Hogar de la Madre

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Inicio Revista HM Números Anteriores Nº 116 - Enero/Febrero 2004 HM Revista - Entrevista - Laura Gómez Ruíz

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Entrevista a Laura Gómez Ruíz

¿Puedes contarnos un poco de tu familia, de tu niñez, de tu formación en el colegio y en la familia?
Sí, provengo de una familia católica, mi padre se convirtió cuando yo era pequeña. La formación en el colegio también fue una formación católica, no teníamos catequesis especiales pero sí una formación normal con las clases de religión.

¿ Tu madre también se convirtió en la misma época que tu padre o estaba ya convertida?
No, mi madre se convirtió después que mi padre. Fue a raíz de la conversión de mi padre. En este sentido le ayudó mucho mi padre.

¿ Y tú veías todo eso ya de niña o no eras consciente?
Yo era consciente de que la relación de mi padre conmigo era distinta. Que las discusiones en mi casa ya no eran igual, que había más alegría, algunas cosas que percibía por encima. Pero no tengo muchos más recuerdos.

La conversión de los hijos no sigue automáticamente a la conversión de los padres ¿tuvo que sufrir esto tu padre?
Mi padre sufrió mucho conmigo porque yo tuve una época muy rebelde en la que no quería saber nada de Dios. Él quería que yo participara de lo que para él era lo más importante, Dios, y yo no quería saber nada. Esto comenzó cuando yo cumplí los catorce años, después de la muerte de mi madre y duró hasta los diecisiete años.

¿ Cómo viviste la muerte de tu madre?
Mi madre murió de cáncer, fueron dos años de enfermedad en los que estaba constantemente en el hospital. Entonces había un poco de inestabilidad en mi casa porque mis padres pasaban la mayor parte del tiempo fuera.

A mí me descolocó la vida de golpe. Es cierto que había sido una enfermedad larga en la que nos habían ido preparando de alguna manera. Mi madre incluso a mí muchas veces me había intentado mentalizar cuando ella ya fue consciente de que iba a morir, de que no había solución.

¿ Qué te decía?
Tuvimos muchas conversaciones en las que me decía: “Tú tienes que entender y aceptar que yo voy a morir, que Dios lo quiere y que no tienes que rebelarte por eso. Yo lo acepto también, no me rebelo por ello”. Y entonces intentaba también mentalizarme de que tenía que ayudar mucho a mi padre cuando ella no estuviese, que tenía que apoyarle, obedecerle, que tenía que confiar en él.

Y ¿tú le dabas la razón?
No. Yo le decía que no dijese tonterías que eso no podía ser posible, que no me dijese esas cosas que no era verdad, que ella no se iba a morir.

¿Cómo viviste la nueva situación?
Todo era como un sueño, como si no fuese conmigo. Estaba esperando despertar en algún momento. Cuando iba pasando el tiempo yo me daba cuenta de que era la realidad, que era mi vida y que tenía que asumirla y aceptarla. Pero lo que hice de alguna manera fue volverme muy introvertida y no expresaba mis sentimientos. Por dentro estaba teniendo muchísimas dudas, estaba alejándome mucho de Dios, estaba empezando a tener dudas de Dios como Padre y todo eso me afectaba en la figura misma de mi padre. Al poco tiempo mi padre conoció una mujer con la que luego decidió casarse. Hoy es mi madre. Iba como por delante de mí. Yo todavía no había terminado de superar la muerte de mi madre, la situación estaba yendo muy deprisa.

Hay una frase entre las anteriores muy interesante: “Empecé a dudar de Dios como Padre”. ¿Empezaste a dudar de la existencia de Dios también o no?

La existencia de Dios no podía dudarla porque para mí estaba clarísimo que Dios existía, lo veía a mi alrededor.

Eso ya es una gracia muy grande.

Pero empecé a dudar de que Dios me amara y de que Dios fuera mi Padre porque yo pensaba que si Dios me amaba no podía desearme una cosa como la que estaba viviendo, no podía darme tanto sufrimiento, ni llevarse a mi madre cuando yo la necesitaba. Yo pensaba que Dios ¿para qué necesitaba a mi madre en el Cielo?. No la necesitaba, yo sí. De alguna manera dudaba mucho del amor de Dios hacia mí y como no se lo decía a nadie eso iba creciendo cada vez más.

Y ¿en los estudios te afectó?
Sí. Ese año estaba a mitad de curso. Bajé mucho en las notas pero no lo perdí porque anteriormente llevaba mejores notas. El siguiente curso lo repetí.

Y ¿qué ocurrió más adelante?
Mi padre se casó y entonces fue cuando yo empecé a tener en casa una actitud peor todavía. Hasta entonces simplemente no expresaba mis sentimientos, pero a partir de ese momento me volví más agresiva, empezamos a tener fuertes discusiones porque para mí, mi padre me había fallado de alguna manera, yo aceptaba que se casara pero que hubiese esperado más tiempo. No la acepté y perdí la confianza en mi padre, me daba igual lo que me dijeran. Ellos sufrían porque me veían precipitarme por un camino de pecado y no podían hacer nada porque yo no me dejaba ayudar.

¿ Puedes describir más o menos tu vida en esa época?
Era infeliz, completamente infeliz. Me sentía insatisfecha. Intentaba buscar felicidad, evadirme de mis problemas con mis amigas, con las diversiones pero la situación era de angustia constante.

Y ¿qué solución buscaron tus padres?
Intentaron hablar conmigo para que yo saliera un poco de mí y les dijese qué me pasaba. Veían que algo me pasaba pero no sabían qué. Yo empezaba a tener problemas, no podía dormir por la noche, tenía pesadillas, estaba muy mal de los nervios, era agresiva.

¿ Era una situación de conflicto?
Sí. Hubo unas navidades en las que mi padre intentó hablar conmigo para razonarme ciertas cosas de mi vida que estaban mal pero yo no lo acepté, no quería ver lo que mi padre me estaba diciendo pero en el fondo yo sabía que tenía razón. Yo no quería vivir lo que él quería que yo viviese. Entonces él me insistió y me dijo que tenía que poner mi vida en orden, que no podía seguir así. Yo me enfadé muchísimo y claro, les dije que me dejasen en paz, que ellos no eran quiénes para decidir sobre mi vida, que yo tenía derecho a hacer de mi vida lo que quisiera, incluso a equivocarme, pero todo en tono muy fuerte.

Y ¿por qué esa rebeldía?
Porque dentro de mí había por una parte rebelión contra Dios, contra la figura de Dios como mi Padre. Estaba muy enfadada, no quería que Dios formara parte de mi vida para nada y por otra parte la figura de mi padre la había destruido de alguna manera, no tenía autoridad sobre mí, lo que me decía no tenía valor.

¿ Qué cosas tenías que cambiar? ¿Qué cosas te decía concretamente tu padre?
Mi padre me insistía mucho en que yo tenía que ir a Misa, que tenía que confesarme, que tenía que comulgar. Él me hablaba mucho de que yo estaba viviendo en pecado y que tenía que cambiar eso.

Muchos jóvenes asocian esa vida con la felicidad, ¿y tú?
Para mí esa vida era un intento de huida, un intento de escaparme de la realidad en que vivía.

El salir, ir con los amigos, intentar buscar diversiones a costa de lo que fuera no me daba la felicidad. Yo sabía en el fondo que no iba a ser feliz haciendo eso. Entonces tenía un doble vacío: por un lado, mi vida estaba patas arriba y por otro, yo me metía más todavía.

Y ¿cómo saliste de todo eso?
Dios no se cansa y Él seguía llamando a mi puerta. Debo mucho a las oraciones de muchas personas, incluidos mis padres, rezaron muchísimo por mí porque llegó un momento en que no podían hablar conmigo, ya sólo podían rezar.

¿ En qué momento te diste cuenta?
Yo, muchas veces recapacitaba sobre lo que me habían dicho, sobre mi vida, sobre cómo estaba viviendo. Había muchas noches en que no podía dormir y las pasaba pensando. Muchas veces intentaba rechazarlas, yo soy consciente de haber recibido en esos momentos gracias especiales de Dios, de comprensión, de decir: “Tienes que hacer esto para ser feliz, tienes que hacer esto otro, tienes que confesarte”.

Mis padres no se cansaban. Todos los días que ellos iban a Misa me decían: “Nos vamos a misa, ¿te vienes?” y yo decía “no voy” y así día tras día. Un día mi padre volvió a decirme: “Nos vamos a misa, vente...” Y no sé por qué dije que sí, no lo sé todavía. Supongo que fue porque en ese momento Dios me dio esa gracia y dije que sí.

Me sorprendí de mí misma. Y estando en Misa tenía un confesionario cerca y yo sentía que me llamaba a gritos, no quería pero sentía la necesidad de ir. Recuerdo que no fui y cuando nos marchamos, yo ya iba tocada por dentro. Y así fue como empecé poco a poco a abrirme.

¿ La gran crisis de la juventud es el no pensar?
Yo intentaba no pensar para no tener que preocuparme. Porque cuando yo me ponía a pensar en todo lo que era mi vida me angustiaba, entonces evitaba muchas veces el pensar pero era imposible porque la realidad estaba ahí.

La próxima oportunidad que surgió ¿la aprovechaste? ¿Cómo fue? ¿Te acuerdas?
Se pasó algún tiempo. Yo iba a cumplir diecisiete años y la última vez que me había confesado yo tenía catorce años. Me costó mucho, muchísimo. Pero sabía que era algo que necesitaba.

¿ Y qué es lo que te movió a confesarte?
El saber que yo necesitaba esa confesión para quitarme todas las angustias que estaba teniendo, todo el vacío que estaba teniendo… me sentía llena de miserias y pesaban mucho. Muchas veces cuando pensaba en la muerte me recorría un escalofrío al pensar que yo podía morirme y presentarme delante de Dios, y ¿con qué me iba a presentar?

¿ Cuál fue el fruto de la confesión?
Empezó el camino de mi conversión, el camino de mi vuelta a Dios.

Hasta entonces yo no había querido saber nada de Dios pero a partir de entonces fue como abrir una pequeña rendijita a Dios por la cual se fue colando en mi vida.

Sigue contando, ¿cómo lo hizo Dios?
Yo conocí el Hogar de la Madre poco tiempo después de haberme confesado. Había dejado bastantes cosas pero quedaban otras, sobre todo las amistades que fue lo que más me costó y a la misma vez era lo que más me perjudicaba porque tiraban muchísimo de mí. Ellos seguían un camino que yo veía que no tenía que seguir.

¿ Tú te describirías ya en esa época como una convertida?
Creo que no estaba todavía convertida. Faltaba que Dios fuera lo primero en mi vida.

¿ Y cómo llegó a serlo?
Poco a poco, porque me costó mucho ir dejando otras cosas. Este grupo que conocí, el Hogar, me ayudó muchísimo a comprender quién era Dios, que me amaba, que había muerto realmente por mí, que tenía que tener el primer puesto en mi vida porque Él había dado su vida por mí. Fue todo un proceso, poco a poco, el ir viendo la importancia que tiene Dios en la vida.

¿ En qué sentido el sufrimiento te ha acercado a Dios? ¿cómo ves tú el valor del sufrimiento si es que lo tiene?
Sí que lo tiene. Tiene mucho valor. El mismo Señor murió en una Cruz sufriendo por mí. Yo no viví el sufrimiento como debiera haberlo vivido y en ese aspecto el sufrimiento que yo tuve por la muerte de mi madre no me ayudó tanto a acercarme a Dios, pero ahora sí, al mirar hacia atrás me ayuda el ver que ese sufrimiento también me condujo a Él sin yo darme cuenta. Si yo no hubiese sufrido todo aquello probablemente me hubiese quedado en una fe mediocre, en una fe apagada, de cumplir y ya está. No hubiese comprendido que Dios es lo primero y que hay que dárselo todo.

¿ Cuál es la relación que tienes ahora con Dios?
La fe es lo que sustenta mi relación con Dios. Para mí Dios es lo primero. Está ahí presente. Es un ser personal, no es alguien distante, que no tenga nada que ver en mi vida.

Muchas veces acusan a los cristianos de estar siempre dando la lata sobre el sufrimiento, la Cruz, este valle de lágrimas, gimiendo y llorando… ¿cómo corregirías tú esa concepción del cristianismo? Porque el cristianismo es un camino de cruz.

Todo el mundo sufre, sólo que nosotros los cristianos le damos un valor al sufrimiento, sufrimos con Alguien, sufrimos con el Señor. Yo he experimentado ambos sufrimientos. Sé lo que es el sufrimiento en el mundo intentando escaparte en los placeres y el caer en la desesperación. Pero el sufrimiento llevado con Cristo es distinto.

El cristianismo se enfrenta con el sufrimiento pero no para quedarse en el sufrimiento sino para superarlo. ¿Eso cómo se hace?
Se hace con Cristo. Se hace comprendiendo que Cristo también llevó una cruz, que Cristo nos redimió en una cruz y que si Él ha dado tanto valor al sufrimiento es porque cuando se sufre es cuando se muestra el amor. Si nosotros sufrimos por Cristo y con Cristo también estamos demostrando nuestro amor a Dios, estamos dando un valor de amor al sufrimiento.

¿ Qué palabras dirías a los jóvenes que precisamente no están siguiendo ese camino de la cruz que es el camino que conduce a la felicidad?…¿tú eres feliz ahora?
Sí. Soy completamente feliz porque mi vida tiene un sentido no sólo para ahora sino un sentido eterno. Mi vida además de tener un sentido está llena de amor, llena de Dios. Yo buscaba la felicidad en otros sitios con todas mis fuerzas y no la encontré nunca. Sin embargo, la felicidad me estaba buscando a mí. Dios me estaba persiguiendo y yo no quería. Yo les diría a esos jóvenes que no corran, que no huyan de Dios, que se pongan cara a cara a Dios y que descubran ahí la auténtica Felicidad y el auténtico valor de su vida.

©Revista HM º116 - Enero/Febrero 2004
 

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