Hogar de la Madre

  • Aumentar el tamaño de la letra
  • Tamaño de letra predeterminado
  • Reducir el tamaño de la letra
Inicio Revista HM Números Anteriores Nº 113 - Julio/Agosto 2003 HM Revista - Entrevista - John Sheerin

Banner








Entrevista a John Sheerin
Dublin, Irlanda
28 años

- John, ¿podrías contarnos cuál era tu situación familiar de niño y qué tipo de formación religiosa recibiste?
- Procedo de una familia con cuatro hijos, todos chicos. Yo soy el mayor. Mi padre murió cuando yo tenía diez años, esto significa que mi madre quedó sola para educarnos. No era una familia muy religiosa y todavía no lo es realmente. Tanto mi madre como mi padre provenían de una zona de Dublín donde vivía la clase obrera. Yo crecí siendo un chico como todos, no era ni especialmente bueno ni especialmente malo. Pero ciertamente la muerte de mi padre alteró el curso de mi vida. Yo era muy joven cuando él murió y sólo tengo algunos recuerdos de lo que era tener un padre. De alguna manera empecé a tomar mis propias decisiones.

- Entonces, ¿la atmósfera religiosa en tu casa era poca o nula?
- Mi padre había sido monaguillo de pequeño. Mi madre venía de una familia bastante religiosa. Ellos iban a Misa los domingos pero no pasaban de ahí. Era como una cosa habitual que había que hacer. Se nos obligaba a ir de pequeños, pero cuando entramos en la adolescencia, mi madre nos mandaba a Misa solos y nosotros ya no íbamos, nos la "fumábamos".

- Como tú mismo has dicho, tú eras tu propio consejero y nadie te podía decir lo que tenías que hacer. ¿Era así desde los diez años de edad o fue un proceso gradual?
- Yo era un poco inquieto en Primaria, pero no hacía daño a otras personas. Cuando cumplí los 13 años, empecé a juntarme con personas de diferentes partes (mi madre siempre decía que yo tenía un gran “olfato” para descubrir a las personas malas). Se abrió para mí un campo más amplio donde podía hacer cosas que por mí mismo no habría hecho.

- Háblanos de tus estudios.
- Fui a la Escuela Pública y me suspendieron después de los tres primeros días por pelearme. Tuvieron que llamar a mi madre...

- ¿La violencia era una de las características de tus años de adolescencia?
- Yo no diría que me peleaba muchísimo, al menos no es algo que yo recuerde. No iba por ahí causando estragos, pero ciertamente yo era el potencial de ello en todas partes por donde iba. Era una actitud, especialmente al pasar de una escuela a otra. Tenía que dejar huella de chico duro. No quería estudiar. Yo creía que sólo los tontos estudiaban. También empecé a beber y a fumar.

- ¿A qué edad?
- A los 13 años, pero no de manera regular. Al final de mi calle hay un canal. Allí íbamos y cada uno de nosotros se llevaba botellas de su casa. Rompíamos la cabeza y bebíamos de esa botella rota, creyendo que éramos verdaderamente duros. Yo empecé a fumar hachís y más cosas hacia los 14 años. Hubo un cambio muy rápido y pasé de eso a cosas más duras.

- En esa etapa, ¿tu madre había perdido todo control sobre ti?
- Estimo que sí. Yo nunca estaba bastante tiempo en casa para poder recibir su educación. Desaparecía los fines de semana y en el verano me marchaba durante tres o cuatro días sin decirle dónde iba. Estaba en casa de amigos y cuando volvía, ella se volvía loca y yo pensaba que estaba en mi derecho de hacer lo que me daba la gana. Había guerra. Ella luchaba conmigo hasta el final.

-Tú tomabas drogas a los 14 y 15 años... Antes mencionaste tu progreso hacia drogas más fuertes, ¿cómo fue ese proceso?
-Este proceso llegó muy rápido. Una cosa lleva a la otra. La sensación que produce la droga hace que tú quieras algo más. Cuando das el paso de hacer algo ilegal es bastante fácil dar el paso siguiente.

- Es como si tú hubieras debilitado tu resistencia.
- En esa época había unos locales, -yo debía de tener 16 años- donde se pasaba ácido y también pastillas de éxtasis. Lo haces una vez y crees que eso es lo que necesitas, que es maravilloso. Enseguida pasas de fumar ese poquito de hachís y de beber una vez a la semana a hacerlo tres veces por semana. Y en breve espacio de tiempo se empieza a hacer más a menudo.

- ¿De dónde sacabas el dinero?
- Mis amigos en ese tiempo estaban traficando, compraban grandes cantidades, eso quiere decir que lo podíamos obtener barato y gratuito. No traficábamos abiertamente, es decir, en las calles o en las discotecas, pero en la zona hay alguien que se sabe que trafica. No recuerdo realmente haber robado, pero estoy seguro de que lo hice en algún momento. Era muy fácil porque yo tenía muchos amigos a mi alrededor que lo hacían.

-¿Quieres decir que en esos círculos cualquiera que no tomase drogas era una excepción?
- Bueno, es que no había nadie en nuestro círculo que no tomara drogas. Todas las personas con las que iba, cada una de ellas, lo hacía. Me acuerdo que íbamos a la ciudad en autobús y veíamos a la gente de nuestro instituto ir a tomar unas cervezas y los considerábamos como tontos por ir al pub, mientras que nosotros íbamos destrozados a ese otro local.

- ¿Os considerábais chicos listos?
- Nosotros creíamos que nos habíamos topado con una sub-cultura que era increíble y que todos los demás iban a hacer lo mismo. Éramos un pequeño grupo que pensaba que todos los demás eran tontos y que nosotros éramos superiores. Eso fue cuando teníamos 17 años. En esa época todavía la droga no había tenido su efecto sobre nosotros. Porque en cuanto la droga progresa, empieza verdaderamente a consumirte.

- ¿Qué significa que te consume la droga?
- Yo había llegado al punto de no tener respeto por nadie fuera de mi grupo. La única vida que yo tenía era tomar drogas, las únicas historias que yo tenía para contar, la única conversación que yo tenía estaban relacionadas con las drogas. Mi hermano menor, David, que era muy pequeño cuando murió mi padre, todo lo que conocía de mí era ya estando en este ambiente. Él necesitó mucho tiempo y sigue necesitándolo para de alguna manera perdonarme. Yo iba a casa tres días a la semana -el resto me los pasaba en casa de alguien hecho polvo-. Volvía a mi casa sólo para cambiarme de ropa o para comer, y desde el momento en que yo entraba en casa todo el mundo permanecía callado.

- ¿Eras violento en casa?
- Nunca era violento físicamente pero lo era verbal y psicológicamente.

- ¿Los cambios de humor eran provocados por la droga?
- Sí, eran tremendos. Yo iba por la calle y podía estar completamente feliz pero al minuto siguiente no. Es una situación tal en la que entras que no puedes ser de otra manera.

- Sigue contándonos más cosas acerca de esa situación.
- Bueno, por esa época empecé a mostrar signos físicos…Yo llevaba ropa vaquera. Tenía el pelo largo al principio pero después entré más en la cultura "rave" y ese era el tipo de corte de pelo que yo tenía para que fuera a juego con la cultura "rave". Lo llevaba todo engominado de punta hacia abajo, se llamaba entonces “corte francés” y todos pensábamos que éramos guays así. A mí nunca me gustaron las joyas, pero muchos de los chicos tenían grandes anillos dorados. En esa época uno podía saber quién estaba metido en la droga simplemente por la manera en que se vestía. Ciertamente se sabía quién estaba metido en esa cultura o quién pretendía formar parte de ella. Nosotros estábamos sólo empezando y todo nos parecía de color de rosa. Más tarde se verían los efectos. La droga es un problema enorme.

- ¿Has visto a alguno de tus colegas morir?
- Gary, mi mejor amigo con el que crecí, se suicidó a los 16 años cuando yo tenía 17. Otro amigo mío, que estaba acusado de robo y desvalijamiento, drogado y esperando el juicio, se tiró en el río Liffey y se ahogó. Yo mismo, en dos ocasiones, terminé en el hospital casi muerto. Eso fue en la mañana del día de San Patricio. La noche antes fui a una fiesta, tomé todo tipo de cosas y me dio un colapso al lado de la carretera. Llamaron a una ambulancia porque me daban convulsiones. Yo tenía 22 ó 23 años. Me llevaron al hospital donde intentaron mantenerme quieto. Me ponía morado y tuvieron que ponerme una inyección de adrenalina para calmarme e intentar que mi corazón volviera al estado normal.

- ¿Y qué fue de tus estudios?
- Bueno, en el tercer año me pidieron que dejara el Instituto. No me dejaban volver. Ellos simplemente me dijeron: "Mira, has sido demasiado subversivo, no has trabajado nada, etc., etc.", y me fui. Tenía 15 años entonces. Después fui a otra escuela en la que había estado mi hermano y creo que fui al 30% de las clases. Eso era desde el primer año hasta el quinto. Y después en el sexto año, fui la primera semana y no volví hasta Navidad. Mi madre les convenció para que me admitieran de nuevo. Creo que fui otra semana y no volví más. Por influencia de un tío mío, -que era profesor y conocía al vicerrector- me dejaron volver. Volví y, aunque de hecho no lo hice muy bien, pude completar mis estudios.

- ¿Podrías decirnos hasta qué punto llegaste con la droga?
- Bueno, yo había estado tomando extasis regularmente todo el tiempo y después seguí tomando un montón de cocaína. La cosa más tonta que he hecho ha sido inyectarme cocaína empleando agujas, porque existía la posibilidad de que yo hubiera podido contraer el Sida.

- ¿Decidiste alguna vez dejarlo, por ejemplo cuando te hospitalizaron, porque estabas al borde de la muerte?
- Yo sé que al viernes siguiente (y esto pudo ser a los 3 ó 4 días), yo ya estaba otra vez tomando drogas. En realidad, uno se olvida de los malos momentos. Yo creo que sales de ellos y en el mismo minuto en que dejas de sentirte enfermo, todo lo que puedes recordar son los momentos buenos. Así que yo volví de nuevo a hacer lo mismo. Te acostumbras tanto a estar tan mal en todos los sentidos, física y emocionalmente, que tomar drogas se vuelve una norma.

- ¿Qué es lo que cambió todo?
- No había manera de que yo decidiera dejarlo por mi propia voluntad, no tenía ninguna intención ni veía ninguna razón para hacerlo. Yo no quería. Me acuerdo de haberle dicho a un amigo cuando yo tenía 21 años: "Todavía me quedan unos diez años de ésto". Sinceramente pensaba que empezaría a consumirme y estaba preparado. Después llegué a un punto en que físicamente ya no podía más. Cuando tenía 23 años, Ruth, una amiga mía que ahora es religiosa, me ayudó.

- ¿Era de tu grupo de amigos?
- Sí. En agosto de 1998 sus padres decidieron por su cuenta enviarla a Medjugorie. Había allí un festival de jóvenes. Ella pensó que era una maravillosa excusa para ir y tomar un poco de sol, así que se fue. Quedamos en que a la vuelta iríamos a recogerla del avión, saldríamos y tendríamos una fiesta. Pero ella volvió de Medjugorie hablando de Dios. Nosotros le decíamos que de qué iba y creíamos que todo era un poco raro. Ella empezó a dejar de tomar drogas, y ya no salía con nosotros... Yo pensaba que le habían lavado el cerebro, pero después de un tiempo empecé a pensar que debía de haber algo en todo eso. Ella parecía más feliz. Tenía que haber alguna realidad en todo eso, no podía ser por “abracadabra". Así que pensé que quizás iría a verla, no porque quisiera dejar las drogas sino porque tenía curiosidad de saber por qué ella había pegado un cambio tan drástico. Me acuerdo de hablar con ella y que me decía: “tienes que intentar dejar de hacer esto y aquello”. Yo simplemente no podía hacerlo, no funcionaba. Me acuerdo, de hecho, haber ido a la iglesia en Dublín e intentar rezar el primer misterio del rosario que yo recé en mi vida. Recuerdo haberme sentado en la iglesia con un par de cuentas de rosario que había encontrado en el autobús. Yendo a la ciudad el día anterior, al salir del autobús encontré que esas cuentas estaban justo debajo de mi pie y las recogí. Fue doloroso rezar aquel rosario. Pasaba cada Ave María y cada una parecía que tenía que empujarla hacia fuera. Cuando terminé tuve que apoyarme en el respaldo de la silla, era como si hubiera estado andando diez millas.

- Me imagino que ese fue un paso muy importante, el hecho de hacer ese esfuerzo de ir a la Iglesia y rezar.
- Después empecé a ir a una reunión con mi amiga Ruth. Yo no podía confiar en Dios, no sabía cómo confiar en Él. No había contactado con Él todavía. Lo intentaba por mis solas fuerzas.

- ¿Te considerabas una persona feliz en esa época?
- Entonces sí, pero mirando ahora hacia atrás, ciertamente no lo era. Pensaba que en esos momentos de mi vida yo me lo estaba pasando bien y que esa era la felicidad. Pero cuando paseaba por las calles, yo no tenía nada más que amargura.

- ¿Cuándo decidiste cambiar?
- Tuve una disputa con Ruth en Navidad, cuando yo tenía 24 años. En esa Navidad me volví loco, empecé a tomar todo tipo de drogas. Dejé de buscar y de intentar volver a Dios. Arruiné la Navidad de mi familia. Yo estaba flotando dentro y fuera de la casa, medio consciente de lo que pasaba a mi alrededor.

Después de esa Navidad terminé yéndome lejos. Durante unas semanas estuve en casas de mis amigos por el país. Terminé en Kilkenny, en la casa de mi amigo Paul, y después de haber estado fuera toda la noche -como siempre-, me desperté a la mañana siguiente y por primera vez sentí que tenía que ir a confesarme. Nunca había ido a confesarme antes. La Catedral de Kilkenny estaba justo enfrente de la calle, así que me levanté y crucé la calle hacia la Catedral. Allí estaba el Santísimo Sacramento expuesto. Había un sacerdote confesando y me acerqué. Debí estar como unos cuarenta y cinco minutos. Estuve llorando. Fui delante del Santísimo y me di cuenta de que allí había Alguien y me sentía perdonado. Ese día volví a Dublín, había un mensaje de Ruth y ella me decía si quería ir con ella a conocer a unos sacerdotes.

- ¿Cuánto tiempo hacía que habías discutido con ella?
- Dos meses. En ese tiempo yo no hablé con ella, ni la llamé. No había contactado con ella para nada, pero el mismo día en que fui a confesarme ella me había llamado. Así que la llamé y me preguntó si quería ir a conocer a esos sacerdotes que habían venido de España. Sólo por enmendarme y porque se me ofrecía en bandeja, yo no podía decirle que no, después de que ella me había llamado. Así es que fui. Era un encuentro con el Hogar de la Madre. Uno de los sacerdotes, el P. Félix, se acercó a mí al final de la charla; yo estaba de pie al fondo, y tenía mi mano sobre la manilla de la puerta para salir rápidamente aunque estaba muy impresionado con todo lo que había oído. Él simplemente me dijo: "¿Por qué no te vienes en Semana Santa?" Y yo le dije que iría.

Fui a España. Cuando llegué allí, al principio me sentí totalmente fuera de lugar. Pensaba que todo el mundo a mi alrededor era santo y que era demasiado para mí. El Viernes Santo, tuvimos una asamblea y el Padre Rafael decía cómo uno no puede estar sentado y no hacer el esfuerzo de levantar el corazón a Dios. No podía quitarme de la cabeza aquello que decía. Yo estaba completamente envuelto en todo. Físicamente sentí que tenía que agarrarme a la mesa porque el corazón se me levantaba interiormente.

- Todo eso debió ser una experiencia nueva para ti.
- Una enorme experiencia. Terminé por irme a la iglesia. Después, por la noche, cuando todo el mundo se fue yo me quedé un poco más. Sentí que algo me decía: "quédate aquí, quédate aquí". Había muy pocas personas en la iglesia en ese momento, yo no tengo ni idea de cuánto tiempo estuve allí. Por primera vez en mi vida llegué a ser muy consciente de lo que es la vida espiritual. Levanté la mirada hacia el crucifijo, sin ninguna razón en particular, y me pareció nueva, era como si nunca en mi vida hubiera visto la Cruz. Naturalmente la había visto millones de veces pero no la había visto nunca de esta manera. Entendí lo que significaba. Podía sentir a Jesús en la Cruz. Podía ver el dolor y el amor que representaba para mí y me quedé "pasmado". Justamente me vino a la cabeza: "Esto es lo que yo he hecho por ti. Ahora, ¿qué vas a hacer tú por mí?". Pensaba en todo lo que yo había hecho en mi vida, en todas las ofensas que yo había hecho a tanta gente y a mi propia alma.

- ¿Esto provocó en tu corazón un sentido de culpabilidad?
- No de culpabilidad, no me hizo sentirme culpable, me hizo sentirme perdonado y verdaderamente pequeño.

- ¿Dirías que en tu corazón experimentaste el amor de Dios?
- Ciertamente, sin ninguna duda. Se me deshacían los ojos; estaba hecho un mar de lágrimas. Sentía mi alma salirse de mí. Recuerdo estar tumbado en la cama absolutamente estupefacto por ésto. Estaba pasmado por la sensación que tenía en mi corazón, asombrado porque podía sentir que yo tenía un alma. Sabía que Dios existía, sabía que Él estaba a mi lado, sabía que Él me amaba.

- ¿Qué le dirías a alguien que te dijera: "Esto es sólo un proceso psicológico, tú pasaste por una fase loca cuando eras niño, pero ahora has madurado, estás bien"?.
- Yo no tenía ninguna intención de cambiar, yo no veía ninguna razón para cambiar. En el espacio de unos segundos Dios dijo: ¡basta con todo eso!. Fue Él quien me cambió. No es que yo decidiera no tomar más drogas. Era como si mi corazón ya nu estuviera allí. Yo amaba a Dios y tenía que luchar contra el deseo de tomar drogas.

©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
 

Síguenos en:

Facebook: pages/Hogar-de-la-Madre/237544095358 Twitter: hogardelamadre YouTube: hmtelevision