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9 de febrero 2019

La palabra de Dios, que es luz y sendero luminoso para los que creen en Él, en orden a llegar a la salvación eterna, que es el cielo, viene constantemente en nuestra ayuda. Viene, iluminándonos y dándonos también fuerza para que podamos caminar. Y la fuerza nos la da con la misma palabra suya y con la palabra hecha sacramento, es decir, el Cuerpo de Cristo y la Sangre de Cristo, que es manjar que ceba leones, es decir, que nos hace fuertes, que nos hace invencibles ante los ataques del demonio. Si yo soy débil, necesito fortaleza, y esa fortaleza me la da Jesucristo Eucaristía. La Eucaristía es Cristo que se inmola por nosotros y se hace pan vivo para nosotros, para alimentarnos. Nos concede su misma vida, que da para que, llenándonos con la vida divina podamos vivir esta vida con la alegría de los hijos que saben que caminan hacia la patria celeste.

26 de enero 2019

En la primera lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos hace ver a Jesucristo, que es el templo vivo de Dios, no un templo hecho con manos humanas, donde el sumo sacerdote entraba para ofrecer la sangre de un macho cabrío por sus pecados y por los del pueblo; “Jesús”, dice el autor de la Epístola a los Hebreos, “entra en un templo superior", para ofrecer allí, en su propio cuerpo, su propia sangre como sumo sacerdote, como propiciación por nuestros pecados”. Y dirá, entonces, el Señor que su sangre, que es su propia vida humana, tiene un poder más grande para el perdón de los pecados que la sangre que hacía una purificación externa y ritual, ofrecida por el sumo sacerdote todos los años. Cuando nosotros celebramos la eucaristía, cuando el sacerdote toma el cáliz y pronuncia las palabras consacratorias, transformando el vino en la sangre de Cristo, dice: “Este cáliz es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza que se derrama por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”. El gran anuncio que hace la Iglesia al celebrar la Eucaristía es que la sangre de Cristo derramada tiene un sentido, el derramamiento de sangre, la efusión de sangre de Cristo, de todo su cuerpo herido por tantas maldades -nuestros pecados-, tiene como objetivo, como objeto, como finalidad, el perdón de nuestros pecados. Y son muchos, son muchos nuestros pecados. Pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, es decir, la misericordia de Dios, que llena toda la tierra y la purifica. Cada vez que nosotros nos juntamos aquí para celebrar la eucaristía, estamos celebrando este acontecimiento, que es para nosotros ganancia.

19 de enero 2019

La primera lectura dice que la palabra del Señor es viva y eficaz. ¿Qué significa viva? Significa que no es algo inerte, significa que por sí misma realiza ciertas acciones que, al ser palabra, serán espirituales y, curiosamente, no solamente espirituales, sino que la eficacia significa que aquello que dice lo realiza. Como ocurrió con aquel paralítico al que le dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Es una acción espiritual que es invisible, que no se ve. Entonces, empezaron a pensar los que lo oyeron: “Este es un blasfemo, porque nadie puede perdonar los pecados sino Dios”. Entonces, el Señor responde: «¿Qué es mas fácil: decir "tus pecados te son perdonados" o decir "a ti te lo digo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa"? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados, dirigiéndose al paralítico, le dijo: “Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”». Es decir, realiza una acción que ya no es puramente espiritual. ¿Qué acción de la palabra de Dios es más importante, perdonar los pecados o curar la parálisis? Las dos son importantes, porque la curación de la parálisis es prueba de que el Señor tiene el poder de perdonar los pecados. Pero la acción fundamental es el perdón de los pecados.

12 de enero 2019

Nos dice San Juan que pidamos según la voluntad de Dios. ¿Cuál es su voluntad. ¿Cómo sé yo cuál es la voluntad de Dios y qué quiere que yo le pida? Un discípulo vio a Jesús orando y se acercó a él para decirle: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a orar a sus discípulos. Entonces, el Señor le enseña -nos enseña a todos en ese mismo discípulo- el padrenuestro. Las tres primeras peticiones del padrenuestro se refieren a Dios: "Santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad". Esas son las peticiones. “Pedid y se os dará” ¿Quién saca ventaja de esas primeras peticiones? ¿Dios? No, sacas ventaja tú.

5 de enero 2019

Este día esta dedicado de manera especial a la Virgen Santísima, nuestra Madre, aquella que dijo: “Al fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Por eso, ciertamente, viendo la situación cómo está, no podemos echar las campanas al vuelo. Nuestro obispo nos ha recordado, y siempre que tiene ocasión lo dice, que tal como están las circunstancias, ahora es necesario crear pequeños oasis donde se reúnan los cristianos verdaderamente fervientes para orar y no solamente por eso de que “la unión hace la fuerza”. Lo que hace la fuerza es estar unidos a Jesucristo. Los oasis tienen que ser oasis de paz, oasis de oración, oasis de amor verdadero que testifican el amor. Porque en la primera lectura que hemos leído, dice San Juan que lo importante es lo que ya nos ha dicho el Señor: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros como yo os he amado”. Estos oasis de oración, de entrega, no son para estar cerrados en sí mismos, sino para estar unidos e ir con fuerza, con poder, a la conquista de un mundo que está asilvestrado. Cuando nosotros vemos a la Virgen Santísima diciendo: “Al fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”, ¿qué significa eso? ¿Cuáles son los pensamientos y sentimientos que hay en el corazón de la Virgen Santísima? Pues no puede ser otra cosa que la gloria de Dios y la salvación de sus hijos, que somos nosotros. El triunfo suyo esta unido a eso.

15 de diciembre 2018

¿Quién es el protagonista aquí? Jesucristo. Estamos celebrando que la luz de Dios puede brillar a través de la pobreza humana y lo hace en la figura y en la humanidad de sus sacerdotes. Dios elige a hombres pobres, con defectos, para que sean instrumentos de su gracia. Evidentemente los llama a la santidad, y cada sacerdote tiene que luchar por identificarse con Jesucristo, para que esa gracia, como hemos escuchado en la segunda lectura, reavive el carisma de Dios que hay en él por la imposición de las manos. Es la gracia de Dios la que trabaja, que consagra a un hombre para enviarlo. Podemos recordar el ejemplo de lo que es la Eucaristía: un trozo de pan que, por la invocación del Espíritu Santo, se transforma en Cristo. En el sacerdote sucede algo parecido. Evidentemente, no hay una transubstanciación; en el pan desaparece el pan y todo es Cristo, aunque parece pan; en el sacerdote sigue estando el hombre, pero está también Cristo. Y es la lucha por la santificación del sacerdote la que cada uno tiene que realizar para no echar en saco roto la gracia de Dios. Pero lo que hoy celebramos es el amor de Jesucristo y su misericordia: que el padre Félix siga siendo sacerdote y que siga amando su sacerdocio es una gracia de Dios, y es adonde tenemos que mirar. Miradle a Él y agradecedle a Él. Porque tenéis que ser conscientes de que el sacerdocio es un don de Jesucristo a su Iglesia por amor a vosotros, por amor a su pueblo. El sacerdocio es para vosotros.

8 de diciembre 2018

Nunca podemos terminar de decir: “¡Cuánto ha hecho nuestra Madre por nosotros!”. Sin María, sin su entrega, no tendríamos el fruto de su vientre, Dios con nosotros, el Emmanuel. Si ahora nos podemos acercar, sabiendo que el misterio del altar depende del “sí” de María, entonces nos acercamos a ella con veneración, con respeto, sabiendo y pidiendo: "Dios mío, que yo sea digno de poder acercarme a ese misterio". Dios, desde el comienzo, la hace muy diferente en todo. Desde su concepción, ella es Inmaculada. Desde la unión entre San Joaquín y Santa Ana, la Virgen es especial.

1 de diciembre 2018

A la Virgen María la queremos tomar como guía en este adviento que estamos comenzando. Estamos celebrando la Misa de María, estirpe escogida de Israel. El Evangelio que acabamos de escuchar es un poco largo y complicado. Lo que se nos quiere mostrar es cómo la Virgen María y Jesús se enraízan en toda la historia de Israel, cómo Dios mantiene su alianza y su promesa. Y con el pueblo que Él ha elegido, a pesar de las infidelidades y de las luchas, el Señor mantiene su alianza y su elección.

24 de noviembre 2018

A medida que nos vamos aproximando al fin del año litúrgico, la Iglesia nos presenta también las verdades últimas, las que se llaman escatalógicas, los novísimos: la muerte, el juicio, la resurrección, la escatología. Y hoy, este evangelio está claramente dirigido a la verdad de la resurrección de entre los muertos. Es algo que es propio de la fe católica, de la fe cristiana. También los griegos creían en la inmortalidad del alma, pero es algo propio de la fe bíblica y, más aún, de la fe cristiana. Para nosotros, la resurrección nos abre un horizonte de esperanza, de vida eterna de plenitud, de gloria, y de gloria no solo para nuestra alma, sino también para nuestro cuerpo, porque Dios ha creado al hombre con cuerpo y alma en una unidad indisoluble.

Estando atentos se escucha al Señor. Lo que la Iglesia nos proclama son las palabras de Jesús para mí ahora. Y, ¿qué me ha dicho hoy? Que tengo que orar constantemente. Que tengo que rezar y acudir a Él. Entonces, lo que te ha dicho el Señor es que, si tienes fe, Dios va a actuar enseguida y te va a conceder lo que verdaderamente anhela tu corazón, y no lo que tú crees. ¿Qué es lo que anhela tu corazón? Ser feliz y que esa felicidad no se pierda nunca. Eso es lo que viene Jesucristo a ofrecernos. Una felicidad que no acaba nunca, porque la da Él, y Él es eterno y no pasa nunca. Las cosas de este mundo tienen un acabamiento, son limitadas. Incluso en los momentos más felices de esta vida, entendemos y comprendemos que son volátiles. Todo pasa. Pasa la fuerza, pasa la belleza, pasa todo. ¿Habrá algo que no pase nunca? Porque yo, lo que necesito es algo que me redima por dentro, que permanezca siempre, que no se gaste nunca, que sea eternamente joven, verdadero, justo. Pues eso es Jesucristo. Él es el único que lo puede dar. Señor, dame esa felicidad que solamente tú puedes dar y que no acaba nunca.

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