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Laicos del Hogar de la Madre (L.H.M.)Los L.H.M. tienen como finalidad la santificación de sus miembros para gloria de Dios, bajo la protección maternal de María. Esta vocación nace en la Iglesia para su servicio. Y los principios por los que se mueve emanan del misterio de Cristo y su Evangelio, como lo cree, lo interpreta y lo predica la Iglesia asistida siempre por el Espíritu Santo.

María de Selva

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Valencia (España)

Me llamo María, soy de Valencia (España) y soy madre de seis hijos. Javi y yo llevamos sólo ocho años casados, con lo que os podéis hacer una idea de la maratón de embarazos que llevamos. Pues gracias a estos niños, más bien, a sus embarazos, el Hogar ‘se coló’ en nuestro hogar.

Y es que me suelo pasar la mitad de los nueve meses y medio en reposo total, sin moverme de la cama o del sofá, porque en cualquier momento me pongo de parto. Los médicos se asustan mucho, pero yo lo llevo con calma, abandonada en manos de Dios. Y así siempre, siempre, hemos llegado a término contra todo pronóstico médico. Bueno, pues en el embarazo de José, el cuarto, una vez más me pusieron a reposo en mi aburrido sofá, nos encontramos de nuevo con el problema de cómo recibir la comunión diaria, pues las parroquias en nuestra ciudad sólo reparten la Eucaristía a los enfermos un día a la semana. A Javi se le ocurrió una gran idea: como vivimos muy cerca del Hospital Clínico y allí se reparte a diario la comunión a los enfermos… ¿y si nos hicieran el favor de acercarse a casa? Y ni corto ni perezoso se fue enseguida a buscar al capellán del hospital. He de contar que mi marido iba a diario a la Sta. Misa a la capilla del hospital y por tanto conocía de vista a los capellanes que allí celebraban.

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Y así, ese mismo día, apareció por nuestra casa el Padre Dominic. Con una sonrisa y una paz que daban mucho gusto. Nos quedamos hablando un ratito y nos dijo que volvería al día siguiente. Y volvió. Y enseguida nos habló del Hogar, nos trajo una revista, nos contó de las actividades que llevaban en la parroquia de Valencia, nos hizo rezar por sus monaguillos… Y su visita, intercalada con la del P. Luis, el otro capellán, ya se transformó en parte de la rutina familiar. Pero un día nos dijo que iba a estar fuera y que al día siguiente vendrían unas Hermanas. Me pareció todo un detalle y se lo agradecí mucho. Ellas nos contaban de su labor en el Clínico y nos pedían que rezáramos por los pacientes más necesitados y por las convivencias de las niñas, y yo, que tenía tanto tiempo libre, hacía propias sus intenciones.

Cuando nació José parecía que ya no las íbamos a ver más, pero en seguida vinieron a casa a conocerlo y nos invitaron a las convivencias familiares de Torrente. Francamente, no era un plan que nos apeteciera mucho, pero estábamos tan agradecidos por la atención espiritual recibida durante tantos meses, que allá que fuimos “a ver qué tal” con los cuatro peques. Y volvimos encantados. Éramos muy pocos, pero el ambiente de familia y de oración, así como la sencillez y la pobreza de las Hermanas nos gustó un montón. Y nos hicimos asiduos de las convivencias.

Al cabo de nada me quedé otra vez embarazada, esta vez de Juan. Fue un embarazo atípico, sin reposo pero con muchas teclas que complicaban mi día a día, y el apoyo espiritual y el cariño del Hogar me ayudó mucho a llevarlo lo mejor posible. Reconozco que sufrí mucho en este embarazo y agradecí de veras la oración de las Hermanas, que francamente me sostenía. Y Juan nació, pero muerto. Dios se lo llevó sin que conociera el pecado, pero tampoco a sus padres ni a sus hermanos. Nosotros sí pudimos tenerlo unos minutos en brazos y ver lo guapo que era, igualito que los demás. Y en este dolor el Hogar fue otra vez un apoyo para seguir viviendo en manos de Dios.

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Eso era a finales de agosto. No habíamos podido ir al Centro Hogar, tal y como estaba yo, pero nos quedamos con las ganas y al verano siguiente, allí que nos presentamos. Durante el año no dejamos de ir a las convivencias familiares, a los retiros trimestrales, a los Encuentros de Semana Santa y Marisa, nuestra hija mayor, ya iba a las convivencias de niñas. Todos muy contentos y con la experiencia de que cada vez que íbamos a Torrente volvíamos a casa distintos, con ganas de vivir cerca de Dios y de Nuestra Madre. A menudo llegábamos a Torrente nerviosos, estresados por no llegar tarde, los niños peleándose en el coche… vamos, lo normal con cuatro pequeños y mucho cansancio. Y volvíamos todos contentos, habiendo rezado y aprendido mucho de los demás.

Y, como os contaba, pudimos ir en agosto al Centro Hogar. Lo primero que nos llamó la atención fue la pobreza con la que se vivía. Al llegar nos enseñaron nuestra habitación: dos literas y una cama… ¡y éramos seis! Pero así estaban todos los demás, con una sonrisa y metiéndose en las habitaciones como podían, como si fuera lo más normal del mundo. Marisa nos lo solucionó en un segundo: mamá, ¿puedo, por favor, por favor, ir con las niñas a la casa de Zurita? ¡pero a dormir y todo! Además, así cabéis mejor… Y como el peque iba en una cuna plegable, solucionado. En media hora estábamos todos en nuestra salsa: unos trasladando mesas al comedor, otros ayudando en las tareas que hiciera falta, los peques jugando con las Hermanas, más que felices… Y fueron pasando los días, conociendo más el Hogar y a su gente y acercándonos a Nuestra Madre, que es la que allí “manda”.

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Un día nos acercamos a Garabandal. El Padre nos llevó a conocer el lugar donde está previsto construir un santuario, y nos pidió a varios del grupo que nos fuéramos colocando en el lugar donde irían los pilares. Yo tuve la suerte de ser una columna de la esquina y con los brazos en alto hacía la forma de los arcos. Y allí mismo, haciendo de pilar, entendí que yo ya era parte de eso. Que el santuario, el Hogar, ya eran mi vida y yo tenía que sostenerlo. Miraba a mi alrededor y veía al Padre, a las Hermanas, a los Siervos, a tantos laicos tan distintos, a las jóvenes y los niños… y sentí que yo formaba parte de esa parcela de la Iglesia y que tenía que ayudar a sostenerla. Nuestra Madre me hizo ver mi vocación como Laica del Hogar de la Madre de una forma muy gráfica, francamente. Pero no le dije nada a mi marido. Entendí que él iba a recibir esa misma llamada en el momento que Nuestra Madre quisiera. Y recé por él y esperé.

Volvimos a Valencia, con la suerte de que se organizaban en Torrente a finales de agosto unos ejercicios espirituales para laicos. Se apuntó Javi y yo le pedí que aprovechara para discernir nuestro lugar en la Iglesia, y me quedé en casa con los peques y rezando por los frutos de su retiro. Al volver, una de las primeras cosas que me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja fue: “María, ya sé cuál es mi sitio, está en el Hogar. He visto que yo camino hacia Dios campo a través, solo y contra corriente, con muchas dificultades. Y que hay gente que va por autopistas, dentro de un movimiento de la Iglesia. Y he entendido que yo también tengo mi sitio en una autopista y quiero subirme a ella cuando antes”. Me dejó de piedra. Había descubierto su vocación de una manera todavía más gráfica que yo. Me encantó.

Así que el 5 de octubre, aprovechando que el Padre pasaba unos días en Valencia, entramos toda la familia en el Hogar. Todos a una. Muy contentos y agradecidos a Nuestra Madre de la suerte de haber metido al Hogar en nuestro hogar. Y digo todos porque en ese momento, aunque no lo sabíamos, ya estaba embarazada de Jaime, con lo que hasta él participó de nuestra ceremonia. Y seguro que Juan ha tenido mucho que ver con todo esto, dando la lata a Nuestra Madre del cielo, que es la que le cuida allá arriba, para regalarnos la vocación.

Pues así conocimos el Hogar, a través de la Eucaristía y de algo tan simple como un embarazo. Y gracias al espíritu de servicio y al cuidado de los enfermos de los Siervos y las Siervas, que sin tener por qué hacerlo, me atendieron día tras día tres años atrás.

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