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Santa Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux

Ficha

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Nacimiento

Alençon, Normandía (Francia), 2 de enero de 1873.

Muerte

Lisieux, Normandía (Francia), 30 de septiembre de 1897.

Beatificación

Fue beatificada por el papa Pío XI, el 29 de abril de 1923.

Canonización

Fue canonizada por el mismo pontífice, el 17 de mayo de 1925.

Patrona de las misiones

También Pío XI la proclamó patrona de las misiones el 14 de diciembre de 1927.

Doctora de la Iglesia

Fue proclamada doctora de la Iglesia por Juan Pablo II, 19 de octubre de 1997.

Fiesta

1 de octubre

Vida

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Teresa nació el 2 de enero de 1873 en Alençon, una ciudad de Normandía, en Francia. Era la última de los 9 hijos de Luis y Celia Martín, esposos y padres ejemplares, de una profunda fe cristiana. Cuatro de los hermanos de Teresa murieron en edad temprana. Quedaron las cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa.

Cuando Teresa tenía cuatro años, su madre murió de cáncer. Esto afectó mucho a la niña, cambiando su carácter. Teresa, que hasta entonces había sido muy jovial y alegre, pasó a mostrarse tímida, hipersensible y replegada sobre sí misma. Teresa elige como madre a su hermana Paulina.

Después de la muerte de Celia, la familia se trasladó a Les Buissonnets, una villa a las afueras de la ciudad de Lisieux. En 1882, su hermana Paulina ingresa en el Carmelo. Este hecho fue muy desgarrador para Teresa, pues Paulina había hecho las veces de madre con ella desde la muerte de la señora Martín. Al año siguiente, Teresa contrajo una rara enfermedad de tipo nervioso que hizo temer por su vida. Se curó el 13 de mayo de 1883 gracias a una intervención de la Virgen Santísima, cuya sonrisa le hizo sentirse curada. Un año más tarde, el 8 de mayo de 1884, repuesta ya de la enfermedad, Teresa recibe su primera comunión, un momento muy esperado para ella, que deseaba enormemente recibir a Jesús en la Eucaristía.

El siguiente acontecimiento que marca la vida de Teresa es lo que ella llama “la gracia de Navidad” o de su “conversión total”. En la Nochebuena de 1886 consigue vencer su hipersensibilidad por una gracia de Dios: «Aquella noche en la que Jesús se hizo débil y sufrió por amor a mí, me hizo fuerte y valerosa, me vistió con sus armas... El manantial de mis lágrimas se secó y no volvió a abrirse más que raramente... Teresita había vuelto a encontrar el ánimo que había perdido a los cuatro años y, desde entonces, lo conservaría para siempre... Sentí que la caridad me entraba en el corazón, con la necesidad de olvidarme de mí misma y favorecer a los demás y, desde entonces, fui feliz».

teresalisieux4A partir de su “conversión”, el corazón de Teresa se transforma y está más pendiente de la salvación de las almas. En junio de 1887, escucha la noticia de un asesino que ha sido condenado a muerte y se empeña en rezar intensamente por su conversión. Unos días más tarde, leyó en el periódico que el asesino había pedido que le acercaran un crucifijo para besarlo unos momentos antes de su ejecución. Después de esta experiencia, decidirá ofrecer definitivamente su vida por la conversión de los pecadores.

Su deseo es entrar en el Carmelo, pero su edad no se lo permite. En noviembre de 1887, Teresa peregrinó a Roma con su padre y con su hermana, decidida a pedir permiso al Santo Padre para entrar como religiosa. En la audiencia con el papa León XIII, Teresa se acerca a él y le pide que interceda para que los superiores le permitan entrar en el Carmelo. El pontífice, mirándola fijamente, le dijo: «Si Dios lo quiere, entrarás». Ella se sintió un poco decepcionada por la respuesta: «Dentro de mi corazón sentía una gran paz, puesto que había hecho todo lo posible para hacer lo que Dios me pedía, pero aquella paz estaba muy en lo hondo, y la amargura me colmaba el alma, porque Jesús callaba. Parecía ausente, nada revelaba su presencia». Sin embargo, antes de lo que ella esperaba, en 1888, recibió el esperado permiso para entrar en el Carmelo de Lisieux. El día de su entrada, el 9 de abril de 1888, le preguntaron para qué iba al convento, a lo que ella contestó: «Para salvar almas y rezar por los sacerdotes». No eran solo palabras, sino un serio proyecto de ofrecimiento de sí misma por las almas que cumplirá hasta el último instante de su vida.

El día 8 de septiembre de 1890, sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, nombre que escogió como religiosa, profesa sus votos. Tres años después, a la edad de 20 años, se le encomienda el cargo de asistente de la maestra de novicias, destacando por sus dotes como forjadora de almas.

teresalisieux5Teresa va descubriendo su camino, el itinerario espiritual que el Señor le va marcando. Las fuentes de las que bebe son la Sagrada Escritura, sobre todo los Evangelios, y las obras de San Juan de la Cruz. Sus primeros años de profesión están marcados por profundas experiencias de Dios. El conocimiento del amor de Dios la lleva a querer entregarse del todo a Él para corresponder a ese amor. Comprende que su lugar en la Iglesia es el mismo que ocupa el corazón en el cuerpo, descubriendo así que su vocación es el amor: «En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor». Se siente en manos de Dios como un niño en brazos de su padre. Por eso se abandona a Él con absoluta docilidad y confianza. Es el camino de la infancia espiritual. Destaca también su talante misionero, a pesar de ser una religiosa de clausura. Las miras de Teresa son siempre de las dimensiones del corazón de Dios. Ella desea la salvación de todas las almas y su vida cobra un carácter apostólico, ofreciendo sus sufrimientos y sus obras para que todos conozcan a Dios y lo amen. Mantuvo correspondencia con dos sacerdotes misioneros, a los que confortaba con su oración y con sus palabras de aliento.

Todas estas experiencias van modelando el alma de Santa Teresa de Lisieux, llevándola a la entrega total. El 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, hace un acto de ofrenda al amor misericordioso por la salvación de los pecadores. Ella lo define con estas palabras: «Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios».

El último periodo de la corta vida de Santa Teresa está marcado por la enfermedad, que empieza a manifestarse en 1896. Durante el triduo pascual aparecen los síntomas de la tuberculosis y comienza para ella un calvario físico y espiritual. La joven carmelita se identifica más que nunca con Jesús en su Pasión. Durante este tiempo, hasta su muerte, sufrirá la “noche oscura del alma” de la que habla San Juan de la Cruz, en la que combatirá con esfuerzos heroicos, haciendo actos de fe y de caridad: «Quisiera expresar lo que pienso, pero creo que es imposible. Hay que haber viajado por este túnel tenebroso para comprender su oscuridad... Cuando quiero que repose el corazón de las tinieblas que lo rodean, recordando el país luminoso al que aspiro, mi tormento es doble... Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida... El velo de la fe ya no es un velo. Para mí es un muro que se levanta en los cielos y cubre las estrellas».

En junio de 1897, la santa fue trasladada a la enfermería del convento, de la que ya no volvió a salir. A partir del 16 de agosto ya no pudo recibir la comunión, pues tenía constantes náuseas. En medio de sus sufrimientos, el corazón de Teresa permanece fijo en Dios y en las almas. Sintiendo que se acercaba el momento de su entrada en la vida eterna, expresó su deseo de seguir entregándose a los demás incluso después de la muerte: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien a la tierra».

teresalisieux6Murió el 30 de septiembre, contemplando el crucifijo que apretaba entre sus manos, después de exclamar: «¡Dios mío, os amo!».

Los manuscritos autobiográficos que había redactado por obediencia a sus superiores, fueron publicados pocos años después en la obra: “Historia de un alma”. Su fama de santidad se extendió rápidamente. El papa Pío XI beatificó, canonizó y proclamó patrona de las misiones a Santa Teresita durante su pontificado. En octubre de 1997, el papa Juan Pablo II la declaró doctora de la Iglesia.

 

Eucaristía

El 6 de abril de 2011, el Papa Benedicto XVI hizo referencia a la profunda devoción de Santa Teresa de Lisieux a la Eucaristía con estas palabras: «La Eucaristía, inseparable del Evangelio, es para Teresa el sacramento del amor divino que se rebaja hasta el extremo para elevarnos hasta Él. En su última carta, sobre una imagen que representa a Jesús Niño en la Hostia consagrada, la santa escribe estas sencillas palabras: “Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí (...) ¡Yo lo amo! Pues Él es solo amor y misericordia”».

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Desde muy pequeña se había acostumbrado a hacer frecuentes visitas a Jesús Sacramentado y participaba con gran devoción en la Santa Misa y en las procesiones eucarísticas. Para ella fue una gracia inmensa recibir la primera comunión. Anotó en sus manuscritos sobre este día: «¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor. Me sentía amada y decía a mi vez: Te amo y me entrego a ti para siempre. Ni el precioso vestido que María me había comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón. Solo Jesús podía saciarme».

Durante su vida como carmelita, este amor al Santísimo Sacramento fue creciendo. Disfrutó especialmente el tiempo que le tocó ejercer el cargo de sacristana, que desempeñó con sumo amor y exquisita delicadeza. Lo consideraba un puesto privilegiado, ya que le permitía estar cerca del Sagrario.

 

María

La devoción mariana de Santa Teresa de Lisieux se fue forjando en su espíritu desde que era muy pequeña y le acompañará hasta su muerte. Las referencias a ella en sus escritos son constantes y denotan una gran confianza y ternura hacia la Virgen. Le gusta invocarla como Reina del Cielo.

Una experiencia de la Virgen marcó su vida. Tras la muerte de su madre, los Martín se trasladaron a Lisieux. Poco después, el 25 de marzo de 1883, Teresa cayó gravemente enferma. El día 13 de mayo se curó de manera inexplicable, milagro que ella atribuye a la sonrisa de la Virgen. Lo explica en sus escritos de esta manera:

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«Un día vi que papá entraba en la habitación de María, donde yo estaba acostada, y, dándole varias monedas de oro con expresión muy triste, le dijo que escribiera a París y encargase unas misas a Nuestra Señora de las Victorias para que le curase a su pobre hijita. […] Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo hizo. Un domingo (durante el novenario de misas), María salió al jardín, dejándome con Leonia, que estaba leyendo al lado de la ventana. Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: "Mamá... Mamá". Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte y, por fin, volvió María. La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí llamando, cada vez más fuerte: "Mamá..." Sufría mucho con aquella lucha violenta e inexplicable y María sufría quizás todavía más que yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba... También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella... De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen. En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, -pensé-, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía emocionada y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo la gracia de la sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: "¡Teresa está curada!"».

Lugares

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Alençon, Normandía (Francia)

Alençon es la ciudad natal de Santa Teresa de Lisieux. Allí se conservan dos lugares importantes: la casa donde nació y la pila bautismal de la iglesia de Nuestra Señora, donde fue bautizada.

Lisieux, Normandía (Francia)

- Les Buissonnets

Tras la muerte de la señora Martín, la familia se trasladó a una villa que se sitúa a las afueras de Lisieux. Esta casa, en la que la santa vivió durante 11 años, se puede visitar. Se conserva la chimenea de la cocina, junto a la cual recibió la gran gracia de Navidad de 1886, la habitación en la que fue curada milagrosamente, el jardín por el que paseaba con su padre, sus juguetes y otros muchos recuerdos.

- Catedral de San Pedro

Santa Teresa de Lisieux participaba en la Misa de esta iglesia todos los domingos durante el tiempo que vivió en Les Buissonnets, era su parroquia.

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- Carmelo de Lisieux

En este convento entró Teresa Martín como carmelita. La iglesia se conserva como en la época de la santa, aunque se ha añadido una capilla en la que se encuentra la urna con la estatua yacente que contiene sus reliquias. Sobre la urna de las reliquias se encuentra la imagen de la "Virgen de la sonrisa", por cuya mediación fue curada Santa Teresa de Lisieux.

- Basílica de Santa Teresita

Fue construida después de su canonización. El papa Pío XI, que había beatificado y canonizado a la santa, y la había proclamado patrona de las misiones, expresó su deseo de que la Basílica se hiciese "muy grande, muy bella y lo más rápidamente posible". El cardenal Pacelli, futuro Papa Pío XII, bendijo solemnemente la Basílica, el 11 de junio de 1937. En la cripta de la misma, se puede venerar a los beatos Luis y Celia, padres de Santa Teresa de Lisieux.

Lecturas

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De la santa:

Santa Teresita escribió tres manuscritos sobre su vida por mandato de sus superioras. Se publicaron en la obra titulada: "Historia de un alma". En su lecho de muerte, su hermana Paulina (Madre Inés de Jesús), recogió sus últimas palabras en la obra "Novissima Verba". Se conservan, además, numerosas cartas, poesías, algunas notas...

De los Papas:

- Homilía del papa Juan Pablo II durante la Misa celebrada en Lisieux, 2 de junio de 1980.

- Carta Apostólica del papa Juan Pablo II: "Divini Amoris Scientia", 19 de octubre de 1997.

- Homilía del papa Juan Pablo II en la Misa en la que proclama doctora de la Iglesia a Santa Teresa de Lisieux, 19 de octubre de 1997.

- Catequesis del papa Benedicto XVI, 6 de abril de 2011.

teresalisieuxDe otros autores:

Hay muchos libros libros publicados sobre Santa Teresita. Te indicamos solo algunos:

- "Vida de Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia", por Maxence van der Meersch (Editorial Palabra, Colección Arcaduz). Lo puedes comprar online a la Editorial Palabra aquí.

- "El genio de Teresa de Lisieux", por Jean Guitton (Editorial Edicep, C.B., 1996).

- "Mi vocación es el amor", por Jean Lafrance (publicado por varias editoriales).

- "Acto de ofrenda. Un retiro con Santa Teresa del niño Jesús", por Marie-Dominique Philippe, O.P. (Editorial Palabra, Colección Libros Palabra). Lo puedes comprar on-line a la Editorial Palabra aquí.

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