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Categoría: Febrero

2 de febrero de 2011. Los siervos al servicio del Santo Padre

Todo lo que nos sucede viene de la mano del Señor. Y en un verdadero Hogar se recibe todo como un regalo, con agradecimiento. Y, sin embargo, hay cosas que escapan a lo que uno puede imaginar. Así, el pasado 2 de febrero, hacia las 5 de la tarde, cuatro siervos del Hogar estábamos en la Sacristía de San Pedro del Vaticano, con la mitra y el pastoral de Benedicto en las manos, para servirle en la celebración de la Iglesia Madre de todas las Iglesias.

En aquella sacristía de San Pedro, el 2 de febrero, había 17 acólitos esperando al Papa. Y entre ellos, 4 siervos del Hogar. Mons. Marini, Maestro de las Ceremonias del Sto. Padre, hizo un gesto llamando a todos a acercarse en torno a él. Estábamos ya revestidos, todo preparado, todo ensayado; y el tiempo que quedaba, él nos lo pidió. Quería hablarnos. Los siervos, deprisa –como siempre- nos acercamos quizá un poquito a lo loco, pero bastante discretos, a decir verdad. Aún así, a Mons. Marini le bastó para conocernos mientras sonreía simpático. Nos apiñamos todos en torno a él, al pie de la Piedad de Miguel Ángel. Y allí nos dirigió unas palabras sencillas pero, para nosotros, inolvidables:

“Esta tarde -comenzó diciendo- vais a recibir una gracia muy grande, no cabe duda. Servir al Vicario de Cristo en la Tierra debe ser un signo y una ayuda para amarle siempre más. Y es cierto que por el Papa debemos cultivar un amor afectuoso y tierno. Pero no basta. Ese amor debe ser afectivo, pero también efectivo. Está muy bien rezar por el Papa, lo necesita mucho, pero tenéis también que disponeros a obedecerle siempre y en todo. Porque el afecto debe tener sus efectos.

En segundo lugar –nos dijo-, vamos a celebrar las Vísperas. Y corremos el riesgo de perdernos en la novedad de una celebración multitudinaria. Pero pensad que, cada vez que las rezáis, aunque os veáis solos, estáis con toda la Iglesia. Están siempre, por tanto, todas las iglesias del mundo rezando con vosotros, siempre. Pero además, la Iglesia purgante y la Iglesia celeste os acompañan siempre. En pleno. Por tanto, esta tarde, rezad con paz, pues la multitud no supone una novedad. Recordad siempre que la liturgia es la oración de la Esposa. Y que da mucho fruto, si en vosotros están los sentimientos de la Esposa. Con el amor, el recogimiento y la pasión del encuentro con el Señor.

Por último –concluyó Mons. Marini-, hoy tendremos la Adoración de la Eucaristía. En ella encontramos la Presencia del Señor, a quien debemos todo. Adorar es “tributar a Dios el culto que le es debido”, y eso es lo que vamos a hacer. Pero el Señor nos invita a más: a seguirle. La adoración debe cristalizar en adhesión. Contemplando al Señor aprendemos a seguirle y, siguiéndole, le conocemos más, le amamos más.

Ahora, para prepararnos a la celebración, para vivir esta gracia, os pido que recemos por el Papa".

Los acólitos, los miembros del Oficio para las celebraciones litúrgicas, Mons. Marini y, por supuesto, los siervos, tomamos nuestros rosarios, y en torno a Nuestra Madre, al pie de la Piedad, rezamos un Rosario precioso. Yo, personalmente, no sabía si mirar a la Piedad o recogerme. Bueno –me dije-, de tan cerquita no la vas a volver a ver. Así que me quedé embobado, seguramente con la boca abierta. Mons. Marini estaba muy cerquita de mí, y me pregunté ¿qué hará él? ¿la mirará o estará ya acostumbrado? No –me dije- uno no puede acostumbrarse a tantas gracias. No lo pude evitar. Mirándole por el rabillo del ojo, furtivamente, vi una sorpresa más, otro regalo. Lo vi tan recogido, con su rosario entre las manos cruzadas y los ojos cerrados, ligeramente inclinado, pero no mucho, erguido y recogido. Era otra ayuda a la oración: “Claro -me dije- lo ha escogido el Papa”.

El Sto. Padre no nos habló en privado. Una pena. Pero nos habló delante de todos, en la homilía. Sólo le faltó decir: “Queridos miembros del Hogar de la Madre, Siervas, jóvenes siempre alegres, y siervos, que hoy me acompañáis aún más de cerca que de costumbre”. No dijo esto porque no hubiera estado bien delante de todos. Sí dijo, en cambio, que: “Mi pensamiento va con afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todos los rincones de la tierra, y los encomiendo a la Santísima Virgen María (…) [porque] se les ha concedido manifestar la primacía de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra. Oh María, Madre de la Iglesia, te encomiendo toda la vida consagrada. Amén.”

Testimonios

H. Kevin: Esta experiencia fue una verdadera alegría. Las dudas se fueron esclareciendo desde el primer momento, empezando por ensayo de la procesión. Las formas y modos con que los encargados de la ceremonia nos trataron, su calurosa acogida, sus explicaciones, etc.; todo ello hecho con gran paciencia, sabiduría y humildad; hicieron que fuera una experiencia muy enriquecedora.

En un primer momento pensé que no quedaba ninguna posibilidad de hacer algo importante en la ceremonia, ya que Mons. Guido Marini, el Maestro de Ceremonias, había escogido a otros cuatro directamente para hacer algo en la celebración. Pensé que ya, el resto de nosotros, iba a hacer algo similar a las plantas que adornan y dan un poco de color y decoro a la ocasión. Aún así, hubiera sido ya una gracia muy grande. Pero, para mi sorpresa, uno de los ayudantes del maestro de ceremonias vino hacia nosotros y empezó a elegirnos, a uno detrás de otro, confiándonos distintas tareas. Yo tuve la gracia de ser elegido como turiferario y, de esta manera, tener la oportunidad de estar activamente implicado en la ceremonia, y, además, muy cerca del Papa.

Durante el momento de la adoración del Santísimo, después de las Vísperas, estaba arrodillado al lado del Papa y, mientras tenía el incensario en la mano, me vino en mente el pasaje del Apocalipsis que habla de las “copas de oro cargadas de incienso, que son las oraciones de los santos” (Ap. 5, 8). En ese contexto, tomé mayor conciencia del papel del Vicario de Cristo en su función como Supremo Pontífice, puente entre el Cielo y la tierra, que intercede ante el trono de Dios por toda la humanidad. En ese momento se me hizo más evidente la grandeza de esta ocasión. Fue un pensamiento muy  inspirador y me movió a unirme en oración con el Papa con más fervor, allí, en la presencia de Nuestro Señor en el Sacramento.

La experiencia en conjunto fue inolvidable y estoy muy agradecido por ello. Demos gracias a Dios.

Hno. José Luis: Yo me decía: “no me puedo poner nervioso porque esto no es realidad”. Y como los sueños son sueños, pues no me puse nervioso... hasta que entró el Papa y me colocaron tras él. Bueno, entonces me vino todo de golpe. Casi era más increíble todavía. Qué gracia. Quisiera corresponder amando más al Señor de las Gracias, a María, Nuestra Madre buena, y al Hogar… por ser Hogar también para mí. Quisiera obedecer de ese modo efectivo, de verdad; adherirme al Señor, corresponder a través del servicio al Papa y el amor a la Iglesia. Gracias.

Hno. René: Muchos no me creerán, pero de entre todos los acólitos en San Pedro, yo fui el más bendecido. ¿Llegué a hablar con el Papa? No ¿Llegué a verle de cerca? Tampoco. Mi gracia grande fue el ser el que más cerca estuvo de Jesús Sacramentado. Antes de la ceremonia, cuando todos los acólitos estaban con el Papa, yo estaba en otro sitio: en la capilla con un diacono que sostenía el Santísimo en las manos. Después de entrar el Papa con los aplausos de todos, entraba el Señor. No había aplausos sino silencio. Un silencio que atraía y recogía. Siguiendo el ejemplo del Papa muchos se arrodillaron. El diácono se dirigió al Altar de la Confesión con Jesús en las manos y yo… a su lado. Eso era todo. ¡Qué alegría estar cerca del Señor, y servir al Santo Padre!

Hno. Carl: Ese mismo día habíamos renovado nuestros votos, verdaderamente un gran regalo del Señor. Tras pasar la mañana estudiando (estábamos de exámenes), salimos con mucho ánimo hacia la basílica de San Pedro. En la procesión, tanto al ingreso como al final, el Hno. José Luis y yo tuvimos el privilegio de seguir muy de cerca al Papa. Me impresionó ver toda la basílica llena de religiosos, con un solo corazón para alabar a Jesucristo, aplaudiendo al paso del Sto. Padre y gritando con alegría: ¨¡Viva el Papa!¨

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