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Asociación Pública Internacional de Fieles Hogar de la Madre

22 de Junio de 2010

Basílica San Pedro del Vaticano

Padre RafaelQueridos hermanos, miembros del Hogar de la Madre, y simpatizantes:

Hemos recibido en estos días la palabra de la Iglesia para nosotros. Una palabra que nos ha llenado de alegría y de reconocimiento ante las gracias que el Señor deposita en nosotros.

Esa palabra de la Iglesia nos ha dicho que somos Iglesia y que estamos en el corazón de la Iglesia, que no somos nada extraño ni una tumoración que ha salido por ahí, dignos de que nos den “una patada en el trasero” y nos saquen fuera del camino como algo desechable.

Somos Iglesia y esta es la gran alegría que tenemos. Esa es nuestra gran alegría. Sta. Teresa de Jesús sufrió toda su vida pensando si estaría haciendo la obra de Dios y cuando murió en Alba de Tormes, ella también dijo: “Por fin muero hija de la Iglesia”. Toda su vida había sido un padecimiento. Pensaría: “Todo esto que yo estoy llevando adelante, ¿será un sueño? ¿Será una rebeldía? ¿Será una idea mía? ¿Será un capricho…?”

Hoy tenemos que venir aquí, que es el corazón de la Iglesia, delante de ese altar que se eleva justamente encima de donde está la tumba de S. Pedro, para reconocer que, aquello que empezó un día como un camino misterioso de fe y que quisimos que estuviera fundamentado justamente en la Roca que el Señor había escogido para su Iglesia, era de Dios.

Aquí nació el Hogar de la Madre de la Juventud; las chicas primero, el 29 de julio de 1982, como nos recordaba ayer Su Eminencia el Cardenal Rylko. Empezaron ante la tumba de S. Pedro, delante de la pequeña Capilla Clementina que está ahí abajo. Eran seis chicas, tres de ellas fundadoras de las Siervas del Hogar de la Madre; dos casadas, una de ellas es Esmeralda, que está a punto de dar a luz a su sexto hijo. Su marido está aquí con nosotros y ella, de corazón. ¡Cuánto ha sufrido por no poder estar aquí celebrando con nosotros este día! Yo quiero tener un recuerdo especial para ella, porque también ella es fundamento. Una niña de 16 años, cuando yo la conocí. Empezaban su noviazgo Rafa y ella, y se planteó muy seriamente si Dios la estaría llamando a la vida consagrada. Y sufrió al pensar si Dios no la llamaba por falta de generosidad. Nada de eso, era una generosidad y una apertura total a Dios como se ve también por esta apertura a la vida. Su sexto hijo ya dentro de poco estará entre nosotros y dos de sus hijos mayores están también ahí sentados entre vosotros. ¡Qué generosidad!

Cuando yo concebí el Hogar de la Madre, no lo concebía como una consagración en pobreza, en castidad y en obediencia. Yo concebía el Hogar de la Madre de la Juventud como almas totalmente generosas con Dios y abiertas a Dios. No cerradas, abiertas a Dios. Eran jóvenes dinámicos, eran jóvenes entregados, haciendo un compromiso de hacer “lo que Él os diga”. No soy yo quien da la vocación. Yo he hablado a miles de jóvenes y no todos han sido generosos, pero los que han sido generosos han sabido entregar sus vidas a Dios, sea en vida consagrada total o en vida matrimonial, con un matrimonio planteado en la generosidad, no en el cálculo, no en el egoísmo, no en la simple satisfacción de sus pasiones. Y esos matrimonios son los que yo siempre he anhelado en el Hogar, porque esos matrimonios están completamente dados a Dios, en sus manos, y generan también vida eterna, porque se constituyen en testimonio, su propia vida es signo del amor entre Cristo y su Iglesia. Esto es algo que siempre he anhelado.

Hoy estamos celebrando la misa de María, Reina de los Apóstoles. La palabra “apóstol”  viene del griego “apostolein”, que significa “ser enviado”. Para ser enviado hay que aproximarse, no hay que alejarse de Jesucristo. Hay que ir hacia Él diciéndole con plena generosidad: “Señor, lo que Tú quieras, como Tú quieras, donde Tú quieras, cuando Tú quieras, cuanto Tú quieras, con quien Tú quieras”. Si esto lo hacemos así, ¡qué dinamismo!, ¡qué fuerza!. Como el Santo Padre Juan Pablo II, con cuyo magisterio se ha formado el Hogar de la Madre durante tantos años, como ha ocurrido con otros grupos.

No somos los únicos, no somos los exclusivos, no somos, quizá, los mejores, sin duda que no lo somos. Y yo ayer os hablaba: “Ojalá nos conservemos siempre en humildad, en escondimiento”.

Hoy celebra la Iglesia a S. Paulino de Nola, un gran santo. Nació en Francia, en Burdeos. Era conocido por su amabilidad, por su inteligencia, por el apostolado intelectual. Amigo de S. Jerónimo, de S. Agustín y de muchos Santos Padres que le tenían como amigo íntimo. Impresiona su generosidad. Conociendo, en tiempo de los vándalos, que habían cogido prisionero al hijo único de una feligresa suya que era viuda, él se ofreció para ser canjeado por ese hijo. Es el amor extremo, es la comprensión de lo que es el amor verdadero. Hoy vivimos con tanto egoísmo, con tanto deseo de sobresalir... “¡Yo quiero ser grande, el único, tener mucho dinero, dinero, dinero…! ¡Pobre humanidad! ¡Cuántos engaños! Si fueras el último, ¡cuánto más ganarías! Pero no llegarás nunca a ser el último porque allí, en ese lugar, está Jesucristo. Él se ha hecho el último de todos para que no tengamos miedo alguno a acercarnos a Jesucristo que está ahí abajo, el último, el grano de trigo que cae y se pudre y entonces da mucho fruto. Te encontrarás con Cristo, "serás dichoso, te irá bien", su Palabra no falla nunca. “El que quiera ganar su vida la perderá, el que la pierda por Mí y por el Evangelio, la encontrará”. Si estas palabras penetrasen dentro de nuestro corazón, justamente aquí, ¡cuánto ganaríamos! Aquí donde S. Pedro está enterrado, habiendo sido crucificado cabeza abajo en el año 64, en la gran persecución de Nerón. ¡Cuánto ganaríamos nosotros si perdiéramos nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestra soberbia, nuestra impureza, nuestras miserias! Si tuviéramos la generosidad de jugárnoslo todo por Jesucristo.

Aquí estamos reunidos como un pequeño cenáculo, con la Virgen Santísima y todos los santos. Con un corazón sumamente agradecido, en primer lugar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo, Nuestro Hermano, a la Virgen Santísima, Nuestra Madre. Y como nos decía ayer su Excelencia Mons. Mauro Piacenza, en “Hogar de la Madre”, ese “Madre” significa también Iglesia, agradecimiento a la Iglesia, amor a la Iglesia. El Padre Kentenich quiso que después de su muerte en su lápida se pusieran estas palabras: “Dilexit Ecclesiam”, “Amó a la Iglesia”. Vosotros también. Os lo pido, queridos hermanos, amad a la Iglesia y, porque amáis a la Iglesia, haced que esta Iglesia sea más santa. ¿Cómo? Abriéndoos al que es Santo para que la santidad de Jesucristo entre en nuestros corazones y nos transforme en Él, para que nuestra espiritualidad de transformación e identificación en Cristo se verifique realmente en nuestra vida. Porque de muy poco serviría reunirnos aquí para llevar una vida mundana, una vida triste y de materialismo y de impureza y en la satisfacción de nuestros más bajos deseos. ¡Desead cosas grandes! ¡Desead estar con Cristo! Como diría San Pablo: “Deseo ser desatado y estar con Cristo”. Verme desatado de todas las miserias y ataduras que aprisionan el corazón en este mundo miserable y mundano. Y unirme a esta humanidad santificada por Cristo; un día nos veremos todos juntos en el cielo, allí donde están nuestros verdaderos gozos.

Que Dios, Nuestro Señor, nos ayude, queridos hermanos, para que vivamos como buenos apóstoles enviados aquí, en este momento trascendental en el cual se necesitan testigos. Sobre todo testigos, no “palabreros”. No gente que habla, o gente muda, o gente atada. Necesitamos verdaderamente hombres libres, y nos liberamos en la Palabra de Dios que es la Verdad, que es la Vida. Como Jesucristo mismo nos dijo: “La verdad os hará libres”. No caigamos en este relativismo moral y en el relativismo ontológico. Nosotros sabemos bien que somos hijos de Dios y hermanos de los hombres y, por tanto, responsables también de nuestros hermanos. No seamos como Caín, “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?” ¡Sí, tú eres guardián de tu hermano! Tú debes ayudar a que vivan tus hermanos. Ojalá que el Hogar de la Madre entre por este camino. ¿Sabéis una cosa? Su Eminencia el Cardenal Rylko me decía: “A partir de ahora vais a tener muchas vocaciones”. Alguno de ustedes al oír esto pensará: “Van a aumentar las Siervas, van a aumentar los Siervos”. Pero yo me digo: La vocación al Hogar de la Madre, no es exclusiva de los siervos y de las siervas. Los seglares, los seglares tienen que venir y van a venir, llamados por el Señor a la casa de la Virgen Santísima, Nuestra Madre. Van a venir aquí, para con nosotros poder glorificar a Dios, Nuestro Padre. Sí, ciertamente, yo creo que vamos a tener muchas vocaciones.

Que Dios, Nuestro Señor, oiga nuestras plegarias, que nos transformemos en apóstoles y testigos, y que con nuestra vida coherente suscitemos el anhelo de recorrer este camino con nosotros y con toda la Iglesia hacia la casa del Padre.

Que así sea.


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