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Categoría: Noviembre

misionesmanabi1Viaje misionero de chicos a Río Chico, Manabí (Ecuador), del 1 al 3 de noviembre de 2016.

Para aprovechar los días de vacaciones que teníamos en Guayaquil por la fiesta de Todos los Santos, los chicos de Guayaquil organizamos una misión de jóvenes a Río Chico para ayudar a los Siervos en sus comunidades. El viaje misionero empezó con una dura prueba: estuvimos esperando en la cola dos horas para comprar los billetes del bus, y después otra hora antes de salir de viaje. Sin embargo, los chicos que vinieron lo vivieron muy bien, con mucha paciencia, sin quejarse en ningún momento. Al final, el P. Kevin nos recogió por la noche y nos llevó a la Casa Pastoral de Río Chico.

El primer día, 2 de noviembre, día de los difuntos, empezamos con un retiro en silencio. P. Kevin dio una meditación sobre la muerte y el P. Mathew dio una charla de formación sobre las reglas de discernimiento de espíritus, de los “Ejercicios Espirituales” de San Ignacio de Loyola. Era un buen empujón para empezar la misión. Por la tarde ejercitamos el cuerpo jugando un partido de fútbol.

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El segundo día trabajamos por la mañana cavando un gran agujero de un metro y medio delante de la casa parroquial para arreglar una gotera en la tubería. Después del almuerzo, dos chicos salieron con Carlos Javier para repartir comida a las familias pobres, y otros dos fueron con el Hno. Ben y el P. Kevin a bendecir casas en Río Chico. En todas las casas nos acogieron con mucha amabilidad. Yo tuve una conversación que me marcó, hablando con una anciana que me expresaba su gran deseo de recibir la comunión. Sin embargo, el miedo la estaba paralizando para no confesarse. La animé a que se confesara, diciéndole cuánta alegría y paz le traería. Había muchas parejas que no estaban casadas por la Iglesia, entonces, intentamos animarles para recibir el sacramento de matrimonio. Terminamos el día con la misa de San Martín de Porres asombrados por la humildad del santo y, después, tuvimos adoración nocturna.

Al día siguiente trabajamos por la mañana, y por la tarde fuimos a la comunidad de Chaclas, visitando los enfermos, bendiciendo casas y terminando con la misa. En las bendiciones de las casas notamos el daño causado por el terremoto. Muchas casas estaban en proceso de reconstrucción, y muchas familias vivían en tiendas de campaña. En las bendiciones, les animamos a construir su casa sobre la roca, que es Jesucristo, para tener una fe firme en Él en medio de las tribulaciones de la vida.

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El sábado nos despertamos temprano para hacer una marcha con los chicos de Playa Prieta y Río Chico hacia la montaña de un pueblecito de setenta familias, que se llama Balsa Rumba. Nos costó dos horas la marcha y una familia del pueblo tenía el desayuno ya preparado para nosotros. Dimos gracias por la generosa acogida y el desayuno. Después fuimos a la capilla para tener un rato de oración en silencio.

Durante el día jugamos al fútbol, al fútbol americano y al béisbol, pasándolo bomba. A la hora de almorzar, habíamos olvidado algunos ingredientes para comer, por ejemplo, el arroz. Sin embargo, Dios había previsto todo. Una familia nos dio una rama de guineos, guanábanas para hacer un jugo sabroso y nos dejó también usar el horno para hacer carne asada para la cena. Todos los chicos estuvieron ayudando a preparar el almuerzo y la cena, y hubo un buen ambiente de alegría y servicio.

El Hno. William pidió a Luis Romero que le dijera al P. Matthew que trajera cuarenta y cinco panes para el desayuno cuando viniera a celebrar la misa esa misma tarde. Cuando llegó P. Matthew al pueblo, el Hno. William le preguntó: “¿Has traído los cuarenta y cinco panes?”. El P. Matthew respondió: “Sí, están allí”. El Hno. William dijo: “¿Dónde? No los veo”. El P. Matthew respondió con más insistencia: “Están allí, con las cosas de la misa”. El Hno. William se rio al ver que lo que había traído eran 45 formas para consagrar. Tuvimos la misa con los cuarenta y cinco panes de alimento espiritual. La gente estaba muy agradecida, porque no es habitual tener misa dominical en el pueblo.

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En la última cena de la misión cada chico contó su experiencia. El Señor había tocado todas sus almas de una manera especial. Después de la cena tuvimos una fogata, asando nubes, contando chistes y cantando canciones a la Virgen. Al día siguiente, domingo, fuimos a casa de una familia que nos ofreció el desayuno, dándonos más de cuarenta y cinco panes, y con café, queso casero, maduros y pan de yuca. Era una familia muy católica y amable. Nos dijeron que si hubieran sabido el día anterior que íbamos a venir para desayunar, habrían matado una de sus gallinas. Luego llegó Luis Romero para recogernos, nos despedimos y les dimos las gracias por su hospitalidad. Para terminar la misión, Luis Romero contó su experiencia del terremoto y cómo lo había vivido. Dijo que fue una “gracia inmensa”. Él fue quien salvó a la Hna. Estela, la superiora de la comunidad, y a la Hna. Therese. Nos contó que ellas estaban bien preparadas para ir con Nuestra Madre, al cielo. También nos contó las frases típicas que le decía la Hna. Clare: “¡Ponte las pilas, Luis!”. Reconoció los frutos del terremoto y un fruto en particular ha sido la fundación de la comunidad de los Siervos. Nos contó que los miembros del Hogar deseaban desde hacía muchos años una comunidad de los Siervos en Playa Prieta, y al final el Señor se lo concedió.

Quedamos muy agradecidos de escuchar su testimonio, que nos hizo reflexionar. Nos llevó a la estación para coger un autobús y gracias a Dios no tuvimos que esperar mucho tiempo como en la ida, saliendo enseguida para Guayaquil. Los chicos quedaron muy contentos y agradecidos de cómo fue la misión.

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