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Noticias 2018

Una peregrinación familiar

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Peregrinación al Santuario de Nuestra Señora del Guayco, (Bolívar), Ecuador, octubre de 2018.

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Se trataba tan solo de una pequeña peregrinación “familiar” a un Santuario de la Virgen, aprovechando un fin de semana largo en octubre. Así fue como planeamos esta visita al Santuario de Nuestra Señora del Guayco, en la provincia de Bolívar, en Ecuador, las seis hermanas de la comunidad de Guayaquil más las quince chicas de la residencia.

El sábado por la mañana es día de misión en un barrio marginal de la ciudad, así que la salida a la peregrinación se fijó a primeras horas de la tarde. Reunidas ya todas, la pequeña comitiva se dirigió llena de ilusión y expectativa a la Cordillera Andina. En el ascenso el paisaje nos dejó sin palabras: era un espectáculo el atardecer en aquel escenario de montañas, ríos y brumas extensas como el mar.

Cuando llegamos al Santuario había ya oscurecido y todo estaba solitario. Un hombre nos esperaba para adentrarnos unos metros más en el bosque, donde está la casa en que nos hospedaríamos, la casa “Don Bosco”. Una vez instaladas deshicimos el camino para saludar a la Virgen, acompañadas siempre por nuestro guía. Vimos por primera vez el Santuario y su capilla con la imagen de la Virgen del Guayco, una Virgen con el Niño que sonríe a quien la mira.

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Antes de empezar el rosario nuestro guía nos contó brevemente la historia. Así supimos que la Virgen se apareció a una joven pastora, Luz María Chela, el 15 de agosto de 1708. La niña descansaba con su rebaño en una oquedad de la roca, mientras repetía algunas oraciones que los Franciscanos le habían enseñado, cuando se le apareció una hermosa Señora que le hablaba del Cielo y le enseñaba a rezar. La Señora se le apareció también los días sucesivos, y la niña se entretenía cada vez más con ella. Un día su madre, alarmada por la tardanza de su hija y sospechando que la niña se estuviera entreteniendo con malas compañías, le dio tal paliza a Luz María que le hizo una brecha en la cabeza. Cuando se quedó sola, Luz María fue corriendo a la oquedad. Allí le esperaba la Señora, que le indicó que se lavara las heridas en el agua del torrente. Las heridas desaparecieron y la niña volvió a su casa. La madre, espantada, pensó que se trataba de brujería y la llevó al sacerdote para ver qué hacer. El sacerdote escuchó a la niña y quiso ir en persona a la oquedad. Allí estaba la Señora para probar que cuanto decía la niña era verdad. Aquel día era el 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen María. De ahí que la aparición de la Virgen se popularizara con el nombre de “Mama Nati del Guayco”. “Mama” (así, sin tilde) es la palabra quechua para decir “madre”; y “guayco” significa “oquedad”. Así se completó nuestra primera clase de quechua; ya sabemos decir dos palabras.

El domingo estuvimos todo el día en el Santuario rezando, recorriendo el Vía Crucis con las estaciones del camino que asciende por la montaña hasta una inmensa cruz, jugando en el bosque de pinos y eucaliptos, y recogiendo piñas y calas que muchas veían por primera vez. Tuvimos también dos reuniones que alimentaron nuestro espíritu. Y a la noche, después de cenar, nos arrimamos todas cuanto pudimos al cristal que cierra la gruta en que Luz María se lavó por indicación de la Virgen, donde hay ahora una preciosa imagen de la niña y la Señora que llena de devoción. Allí rezamos un rosario (el cuarto del día, ya que era la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario) con todo nuestro corazón. ¡Cuánto nos hubiera gustado poder entrar en la gruta y dar un beso a la Señora!

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El lunes era ya el día del regreso. Escuchamos la Misa en el Santuario y nos dispusimos para emprender el viaje de retorno. Antes de irnos pasamos de nuevo por el Santuario y por la gruta. Les cantamos algunas canciones a la Virgen y al Niño, que nos sonreían detrás del cristal. En ese momento llegó un trabajador del Santuario que nos preguntó si queríamos entrar en la gruta. Efectivamente nos abrió la puerta y nuestro grupo pudo entrar. Fue un regalo inmenso de “Mama Nati”, siempre tan Madre con sus hijas del Hogar. Una por una pudimos ascender hasta la imagen de la Señora para besarle los pies, y hasta meter la cabeza en el reguero de agua que desciende de su mano.

En el viaje de regreso aún pudimos visitar una gruta de Lourdes construida para recordar las gracias que Ella distribuye con tanta generosidad a sus hijos, en estas latitudes donde la fe tiene raíces profundas en el tiempo y en la sencillez de los corazones. Un privilegio y una gracia que comparten con los peregrinos, como lo fuimos nosotras por tres días.

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