"Para ti la gloria; para mí la confusión"
Un libro con las historias de 20 Siervos que han dejado todo para seguir la llamada del Señor.
La verdad es que lo ha hecho bastante bien nuestro “enemigo” y muchos se han dejado cazar con la misma trampa en que cayó Eva. Así de viejo es el truco, pero es que no aprendemos. Como sucedió en el Edén, se ha puesto al hombre en la disyuntiva de tener que elegir entre la felicidad o Dios, como si fueran opuestos imposibles de unir. Como si escoger a Dios supusiera condenarse a una vida triste, de oscuridad y frustración y, aún más absurdo, como si se pudiera alcanzar la felicidad fuera de Él.
La vida de muchos hombres y mujeres de nuestra época se parece a la del Fausto de Goethe, que es un personaje que pasa toda su vida en espera de que llegue ese momento tan hermoso que le haga exclamar: “¡Detente!”. Pero ese momento no llega nunca. ¿Por qué el hombre no puede saciar su deseo de felicidad con nada de la tierra? Precisamente por el hecho de haber sido creado por Dios, amasado por Él “a su imagen y semejanza”. Por eso, quien ha tenido experiencia de Dios, no puede negar que esos momentos en que ha estado tan cerca del Señor han sido, con una certeza contra la que no puede luchar, los más felices de su vida. En cambio, quien no ha tenido experiencia de Dios, verdadera experiencia del Dios vivo, o no ha querido tenerla, lo más seguro es que después de hacer lo imposible por entregarse a los placeres del mundo, termine asegurando, con el corazón lleno de amargura, que la felicidad no existe. Y habrá que decirle que tiene razón, que no existe donde él la está buscando, que allí no la va a encontrar.
Cuando el filósofo Blas Pascal murió, se encontró, cosido en el bolsillo interior de su chaqueta un papel. En él había tratado de describir una experiencia muy fuerte de Dios que había tenido una noche en que prolongaba su oración un poco más de lo acostumbrado. En el papel se leía: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios. Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo. Tu Dios será mi Dios. Olvido del mundo y de todo lo que no sea Dios. Sólo se le encuentra por el camino enseñado en el Evangelio. Grandeza del alma humana. Padre justo, el mundo no te ha conocido pero yo te he conocido. Que no tenga yo que quedar apartado de Él por toda la eternidad. Alegría, alegría, lágrimas de alegría”.
La supuesta felicidad de los que gritan que Dios ha muerto no es sino el delirio enfermizo de un loco. Sus risas histéricas pasan pronto, para dejar lugar a la soledad y el dolor más profundos. Sin Dios no existe la felicidad, por más que Jean Paul Sartre haga llorar de felicidad a los personajes de sus libros al afirmar que Dios no existe, que no hay ni más cielo, ni más infierno, que sólo existe la tierra.
¿Que sólo existe la tierra?. Eso quisiera el hombre que vive revolcándose en el fango de sus pecados. Que Dios no exista y que sólo exista la tierra. Así cada uno podría hacerse su propio código moral, como proponía la serpiente en el Paraíso, cada uno podría decidir lo que es pecado o no, lo que está bien o mal, o incluso se podría llegar a afirmar, igual que se dice que Dios no existe, que tampoco existe el pecado. Pero no es verdad. Es mentira. Una gran mentira que es, precisamente, el secreto de la fuerza de Satanás, el cimiento que sostiene su reino.
Todos los hombres quieren la felicidad. Si quieres atraer a alguien hacia algo basta con que consigas convencerle de que en eso va a encontrar la felicidad. El deseo de felicidad es un imán poderoso que arrastra al hombre en pos de sí. Pero el secreto de la felicidad lo tiene Dios, sí, sólo Él lo tiene. Muchos no consiguen dar con él, pero ésto no es porque Dios se lo quiera esconder. Se lo esconde quien ha conseguido hacerles creer que Dios es un enemigo de su felicidad, se lo esconde el orgullo, se lo esconden sus pasiones y los mil ídolos que se han levantado en el lugar de Dios. En cuanto lo quieran reconocer se darán cuenta. En cuanto se decidan a dar un paso lo alcanzarán.