Hogar de la Madre



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Tengo que ser como él

Fue un día de febrero.

Mi alma necesitaba algo más. Yo sabía que Dios me quería todo para Él, pero no sabía cómo ni dónde me podía entregar a la salvación de las almas. Hacía escasamente dos meses que había fallecido mi padre en Cartagena. Todo en mí se derrumbaba. Muerto mi padre, tenía que desgajarme de la parroquia donde habían brotado por primera vez mis ansias de santificación, y ahora en Madrid, me encontraba en un vacío total.

Es verdad que mi primera preocupación fue encontrar un ambiente donde esas ansias se convirtiesen en realizaciones; pero no encontré en aquel ambiente que se llamaba católico una amistad profunda, y lejos de ayudarme, tenía que luchar contra él. Yo no concebía que se pudiera estar en una organización católica y llevar una vida corriente, yendo al baile y perdiendo el tiempo en un pin-pon o en el bar del "centro". ¡Qué pequeña me parecía esta vida!. Me veía encerrado en un cascarón y me parecía imposible romperlo. Por eso enraicé mi vida en una más profunda devoción a la que todo lo concede, porque yo había experimentado su protección maternal, cuando habiendo pedido durante la enfermedad de mi padre que se curase o lo llevase al Cielo, Ella alcanzó la gracia de que mi padre no muriese sin confesión y sin haber recibido el óleo que nos hace fuertes soldados de Cristo en la batalla suprema. Incesantemente, con instancia, pedía a nuestra querida Madre me concediese el deseo de mi alma: encontrar un grupo de jóvenes que me ayudasen a ser santo.

Y.... ¡cómo lo recuerdo!

Un hecho que parece circunstancial, pero que para mí fue providencial, se cruzó en mi camino. Sin duda es vulgar acercarse a los tablones de anuncios y leer lo que allá ponen cuando entre clase y clase no tienes nada que hacer. Yo me acerqué al que había en el corredor donde estábamos los "preuniversitarios" en el Instituto Cardenal Cisneros. Leí tranquilamente: "Charlas de actualidad. Temas de juventud: Hombría, personalidad, libertad, castidad..."

A pesar de que salía poco de casa y no sabía dónde estaba el local donde se iban a dar las charlas me dije: "Voy". Pero no quise ir solo, e invité a dos compañeros míos para que me acompañaran. Así fue.

A la tarde ya nos encontrábamos, después de clase, sentados en los primeros bancos de la gran sala que tienen los jesuitas para conferencias en la calle de Maldonado. Se acercó al estrado un Padre y comenzó a hablarnos. Me gustó. Pero la sorpresa vino cuando anunció que un seglar nos iba a dirigir la palabra. Nunca había visto que un seglar hablara de Dios a un grupo de trescientos jóvenes como allí estábamos.

Empezó a hablar. Yo quedé electrizado. Me gustaba su voz y todo lo que decía era tan real... Nos contó lo que a él le pasaba cuando tenía nuestra edad. ¡Cuántas coincidencias vi entre su vida y la mía! Mientras hablaba, a todo yo decía en mi interior: "Sí. Claro, es verdad. Lleva razón. Evidente..." Me captó. Pero lo mejor es que yo encontraba en él un algo que jamás lo había encontrado. La alegría rebosaba en él y se comunicaba a mi espíritu. Sentía en mí la paz que él llevaba. Me decía a mí mismo: Todo le sobra, su único ideal es Cristo y las almas. Y ¡Cómo habla de la Virgen! ¡cómo la quiere! No, no era un hombre cualquiera. Y en mi interior brotó una frase: "Tengo que ser como él. Mi ideal es ser lo que él es". Entonces yo no me daba cuenta de que lo que veía era a Cristo, que llevaba dentro: "Vivo yo, ya no yo, es Cristo el que vive en mí" (Gal. 2,20). Aquel hombre era Abelardo de Armas, primer superior general de la Cruzada de Sta. María.

Con tres sacerdotes había quedado para hablar y llevar una dirección espiritual seria, pero al final no sé qué encontraba en ellos que me hacía retroceder. Sin embargo, aquel joven tenía algo especial que me atraía. Me dije: “Cuando termine esta charla iré y le diré lo que pasa en mí".

Me acerqué a él. Le saludé y pregunté si tenía un poco de tiempo disponible.

- “Mira, no puedo. Ven mañana”.

Salí con mis compañeros. Discutíamos acaloradamente sobre todo lo que nos había impresionado.

Al día siguiente conquisté a otros dos. Mientras hablaba el sacerdote, yo deseaba que se pasase el tiempo y subiese a la tarima el seglar. Por fin. Otra vez en mi espíritu la misma reacción que el día anterior. Los mismos deseos de ser como él. Pero ¿qué tenía aquel joven? Y yo no comprendía que era Cristo el que estaba hablando en mi interior, poniéndome aquellos deseos.

Termina la charla y hago la misma operación.

-”¡Hola! ¿Tienes tiempo ahora?”

Se sonríe.

-”Ven mejor mañana. Ya hablaremos cuando terminen”.

Volví. Este último día nos proyectó unas diapositivas sobre el Santo Sudario de Turín. Cristo aparecío más cercano a mí en aquel rato de silencio que nos dejó delante del verdadero rostro de Jesús. Terminada la proyección le esperé mientras recogía los cables, ordenaba las diapositivas y cerraba el proyector. No sabía qué decirle ahora que tenía la ocasión de charlar.

- “Acompáñame hasta mi residencia y hablaremos por el camino”.

Le confié todo como a un viejo amigo. Le abrí mi alma. Pero al llegar al punto de la dirección espiritual me dijo que como no era sacerdote no le parecía bien, que me presentaría a uno que me ayudaría incluso mejor que él. Era el P. Tomás Morales. Me invitó a una tanda de ejercicios. No sabía qué era aquello, yo había hecho ejercicios espirituales en el colegio.

-”Eso no son ejercicios auténticos. Los ejercicios tienen que estar rodeados de un ambiente de silencio para que Dios pueda hablarte y tú le puedas escuchar. Si quieres hacer algo por Dios y por los demás, es lo primero que debes hacer”.

Le dije que sí, que iría, pero tenía problemas económicos. Me resolvió todo. Me preguntó:

-”¿Cómo vas a prepararte para esa tanda?”

No sabía qué responderle. ¿A qué se referiría? Y como si adivinase mi pensamiento, me dijo:

-”Verás, es que no es lo mismo ir preparado que ir a lo que salga. Si en un pueblo hay una lluvia de oro, ¿quién crees que cogerá más, uno del pueblo o uno que esté allí de paso?”

-”Me parece que los del pueblo, porque el caminante sólo lleva los bolsillos y algún lugar improvisado, pero los del pueblo tendrán vasijas y espuertas”.

-”Pues así ocurre en ejercicios. Si tú, estos días que faltan hasta que empieces tu tanda los dedicas a pedir a Dios que te prepare, irás con esas vasijas que hacen falta para recoger la gracia de Dios que bajará del Cielo a montones. Por eso sería conveniente que todas las mañanas tuvieras, por lo menos, quince minutos de coloquio con Dios pidiéndoselo”.

Llegamos a la residencia. Vimos venir hacia nosotros un joven. Me lo presentó: "Es Juan que viene de dar las charlas a los botones del banco X". La misma alegría vi reflejada en su rostro. Me saludó con una amplia sonrisa.

Fui a casa. Mi corazón estaba deseoso de ese encuentro con Dios en la soledad de unos ejercicios, que habían sido lo que cambió a mi reciente amigo a una vida de total entrega al Señor.

Llegó el día. Un tren nos llevó a Navillas. No me preocupaba dónde iríamos. Lo que yo quería era empezar. Era de noche. Bajamos del tren y a oscuras completamente, con mucho frio, empezamos a caminar por algo que parecía una carretera, pero que apenas veíamos si era un camino.

En ejercicios:
Un día: sorpresa y cansancio.
Muchas dificultades.
Otro día: olvido de todo. Sólo Dios cuenta en este momento.
Tercer día: Mucha felicidad. Yo sólo, siempre y todo de Dios.
Cuarto día: "Me amó y se entregó a la muerte por mí". Agradecimiento.

¡Qué rápido se ha pasado el tiempo! Si por lo menos hubiesen sido ocho días...

Hoy me encuentro entregado a Dios como soñé un día. La santidad es mi ideal y la conquista de los jóvenes para Cristo es la realización concreta de ese ideal. Me siento feliz y quiero hacer partícipes de mi felicidad a todos los que me rodean. En el mundo falta alegría. La auténtica. ¡Yo quiero dársela!

Por D. Rafael Alonso Reymundo

©Revista HM º113 - Julio/Agosto 2003
 

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