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NoticiasNoticias del Hogar de la Madre

Noticias 2015

Homilía de Mons. Juan Antonio Reig Plá. Obispo de Alcalá de Henares.

fundAlcala

Domingo de la Misericordia, 12 de Abril de 2015. En la Capilla del Palacio Arzobispal.

Son muchas las cosas que se agolpan en estos momentos en mi corazón. Tal día como hoy fui consagrado obispo en la Fiesta de la Divina Misericordia. Las hermanas, a través del Padre Rafael y de la Madre, han querido que fuera hoy cuando inauguráramos oficialmente la presencia de las Siervas del Hogar de la Madre en Alcalá de Henares. Son signos de que Dios tiene un designio: tiene un proyecto sobre nosotros. Esta Fiesta de la Divina Misericordia me va persiguiendo desde mi consagración episcopal y a lo largo de todo mi ministerio. Le agradezco mucho a las hermanas que hayan querido elegir este día. Estaba previsto que fuera el día 7, Fiesta de la Reversión de las reliquias de los Santos Niños. Pero las obras de lo que, a partir de hoy, va a ser su casa, no estaban concluidas y tuvimos que retrasar la llegada de las hermanas al Domingo de la Divina Misericordia. Este es el regalo que hemos recibido hoy.

¿Por qué os digo que se agolpan muchas cosas en mi corazón? Porque veo la mano de Dios. Siempre digo lo mismo, al P. Rafael hoy y a todos los que Dios pueda llamar para venir a esta Diócesis: “Si venís en nombre de Dios: ¡adelante! Si no venís en nombre de Dios: ¡ni se os ocurra!”

Hay una serie de circunstancias que han concurrido para que las hermanas llegaran a nuestra Diócesis. Dios se sirve de personas que van anunciando la posibilidad… Luego se han dado encuentros particulares: la historia la escribe Dios como Él quiere, y nosotros vamos reconociéndolo poco a poco. Pero insisto: ¡Esta es una obra de Dios! No de Dios como una idea abstracta: sino de Dios Santísima Trinidad, Dios Padre al que hemos conocido en el Hijo, y que habita en nosotros por el Espíritu Santo. Es el misterio insondable de amor que va previendo aquello que necesitamos.

Porque, queridas hermanas, también hablando a los Siervos del Hogar de la Madre que están aquí presentes, y que pronto Dios hará posible que estén aquí, presentes en la Diócesis: qué hace un obispo frente a una España tan secularizada, donde tantas cosas han sucedido que hace que a nuestros pobres hermanos se les olvide lo esencial. ¿Qué hace un obispo? Pues ponerse de rodillas delante del Sagrario y suplicarle al Señor para que los sacerdotes de la Diócesis sean sacerdotes, que cada uno de ellos sea un signo de la presencia de Dios: signo externo e interno. Externo porque van vestidos. Gracias a Dios, prácticamente todos los sacerdotes de la Diócesis visten con su traje sacerdotal. E interno porque llevan a Dios en su corazón. Esta es la súplica del obispo. No somos muchos sacerdotes en la Diócesis, es verdad. Pero también es verdad que somos la Diócesis con los sacerdotes más jóvenes. Le doy gracias al Señor por ello.

¿Y qué más puede hacer un obispo para que se pueble la Diócesis de la presencia del Señor? Necesitamos una legión de vírgenes, ellos y ellas, consagrados a Dios, que hagan presente en la Diócesis que Dios está vivo, que Dios alcanza el corazón de las personas. Y, mira por donde, el Señor quiere bendecirnos con la presencia de las Siervas del Hogar de la Madre. ¡Muchísimas gracias!

En este contexto especialísimo de la Eucaristía, en este día tan señalado, leemos la Escritura y vemos que sucede lo mismo que ocurría en los orígenes de la Iglesia. Algo ocurrió que cambió el corazón de aquellos torpes discípulos que el Señor había ido preparando a lo largo de toda su vida pública. Cristo ha resucitado y ellos lo han visto. Incluso Tomás, que se resiste y ha tenido que poner los dedos en el costado de Cristo y en las llagas de sus manos y sus pies. Eso les cambió por completo. Y, poco después, Pentecostés pone en pie a la Iglesia. Eran pobres personas: pescadores, un recaudador de impuestos, dos nacionalistas…, es decir, gente que el Señor fue recogiendo. Y estos hombres reciben nada menos que este encargo: “Id al mundo entero”. A nosotros no se nos pide tanto, se nos pide ir a la Diócesis de Alcalá. “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio, enseñad todo lo que yo os he dicho, bautizadles”.

Algo tan grande sucede en la vida de estas personas, que el relato brevísimo de los Hechos de los Apóstoles nos pone delante de los ojos la evidencia de que la fe cambia la vida de las personas. Todos pensaban en común, pensaban lo mismo, todos vivían en la nueva comunidad que había creado el Señor. No había ningún pobre entre ellos, repartían sus bienes, escuchaban la enseñanza de los apóstoles, ¡empezaba la Iglesia! Ese es el esquema: el mismo entonces que ahora.

En los momentos de decadencia de la Iglesia, pues ya sabéis, el Señor nos bendice con un hombre como San Benito, y con todo lo que significa la empresa espiritual que él pone en marcha. Tras la pujanza de los primeros siglos de cristianismo, llegaron momentos difíciles, pero llega el monacato, con San Benito y tantos otros que fueron poblando toda Europa de la presencia del Señor, enseñando a vivir según el esquema de la vida apostólica. Y es como si empezáramos de nuevo. En el relato de los Apóstoles vemos a los primeros cristianos: se reunían para la fracción del pan, para la comunión, para la oración, vivían en comunión… Este es el esquema, y es como nacer de nuevo, decía el apóstol. Pero no solo “nacer de nuevo”, lo hemos recordado en la oración, hemos dado gracias por el bautismo, por la presencia del Espíritu Santo, porque el Señor nos otorga nacer de nuevo, y esto no es solo para nosotros. España sigue una larga tradición de evangelización. Nuestra historia está poblada de confesores, de mártires, de vírgenes. La hemos llevado a tantos países. Ahora es un momento de decadencia, es un momento de secularización asombroso. Hemos hecho la parábola al revés. El hijo pródigo, tocado por la miseria en la que se encuentra, vuelve a casa. Nosotros, llenos de miserias, nos hemos marchado de casa. Y cada vez constataremos con más fuerza que fuera de casa no se puede vivir, porque al final ni siquiera tendremos la posibilidad de alimentarnos con lo específicamente humano, que es custodiar el amor, que es crecer en la dignidad de personas, que es saborear la justicia de Dios, que es saber lo que significa una sociedad fraterna. Cada vez lo constataremos más.

Pero el Señor ahora nos está regalando lo mismo que suscitó con San Benito. Que en nuestra diócesis de Alcalá de Henares, en todas nuestras parroquias, y en todos los centros donde está presente la vida religiosa, y ahora aquí en las Bernardas, vosotras seáis como un sacramento que muestre al mundo la belleza de la fe en Dios, que cambia nuestro corazón. “¡Dad gracias a Dios porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” La diestra del Señor ha estado fuerte, extraordinaria. Nosotros no podemos caer en la tentación de olvidarnos de Cristo. ¡España no puede olvidarse de Cristo! Porque entonces nos pasará lo que canta el salmo: “La piedra que desecharon los arquitectos es la piedra angular” Esto lo sabemos, lo sabemos por propia experiencia. ¿Qué necesita España? ¡A Cristo! ¿Y qué significa Cristo? La presencia de la Iglesia católica, con la verdad plena, para anunciar la fe, para testificarla con su modo de vivir, para hacerla presente con la belleza del Cielo. Por eso estoy tan agradecido, y quiero que los fieles de la Diócesis estemos contentos esta tarde. “Porque la diestra del Señor es fuerte, porque este es el día en que actuó el Señor”. Estamos concluyendo la octava de Pascua, es la Fiesta de la Divina Misericordia, y le agradezco este don a San Juan Pablo II, que tanto la vida ha querido ponerme cerca de él. Ha sido él, San Juan Pablo II, quien os ha traído aquí. Él, que nos ha regalado esta fiesta de la Divina Misericordia. Estamos ahora en las vísperas del aniversario de su muerte. Acordaros de él. El Señor le concedió la gracia de morir la víspera de esta fiesta que él mismo, siguiendo todo lo que había aprendido de Santa Faustina, regaló a la Iglesia.

Yo espero que las hermanas, Siervas del Hogar de la Madre, serán un espacio sacramental donde se muestre la belleza del Cielo, tocando a estas vírgenes con la misma belleza de Dios.

Vestidas van de blanco, para que, de la mano de María Inmaculada, patrona de España, manifiesten la grandeza de vivir solo para Dios y, desde Dios, para todos los hermanos. Necesitamos, insisto, España necesita una legión de vírgenes, de consagrados al Señor, de sacerdotes santos, para que vosotros, queridos fieles laicos, bautizados, regenerados, viváis vuestra vocación al matrimonio si estáis casados, vuestra vida como personas en el mundo, vuestra actividad y vuestro trabajo, tocados por la gracia de Dios. Pero Dios no es una idea, Dios se ha hecho carne, y necesitamos tocar la carne y verla. Y, ¿cómo la vemos? ¡Queremos ver al Señor! ¿Dónde lo vamos a ver? De manera particular lo vais a ver en las vírgenes consagradas al Señor, que serán en nuestra Diócesis un canto de bendición a Dios que nos harán recitar tantas veces este salmo: “¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!”

Queridas hermanas, necesitamos que nos ayudéis para que todos conozcamos lo que esta carta preciosa de San Juan nos dice. ¡La victoria sobre el mundo no es el poder de nuestras fuerzas humanas, no es el poder de nuestras pasiones exacerbadas, no es el poder del mundo, que a veces se manifiesta en el dinero, se manifiesta en el poder, se manifiesta de tantas maneras, a veces tan deterioradas. “¡La victoria sobre el mundo es la Fe!” Esto nos decía San Juan: “Esta es la victoria” ¿Por qué? Porque dejas entrar en tu debilidad la omnipotencia de Dios. Eso es la fe: dejarse enriquecer por la omnipotencia divina, que Él ha sembrado en nosotros, porque nos ha creado a su imagen y semejanza. El que cree cumplirá sus mandamientos, los mandamientos no es algo que entra de fuera y que viene a imponerse con una voluntad despótica de Dios. Los mandamientos son nuestro bien, están escrito en nuestro corazón porque nos ha creado Dios. Son como los canales por donde se expresa la gracia de Dios de la Redención, o el ser simplemente imágenes de Dios, que nos ha creado a imagen suya. El que ha nacido de nuevo, por el agua del Bautismo, por el Espíritu santo, vive en la voluntad de Dios, que se expresa por esas autopistas del bien que son los mandamientos de Dios. Comenzando por la alianza primera en el Sinaí y después por todo lo que el Señor nos ha regalado expresando donde está el verdadero hombre: Él es el verdadero hombre, Él es el Adán que Dios ha pensado y que ahora lo vemos en su plenitud en el nuevo Adán que es Jesucristo, que ha venido, queridas hermanas, decía San Juan, con el agua y con la sangre. Santos Padres: con el agua del Bautismo y con la Sangre de la Eucaristía. ¿Para qué? Para regenerar al hombre: varón y mujer. Para regenerar a la sociedad, para regenerar a la familia, para que, entrando en el nuevo nacimiento que es el Bautismo, vivamos al modo de los primeros discípulos con una novedad absoluta. Como leemos en la Carta a Diogneto: “Nosotros, los cristianos, vestimos como los demás, tenemos las mismas autoridades, estamos sometidos a las mismas leyes, pero los cristianos somos el alma del mundo” ¡El alma! Dice la Carta a Diogneto.

Queridas hermanas, queridos fieles que me escucháis: ¡España ha perdido el alma! Es lo más dramático que nos podía suceder. ¡Hemos olvidado a Dios! No tiene ninguna relevancia pública. No digo en las personas particularmente, en las familias, en tantas buenas personas, -que la hay- pero se está perdiendo el alma. ¿Y qué sería de nuestro cuerpo sin el alma? Nos convertiríamos en seres inferiores. Esto es lo que está sucediendo: una sociedad que no respeta la dignidad de las personas humanas. Lo decía el Papa San Juan Pablo II: “Yo hablo al hombre redimido, al que ha sido purificado, lavado y redimido por la Sangre de Cristo.” Y el Bautismo nos invita a vivir a la altura y a la dignidad de Jesucristo, porque Él nos lo regala. Es un misterio de gracia. No es prometeico lo que estamos haciendo, no es que nosotros queramos arrebatar el “trono de los dioses”. Es Dios el que ha bajado a nuestro valle, se ha quedado en nosotros, ha tomado carne en las entrañas purísimas de la Santísima Virgen, nos ha mostrado qué es el hombre. Hemos nacido de nuevo. Pero queridos, somos personas débiles, somos personas apocadas, somos personas miedosas… Como lo eran los primeros discípulos también. Decía el Evangelio: “Al anochecer…” Es lo que está pasando ahora a España: el anochecer, el anochecer de la cultura. “Al anochecer, estando los discípulos encerrados por miedo a los judíos”. Es una parábola para nosotros, es una parábola para España. Los católicos: ¿dónde están? Al anochecer de la cultura que ha olvidado a Dios, encerrados por miedo a los judíos, el Señor Resucitado se presenta con su Cuerpo glorioso y dice: “Paz a vosotros”. Es lo que quiero decir esta tarde, queridas hermanas. ¡Paz a vosotros! A los sacerdotes, a todos los que estáis acompañando a las hermanas. ¡Paz a vosotros! significa reconciliación con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos. Es nacer de nuevo, es la Pascua. El Señor ha vencido a la muerte y a la raíz de la muerte que es el pecado. “Paz a vosotros, paz a vosotros” ¿Y qué dice san Juan? “Y los discípulos”… Nosotros, porque ahora esta Palabra está actuando en nuestros corazones… “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Al Señor lo veis sacramentalmente aquí, en el altar. Estamos revestidos, somos Jesucristo presente aquí, y vosotros sois los que “cuando os reunáis en mi Nombre, Yo estaré en medio de vosotros”. Está Cristo presente aquí porque ha resucitado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, y este es el revulsivo, es lo que necesitamos nosotros en estos momentos: sacerdotes, religiosos, vida consagrada, queridos fieles laicos, necesitamos ver al Señor, es la victoria, es la fe. ¡Ver al Señor!

¿El Señor, qué hace? Repite el mismo gesto del Génesis: formó del barro, de arcilla, insufló el aliento de vida y apareció el primer viviente. Ahora hace lo mismo, es un nuevo génesis, una nueva creación. En el lenguaje de San Juan es nacer de nuevo, insufló sobre ellos: “recibid el Espíritu Santo, como el Padre me envió así os envío Yo”. Se trata de lo mismo, queridas: el Señor nos envía a nosotros para redimir esta tierra, para llenarla de luz que disipe las tinieblas de una cultura sin Dios, para que se acabe la cultura de la muerte.

“Recibid el Espíritu Santo”. Esta es la morada de victoria. Sabemos que todo está ganado. El Señor necesita almas que depositando su confianza en Él se abandonen a su Amor. “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados…”. El pecado es la peor de las enfermedades. Esto es lo que el Señor nos regala esta tarde y ahora ya sé por qué el Señor quiso consagrarme obispo en el Día de la Divina Misericordia. ¿Por qué venís vosotras en el día de la Divina Misericordia? ¿Por qué el Papa ayer anunció un Año Jubilar dedicado todo él a la Misericordia de Dios? Para que reguemos esta tierra con nuestra confesión de fe. Le digo a las hermanas: comenzáis por Belén. La casa la hemos debido disponer rápidamente para que puedan vivir… Descubriréis este hogar como Nazaret, pero no lo olvidéis, nuestra cita es en le Gólgota, es la Cruz, y sin la Cruz no hay renovación. Sin el martirio, esta tierra no quedará vivificada. Sin la confesión de fe hasta el extremo, sin decir: “Señor, por Ti, lo que quieras, incluso la vida”, no podremos regenerar estos momentos tan difíciles que son, digamos, dominados por una cultura global. No es que se acabe en España, esto es un proyecto que va más allá de nuestra tierra.

Por tanto, concluimos esta homilía, en el nombre del Señor. Sed recibidas con gratitud por parte nuestra, por parte del obispo, y los sacerdotes que nos acompañan, por todos los que estáis aquí presentes. Eso sí, queridas hermanas, venid en el nombre de Dios, y si no, os vais.

Y si vienen ellos (los Siervos del Hogar e la Madre) lo mismo: en nombre de Dios, para lo que Dios quiera. Yo sé que Dios tiene un gran designio preparado para esta diócesis.

El canto este tan hermoso que ha preparado Kerygma, lo han hecho así, espontáneamente ellos. Les dije: “Mirad, vienen las hermanas”. Y ellos pensaron: “Para el día de la Divina Misericordia, vamos a ver qué podemos hacer”. ¿Y qué hemos hecho? Pues hacer descender la gloria de Dios sobre esta plaza donde vais a vivir vosotras. Poner ahí el Árbol de la Vida que es el Santísimo Sacramento y decir: “Señor, aquí estamos, te damos gracias”. Y con esto queremos nosotros dar esta bienvenida a estas hermanas, que estoy seguro que serán un revulsivo para nuestra Diócesis.

Pues muchísimas gracias, no lo olvidéis:

- Ser sacramento como los primeros cristianos para mostrar la belleza de los designios de Dios.
- Fecundidad apostólica.
- La piedra angular: Cristo. Eso supone para nosotros nacer de nuevo y vivir en la fidelidad a la voluntad de Dios, que son los mandamientos, para alcanzar la paz.

“Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Y el obispo y los sacerdotes nos llenamos de alegría al veros a vosotras como regalo de Dios. Que el Señor os bendiga y que Él glorifique nuestra Diócesis.

Para leer la noticia: Fundación de una comunidad de Siervas del Hogar de la Madre en Alcalá de Henares, Madrid (España), 12 de abril de 2015. Pincha aquí.

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