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Beatificación de la Madre María de la Purísima

El pasado 18 de septiembre, la comunidad de Siervas de Alcalá de Guadaíra asistimos a la beatificación de la Madre María de la Purísima, Hermana de la Cruz, que tuvo lugar en el Estadio Olímpico de Sevilla. Al acto fuimos acompañadas de un pequeño grupo del Hogar de la Madre, entre ellos Esmeralda y Manuel Félix que al día siguiente contraerían matrimonio. Para ir a la ceremonia nos unimos al autobús de la parroquia de la Inmaculada, donde nosotras damos catequesis, y en el cual venían nuestros jóvenes amigos de Cáritas.

A las 3,00 de la madrugada, la imagen de la Esperanza Macarena había salido de su basílica en procesión hasta el Estadio. Era la primera vez que salía del casco histórico de Sevilla y cruzaba el Guadalquivir. Fue impresionante la entrada en el Estadio. Los aplausos se sucedían a lo largo del trayecto. Los costaleros dejaron el paso estacionado para presidir la solemne ceremonia. A la derecha de la Virgen se encontraba una talla de Santa Ángela de la Cruz (la fundadora de estas Hermanas) y a la izquierda, el cuadro de la nueva beata que fue descubierto durante el acto. En el césped del Estadio, y en primera fila como se merecían, se encontraban unas quinientas Hermanas de la Cruz quienes cantaron una canción a la Virgen Macarena.

La misa estuvo presidida por el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, monseñor Angelo Amato, enviado del Santo Padre Benedicto XVI para la beatificación. Junto al Prefecto, estuvieron el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina, el Nuncio del Papa en España, monseñor Renzo Fratini, el nuncio en Rumanía, Javier Lozano, cardenales como Amigo Vallejo, Rouco Varela, García Gasco, y muchos obispos y sacerdotes.

Un momento muy emotivo fue la proclamación como beata. Hubo un estallido de aplausos acompañado de una lluvia de pétalos y el repicar de las campanas de la Giralda, que fueron emitidas en directo por las pantallas del Estadio.  Cuatro Hermanas de la Cruz fueron las que portaron el relicario de la nueva beata cuya fiesta se celebrará el día 31 de octubre, fecha de su muerte. La Madre María de la Purísima (María Isabel Salvat Romero), nació en Madrid en 1926 y dejó a los 18 años su adinerada familia para ingresar en las Hermanas de la Cruz, de las que fue Madre General tres veces a partir de 1977 y hasta su fallecimiento, en 1998.

El arzobispo Angelo Amato inició su alocución con estas palabras: "Hoy, el Estadio Olímpico de Sevilla es una grande Iglesia, una grande Catedral, la segunda Catedral de Sevilla. Aquí luchan los mejores atletas del mundo, ahora contemplamos las atletas de la santidad". Y en la primera mención que hizo a las Hermanas de la Cruz, todos los asistentes rompimos en un interminable aplauso que fue secundado por el Prefecto mismo poniéndose en pie. A imitación suya se levantaron los cardenales, obispos y todo el Estadio entero prolongándose el aplauso durante varios minutos. Como era obvio, las únicas que permanecían sentadas eran las Hermanas de la Cruz.

El arzobispo de Sevilla, José Asenjo, destacó que las Hermanas de la Cruz, "con su pobre y tosco sayal, son la admiración de Sevilla y de todas aquellas poblaciones de Andalucía, España, Italia y Argentina donde tienen sus casas porque viven el Evangelio químicamente puro, con toda su belleza y radicalidad".

El arzobispo Amato asemejó la nueva beata a su predecesora Santa Ángela de la Cruz, diciendo que fueron "dos grandes bienhechoras de la ciudad", que llevaron la "Cruz de Cristo por las calles de Sevilla, cada día y durante todos los días de su vida, como una vocación de santidad y apostolado, a favor de los más pobres y necesitados".

Durante la homilía, D. Angelo  contó algunas anécdotas de la beata, como aquella en la que ella misma curó las heridas de una anciana en completo abandono con gran cantidad de llagas y con ratones que pasaban por encima. La Madre María de la Purísima quiso evitar este mal trago a una joven que le acompañaba y ella sola limpió la casa y echó fuera a los roedores. Su actitud fue verdaderamente heroica, incluso porque ella sentía horror de los ratones.

El Prefecto habló también de su fortaleza heroica, “sobre todo durante los años de la dirección del Instituto, pues en el difícil periodo postconciliar, perseveró en la sana tradición, indicando a sus hermanas aquel camino de santidad y de servicio querido por la santa Fundadora, rechazando la moda efímera de cambios externos, exentos de eficacia apostólica”.  “Fue esta capacidad suya de mantener intacto el espíritu del Instituto la que hizo florecer a su congregación de manera verdaderamente extraordinaria”. “En tiempos de gran turbulencia ideológica, contribuyó a reforzar el espíritu y el carisma de la Fundadora. A pesar de las corrientes demoledoras de la vida consagrada, ella supo mantener unidas a sus Hermanas mediante la exacta observancia de la Santa Regla y del espíritu de oración”.

El Prefecto refirió el testimonio de una hermana que cuenta las humillaciones que debieron sufrir cuando asistían a clases de teología: "Llegábamos a clase con nuestra carpeta azul de cartón, con nuestros zapatos desgastados, con nuestro gran paraguas con algún roto. Mientras buscábamos un asiento, sentíamos las miradas de desaprobación de algunas religiosas que susurraban: "Ya han llegado las del Viejo Testamento". Yo me sentía mal y la miraba a ella que, sin embargo, permanecía sonriente y serena ante estos comentarios".

Otra hermana cuenta que la Madre María de la Purísima olía a lejía cuando era superiora de la casa de Las Minas. Preguntando el por qué, la hermana portera respondió: "Querida hermana, la Superiora hace las tareas menos agradables de la casa". Y es que Madre María de la Purísima solía decir que en la casa de Dios no hay tareas bajas, todas son altas.

En la ceremonia hizo la primera comunión la niña Ana María Rodríguez Casado, cuya curación se atribuye a un milagro de Madre María de la Purísima cuando tenía tres años y medio. La niña nació sin la vena cava inferior y con una cardiopatía congénita.

Monseñor Angelo Amato expresó como punto final que "Sevilla es la ciudad de la gracia, pero con este acto se ha convertido en la ciudad de la gracia divina".
Y así, con un corazón alegre y agradecido, regresamos a Alcalá con deseos de imitar a la nueva beata y ser también, cada uno en nuestro puesto, unos “atletas de la santidad”.

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