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TestimoniosGrupos Misioneros del Hogar de la Madre

Elisabeth Rochon

Nueve días en Ecuador son nueve días para dar la vuelta completamente a tu concepto de la realidad. Yo decidí hacer un viaje de misiones -del 12 al 21 de mayo de 2012- porque una amiga, candidata de las Siervas del Hogar de la Madre, me invitó.

elisabeth-rochon2Esta comunidad tiene varias casas en Ecuador, y cada verano las hermanas invitan a chicas para ayudarlas en su trabajo. Sabía que iba a ver pobreza. Sabía que iba a ver casas de caña con suelos de tierra habitadas por familias numerosas. Pero no estaba preparada para los olores, las familias rotas y la Iglesia olvidada.

Fuimos a una zona roja para visitar a los enfermos y rezar con ellos. Las casas estaban construidas sobre colinas con caminos estrechos que van desde la calle hasta una cuesta lodosa. A veces el camino estaba en medio de vallas de caña, de alambre y de espino. A veces cruzaban por el camino riachuelos de líquidos malolientes, con una capa de cieno verde por encima. Visitamos a un anciano que estaba acostado en una hamaca. Antes de despedirnos, las hermanas le invitaron a que rezase con ellas. Rezaron un Padre Nuestro y un Ave María, pero él se mantuvo en silencio, porque, como nos contó después, nadie le había enseñado a rezar.

Una tarde ayudamos a una anciana que se encargaba de un comedor para niños. Ese día, como todas las tardes, unos 25 niños llegaron a comer. Esos niños iban a la escuela en esa misma calle y tenían casa, pero no tenían padres que les cuidasen. Como nos explicó una profesora suya: “las mujeres aquí son más mujeres que madres”. A la anciana del comedor le faltaba la mano derecha porque su esposo había intentado matarla con un machete. Con su mano derecha se protegió la cara y el cuello, y con la mano izquierda cogió a su niño pequeño y se escapó.

Uno de los últimos trabajos que hicimos consistió en llevar ropa y medicinas a un barrio pequeño de las montañas. Mientras distribuíamos la ropa y las medicinas, la gente aceptaba amablemente lo que se les iba dando. Nadie agarraba ni exigía. Nadie gritaba para reclamar lo que se le daba a otro. Todos estaban agradecidos.

elisabeth-rochonTodas las tardes íbamos a Misa. Varias decenas de personas asistían, pero pocos comulgaban y muchos se iban inmediatamente después de la Misa. Estoy segura de que muchos valoraban la fe, pero era obvio que otros muchos no. Un día, el sacerdote se dirigió a la gente después de Misa y les preguntó que por qué se iban corriendo de la iglesia al acabar la Misa. Si cuando salen de su casa se toman un tiempo para dar un beso a sus madres, entonces, debían quedarse un momento para despedirse de la Virgen.

Ahora, de vuelta en mi habitación de la universidad y visitando la capilla con frecuencia, reflexiono y me quedo impresionada ante el silencio que llenaba las vidas de la gente que conocí. El silencio que les lleva a no quejarse de la pobreza en sus vidas también les deja indiferentes ante su ignorancia de la Iglesia. La tarea que tienen los padres de dar de comer a sus hijos y de enseñarles a rezar, una tarea que la Iglesia exige, se ha perdido. La importancia de amar al prójimo y al esposo, que enseña la Iglesia, queda ignorada. Los sacramentos de la Iglesia están arrinconados.

Cuando pensamos en países del tercer mundo, muchas veces nos imaginamos que su carga más grande es la pobreza que diferencia agudamente su modo de vivir del nuestro. Después de nueve días en Ecuador, me he dado cuenta de que la pobreza que padece esta gente es la misma pobreza que poseen los estadounidenses y los de otros países que he visitado. En el mundo entero, el hombre siempre tendrá esta pobreza hasta el fin de los tiempos; la humanidad siempre estará necesitada de un amor cada vez más profundo.

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