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Laicos del Hogar de la Madre (L.H.M.)Los L.H.M. tienen como finalidad la santificación de sus miembros para gloria de Dios, bajo la protección maternal de María. Esta vocación nace en la Iglesia para su servicio. Y los principios por los que se mueve emanan del misterio de Cristo y su Evangelio, como lo cree, lo interpreta y lo predica la Iglesia asistida siempre por el Espíritu Santo.

Stephanie Chia

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En 2015, recibí un mensaje de una amiga (que actualmente es novicia franciscana) promoviendo un retiro para chicas jóvenes. Atraída por el hecho de que era específicamente para chicas y que me ayudaría en mi proceso de discernimiento, me apunté.

Cuando conocí a las Hermanas en el retiro, me impactó la formación tan sólida que tenían. No les importaba decir la verdad a un grupo de gente desconocida. Temas que normalmente otros evitan dando rodeos o intentando disfrazar, como la modestia, nuestros hábitos diarios, actitudes y comportamientos que se esperan de un católico, se trataron con firmeza pero con amor. Nos animaron a preguntarnos y a pensar qué era lo que influenciaba nuestros comportamientos, nuestros pensamientos, costumbres y principios que teníamos, etc. Encontrar religiosas hablando de estos temas y en retiros, me atrajo mucho.

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Durante el retiro, cuando estaba con las Hermanas, tengo que admitir que me sentía incómoda. Tenía miedo de que pudieran ver mi interior y que vieran que, en el fondo, yo no me conocía mucho a mí misma ni sabía qué estaba haciendo con mi vida ni qué estaba buscando.

Por un lado, me sentía atraída por la verdad de la que hablaban, pero por otro, tenía miedo de acercarme a Dios. Mi actitud era evidente para las Hermanas. Recuerdo que me encogí con el mensaje que me escribieron antes de irme: “abre tu corazón más grande que nunca para que seas las manos y los pies de Jesús y que tu mente y tu corazón sean el mismo que el Suyo. ¡Nuestra Madre te ayudará!”.

Trabajaba como asistente de investigación en una Universidad para profesores y estaba muy bien. También estaba sirviendo en el grupo de una parroquia con los Católicos de la Renovación Carismática. No me daba cuenta de que el deseo de viajar a España para vivir con las Hermanas crecía en mí. Había momentos en los que me veía pensando en las Hermanas y en ir a España, pero nunca hacía nada. Mi trabajo era demasiado importante. Mis planes eran demasiado importantes. El deseo de pasar algún tiempo descubriendo qué quería Dios de mí creció y sentía que el Señor me pedía dejar las dos cosas: mi trabajo y el grupo de la parroquia.

Reservé mi billete para ir a España tres semanas antes de irme y se suponía que iba a quedarme 24 días en noviembre. Pensé en quedarme tres meses, pero me parecía una locura. ¡No conocía a las Hermanas y ellas tampoco me conocían a mí! No sabía tampoco cómo explicar a mis padres que me iba durante tanto tiempo. Temía que se pusieran en contra. Me fui a España diciéndoles que me iba de retiro y que estaría con unas monjas.

Durante los primeros días, estaba muy agobiada. Me sentía fuera de lugar. También me pilló desprevenida el constante cambio, que es el distintivo de su forma de vida. Para alguien que no soporta el cambio y que le gusta estar bien preparado, esto es muy difícil de superar. ¡Estaba atacada de los nervios tratando de agarrarme a algo que me diera seguridad, de controlar algo para no sentirme tan perdida! La forma de rezar era distinta, tenía que seguir un horario desconocido, la misa era en un idioma completamente diferente. ¡Ni siquiera podía recordar todas las oraciones durante la misa! Gracias a Dios, la consagración de la Eucaristía y el Padre Nuestro me eran conocidos. Las cosas eran aún más difíciles por la barrera del idioma. Tenía que depender de las Hermanas y de las Candidatas para las traducciones... Aunque tenía una sonrisa en la cara, estaba muy perdida y cerrada.

Era evidente que el Señor quería tener todo el control durante mi estancia allí. Me empujaba a que abriera el corazón y diera un paso. No ayudó tampoco, que en casi todas las homilías y reuniones del P. Rafael, me sentía golpeada por la invitación a olvidarme de mí misma.

Re-aprender todo fue un reto: cómo poner la mesa, cómo servir la comida, qué cubiertos usar, qué tipo de platos, cómo cortar los ingredientes y prepararlos para cocinar, cómo clasificar la comida que llega, (¿cómo identifico una patata podrida? ¿Qué pimientos se echan en la comida?), ¿Cómo hacer el número exacto de agujeros en un plástico para que las plantas queden ordenadas en una fila? ¿Cómo lavar los platos? etc…stephanie chia240

Fue también una experiencia muy humillante. Cuanto más me esforzaba en hablar español, y olvidarme de lo estúpido que podía sonar o lo que podían pensar las otras de mí y cuanto más practicaba mis frases, verbos y gramática que aprendía, más mejoraba mi español y aprendía a ser menos seria. Aunque todo esto no fue fácil, descubrí que tenía que hacer un esfuerzo diario para salir de mí misma. Ver el esfuerzo que las Hermanas y las chicas hacían para hablar conmigo en inglés, para incluirme en las conversaciones, me animaba a salir de mí misma.

Cuando comencé a tomarme menos en serio, pude abrirme y bromear con las demás. También aprendí que cometer errores no es tan malo. Me dí cuenta de que en la medida en que yo dejaba de querer controlarlo todo, era más capaz de concentrarme y de estar más presente en cada momento. Estaba más relajada y era capaz de ver a Dios en las actividades que hacía. ¡De repente cada día se convertía en algo agradable para mí!

Ser capaz de vivir con las Hermanas y con las Candidatas fue verdaderamente una curación para mí. Podía ser yo misma, no me sentía juzgada por mis errores, mi orgullo, mi impaciencia o mi inmadurez. Siempre me sentí como en casa y siempre me animaban a luchar por la santidad: la vocación a la que todo el mundo está llamado.

Descubrí que lo que es importante para mí, quizá no siempre es importante para otros. Esto hizo que me preguntara qué era lo realmente importante.

Después de estar en España, me he visto alegremente tomando la iniciativa de lavar los platos de toda la familia. Cuando la asistente insiste en lavar los platos, lo hago con ella. A veces planifico que ella friegue la comida y yo la cena. ¡Lo que me impresionó mucho fue que mi hermana empezó a fregar conmigo! Estoy muy sorprendida, pero también profundamente agradecida a Dios por este regalo que me ha hecho: mi fidelidad a Dios ha producido un cambio en mi hermana. Nunca lo habría imaginado.

Nunca imaginé la gran alegría y la libertad que da la obediencia a Dios. Sin embargo, no todo es un camino de rosas. Hay veces en las que mis imperfecciones me hacen fracasar miserablemente siendo paciente, caritativa y generosa, pero la gran Misericordia de Dios me mantiene animada y me hace seguir adelante y no rendirme. ¡La fidelidad de Dios es mi alegría!

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