Menu

PodcastsH.M. Multimedia

26 de enero 2019

En la primera lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos hace ver a Jesucristo, que es el templo vivo de Dios, no un templo hecho con manos humanas, donde el sumo sacerdote entraba para ofrecer la sangre de un macho cabrío por sus pecados y por los del pueblo; “Jesús”, dice el autor de la Epístola a los Hebreos, “entra en un templo superior", para ofrecer allí, en su propio cuerpo, su propia sangre como sumo sacerdote, como propiciación por nuestros pecados”. Y dirá, entonces, el Señor que su sangre, que es su propia vida humana, tiene un poder más grande para el perdón de los pecados que la sangre que hacía una purificación externa y ritual, ofrecida por el sumo sacerdote todos los años. Cuando nosotros celebramos la eucaristía, cuando el sacerdote toma el cáliz y pronuncia las palabras consacratorias, transformando el vino en la sangre de Cristo, dice: “Este cáliz es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza que se derrama por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”. El gran anuncio que hace la Iglesia al celebrar la Eucaristía es que la sangre de Cristo derramada tiene un sentido, el derramamiento de sangre, la efusión de sangre de Cristo, de todo su cuerpo herido por tantas maldades -nuestros pecados-, tiene como objetivo, como objeto, como finalidad, el perdón de nuestros pecados. Y son muchos, son muchos nuestros pecados. Pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, es decir, la misericordia de Dios, que llena toda la tierra y la purifica. Cada vez que nosotros nos juntamos aquí para celebrar la eucaristía, estamos celebrando este acontecimiento, que es para nosotros ganancia.

Buscar

Redes sociales

Elegir idioma

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo