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"Para ti la gloria; para mí la confusión"

Un libro con las historias de 20 Siervos que han dejado todo para seguir la llamada del Señor.

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Recuerdo como Mamie decía como exclamación: ¡Qué pobre soy, qué pobre soy!. “Dios me lo ha quitado todo”. Pero no lo decía lamentándose.

Desde el punto de vista material no tenía posesiones. Todo lo daba al apostolado, gastaba lo poco que poseía para realizar las misiones que la Virgen le encomendaba, sobre todo, en bien de sus hijos sacerdotes.

Al final de su vida el Señor la quitó todo, incluso su salud. Se volvió casi sorda, casi no veía. Sus movimientos estaban restringidos. Cuando podía, desde el sillón donde siempre estaba, con pequeños pasos y con ayuda, podía salir al balcón para que le diera aire.

Y repetía: “¡Qué pobre soy!. “Dios me lo ha quitado todo”.

Y me decía también, medio llorando: “Ya no te sirvo de nada, hijo mío”. Porque se daba cuenta que la rapidez de inteligencia y de movimientos de las manos habían disminuido hasta tal punto, que no me podía coger ni siquiera los recados por teléfono o esos recados no los entendía o los trabucaba. Sufría por ello.

Yo, la consolaba muchas veces diciéndola: “Sí, Mamie me sirves de mucho”. Y era verdad, porque la presencia de Mamie en la casa era un inmenso tesoro de amor.

Ella misma se recogía de pronto en su pensamiento negativo para no caer en él y decía: “Pero qué rica soy, qué rica soy en amor”. Y al decir esto, se le iluminaba la cara porque se sabía amada de Dios. Se sabía amada de la Virgen Santísima, se sabía amada de los ángeles y de los santos. Entonces ella daba a su espíritu como un vuelo de amor hacia Dios Nuestro Señor en un acto de confianza total. Y se disponía a hacer todo lo que el Señor quería y esperaba de ella. Decía llena de amor: “Señor, puedes disponer de mí todo lo que quieras, el tiempo que Tú quieras yo estaré aquí”.

La situación de deterioro físico de Mamie era notable en los últimos años, a pesar de lo cual, ella se disponía a inmolarse todos los días con Jesucristo Nuestro Señor por el bien de la Iglesia.

Era asombrosa la dulzura que tenía. Y a todo el que la veía no le causaba compasión sino admiración porque su vida era verdaderamente santa.

©Revista HM º110 - Enero/Febrero 2003