Hogar de la Madre


Inicio Revista HM Números Anteriores Nº 112 - Mayo/Junio 2003 HM Revista - Entrevista - Hna. Mª Luisa Belmonte

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Entrevista a la Hna. Mª Luisa Belmonte
Sierva del Hogar de la Madre

¿Cuándo y dónde naciste?
Nací el 9 de Abril de 1980 en San Fernando (Cádiz).

¿Toda tu familia procede de allí? Preséntanosla.

Mi padre se llama Paco y es de Cartagena (Murcia); mi madre se llama Maty y es de San Fernando (Cádiz). Tengo dos hermanas más pequeñas: Fátima de 20 años y Gema de 11.

¿Qué recuerdos conservas de tu infancia?
Debido a la profesión de mi padre (marino), hemos estado siempre de mudanza. He pasado por seis colegios distintos. A algunos he llegado incluso a mitad de curso, con todo lo que ello supone: nueva ciudad, nuevos compañeros, nuevos libros… Esto ha influído mucho en mi carácter, tanto positiva como negativamente. Por una parte me ha ayudado a caer en la cuenta de que estoy de paso en todos sitios, que no tengo morada permanente en este mundo; por otra parte, me llevó a cerrarme y a no querer encariñarme con nadie, porque siempre que empezaba a coger más confianza con alguna amiga, me trasladaban.

¿Cómo transcurrió tu niñez en el plano religioso?
Mis padres siempre han procurado darnos una formación católica, aunque ellos no siempre han practicado. Yo creo que desde pequeña he sido consciente de la existencia de Dios y nunca lo he dudado. De niña, hasta los once o doce años, me gustaba ir a Misa y rezar, y no me importaba que se rieran de mí por ello.

¿Te alejaste de Dios en tu adolescencia?
Sí. Empecé a avergonzarme de tener creencias religiosas porque cambié de amigas y ellas no las tenían. Poco a poco me fui alejando de Dios para acercarme más a ellas. Esto me llevó a dejar de vivir en gracia. Dios dejó de ser el primero en mi escala de valores. A los ojos de mis padres yo parecía la misma, seguía yendo a Misa, rezaba, pero mi alma se estaba empezando a pudrir.

A los 15 años tuve que pasar por una situación familiar muy dolorosa para mí. No fui capaz de aceptarlo con la fe y desconfié de la bondad y del amor de Dios. No comprendía que Dios pudiera permitir que sufriera aquello y me rebelé interiormente contra Él.

¿Qué consecuencias tuvo ese alejamiento de Dios?
Me llevó a sentirme vacía y a desear la muerte. Pasé unos meses de mucha oscuridad interior y angustia. Empecé a buscar algo que me ocupase la mente para evadirme de esta situación y decidí refugiarme en el estudio. Me entró una gran ambición de conocimientos, quizá era una manera inconsciente de buscar seguridades. Leía diccionarios, enciclopedias, memorizaba números de teléfono, direcciones y todo lo que se me pusiera por delante. Esto se convirtió en una obsesión, hasta el punto de reducir a 4 ó 5 las horas diarias de sueño, para dedicarlo a saciarme de información. Había noches que ni siquiera me acostaba. Daba alguna cabezada en el sofá y vuelta a la lectura o al estudio. A mis padres les ocultaba muchas de estas cosas. Aun así, en momentos de silencio, volvía a experimentar el vacío y la soledad. El remedio era no dejar mi mente desocupada ni un momento. Y repetía listas de datos que había memorizado, y cosas así.

¿Cómo vivieron tus padres esa situación familiar tan difícil?
A diferencia de mí, esa misma experiencia dolorosa les llevó a acercarse más a Dios. Empezaron a ir a Misa diaria y a rezar juntos el Rosario todos los días. Asistían también semanalmente a las reuniones de matrimonios de la Parroquia. Querían que mis hermanas y yo también participáramos de la felicidad que ellos habían encontrado y decidieron que fuésemos a las reuniones de formación de jóvenes de la Parroquia. A mí no me hacía ninguna ilusión pero como nunca desobedecía a mis padres, iba a las reuniones, aunque quejándome. Allí me invitaron a unas convivencias entre Navidad y Año Nuevo. Intenté librarme pero mis padres dijeron que tenía que ir y fui.

Me impresionó mucho cómo aquellos jóvenes vivían cristianamente y eran felices. Eso me movió a confesarme después de cuatro años que no lo había hecho. Al terminar esas convivencias, en un primer deseo de cambiar, me comprometí a rezar el Rosario una vez a la semana y ayudar en la Parroquia, aunque mi corazón seguía sin convertirse a Dios. Pero enseguida dejé de hacer esto y me volví a enfriar.

¿Cuándo empezó en serio tu cambio de vida?
Unos meses más tarde mis padres me dijeron que tenía que ir a un Encuentro de Semana Santa que organizaba el Hogar de la Madre. Las Siervas del Hogar de la Madre daban charlas en el grupo de matrimonios al que ellos iban y les habían invitado. Yo intenté evitarlo pero no hubo manera. En aquel Encuentro, especialmente en la procesión de la Cruz del Viernes Santo, me venían sentimientos de culpabilidad por la muerte de Jesús, sin embargo, quise acallarlo, porque aceptarlo suponía cambiar de vida y no estaba dispuesta. Ya me había conformado con mi falsa felicidad y mi falsa libertad. Pero cuando empezaron a cantar “¡Aleluya!” en la Vigilia Pascual del Sábado Santo, no me pude contener más y me eché a llorar. Sólo me venía a la mente: “Tengo que ser santa”. Al día siguiente entré en el Hogar, porque para empezar a buscar la santidad sentía la necesidad de comprometerme.

¿Y cómo fue el salto de tu cristianismo mediocre a querer consagrarte totalmente a Dios?
Al poco tiempo de estar en el Hogar, empecé a plantearme la vocación consagrada. Recordé que el día que hice la Primera Comunión me resultaba evidente que si Jesús se había dado a mí, yo me tenía que dar a Él. Eso lo tenía olvidado y al volverme a acordar, me llevó a plantearme la vocación religiosa. Me parecía que era una gracia que el Señor me eligiera y le empecé a pedir que me llamase a ser Sierva. En una ceremonia de profesión de las hermanas sentí la llamada del Señor, pero me entró miedo y la intenté acallar. Tenía muchos proyectos para el futuro, grandes deseos de “realizarme” como yo quería.

Un mes más tarde, el día 15 de Agosto de 1997, después de una peregrinación a Italia, estuvimos en Misa en un santuario de la Virgen. Cuando comulgué comencé a llorar sin saber por qué. Miré a una imagen de nuestra Madre y tuve la impresión de que la Virgen me empujaba a dar el “Sí”, después de haberme resistido todo un mes. En ese instante comprendí que era absurdo haber intentado anteponer mis deseos y ambiciones a la voluntad de Dios. Todo eso no vale nada comparado con ser de Dios. El día 8 de Septiembre entré de candidata en las Siervas del Hogar de la Madre. El 16 de Julio de 2000 comencé el noviciado, que duraría dos años. Ahora ya he profesado y estoy contentísima de ser Sierva.

¿Por qué en las Siervas del Hogar de la Madre?
Porque tenía claro que tenía que pertenecer al Hogar, ya fuera como seglar o como hermana.

¿Crees que tu vocación es una bendición para toda tu familia?
Sí. Estoy convencida de que el Señor cuida de los míos. Cumplir la voluntad de Dios es el mayor bien que puedo hacer a mi familia.

¿Has cambiado desde que estás en las Siervas?
Mucho. Cuando pienso cómo era antes me da hasta vergüenza. Era una aburrida. No sabía disfrutar de las cosas buenas. Además era muy tímida y cerrada. No es que haya dejado de serlo, pero el deseo de que otros conozcan al Señor te hace salir de ti misma para llevar a los demás la Palabra de Dios.

¿Cuáles han sido los días más felices de tu vida?
Los que llevo como Sierva.

¿Es importante la vida comunitaria?
Es esencial en la vida consagrada a Dios. Se aprende mucho viviendo en comunidad. Siempre hay ocasiones para hacer el bien y muchos buenos ejemplos que te empujan a ser más generosa y a dar gracias a Dios por tus hermanas.

¿Se gana o se pierde cuando uno se entrega a Dios?
“Quien quiera ganar su vida, la perderá, pero el que ahora la pierda, la encontrará” (Mt. 16, 26) Quien se entrega a Dios, lo único que puede perder son sus pecados, y a cambio, gana la vida eterna.

¿Cuáles son tus mayores descubrimientos desde que formas parte del Hogar de la Madre?
Lo que más me impresionó fue descubrir que Dios lo perdona todo, que su misericordia es infinita y que Jesús ha muerto para redimirnos.

¿Qué es lo esencial para ti en la vida cristiana?
La humildad, porque creo que esta virtud te arrastra necesariamente hacia todas las demás: paciencia, confianza, obediencia, pobreza, caridad…

¿Con qué nombre definirías a Dios?
Misericordia.

¿Te han dejado tus antiguas amistades por haberte entregado a Dios?
La mayoría sí. Cuando les dije que iba a consagrarme a Dios, muchas me dijeron que estaba loca. Creen que es malgastar el tiempo. Empezaron a distanciarse porque ya no compartíamos los mismos gustos y diversiones.

¿Piensas que los jóvenes que viven mundanamente son felices?
No, no pueden serlo. Les falta Dios, que es el único que puede saciarles.

¿Estás segura de que Dios puede llamar hoy a un joven a pesar del mal ambiente que le rodea?
Precisamente porque el ambiente está descristianizado, el Señor busca almas que lleven su Palabra a los hombres.

Pero cuesta decir “sí” a Dios, ¿no crees?
Sí, cuesta, pero es porque nos amamos demasiado a nosotros mismos. Lo que el Señor nos pide es lo mejor para nosotros, lo que pasa es que no nos terminamos de fiar, por eso le decimos “no” tantas veces.

¿Tienes miedo al martirio?
Humanamente he de reconocer que tengo mucho miedo al martirio, pero sé que es una gracia inmensa y me gustaría que el Señor me la concediese. Mártir significa testigo. Tengo que testimoniar a Cristo con mi vida, con derramamiento de sangre o sin él. Me tengo que desgastar por el Señor.

¿Por qué se tiene miedo a ser santos de verdad?
Porque supone someterse a lo que Dios quiere y somos muy soberbios. Nos gusta la independencia, el dejarnos llevar por nuestras apetencias… y nos cuesta dejarnos conducir por el Señor.

¿Tus santos preferidos?
Santa Teresa de Jesús. Me impresiona su fuerza de espíritu. También me gusta Edel Mary Quinn, misionera de la Legión de María en África, una enamorada de la Eucaristía. Y otros muchos santos.

¿Qué es la Eucaristía?
El centro de la vida de una Sierva. Cuando empecé a acercarme a Dios, no tenía fe en este misterio. Le pedí al Señor que me la diera y, por mi parte, decidí ir a Misa todos los días para ponérselo más fácil. No recuerdo haber tenido alguna gracia puntual pero lo cierto es que poco a poco fue creciendo mi fe en ella.

¿Cómo te gusta invocar a la Virgen?
Como Madre. Me impresiona en Ella, sobre todo, la humildad y la confianza en Dios.

© Revista HM º112 - Mayo/Junio 2003
 

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