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TestimoniosGrupos Misioneros del Hogar de la Madre

rafasamino3Voy a intentar contar las experiencias (no sé si atreverme a llamarlas misioneras) vividas en Ecuador en los cinco viajes que en estos dos últimos años he realizado a este querido país. Como toda historia que se precie, esta ha de tener un prólogo que desarrollaré en estas líneas e intentaré viajar por los acontecimientos de mi vida que han ido marcando, poco a poco, la realidad de mi presencia allende los mares...

“Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?” Es una de las preguntas que suelen hacer cuando somos pequeños y mi primera respuesta, al menos la que recuerdo allá por mi más tierna infancia, fue: “yo quiero ser médico e irme de misionero para curar a todos los niños pobres que estén enfermos”. No sabría precisar con exactitud en qué momento de mi vida tuvo lugar esta escena, pero lo cierto es que a lo largo de toda mi infancia, adolescencia y juventud este pensamiento se mantenía firme en mi corazón e impregnaba mi alma de una forma tan intensa como misteriosa.

Cuando tenía catorce años vino al colegio un misionero a contarnos su experiencia en las misiones. No sé ni cómo se llamaba, ni si era religioso, sacerdote o seglar, ni en qué país realizaba su tarea de misionero; sólo recuerdo que según le iba escuchando un fuego intenso devoraba mis entrañas y estoy seguro que, si ese día este hombre hubiera preguntado quién estaba dispuesto a irse con él, me hubiera levantado y hubiera respondido: ¡Yo! Pero… no lo preguntó y, claro, ¡no me fui!

El año siguiente fue la época del descubrimiento de los “grandes ideales”: la justicia social, la defensa de los oprimidos, la lucha por lo derechos de los campesinos… También de los primeros amores, de las amistades juveniles “que durarían para siempre”, en definitiva, una convulsión que provocaba un caos en mi alma incapaz de cambiar estos sentimientos que me envolvían. En esta situación, nuevamente apareció por el aula un sacerdote (aún no estaba ordenado, pero yo pensaba que era sacerdote) que nos habló de un campamento que iba a organizar en verano en Santander, lo explicó y anunció que si alguno deseaba ir, que lo dijera. Y allí estaba yo levantando la mano lleno de ilusión. La persona en cuestión era el P. Rafael Alonso, fundador del Hogar de la Madre. Aquel campamento fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida que me ayudó a ir entendiendo ese fuego que ardía en mi corazón.

En esa época conocí a Esmeralda, la que actualmente es mi esposa y madre de mis cinco hijos. Juntos fuimos creciendo en el Hogar, trabajando activamente en el campo del apostolado, y también llegó el momento del acceso a la universidad, por cierto, frustrándose la primera parte de mi deseo infantil porque no tuve la suficiente nota para acceder a Medicina. Me matriculé en Farmacia que era lo que más se asemejaba. Inicié el curso, pero no encontré ningún aliciente y, además, descubrí, fuera de la misma, otros atractivos que me motivaban más, como era el apostolado con los niños y jóvenes en el Centro Juvenil del Hogar de la Madre de Mocejón (Toledo).

Tuve, además, la oportunidad de conocer de la mano de de Francisco Javier Alonso Calderón, hoy sacerdote diocesano, un nuevo mundo de niños que vivían en pisos de acogida por problemas familiares y de todo tipo. Esto y algunos factores más, hicieron que fuese dejando más de lado la carrera y de esta manera, Esmeralda y yo, fuimos poco a poco adentrándonos en el mundo de estos jóvenes maltratados por la vida, hasta el punto de que una semana antes de casarnos Dios nos pidió una entrega generosa y total a ellos. Esto motivó que después del viaje de novios nos encontráramos compartiendo casa con una familia numerosa de ocho “hijos adoptivos” a los cuales habíamos conocido unos meses antes. Todo un reto.

Esto sería, pensaba yo, lo que había buscado desde niño. Y la verdad, es que han sido unos años apasionantes, donde cientos de niños han pasado por nuestros hogares y han recibido de nosotros lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, porque nos hemos dado sin reservas.

rafasamino1Así, durante catorce años, y de la misma forma que el Señor nos lo dio, nos lo quitó, sin pedirnos permiso, sin contar con nosotros. Y con la misma naturalidad con la que empezamos, lo dejamos. Y te encuentras de pronto sin tu misión; te quedas sin eso por lo que merece la pena dar tu vida, la de tu familia y andas desorientado, sin rumbo fijo. Pero Dios en tu interior te estimula para que no bajes la guardia, te hace ver que te necesita junto a los que menos tienen, que debes poner todo con lo que cuentas al servicio de los demás…

Y de esta manera, entre otras actividades apostólicas que realizaba, todos los miércoles por la noche cargábamos la furgoneta y me marchaba a un pueblo, dormía en casa del sacerdote y al día siguiente con un seminarista vendíamos nuestros productos en el mercadillo y todo el dinero obtenido lo metía en una hucha con la etiqueta que ponía Ecuador.Solo conocía la labor misionera realizada en Ecuador a través de los artículos publicados en esta revista, pero algo me decía que algún día yo mismo invertiría ese dinero en acciones de caridad en dicho país. No se trataba de recaudar y hacer una donación sino queme sentía llamado, junto con Esme, mi esposa, a llevarlo a la misión.

Paralelamente, en este tiempo ocurrió un hecho trascendental, que fue nuestro acercamiento, de nuevo, al Hogar de la Madre, del que hacía unos años nos habíamos separado, limitando nuestros contactos a acontecimientos puntuales. Si bien, es justo decir, que nuestros corazones siempre han estado identificados con el Hogar y hemos sido conscientes de que lo que éramos y lo que hacíamos se debía a lo que habíamos vivido en, por y para el Hogar.

Así en el 2005 y con motivo del 25 aniversario de la ordenación sacerdotal del P. Rafael, tuvimos la oportunidad de ponernos al servicio de toda la Institución, lo cual nos llenó de gran alegría. Pero sería en el verano de 2006 cuando se iniciaría el proceso de la vuelta al Hogar, del que probablemente nunca debimos salir, pero, al igual que ocurrió con el tema de los hogares de acogida, nosotros no elegimos estar en el Hogar, ni dejarlo, ni regresar otra vez. Solo Dios en su infinita misericordia sabe por qué permite las cosas.

Ese verano la llamada a las misiones se disparaba ardiendo de forma incesante. Nos interesaba mucho saber cosas sobre Ecuador; qué se estaba haciendo allí, qué proyectos se estaban llevando a cabo, si era algo abierto solo a los consagrados o si los seglares teníamos opción de poder ir y ayudar... Y después de una reunión con el P. Rafael y algunas hermanas, les planteamos la posibilidad de poder conocer la misión de Ecuador y ¡bingo!: "premio a los más tontos de la clase”, y en octubre de 2006 estábamos volando rumbo a Ecuador, Esme, nuestra hija Mariam y yo junto al P. Rafael, la M. Ana y la comunidad de Siervas que iban a fundar la nueva comunidad de Playa Prieta.

rafasamino5...Y por fin nos encontrábamos con los preparativos de nuestro primer viaje a tierras ecuatorianas. En las maletas decenas de cajas de medicinas, libros de texto, material escolar, regalos, juguetes…, y en las pequeñas mochilas de mano nuestro equipaje.

Muchas ganas, mucha ilusión, y algunos nervios marcaban los días anteriores a la partida. Y sin darnos cuenta llegó el día de embarcarse. Tras un largo viaje con escala en Bogotá aterrizamos en el aeropuerto de Guayaquil. Allí estaban las hermanas de Chone esperándonos. ¡Qué alegría encontrarse con caras conocidas! ¡Cuánto tiempo hacía que no las veíamos! Después de darnos una cordial bienvenida, nos dirigimos con el coche al Santuario de la Virgen de Schoenstatt, un oasis de paz en el corazón de la insegura ciudad de Guayaquil. Un reconfortante sueño y al día siguiente nos encontrábamos con el P. Rafael, la Madre Ana y las hermanas que iban a tomar posesión del colegio de Playa Prieta. Un ratito de oración, un buen desayuno y una visita a la Virgen para empezar bien el día, y enseguida nos pusimos rumbo a Portoviejo donde nos esperaba el Sr. Arzobispo D. José Mario Ruiz Navas.

Mientras atravesábamos la capital no perdíamos detalle de lo que veíamos. Las sencillas y humildes construcciones, la multitud de personas agolpadas frente a la puerta de acceso a la cárcel de Guayaquil, los pueblos por los que pasábamos, los coches atestados de gente, las carreteras tan precarias… ¡pero con peaje incluido! Así, kilómetro tras kilómetro, llegamos a Portoviejo, donde Mons. Ruiz Navas nos recibió en su casa de manera cordial y afectuosa. Las hermanas, su trabajo pastoral y apostólico en Chone y los nuevos retos que se plantearían en Playa Prieta, fueron el centro de atención.

Tras despedirnos de Monseñor, continuamos el viaje en dirección a nuestro primer destino: Playa Prieta. De camino, la contemplación de los suburbios a las afueras de Portoviejo nos encogía el corazón. Auténticos barrios carentes de todo servicio de agua potable, red de alcantarillados… se extendían en la loma de la montaña sin concierto alguno. También el ¨botadero¨, el basurero municipal de Portoviejo, nos impresionó, pues es lugar de concentración de un importante número de personas que subsisten recogiendo lo que otros tiran. Son los pobres entre los pobres. Cerca de Playa Prieta visitamos un centro de atención a menores en situación de riesgo. Lo dirige un matrimonio misionero español, Anita y Antonio.

Y llegados ya a nuestro destino, nos preparamos para vivir en primera persona los últimos preparativos de la fundación de la nueva misión del Hogar en Ecuador. Al contemplar el colegio nuestros corazones rebosaban de una gran alegría por todo lo que presentíamos que íbamos a vivir en los días siguientes. La casa era muy acogedora, dentro de su sencillez. Las candidatas y las hermanas de Chone habían dedicado gran parte de su tiempo a limpiar, pintar, colocar pequeños detalles aquí y allá y mostrar un cálido recibimiento a los que llegábamos.

Los siguientes días fueron de ajetreo. Preparar la capilla, recorrer las instalaciones y el pueblo, visitar al párroco, conocer a los profesores y alumnos y, por fin, la toma de posesión oficial con un sencillo y sentido acto, presidido por D. José Mario, arzobispo de Portoviejo. Todo el colegio, alumnos, profesores y padres, daban la bienvenida a la comunidad de Siervas que iba a tomar el timón de la conducción de dicha obra en los siguientes años y, de alguna manera, daba la bienvenida a todo el Hogar. Y nosotros no dejábamos de observar y vivir y dar gracias a Dios por habernos permitido estar allí en aquel momento tan señalado.

Pero, a pesar de todas estas experiencias inolvidables, sentía que lo mejor estaba todavía por llegar. Deseaba con ansia conocer Chone y sus gentes. Así, una vez concluidas la acogida, recibimiento y toma de posesión, reemprendimos viaje rumbo a Chone. A medida que nos acercábamos mi corazón latía cada vez con más fuerza. Durante la travesía no paraba de hacer preguntas, de interesarme por todo. Por la labor que allí se estaba realizando, por el apostolado, por los miembros del Hogar… Y así llegamos a la Parroquia de San Cayetano y conocimos el Hogar de la Madre de Ecuador en sus distintas ramas: hermanas, candidatas, matrimonios, jóvenes. ¡Qué gente tan acogedora! También recuerdo gratamente el momento en que nos presentaron al matrimonio que iba a hacer de anfitriones nuestros: Enrique y Ligia, que junto a sus hijas y unidos al padre de Enrique, que en paz descanse, hicieron nuestras delicias en esos días inolvidables pasados en Ecuador. No sólo nos acogieron, sino que convirtieron su casa en nuestra casa, su familia en nuestra familia, sus vidas en nuestras vidas. Me gustaría aprovechar la oportunidad que me brindan estas páginas para agradecer a Dios el haber puesto en mi camino a Enrique Macay, pues amigos de verdad no es que abunden, y Enrique es un amigo y de los buenos.

rafasamino4De la mano de las hermanas fuimos adentrándonos en parte de los trabajos de apostolado que realizan allí. Así, además de la gran labor llevada a cabo con la juventud chonera, con matrimonios, con niños,... nos acercaron a la labor socio-sanitaria desarrollada por el Padre Fidgerald y su clínica dirigida especialmente a personas sin recursos y a quien entregamos el montante de medicinas que cargábamos desde España. También conocimos el proyecto “Volver a nacer”, dedicado a la rehabilitación de jóvenes de la calle, de chicas que han estado en contacto con el mundo de las drogas o el alcohol. Visitamos también los hogares de acogida de la institución “Manos Amigas” donde viven decenas de chicos y chicas que han sufrido situaciones durísimas en sus tiernas vidas. Estando allí nos impresionó observar en el dormitorio una pequeña caja de cartón, colocada en el suelo junto a cada cama. Al preguntar qué era aquello, la respuesta fue sencilla: “Eso es su armario”. Nos invitaron también a ir a la radio de Chone, donde dimos testimonio de nuestra vida como matrimonio cristiano. Dimos charlas a novios y a los jóvenes del Hogar. Y visitamos enfermos, concretamente a una criatura de Dios llamada Pierina, cuyo estado causó en nosotros una profunda y sentida piedad. Había sido una chica preciosa, con unos impresionantes ojos azules y un cuerpo escultural. Había participado en una multitud de concursos de belleza, alcanzando el título de “Reina” en no sé cuántos eventos. Cuando la conocimos, debido a una rara enfermedad, estaba postrada en la cama, con los miembros paralizados, sin poder apenas emitir sonidos, pero con una mirada y una sonrisa que te atravesaba el corazón. Todas las semanas recibía la comunión de manos de las hermanas. Antes de despedirnos, el P. Rafael le dio -y nos dio- la bendición. Yo no pude contener las lágrimas y hacerme uno con ella en su sufrimiento, y al mismo tiempo envidiar la paz y alegría que reflejaba.

Nos presentaron a la Hermana Margarita, religiosa irlandesa, mujer de gran coraje que ha puesto en marcha varias iniciativas para aliviar el sufrimiento de pequeños y mayores en esta población manabita. Nos trasladamos con ella a la residencia de ancianos que había abierto, con su centro de día, donde los mayores de esta localidad disfrutan de un lugar de atención y de ocio.

También, ¿cómo no?, nos acercamos a los distintos comedores infantiles que ha abierto en varios suburbios (zonas rojas) de la ciudad. El Hogar se ha identificado tanto con este proyecto hasta el punto de hacerlo suyo, acogiendo el mandato de nuestro Señor de “dar de comer al hambriento”. Y está realizando grandes esfuerzos para que estos niños no solamente coman al menos una vez al día, sino que esa comida sea de mejor calidad. Y allí estábamos nosotros, los que inmerecidamente pertenecemos al llamado “primer mundo”, junto a esas criaturas que en un comedor social saciaban su hambre con un platito de arroz y un juguito. Allí no había lugar para el ¡No me gusta! ¡Ponme otra cosa de comida! ¡Otra vez pescado! ¡Esto lo comimos antes de ayer!”. Ni había cubos de basura donde tirar la comida sobrante. Por no haber, en alguno de ellos no había ni mesas donde sentarse a comer, y los niños comen sentados en el suelo. Y, sin embargo, frente a tu egoísmo, ellos le dan gracias a Dios por "el arroz nuestro de cada día” y son humildes y sencillos y aman a su Dios porque Él es el centro de sus vidas. Y tú te comparas y te das cuenta que tú eres el centro de tu vida y no valoras lo que tienes, lo que Dios te da cada día. Y entonces te sientes nuevamente pequeño, miserable y te entra ese temor de Dios al pensar en lo que Él te va a pedir por lo poco que tú das. Y esos niños te hacen suyo, te regalan su sonrisa y con sus miradas, tan limpias, tan puras, te piden que te metas en esta historia, que te entregues más a fondo, que no escatimes en esfuerzos, porque la situación que atraviesan esos niños podían vivirla tu hija Mariam, o tu hijo Santiago, o tu hijo Rafa, o tu hijo Javier o tu hijo Miguel, que entonces no existía, pero hoy es una realidad, o los hijos de tus hijos y no lo viven, sólo por pura misericordia de Dios, pero no puedes pasar de largo. Dios te mira a través de los ojos de esos niños, y es claro, muy claro y muy fácil de entender que "quien se lo hizo a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hizo”. Y cuando te enteras que en aquel viaje se iban a ver varias fincas susceptibles de que el Hogar adquiriera alguna precisamente para ponerla en funcionamiento y mejorar la alimentación de estos críos, pues te ilusionas más e intentas hacer buena compra, la mejor compra. Primero, porque hay gente generosa detrás, que ha confiado un dinero importante al Hogar para que lo administre por y para los pobres. Y segundo, porque de una buena gestión se puede derivar un inmenso beneficio para los que nada tienen. Y, ¡eureka!, en poco tiempo, pateamos una finca que nos enamoró. Y tras intensas deliberaciones, se cerró el trato. Ya teníamos la finca, a la que pusimos por nombre “Maria Elisabetta”, y que está siendo un lugar bendecido por Dios.

rafasamino2De destacar es también la gran hospitalidad mostrada por todos los matrimonios del Hogar de la Madre de Chone. Todos estaban deseosos de recibirnos en sus casas, de invitarnos a comer o cenar, de ponerse a nuestra disposición. Todo les parecía poco.
En fin, son muchas las anécdotas y pensamientos y experiencias vividas en este primer viaje que no dieron pie a un almacén de vivencias estériles y sin fruto, sino que permitieron que fuera anidando día a día la vocación recibida muchos años antes y que iría floreciendo en los meses, en los años venideros.

Tanto en Esmeralda, en Mariam, como en mí crecía el deseo de volver de nuevo, aun antes de habernos ido, y de aportar nuestro granito de arena para fortalecer la fe de estos hijos de Dios y aumentar su esperanza a través de la caridad.

Desde entonces son ya cinco los viajes que he realizado a Ecuador como aprendiz de misionero, fundamentalmente a la comunidad de Chone. En este tiempo han sido muchas las experiencias disfrutadas, algunos los trabajos realizados, no pocas las ilusiones compartidas y muchos los sueños por cumplir. Y cuando de regreso te encuentras en el aeropuerto, esperando el embarque, tienes el corazón dividido: por un lado, estás contento porque pronto estarás de nuevo con tu mujer, tus hijos, con tus seres queridos; pero por otro lado, una parte de ti se queda en esas tierras ecuatorianas y te gustaría que de algún modo ambas mitades se unieran. Y comienzas a preparar el siguiente viaje y te ilusionas de nuevo, y no paras de dar vueltas a todo lo vivido y a lo que te queda por hacer y estás alegre y contento y das gracias a Dios y te sientes misionero, te sientes realmente un pobre aprendiz de misionero.

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