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Laicos del Hogar de la Madre (L.H.M.)Los L.H.M. tienen como finalidad la santificación de sus miembros para gloria de Dios, bajo la protección maternal de María. Esta vocación nace en la Iglesia para su servicio. Y los principios por los que se mueve emanan del misterio de Cristo y su Evangelio, como lo cree, lo interpreta y lo predica la Iglesia asistida siempre por el Espíritu Santo.

Josefina Cortés

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Me siento muy identificada con la parábola del Buen Pastor, que salva a la oveja perdida. Yo siento que el Señor me salvó a mí.

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Me llamo Fina, vivo en Macael (Almería), aunque soy de Lijar, un pueblo cercano a este. Estoy casada, tengo tres hijos y una nieta. Ahora que estoy encontrándome con el Señor puedo decir que mi vida estaba vacía, porque el Señor no estaba en ella y la Virgen aún menos. Me duele decir que no sabía nada de Ella, pero viéndolo desde otro punto de vista, tampoco tenía motivos para que fuese al contrario.

En mi familia nunca se hablaba nada referente a la Iglesia, a Dios o la Virgen, tampoco tenía una abuela que rezara el Rosario, como he oído a muchas personas decir, que sus abuelos han sido un ejemplo para ellos. Mi familia era católica, pero no practicante. Una parte de mi vida fue más de espinas que de rosas, y creo que el Señor estaba ya actuando en mí para poder refugiarme en Él y encontrar su consuelo y amor.

Empecé a ir a misa, hasta llegué a ser catequista, por entonces tenía 16 años. Pero ese pequeño encuentro duró poco. Me casé, tuve a mis tres hijos, y a partir de ahí me alejé totalmente, hasta el punto que dejé de ir a misa.

Después de todo esto asistí de nuevo a misa cuando mis hijos hicieron la Primera Comunión. Y la hicieron porque ya tocaba por la edad, pero ni ellos ni yo la vivimos como lo que es realmente. Yo no pude transmitirles a ellos nada, ya que tampoco lo viví. Siento pena cuando digo esto, ahora que tengo conocimiento del milagro tan grande que ocurre en cada misa. Pero vuelvo a decir que el Señor estaba ahí, queriendo salvar a su oveja perdida. ¡¡Dios mío!! Es tan grande su Amor y Misericordia que se vale de algo que pasa en tu vida para recordarte y decirte: «¡eh, que estoy aquí! ¡He muerto por ti para que te salves, porque te quiero y quiero ayudarte!». Y así fue cómo por una situación muy dolorosa que pasó en mi vida, Él se aprovechó para que fuera a su encuentro. Sentía que lo necesitaba, mis ansias tremendas de Dios eran cada vez mayores, de conocerle, de saber todo de Él. A partir de aquí no he podido dejar de ir ni un día a misa.

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He de decir que el sacerdote de mi pueblo me ayudó bastante. Este encuentro con Dios coincidió en Pentecostés y sé que ese día la Gracia del Espíritu Santo vino sobre mí, que ahí empezó el principio del camino en la Fe. Digo esto porque ese día el párroco dio una charla en la que participé contando mi experiencia, algo en mí inhabitual ya que no tengo don de palabra, pero no sé lo que me pasó y lo que me impulsó a hacerlo. No hablaba de una conversión, pero sí que mi vida estaba cambiando. Todo lo que decía salía del corazón, aún hoy lo pienso y no lo creo.

Pero faltaba algo más, que era conocer a Nuestra Madre. Y lo hizo como no podía ser de otra manera: enviándonos a nuestra parroquia «El Hogar de la Madre ». El regalo que el Señor le quiso dar a su Madre, también me lo dio a mí. Nuestro párroco nos comunicó que iban a venir unas monjitas, yo sinceramente pensaba que eran unas monjas mayores (tengo que decir que nunca había visto unas monjas tan jóvenes). Ahí nos pusimos un grupo de señoras como locas a prepararles la que iba a ser su casa, con mucha alegría y cariño.

Recuerdo cuando las vi por primera vez. Yo estaba en la iglesía, delante del Sagrario, y entraron. ¡¡Madre mía, qué sorpresa tan grande!! Eran especiales, diferentes a lo que me había imaginado, tan sonrientes, alegres, con su hábito blanco como el nácar. Desde el primer momento que las conocí sentí algo especial, transmitían mucha alegría.

Con el Hogar de la Madre, empezó de nuevo a cambiar mi vida. El Hogar me enseña quién es la Virgen, a verla como lo que es, como una Madre que me quiere, una Madre que es humilde, una Madre que calla y acepta todo por amor a Jesús, que siempre está con sus brazos abiertos para acogernos, me enseña también lo importante que es rezar el Rosario todos los días.

Con el Hogar he vivido y vivo momentos felices, sus charlas semanales, encuentros con más miembros del Hogar, retiros, etc. Todo, todo es bueno en el Hogar. Para mí es una escuela que no para de enseñarme cómo debemos ser y cómo debe ser nuestro comportamiento con los demás, que nuestra meta es el Cielo, y que día a día debemos esforzarnos para conseguirlo. Me gusta todo del Hogar. Su amor a la Eucarístía, el amor a Nuestra Madre, su humildad y entrega. Sé que estoy empezando, que me queda mucho por aprender, que tengo caídas, pero me pongo en las manos de Dios y de Nuestra Madre para que, con su ayuda, pueda alcanzar mi meta que es el Cielo. Y por último, dar gracias a Nuestra Madre por haber puesto en mi vida el regalo de su Hijo: «EL HOGAR DE LA MADRE». ¡GRACIAS, MAMÁ!

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