Juan Pablo II y la Eucaristía
"La Eucaristía es el centro de toda mi jornada"
“La Eucaristía es el centro de toda mi jornada” ha afirmado en varias ocasiones el Santo Padre Juan Pablo II y con ello nos ha dejado un precioso testimonio de la importancia de la misma para la Iglesia y para la vida personal de cada uno. El Papa vive realmente de la Eucaristía. De ella ha extraído la fuerza para vivir estos 25 años de Pontificado, para recorrer incansablemente el mundo hasta el último confín de la tierra, para anunciar sin miedo la verdad de Dios aun en sitios donde esa verdad estaba en contraste con lo que piensan y buscan los hombres. De ella ha sacado la fuerza para entregarse hasta desgastarse. Y de ella continúa extrayendo la fuerza para vivir esta nueva etapa de su ministerio clavado en la cruz, en medio de los límites de la ancianidad y la enfermedad pero sin pararse en ningún momento y sin bajarse de la cruz.
Precisamente en este inicio de milenio, nos ha querido dejar un valioso documento sobre este tema tan importante y tan querido para la Iglesia: la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”. Una Encíclica que deja lugar para algunas confidencias y en la que ha buscado poner en evidencia una idea fundamental: ¡En el centro de nuestra existencia debe estar siempre Él y sólo Él! ¡Cristo!, preocupados únicamente de su gloria y el bien de las almas.

Una Encíclica en la que nos muestra un poco su secreto: su fuerza no viene de él mismo sino sólo de Dios a través de su contacto diario con la Eucaristía, según declara en la misma, dejando entrever como ha experimentado tantas veces y ha palpado el amor infinito del Corazón de Cristo al estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo Eucaristía: “¡Cuántas veces mis queridos hermanos y hermanas he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!” (EE n. 25).
Una Encíclica en la que ha querido suscitar entre los fieles el “asombro” eucarístico y la gratitud ante este gran misterio que nos muestra el amor que llega hasta el extremo, amor que no conoce medida (n. 11). Y en la que nos deja todo un programa de vida junto con la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae: Contemplar el rostro de Cristo con María. Lo cual implica saber reconocerle donde quiera que se manifieste, pero sobre todo en el sacramento vivo de su Cuerpo y su Sangre, pues la Iglesia vive del Cristo Eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada (n. 3). Y esto implica también saber estar largos ratos ante el Santísimo en adoración silenciosa y actitud de amor (n. 25).
Una Encíclica en la que nos recuerda que la Eucaristía es: lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia (n. 9), que es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones (n.10), que es el don por excelencia que la Iglesia ha recibido de Cristo, su Señor, porque es el don de sí mismo de su persona en su santa humanidad y además de su obra de salvación (n.11).
Una Encíclica que desea suscitar en la comunidad una verdadera “hambre” de la Eucaristía que lleve a no perder ocasión alguna de celebrar la Misa (n.33).

Pero ¿qué podríamos decir que es la Eucaristía para el Papa? es difícil pues por mucho que digamos no llegaríamos nunca a agotar el tema al ser un Misterio tan grande y al vivirlo él con tanta intensidad. Pero de sus muchas intervenciones sí podemos aprender que para el Papa la Eucaristía es:
- Un amor que supera la capacidad del corazón del hombre y al adorar el Santísimo Sacramento “nos sentimos sumergidos en el océano de amor que mana del Corazón de Dios” (Homilía Jueves Santo 2001)
- Es fuente de toda vocación y ministerio pues “¿no es acaso el misterio de Cristo vivo y operante en la historia?” En la Eucaristía Jesús continúa llamando a un seguimiento y ofreciendo a cada hombre la plenitud del tiempo (Mensaje para la XXXVII Jornada de Oración por las Vocaciones. 2000).
- Es la fuente donde encontrar la clave interpretativa de la propia existencia y el valor para realizarla.
- Es fuente inagotable de santidad y de vida cristiana pues quien participa de ella recibe el impulso y la fuerza necesaria para vivir como auténtico cristiano.
- Es fuente y cumbre de toda evangelización puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y en Él con el Padre y el Espíritu Santo.
- Es el signo perenne del amor de Dios que nos sostiene en nuestro camino.
- Es misterio de fe porque el Señor crucificado y resucitado está realmente presente en la Eucaristía, es prenda de esperanza que anima nuestro caminar y es fuente de amor porque “amor con amor se paga”.
- Es un deber irrenunciable que debe vivirse no como un precepto sino como una necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente (Novo Millennio Ineunte n. 36).
- Es un tesoro inestimable no sólo su celebración sino también estar ante ella fuera de la Misa pues nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia (EE n. 25).
De ahí las numerosas exhortaciones que ha realizado al respecto a los presbíteros, pues si la Eucaristía es el centro y cumbre de la vida de la Iglesia, lo es todavía más para el sacerdote, ya que constituye el corazón de toda existencia sacerdotal “¡Es el prodigio que nosotros los sacerdotes tocamos todos los días con nuestras manos en la Santa Misa!” (Homilía Jueves Santo 2001).

Y les exhorta con insistencia a celebrar la Misa todos los días aun cuando no hubiera ningún fiel y a vivirla como el momento central de cada día, como fruto de un deseo sincero y como ocasión de encuentro profundo y eficaz con Cristo (cfr. Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (n. 49) afirmando cómo en ella encuentra el sacerdote la fuerza para sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva y la energía necesaria para afrontar sus deberes apostólicos. Por ello en una Homilía en el Seminario Mayor de Roma afirmó que “el seminarista es ante todo un apasionado de la Eucaristía”.
Y pide a los Obispos que enciendan en los corazones de sus fieles la devoción y el amor a la Eucaristía a la vez que perseveran ellos mismos en la fracción del pan, progresan en la vida eucarística y cultivan su vida espiritual en el clima de la Eucaristía.
Dado que la Eucaristía es un misterio de fe que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga a abandonarnos en Dios y confiar en Él, el Papa nos muestra quién puede guiarnos y ayudarnos en ese camino, enseñándonos a tener su misma actitud: la Virgen María a la que concede el título especial de “Mujer eucarística” (cfr. EE n. 54).
“ No escatimemos, pues, tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe. Que no cese nunca nuestra oración ante este gran misterio de amor” (cfr. Dominicaíáe Cenae). Es el llamamiento que nos hace el Papa, el gran enamorado de la Eucaristía.






