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TestimoniosGrupos Misioneros del Hogar de la Madre

Elizabeth Wieck

Elizabeth Wieck hizo un viaje misionero a Ecuador en marzo de 2013 con un grupo de chicas de varias universidades de Estados Unidos.

Este es su testimonio de la misión:

elisabeth-wieckCuando salí para el viaje a Ecuador la pasada primavera no sabía qué esperar. Y esto ha sido algo bueno, porque cualquier expectativa que hubiera podido tener no se hubiera podido acercar a la realidad.

Para una chica estadounidense como yo, la pobreza que hemos visto no cabe para nada en nuestros parámetros de confort. Al principio, no sabía ni cómo relacionarme con la gente a la que estábamos sirviendo porque me sentía una hipócrita. En el fondo de mi mente no podía olvidar que tenía una cálida y cómoda casa de ladrillos, y no de bambú, y que, aunque soy una estudiante de universidad “pobre y muerta de hambre”, nunca había sentido hambre verdaderamente. De todas formas, al vivir con las hermanas, pude contrastar y aclarar mis ideas. Las hermanas sirven a los más pobres y ellas mismas viven en pobreza y sobriedad.

Fue realmente un viaje de misión, pues tuve que afrontar muchos sacrificios, pero la felicidad que te da servir con las hermanas me permitió no sólo aceptar esas pequeñas cruces sino también abrazarlas con alegría. Lo más duro, pero también lo mejor del viaje, fue el hecho de no saber nunca qué íbamos a hacer en cada momento. Nuestro día giraba en torno a las necesidades que se iban presentando. Nos levantábamos a la misma hora que las hermanas y trabajábamos con ellas, y también nos acostábamos a la misma hora. No necesitaba saber qué hora era ni a dónde íbamos a ir. Lo dejábamos todo en manos de Dios. La razón por la que digo que esto fue lo mejor, es porque vivimos lo que es la obediencia, y de esta forma podíamos estar seguras que cualquier cosa que hiciéramos era lo que el Señor quería de nosotras en ese momento. Eso da mucha libertad y lo echo de menos ahora en casa, en una vida marcada por el reloj y las fechas de caducidad.

elisabeth-wieck2Otra de las cosas que echo en falta desde que volví de Ecuador es a la gente que he conocido y a las amistades que he hecho. Pasamos una noche en el encuentro de verano de chicas que dirigen las hermanas y todavía me acuerdo de muchas de esas chicas y rezo por ellas. La cultura de Ecuador valora poco a la mujer y me sorprendía ver cómo las chicas nos tomaban a nosotras como modelos de modestia y feminidad. Fue una pesada pero bonita responsabilidad que me ayudó a darme cuenta de cómo nuestras acciones afectan a los demás y de cómo es falso pensar que las decisiones son cosa nuestra solamente.

Yo había oído decir a misioneros que habían vuelto de servir en los países pobres, que habían recibido más de lo que habían dado, pero no lo creía. Ahora, sinceramente, siento lo mismo que ellos. Sé que mis pequeñas acciones no se pueden comparar con la lista interminable de recuerdos que traigo conmigo, de lecciones que he aprendido, del aumento de fe que he recibido... Este viaje me ha cambiado la vida, el corazón, la fe... y no hay un mejor regalo que este.

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