra y del trabajo de los hombres: verduras, patatas, gallinas, huevos, fruta... Recuerdo que estaban en la fila, como quien va a la comunión e iban dejando su ofrenda en unas canastas que había allí. Esa vez yo presidía la celebración de la Palabra. Muchas comunidades no pueden tener la misa todos los domingos, todo lo más cada dos o tres meses, por eso es necesario hacer celebraciones de la Palabra.

Me impresionó ver venir a un hombre descalzo. Me impresionó no porque estuviera descalzo, porque descalzos había muchos más, sino porque era un leproso. Nosotros tenemos allí en la misión un hospital de leprosos. Este era un joven, yo le calculo veinte años. No llevaba nada. Solamente un papelito doblado, no en las manos porque no tenía manos, tenía sólo puños, y allí agarraba el papelito. Cuando se me acercó me miró con unos ojos radiantes. Su rostro, a pesar de estar desfigurado, no tenía nariz, ni orejas... por una lepra bastante avanzada, tenía una sonrisa, una paz interior, que se reflejaba en su rostro. Dejó caer el sobre, me sonrió y se fue a su lugar. Me impresionó tanto ese rostro que aparté el sobre a un lado y llegado a la sacristía lo abrí. Todavía recuerdo lo que ponía: “Soy un hombre pobre, soy un hombre enfermo, pero soy feliz, y ofrezco al Señor mi vida para que esta comunidad sea fiel al Evangelio”. No podía hacerse una ofrenda mayor. Me hizo llorar. Realmente son testimonios que gratifican todo el trabajo y el esfuerzo que tú hagas.

¿ Ha vivido situaciones martiriales, o al menos de mucho peligro para su vida?
Sí, sí que he vivido unas cuantas. En América Latina, concretamente en Perú. Allí estaba Sendero Luminoso, famoso movimiento maoísta, leninista, marxista, comunista... En nuestras misiones nos dejaban trabajar pero sabíamos que a nosotros, los misioneros, nos tenían reservados para el final de la revolución. Había territorios que ellos tenían “ocupados” y para trabajar allí teníamos que pedir permiso. Yo estaba en Lima, trabajando en la Pastoral juvenil, pero fui unos días a una misión que tenemos en la Sierra, en la ciudad de Tarma. La “Primavera de los Andes” llaman en Perú a esta ciudad. Un día salí con otro misionero, sacerdote alemán, de “safari”, como le decimos nosotros, a recorrer unas misiones del interior. Había que pasar una cordillera. No se podía ir por la carretera general porque la habían llenado de zanjas enormes de tal forma que los coches no podían circular por ella. Pero como el otro misionero conocía muy bien la zona me dijo: “No te preocupes que yo conozco caminos”. Y así fue.

Nos metimos por un atajo y ya llevábamos la mitad del camino, bajando por una colina, cuando en un cañón vimos que bajaban de cada ladera como treinta o cuarenta muchachos y muchachas, casi todos niños aún de catorce a diecinueve años, con unas metralletas más grandes que ellos. Había algunas personas más mayores, por supuesto. Nos pararon el coche y nos hicieron salir de él con las manos en la cabeza. Nos preguntaron que quiénes éramos y a dónde íbamos. Les dijimos que éramos los misioneros, los padrecitos nos conocen allí, y que íbamos a tal misión a celebrar la Eucaristía y a visitar a las familias. Entonces uno de los que estaban con ellos dijo: “¡¡Milagro!!”. Nosotros nos miramos y preguntamos: “¿Milagro? No entendemos” Sigue diciéndonos: “Milagro porque ustedes acaban de pasar por encima de una mina y el coche no estalló”.

Yo no sé si fue milagro o qué. El hecho es que nos quitaron el coche y nos descalzaron. Yo llevaba unas botas ortopédicas por la pierna que tengo paralizada. Nos llevaron montaña arriba, a unas grutas. Llovía. Nos dijeron: “Quedan detenidos acá. No se muevan”. Suponemos que nos querían llevar luego a otro lugar, secuestrados. Y allí nos dejaron en la noche. Mi compañero, a las doce o una de la madrugada, me dijo: “Vámonos que ya no hay nadie”. Yo no me atrevía a moverme pero él insistió: “No hay nadie”. Así que cogimos fuerza y regresamos a pie. Cuando sentíamos algún ruido o veíamos algún movimiento nos escondíamos, en plena lluvia, a tres mil metros de altitud, un frío terrible, descalzos. Así que andando, descansando, andando, descansando, llegamos al día siguiente, a eso de las once de la mañana a la misión. Cuando nos vieron nuestros hermanos uno de ellos dice: “¡¡Milagro!!”. Dije yo: “¿Qué? ¿Otra mina?” Y es que realmente era un milagro, nos creían ya muertos, porque el coche que nos habían quitado lo habían usado como coche bomba en un atentado contra el municipio. Sabían que era el coche de la misión, y por eso se habían dicho: “Si hicieron esto con el coche qué habrán hecho con los misioneros”.

Esta experiencia me quedó grabada porque es tal vez una de las más fuertes que yo he vivido por el agotamiento, por el frío, por los pies que cuando llegué a pesar de que hacía un frío enorme yo los tenía hirviendo, llenos de llagas, de sangre... Recuerdo que fui a la capilla inmediatamente a dar gracias a Dios porque a pesar de que humanamente hablando había sido todo una pesadilla yo me sentía feliz, sentía un gozo, una paz que no tengo palabras para describir y definir la experiencia interior que yo viví en esos momentos. Me venían a la cabeza esas palabras del Evangelio que dicen: “Bienaventurados aquellos a los que os persiguen a causa de mi nombre”.

Cuéntenos alguna experiencia de su apostolado con las familias.
Pues me acuerdo de una experiencia muy linda que tuve en Arequipa, al sur de Perú. Yo estaba allí en una parroquia, trabajaba directamente en la pastoral y con los movimientos juveniles. Había tres hermanos que tenían grandes problemas en la familia. Dos de ellos llevaban repitiendo curso dos veces. Los papás estaban preocupadísimos. Un día la madre se me acercó y me dijo: “Usted es muy amigo de mis hijos, quisiera que me ayudara, que ayudara a mis hijos”. Y me contó sus problemas con los estudios. Yo conocía el problema y recuerdo que le dije a la madre: “Mire, el problema no son sus hijos, el problema son ustedes, usted y su marido”. Ella me miró y me dijo: “Y ¿qué podemos hacer? Porque yo quiero ayudar a mis hijos”. Le dije: “Si realmente quieren a sus hijos, venga usted con su marido para que podamos hablar”.

Y vino con su marido. Él trabajaba en una fábrica de cervezas, esto significa que todos los fines de semana se emborrachaba, escándalos en la casa, peleas. Les dije: “Miren, yo tengo la solución de sus hijos. Pero depende de ustedes. Dentro de dos semanas va a haber un encuentro del Movimiento Familiar Cristiano, es un movimiento que ayuda a las familias. Yo tengo que dar algunas charlas allí. Si ustedes van, van a hacerle un favor enorme a sus hijos. El problema es que su casa es un infierno, y el fruto lo tienen allí. Prométanme que van a ir a este encuentro y yo les garantizo que allí van a tener la respuesta”. Efectivamente fueron, se convirtieron al Señor, lloraron, pidieron perdón... fue una conversión increíble.

Cuento esta experiencia porque yo en ese momento me acordé de una frase muy conocida, cuando Simeón, en pie, tiene en brazos al niño Jesús, y dice: “Señor, ahora ya puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Cuando yo he podido ver frutos así, que son muchos, también yo le he dicho al Señor: “Señor, yo ya he cumplido ...”. Es la experiencia no sólo mía sino de muchos misioneros. Bueno, más que “ya he cumplido”, sería mejor decir: “He visto la gloria de Dios”. He visto cómo la gloria de Dios se manifiesta y sigue actuando en este mundo y escribiendo páginas hermosas del Evangelio del siglo XXI.

¿ Qué es lo que más le ha gustado de su trabajo como misionero?
Estar con la gente y compartir con ellos la experiencia del amor de Dios. Que esa experiencia que se lee en la Escritura sea una experiencia vital, una experiencia como de quien experimenta la caricia de una madre. Eso es lo que yo quiero comunicar a los demás para que la vivan. Recuerdo una vez en Ecuador. Unos franciscanos me invitaron a dar una charla sobre el amor de Dios a un grupo de personas afro-americanas, en una zona muy abandonada al norte del país. Eran tres días de conferencias y a mí me invitaron el último día. Yo les hablé del amor de Dios desde mi experiencia personal. Al final se me acercó el padre franciscano que lo organizaba todo y me dijo: “Fíjate que yo estudié tantos años teología y nunca pude hablar como hablaste tú”, en el sentido de que gente que no sabía ni leer ni escribir habían entendido tan claramente. La alegría del misionero es esa, el anuncio del amor de Dios.

Cuéntenos una última experiencia de su trabajo en misiones.
Empiezo citando aquella oración de Cristo en el Evangelio: “Padre Santo, te alabo y te bendigo, te doy gracias porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla y humilde y se las has ocultado a la gente autosuficiente, orgullosa, segura de sí misma”. Pues esta oración yo la he visto encarnada en la experiencia misionera, de muchas formas, maneras y momentos. Uno de ellos fue justamente en un día del Domund. Estaba en Lima. Unas semanas antes a los misioneros nos invitan a dar testimonios. A mí me invitaron a hablar en varios institutos y colegios religiosos para mover la generosidad de los jóvenes y de los niños. Una de las Hermanas me dijo: “Hermano, me gustaría que fueras a un colegio a las afueras de Lima”. Le respondí a la hermana: “Claro que sí. Dígame el nombre y la dirección”. Yo iba con un proyector para poner algunas diapositivas. El colegio en cuestión no tenía nombre, tenía un número. Era un colegio fiscal, pobre, muy pobre. Allí me fui con mi proyector. Había quedado a las once de la mañana. Di vueltas y vueltas.Todo son chocitas de cañas de bambú. Y por más que buscaba no encontraba.

Después de una hora y media, no digo desesperados, pero sí un poco frustrados, yo me decía: “Qué pena, la intención era buena. Nadie me sabe decir dónde está”. De pronto vi un niño y pensé: “Este niño a lo mejor sabe”. Le pregunté: “Oye, niño, ¿dónde está el colegio mil quinientos veinticinco?” Me dice: “Padrecito, lo tiene usted enfrente”. Era verdad, lo tenía enfrente. Nunca jamás hubiera podido pensar que eso era un colegio. Era un trozo de tierra, un muro de esteras y nada más. Ni techo ni nada. Allí, debajo de unos árboles daban la clase. Cuando entré me daba vergüenza llevar el proyector porque no tenían ni luz ni pared para proyectar. Cuando me vieron todos empezaron a aplaudir sentados como estaban en tronquitos, descalzos, algunos con un pantaloncito nada más. El agua no lo habían visto en semanas, con los mosquitos en la nariz... Yo me quedé mudo. No supe qué decir. Hablar de las misiones en tierra de misión. Realmente me sentí incómodo.

Pero me acordé nuevamente del Evangelio cuando dice: “No os preocupéis de lo que tengáis que decir porque yo pondré las palabras en vuestras bocas”. De repente me salió espontáneo preguntarles si conocían a Dios, si eran cristianos, y todos cantando en lengua quechua me decían: “Dios es nuestro Taíta, Dios es nuestro Papito y María nuestra Mamá”. Y me salió enseguida todo un sermón: “Bienaventurados vosotros, bienaventurados porque hay millones y millones de niños que no conocen al Taíta, al Papito. Y ustedes sí. Yo sé que algunos hoy no desayunaron, que algunos están enfermos pero aun así sois bienaventurados porque conocéis el Taíta, a Diosito. Hay otros que están igual que vosotros pero lo peor que le puede pasar a un niño es que no conozca a su Papá”. Me miraban con unos ojos... Y yo les seguí hablando... Al final me iba a ir ya y la Hermana me llama: “Hermano, que no les has entregado el sobrecito”. “Hermana -le dije yo- pero si no tienen dónde caerse muertos”. Enseguida me arrepentí de estas palabras. Ella siguió diciendo: “Es que yo ya les hablé de que les ibas a entregar el sobrecito para la colecta”. Les hacía ilusión también porque dentro iba una estampa del Santo Padre.

A los quince días me llama por teléfono la Hermana y me dice: “Hermano, no ha ido al colegio”. Y yo: “¿A qué colegio? Si he estado en treinta colegios esta semana”. “Al colegio mil quinientos veinticinco”. “¡Ah, sí! -dije yo- bueno, recógelos tú”. Me dice: “No, quieren dártelos a ti personalmente”. Me fui para allá. Y había allí en la puerta, a la entrada del colegio, un niño de siete u ocho años, descalzo, con el sobre en la mano, como quien llevara su propio corazón, con una unción, lo llevaba como el tesoro más grande del mundo: “Tome, padrecito, para los niños que no conocen a Jesús”. Les quedó clavado esa expresión. Me dio el sobrecito y había escrito un papelito: “Mi mamá siete soles, mi papá cinco soles, mi hermano mayor tres soles... total 18 soles”. No llegaba ni a tres pesetas, pero era como ver el Evangelio de la viuda con su óbolo. Este niño daba todo lo que tenía, no dio más porque no tenía más.

Si volviera a nacer, ¿volvería a ser misionero?
Volvería a ser misionero. Esa pregunta se la hice yo cuando era novicio a un hermano misionero muy anciano, ya de ochenta años, con cuarenta y tantos años en Sudán, que había sido perseguido, encarcelado, lleno de enfermedades... Recuerdo que me acerqué a él y le dije: “Hermanito, ¿si usted volviera a nacer, volvería a ser misionero?” Y él dijo las palabras de nuestro fundador, Daniel Comboni, palabras que yo hago mías ahora: “Si volviera a nacer, no una, sino mil veces, mil veces sería misionero”.

©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004