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Noticias 2012

Nueve días en Ecuador

EcuadorNueve días en Ecuador son nueve días para dar la vuelta completamente a tu concepto de la realidad. Yo decidí hacer un viaje de misiones cuando una amiga me invitó. Es candidata del Hogar de la Madre, una congregación religiosa que había conocido durante mi semestre de estudios en Roma.

Esta orden tiene varias casas en Ecuador, y todos los veranos las hermanas invitan a chicas para ayudarlas en su trabajo.Sabía que iba a ver pobreza. Sabía que iba a ver casas de caña con suelos de tierra habitadas por familias numerosas. Pero no estaba preparada para los olores, las familias rotas y la Iglesia olvidada.

Fuimos a una zona roja para visitar a los enfermos y rezar con ellos. Las casas estaban construidas sobre colinas con caminos estrechos que van desde la calle hasta una cuesta lodosa. A veces el camino estaba en medio de vallas de caña y alambre y de espino. A veces cruzaban por el camino riachuelos de líquidos malolientes, con una capa de cieno verde por encima. La primera persona que visitamos fue un anciano acostado en una hamaca. Antes de despedirnos, las hermanas le invitaron a que rezase con ellas. Rezaron un Padre nuestro y un Avemaría, pero él se mantuvo en silencio, porque, como nos contó después, nadie le había enseñado a rezar.

EcuadorUna tarde ayudamos a una anciana que se encargaba de un comedor para niños. Ese día, como todas las tardes, aproximadamente 25 niños llegaron a comer. Esos niños iban a  la escuela en esa misma calle y tenían casa, pero no tenían padres que les cuidasen. Como nos explicó una profesora suya: “las mujeres aquí son más mujeres que madres”. A la anciana del comedor le faltaba la mano derecha porque su esposo había intentado matarla con un machete. Con su mano derecha, se protegió la cara y el cuello y con la mano izquierda cogió a su niño pequeño y se escapó.

Una de las últimas cosas, consistió en llevar ropa y botiquines a un barrio pequeño de las montañas. Mientras distribuíamos la ropa y los botiquines, la gente aceptaba amablemente lo que se les iba dando. Nadie agarraba ni exigía. Nadie gritaba para reclamar lo que se le daba a otro. Todos estaban agradecidos. Las hermanas nos contaron que en ese barrio había varias parejas que se querían casar. Una pareja tiene ya cuatro hijos. Otra tiene nietos. Pero ahora están dudando si casarse o no.

EcuadorTodas las tardes íbamos a misa. Varias docenas de personas asistían, pero pocos comulgaban y muchos se iban inmediatamente después de la misa. Por supuesto, muchos apreciaban su fe, pero era obvio que muchos no. Un día el sacerdote se dirigió a la gente después de misa. Les preguntó porqué se iban corriendo de la iglesia después de la misa, si cuando salen de su casa se toman un tiempo para dar un beso a sus madres, entonces, les dijo que debían quedarse un momento para despedirse de la Virgen.

Volviendo ahora a mi dormitorio en la universidad y a la capilla visitada con frecuencia, me quedo impresionada ante el silencio que llenaba las vidas de la gente que conocí. El silencio que les lleva a no quejarse de la pobreza en sus vidas también les deja indiferentes ante su ignorancia de la Iglesia. La tarea que tienen los padres para dar de comer a sus hijos y enseñarles a rezar, una tarea que la Iglesia exige, es eludido. La importancia de amar al prójimo y al esposo, que enseña la Iglesia, queda ignorado. Los sacramentos de la Iglesia están empujados a un lado. En el corazón de esta gente, yace un silencio donde debería de haber himnos.  

Cuando pensamos en países del tercero mundo, muchas veces nos imaginamos que su carga más grande es la pobreza que diferencia agudamente su modo de vivir del nuestro. Después de nueve días en Ecuador, me he dado cuenta de que la pobreza que padece esta gente en Sudamérica es la misma pobreza que poseen los estadounidenses y los de otros países que he visitado. En el mundo entero, el hombre siempre tendrá esta pobreza hasta el fin de los tiempos; la humanidad siempre estará necesitada de un amor cada vez más profundo a la Iglesia.

Por Elisabeth Rochon

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