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EucaristíaSobre la importancia y la riqueza de la Eucaristía.

Oración final y los ritos de conclusión

Después de la comunión, es conveniente dejar un tiempo de silencio para que, tanto el sacerdote como los fieles puedan aprovechar esos momentos de intimidad con el Señor. El Santo Padre, en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis afirma a este respecto: “Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio” (SC, 50).

Para completar la plegaria del pueblo de Dios y concluir todo el rito de la Comunión, el sacerdote pronuncia la oración postcomunión, en la que se ruega para  que el Misterio celebrado produzca frutos abundantes en los fieles y en la Iglesia (cfr. OGMR, 72).

Después de la oración postcomunión, el sacerdote saluda al pueblo y lo bendice trazando la señal de la cruz e invocando la Trinidad: “la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros”. Es necesario señalar que el sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la Eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).

Finalmente, el sacerdote despide al pueblo. La palabra Misa deriva del verbo latino mitere que significa “enviar”. La celebración de la Eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.

Dice el Papa Benedicto XVI que en las palabras Ite, Missa est pronunciadas al final de la celebración eucarística, se puede apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. La expresión missa se transforma en misión. Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la Iglesia (cfr. SC, 51).
A través de estas palabras se manifiesta el vínculo que debe existir entre la liturgia y la vida cristiana. Cada hombre que recibe verdaderamente el Cuerpo del Señor, debe ser necesariamente testigo de su amor en el mundo, debe ser una lámpara colocada en lo alto del candelero para que alumbre a todos los de la casa. La participación en la Eucaristía no puede reducirse a una vivencia intimista de la unión con Dios, sino que debe impulsar a todos los fieles a ser testigos de Cristo en el mundo. La vivencia auténtica de la Eucaristía produce apóstoles.

Que la Virgen María, Madre de la Eucaristía y Reina de los Apóstoles, nos enseñe a conjugar estas dos realidades que están íntimamente unidas: la Iglesia vive de la Eucaristía, acrecienta su unión con Cristo en el Sacramento del Amor, y al mismo tiempo, la Iglesia debe encontrar en Cristo Eucaristía la fortaleza del testimonio, del anuncio, para que todos los hombres puedan llegar a conocer a Jesucristo y a vivir de Él, participando de esa abundante vida divina que ha venido a traer sobre la tierra.

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Ritos de Comunión

Con la doxología, termina la parte central de la celebración, la plegaria eucarística. Comienza la última parte, los ritos de Comunión. Esta última parte consta del Padrenuestro, el rito de la paz, la fracción del pan, la comunión.

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Liturgia Eucarística

Con la preparación de los dones, comienza la liturgia propiamente eucarística. No se trata de dos acciones cultuales distintas, sino de dos momentos de un único misterio.

El paso de la liturgia de la Palabra a la liturgia Eucarística está bien resaltado por el gesto del ministro que deja la sede y pasa al altar, lugar reservado al Sacrificio.

La liturgia eucarística comprende la preparación y ofrenda de los dones, la plegaria eucarística y la comunión. Esta estructura se fundamenta en los actos que realizó Jesucristo en la Última Cena cuando tomó el pan y el vino, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos.

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Comunión

La Comunión es el momento hacia el que confluye toda la celebración eucarística, puesto que, por una parte, la mesa de la Palabra pide ser completada con la mesa del Pan eucarístico y, por otra, la consagración de los dones tiende no sólo a que Cristo glorifique y dé gracias a Dios, sino también a que los fieles se unan a Cristo sacramentalmente, comiendo el Cuerpo que se entrega y la Sangre que se derrama para la salvación de los hombres. “La celebración del sacrificio eucarístico –dice el Catecismo de la Iglesia Católica-, está totalmente orientada hacia la comunión íntima con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (CEC, 1382).

La comunión es, ante todo, la culminación de la Misa, puesto que ésta es “a la vez e inseparablemente el sacrificio en el que se perpetúa el sacrificio de la Cruz y banquete sagrado, en el que por la comunión del Cuerpo y de la Sangre del Señor, el pueblo participa en los bienes del sacrificio pascual, renueva la Alianza entre Dios y los hombres, y prefigura y anticipa en la fe y en la esperanza el banquete escatológico en el Reino del Padre” (Eucaristicum Mysterium, 3).

La Comunión sacramental con Cristo acrecienta nuestra unión con Él, nos separa del pecado, renueva, fortifica y profundiza nuestra incorporación a la Iglesia realizada por el bautismo.


La comunión eucarística es el encuentro espiritual más amoroso y profundo, más cierto y santificante, que podemos tener con Cristo en este mundo. Es una inefable unión espiritual con Jesucristo glorioso. Se trata, en el orden del amor y de la gracia, de un misterio inefable, de algo que apenas es capaz de expresar el lenguaje humano. Cristo se entrega en la comunión como alimento, como “pan vivo bajado del cielo”, que va transformando en Él a quienes le reciben. A éstos, que en la comunión le acogen con fe y amor, les promete inmortalidad, abundancia de vida y resurrección futura. Más aún, les asegura una perfecta unión vital con Él: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y así como yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí”(Jn 6,57).

Siendo un momento tan extraordinario de gracia, debemos disponernos a vivirlo con una fe intensa, con sentido de adoración y entrega completa a su voluntad. Sólo la gracia de Dios, que actúa a través de la oración, puede disponernos adecuadamente. Por eso la piedad cristiana ha creado muchas oraciones para prepararse a la comunión. El Misal presenta dos oraciones para que el sacerdote haga una de ellas en secreto antes de comulgar. Éstas reflejan los sentimientos de la Iglesia. La más extensa dice: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti”.

El Señor ha dicho: “Tomad, comed... Bebed de ella todos” (Mt 26, 26 s). Benedicto XVI comenta a este respecto: “No se puede comer al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de comer, es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor. La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros” (Homilía. Corpus Christi 2005).

Sta. Teresa de Lisieux decía que Jesús no se ha quedado en la Eucaristía para estar en un áureo y frío copón, sino para vivir en los corazones de los fieles. El amor impulsó a Cristo a instituir la Eucaristía para estar cerca, más aún, dentro, de los que amaba, para que pudiéramos vivir de Él y vivir por Él: “El que me come vivirá por Mí” (Jn 6, 57).

La comunión es prenda de la gloria futura, es un adelanto del cielo, donde toda nuestra existencia será amar y adorar a Cristo.
Una vez más, dejemos renovarse en nosotros la gratitud y el asombro ante el amor de un Dios que se hace Eucaristía para dejarse comer, para unirnos a Él y transformarnos en Él.

María, Madre de la Eucaristía, concédenos recibir a tu Hijo en el Sacramento del amor con un corazón abierto y puro, sencillo y obediente como el tuyo, para que seamos transformados en un sacrificio vivo, en “Cuerpo que se entrega” para la vida del mundo.

Vivimos en una cultura muy sensible a los derechos humanos. En ese contexto se malinterpreta a veces, el misterio de la comunión eucarística, como si recibir al Señor bajo las especies del pan y vino consagrados, fuera un derecho de los fieles, independientemente de cualquier otra consideración. Se olvida con facilidad el hecho de que la Eucaristía es el don más excelente de Dios a los hombres, el don de sí mismo. Algo que de ningún modo puede el hombre “exigir” a Dios.

Otro de los factores que determinan nuestra situación social es el marcado relativismo y subjetivismo moral. Se pretende hacer de la propia conciencia la medida de todas las cosas, sin someterla a ningún valor superior objetivo. Estos principios afectan a toda la vida, e influyen decisivamente a la hora de evaluar el estado de la propia conciencia y juzgar sobre la posibilidad de acercarse a recibir la comunión.

El Papa Benedicto ha escrito: “Quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde hace aĖos, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las grandes ciudades en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla” (SC, 50).

San Pablo habla claramente sobre la posibilidad de comuniones indignas: «Quien come el pan y bebe el cáliz del SeĖor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del SeĖor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del SeĖor, se come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos muertos» (1Cor 11,27-29). El Apóstol atribuye los peores males de la comunidad cristiana de Corinto a un uso abusivo de la comunión eucarística.

Es por tanto necesario que cada cual se examine atentamente, con una conciencia recta y cierta antes de recibir el Cuerpo Precioso de Cristo. De cualquier modo, el estado de gracia, de amistad con Dios, constituye la “condición mínima” para poder recibir la Eucaristía, y la vida cristiana no puede ser planteada nunca bajo criterios de mínimos. Junto a la limpieza de conciencia deben estar presentes en nuestro corazón el amor, la fe viva, el deseo intenso de unión con Dios.


Este deseo de unión, ha conducido a la Iglesia hacia una mayor frecuencia en la recepción de la comunión eucarística. En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria.

Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. Las doctrinas de San Agustín y de Santo Tomás influyeron para que por razones de reverencia y santo temor los fieles se abstuvieran de recibir la comunión diariamente. Con todo, el amor y la esperanza, a los que siempre nos invita la Escritura, son preferibles al temor. Por eso, al decir Pedro "apártate de mí, SeĖor, que soy hombre pecador", responde Jesús: "No temas".

Debido a esta consideración del misterio eucarístico, durante muchos siglos prevaleció en la Iglesia, incluso en los ambientes más fervorosos, la comunión poco frecuente, sólo en algunas fiestas señaladas del Año litúrgico, o la comunión mensual o semanal, con el permiso del confesor. Y esta tendencia se acentuó aún más, hasta el error, con el Jansenismo. Por eso, sin duda, uno de los actos más importantes del Magisterio pontificio en la historia de la espiritualidad es el decreto de 20 de diciembre de 1905. En él San Pío X recomienda, bajo determinadas condiciones, la comunión frecuente y diaria, saliendo en contra de la posición jansenista.

«El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado convite se cifra principalmente en que los fieles, unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren, y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no principalmente para mirar por el honor y reverencia del SeĖor, ni para que ello sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el santo Concilio de Trento llama a la Eucaristía «antídoto con que nos libramos de las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales». Según esto:
«1. La comunión frecuente y cotidiana... esté permitida a todos los fieles de Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con recta y piadosa intención.
«2. La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad, y remediar las propias flaquezas y defectos con esa divina medicina.
«3. Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante...
«4. Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y deberes de cada uno.
«5. Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores no apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en estado de gracia y se acerque con rectitud de intención» (Denz 1981/3375 - 1990/3383).

Dice Juan Pablo II: “La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del SeĖor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, « derramada por muchos para el perdón de los pecados » (Mt 26, 28)” (EE, 16).

Parece claro que en la grave cuestión de la comunión frecuente, la mayor tentación de error es hoy la actitud laxista, y no el rigorismo jansenista, siendo una y otro graves errores. Entre ambos extremos de error, la doctrina de la Iglesia católica, expresada en el decreto de San Pío X, permanece vigente. Hoy «la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días»

Los santos y la Comunión Eucarística

Los maestros de la vida espiritual nos enseñan que sólo la santidad es la vida cristiana en plenitud. Por eso, los santos son nuestros modelos, porque en ellos vemos hombres y mujeres que han vivido el Evangelio en su totalidad. La vida cristiana es un misterio de comunión con Dios, y éste se realiza y se perfecciona de manera admirable por la recepción del Cuerpo de Cristo, realmente presente en la Eucaristía. Nada tiene de extraordinario que los santos hayan amado especialísimamente ese encuentro personal con el Señor resucitado que se realiza en la comunión.

Los testigos que declararon en el proceso de canonización de Sto. Tomás de Aquino, afirman que “celebraba cada día la Misa con lágrimas”, sobre todo a la hora de comulgar. También S. Ignacio de Loyola lloraba con frecuencia en la Misa. Sta. Teresa de Lisieux recordaba en su primera comunión: “Cuando toda la alegría del cielo baja a un corazón, este corazón desterrado no puede soportarlo sin deshacerse en lágrimas”. Y después de su segunda comunión: “De nuevo corrieron mis lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin cesar estas palabras de S. Pablo: «Ya no vivo yo, es Jesús quien vive en mí»” (Historia de un alma). Nosotros no lloramos porque somos hombres de poca fe, y apenas sabemos lo que hacemos cuando celebramos la Misa o asistimos a ella.

De S. Francisco de Asís cuenta su biógrafo Celano que “ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes. Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón” (II Celano 201).

No infrecuentemente, los santos han recibido gracias especialísimas en la sagrada comunión, gracias que han sido decisivas para su vida. Sta. Teresa de Jesús recibió la gracia del matrimonio espiritual el 18 de noviembre de 1572, después de haber recibido la comunión de manos de S. Juan de la Cruz. Ella misma afirma que fue en una comunión cuando llegó a ser con Cristo, en el matrimonio, «una sola carne»: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor» (Cuenta conciencia 39; +VII Moradas 2,1). Y Teresa encuentra a Jesús en la comunión resucitado, glorioso, lleno de inmensa majestad: «No hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo» (Vida 28,8).

J.M. Iraburu señala en su escrito sobre la Eucaristía, cómo ha habido algunos santos que vivían alimentándose sólamente con el Pan eucarístico, es decir, con el Cuerpo de Cristo. En esos casos milagrosos ha querido Dios manifestarnos, en una forma extrema, hasta qué punto tiene Cristo capacidad en la eucaristía de «darnos vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10).

El Beato Raimundo de Capua, dominico, que fue unos años director espiritual de Santa Catalina de Siena, refiere de ella que «siguiendo pasos casi increíbles, poco a poco, pudo llegar al ayuno absoluto. En efecto, la santa virgen recibía muchas veces devotamente la santa comunión, y cada vez obtenía de ella tanta gracia que, mortificados los sentidos del cuerpo y sus inclinaciones, sólo por virtud del Espíritu Santo su alma y su cuerpo estaban igualmente nutridos. De esto puede concluir el hombre de fe que su vida era toda ella un milagro... Yo mismo he visto muchas veces aquel cuerpecillo, alimentado sólo con algún vaso de agua fría, que... sin ninguna dificultad se levantaba antes, caminaba más lejos y se afanaba más que los que la acompañaban y que estaban sanos; ella no conocía el cansancio... Al comienzo, cuando la virgen comenzó a vivir sin comer, fray Tommaso, su confesor, le preguntó si sentía alguna vez hambre, y ella respondió: "Es tal la saciedad que me viene del Señor al recibir su venerabilísimo Sacramento, que no puedo de ninguna manera sentir deseo por comida alguna"» (Legenda Maior: Santa Catalina de Siena II,170-171).

El hambre de Cristo en la Eucaristía era a veces en Santa Catalina torturante. Pero cuando comulgaba quedaba a veces absorta en Dios durante horas o días. Una vez «su confesor, que le había visto tan encendida de cara mientras le daba el Sacramento, le preguntó qué le había ocurrido, y ella le respondió: "Padre, cuando recibí de vuestras manos aquel inefable Sacramento, perdí la luz de los ojos y no vi nada más; más aún, lo que vi hizo tal presa en mí que empecé a considerar todas las cosas, no solamente las riquezas y los placeres del cuerpo, sino también cualquier consolación y deleite, aun los espirituales, semejantes a un estiércol repugnante. Por lo cual pedía y rogaba, a fin de que aquellos placeres también espirituales me fuesen quitados mientras pudiese conservar el amor de mi Dios. Le rogaba también que me quitase toda voluntad y me diera sólo la suya. Efectivamente, lo hizo así, porque me dio como respuesta: Aquí tienes, dulcísima hija mía, te doy mi voluntad".... Y así fue, porque, como lo vimos los que estábamos cerca de ella, a partir de aquel momento, en cualquier circunstancia, se contentó con todo y nunca se turbó» (ib. 190).

Sta. Teresa de Lisieux
recordará siempre con emoción el día de su primera comunión: “!Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma..! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y decía a mi vez: «te amo y me entrego a ti para siempre». No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresa se habían mirado y se habían comprendido…Aquel día no fue ya una mirada, fue una fusión. Ya no eran dos: Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del océano. Sólo quedaba Jesús, Él era el dueño, el Rey(Historia de un alma).
Los santos, que han comprendido bien Quien se nos da en la comunión, cuidaban mucho la preparación para su recepción, especialmente con la confesión sacramental frecuente. Pidamos a María, la mujer eucarística, que nos ayude a recibir cada vez con mayor veneración y gratitud esa locura de amor que es la Eucaristía:
“¡Oh hombre avaricioso! ¿Qué te ha dejado tu Dios? Te dejó a sí mismo, todo Dios y todo hombre, oculto bajo la blancura del pan. ¡Oh fuego de amor! ¿No era suficiente habernos creado a imagen y semejanza tuya, y habernos vuelto a crear por la gracia en la sangre de tu Hijo, sin tener que darnos en comida a todo Dios, esencia divina? ¿Quién te ha obligado a esto? Sola la caridad, como loco de amor que eres” (Sta. Catalina de Siena. Oraciones y soliloquios 20).

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Fracción del Pan y Cordero de Dios

La fracción de los panes consagrados fue al principio y durante varios siglos un gesto práctico y necesario para preparar las partículas que se distribuían en la comunión. Como no existían formas pequeñas, se celebraba con panes ácimos que luego debían ser partidos para distribuirlos a los fieles. Pero este gesto tenía también varios significados simbólicos referidos a la Eucaristía. Todos podían ver una clara relación entre este momento, y el momento de la institución de la Eucaristía donde Jesús, como hacía el paterfamilias judío, entrega a sus discípulos el alimento de su Cuerpo y de su Sangre. Muchos veían en este gesto un recuerdo del prodigio de la multiplicación de los panes mientras Jesús los partía (cf. Mt 14, 19; Mc 6, 41). Otra interpretación común es el recuerdo de Emaús, donde los discípulos desalentados y cuyos corazones habían vuelto a arder con las palabras de Jesús, reconocen al Señor al partir el pan (cf. Lc 24, 30-35).

Todas estas imágenes hicieron que la primera designación de la Eucaristía fuera precisamente la fracción del pan, “fractio panis” (cf. Hch 20, 7; 1 Cor 10, 16).

Después se introdujo, durante este momento de la liturgia, el canto del Cordero de Dios (Agnus Dei). De esta manera se subrayaba una nueva realidad, la dimensión sacrificial y salvífica de la Eucaristía. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
El alimento que reparte es su Cuerpo inmolado. De esta manera se presentan unidos el sentido de comunión y el sentido de sacrificio. La fracción prepara el alimento de los cristianos que es el Cuerpo sacrificado de Jesucristo, el Cordero de la nueva Pascua (cf. Ap 5, 6 y 13).
De esta manera se manifiesta claramente la entrega que Jesucristo hace de sí mismo como Pan-cuerpo sacrificado. Cuando los fieles lo reciben dignamente, la Eucaristía hace de ambos (Cristo y fieles) una sola cosa. De esta manera, el Cuerpo místico de Cristo se renueva constantemente, y puede así vivir de Su vida (1 Cor. 10, 17).

Un gesto sencillo e importante al mismo tiempo, es la conmixtio. Consiste en que el sacerdote introduce una pequeña partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz. Tiene su origen en la antigüedad cristiana. El Papa celebraba la Misa y enviaba a los presbíteros a celebrar en las iglesias de la periferia. Entregaba a cada uno una partícula de la Eucaristía que había consagrado, y que recibía el nombre de fermentum. Cada sacerdote, durante la celebración de su Misa, introducía el fermentum en el cáliz como signo de comunión con el Papa. De esa manera se manifestaba la Eucaristía como sacramento de la unidad. Más tarde, se desarrolló otro sentido teológico. La unión de las dos especies del pan y el vino consagrados, que hasta entonces habían estado separadas, simboliza la única persona de Cristo glorioso, vivificado por el Espíritu Santo. La Ordenación General del Misal Romano dice: “El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso” (OGMR, 72).

Después, el sacerdote, mostrando al pueblo la hostia consagrada, repite las palabras de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo
” (Jn 1, 29). Y añade las palabras que, según el Apocalipsis, dice en la liturgia celeste «una voz que sale del Trono, una voz como de gran muchedumbre, como voz de muchas aguas, y como voz de fuertes truenos: ... "Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero"» (Ap 19,1-9). En efecto, dice el sacerdote: «Dichosos los invitados a la cena del Señor».
A continuación, el pueblo responde repitiendo las palabras del centurión romano, que maravillaron a Cristo por su humilde y atrevida confianza: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme» (Mt 8,8-10).

Sin duda que conocer el sentido de las palabras y los gestos de la liturgia nos ayudan a entrar en comunión con el Señor. Pero es esencial la fe viva en aquellos que participan en la Eucaristía.
Descubrir la presencia del Señor, su amor que se hace donación para entrar en comunión conmigo, es clave. Con palabras de Benedicto XVI, “la Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, manifestando el amor infinito de Dios por cada hombre” (SC, 1).

Pidamos una vez más a María, la mujer eucarística, que nos ayude a no desperdiciar el tesoro que Dios ha dado en la Eucaristía, sino que amando y viviendo el misterio de Cristo seamos transformados en Él.

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Rito de la paz

La paz, expresada por el término hebreo shalom, tiene en sentido bíblico, una riqueza enorme. Simboliza el conjunto de todos los bienes. El pecado separa al hombre de Dios, divide la humanidad en partes contrapuestas, e introduce también en el corazón del hombre un sinnúmero de contradicciones y ansiedades. 

Por eso, la paz era esperada como uno de los frutos y de las señales de la venida del Mesías, que vencería el pecado y restauraría el orden querido por Dios. El Mesías es anunciado por Isaías como “Príncipe de la paz: su soberanía será grande y traerá una paz sin fin para el trono de David y para su reino” (Is. 9,5-6). Sólo él será capaz de devolver a la humanidad la paz perdida por el pecado (Ez. 34,25; Joel 4,17ss; Am. 9,9-21).

Reconocemos en Jesús al Mesías anunciado. En su nacimiento, los ángeles, anuncian que el Niño trae en la tierra “paz a los hombres amados por Dios” (Lc 2,14). A través de su misterio pascual, el Señor Jesús ha realizado la reconciliación de los hombres con el “Dios de la paz” (Rom. 15, 33), “pacificando por la sangre de su cruz, todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo” (Col. 1,20).

La existencia de un rito de la paz dentro de la celebración eucarística está atestiguada desde los primeros siglos tanto en Oriente como en Occidente. Durante los siglos IV-V, en Roma el gesto tenía lugar inmediatamente después de la plegaria eucarística y estaba relacionado con ella. Más tarde se vinculó a la petición de perdón en el Padrenuestro, quedando convertida en un rito de preparación para la Comunión.
Con el rito de la paz, “la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de comulgar en el Sacramento” (OGMR, 72).
En la celebración actual, el rito de la paz consta de tres partes:
- Oración por la paz: se dirige a Cristo pidiendo en nombre de la asamblea que conceda a la Iglesia la paz y la unidad que entregó a los Apóstoles.
- Anuncio de la paz: “la paz del Señor esté siempre con vosotros”. El anuncio de la paz lleva ya implícita su comunicación. El pueblo responde: “y con tu espíritu”. Se acepta y se devuelve la paz.
- El signo de la paz: primitivamente el intercambio de la paz se hacía entre todos los fieles. Más tarde, partía del altar y se realizaba según un orden jerárquico. Cristo se la comunicaba al sacerdote (a través del gesto del beso al altar), el sacerdote al diácono y éste al subdiácono. La liturgia actual prevé que el intercambio se realice entre los fieles. Debe ser siempre un gesto religioso, debe estar penetrado de sacralidad. “Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él" (Redemptionis sacramentum, 72).

La paz es un don, fruto de la Pascua de Cristo.
Es significativo que después de la renovación del memorial del misterio pascual de Cristo en el altar, Él mismo en la persona del sacerdote nos ofrece su paz. Sabemos que Cristo resucitado, cuando se aparecía a los apóstoles, les saludaba dándoles la paz: «La paz con vosotros» (Jn. 20,19.26). En realidad, la herencia que el Señor deja en la Última Cena a sus discípulos es precisamente la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no como la da el mundo» (Jn. 14,27).

La paz no es algo meramente exterior. Se encuentra fundamentalmente en el corazón del hombre que se ha abierto al perdón de Dios. El que ha sido perdonado, debe aprender a perdonar y a pedir perdón. La paz es reconciliación en Dios, en la sangre de Cristo. De este modo, la asidua participación en la Eucaristía va haciendo de los cristianos hombres de paz, pues en la misa reciben una y otra vez la paz de Cristo, y por eso mismo son cada vez más capaces de comunicar a los hermanos la paz que de Dios han recibido. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5,9).

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Padre Nuestro

Nos ocuparemos de la oración del Padrenuestro. En su sencillez, el Padrenuestro es la más grande oración cristiana. Jesús se la enseñó a los discípulos cuando le pidieron que les enseñara a orar. Los apóstoles debieron quedar fascinados al ver la oración de Jesús, su intimidad con el Padre. De esta admiración brotó su súplica: “Maestro, enséñanos a orar”. Jesús les mostró la oración de los hijos, en la que se resumen en siete peticiones los aspectos más importantes de la vida espiritual.


Las primeras peticiones tienen sentido latréutico, de alabanza y glorificación del Padre (en este sentido continúan la doxología), y al mismo tiempo, de súplica.
Algunos autores ven en estas súplicas cierta identidad, puesto que santificar el Nombre de Dios, es cumplir su voluntad, y el cumplimiento de su voluntad es la presencia del Reino de Dios en la tierra. En su libro Jesús de Nazaret, el papa Benedicto XVI afirma que el cielo se hace presente en la tierra allí donde se cumple la voluntad de Dios. Nosotros hacemos de nuestra vida, de nuestra casa un cielo, si todos buscamos cumplir la voluntad de Dios.

El Padrenuestro se introdujo en los ritos de comunión también por la petición del “pan de cada día”, no sólo para el pan material, sino también referido a la Eucaristía
. Ayuda a los cristianos a comprender lo que dijeron los mártires de Bitinia, a quienes se prohibió celebrar la Misa: “Nosotros no podemos vivir sin la Eucaristía”. No puede haber verdadera vida cristiana sin el Cuerpo y Sangre de Cristo: “Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 53). El amor a la Eucaristía, el comprender que no hay vida divina sin ella, nos lleva a la oración constante y humilde, pidiendo a Dios que no nos falte la Eucaristía, que no nos falte la Misa, que no nos falten sacerdotes que nos den el alimento del Cuerpo de Cristo.

Juntamente se pide el perdón de los pecados, favoreciendo así la humildad como preparación a la recepción de la comunión. Reconocerse pecadores, porque realmente lo somos, es actitud necesaria para acercarnos a recibir al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. No es necesario aclarar que no basta esta petición de perdón para borrar los pecados mortales, para los que debe preceder la confesión sacramental. Pero este reconocimiento de nuestra necesidad de salvación, es condición necesaria para valorar la donación que Cristo hace de sí mismo por nosotros y para nosotros en la Eucaristía.

El Padrenuestro muestra la presencia del Espíritu que ora en nosotros y nos hace clamar: Abba (cfr. Rom 8, 15).
Cuando pedimos a Dios “líbranos del mal”, la Iglesia entiende que “el mal no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios” (Catecismo 2851). Ahora bien, en la última petición del Padrenuestro, «al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador» (Ibid. 2854).

El Padrenuestro, que es rezado en la misa por el sacerdote y el pueblo juntamente, es desarrollado sólo por el sacerdote con el embolismo que le sigue: «Líbranos de todos los males, Señor», en el que se pide la paz de Cristo y la protección de todo pecado y perturbación, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». La Iglesia Esposa nos recuerda esa tensión amorosa que la hace vivir en espera constante del Cristo, el Esposo. Es un adviento continuo, donde la Iglesia goza de la presencia de Cristo, pero anhela su retorno y su presencia en el cara a cara.

Finalmente el pueblo consuma la oración con una doxología, que es eco de la liturgia celestial: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor» (+Ap 1,6; 4,11; 5,13).
La renovación postconciliar de la liturgia ha restaurado la costumbre antigua, ya practicada por las primeras generaciones cristianas, de rezar tres veces cada día el Padrenuestro, concretamente en laudes, en misa y en vísperas. «Así habéis de orar tres veces al día» (Dídaque VIII,3).

Procuremos rezar el Padrenuestro con espíritu filial. Somos hijos y pedimos confiados en la bondad del Padre que nos dé el Pan de vida eterna, que es “medicina de inmortalidad” (S. Ignacio de Antioquía) y prenda de la gloria futura. Al recibirle en la comunión debe crecer en nosotros el amor y el deseo de gozar su presencia. De ahí la espera gozosa y confiada de la Iglesia, aguardando la “gloriosa venida de Cristo”, el Esposo que la ha amado y se ha entregado por ella para hacerla santa e inmaculada. (cfr. Ef 5, 25).

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Doxología final

Sólo “por Cristo, con Él y el Él” podemos llegar al Padre.
La palabra “doxología” viene del griego “doxa”, que significa “gloria”. Doxología, por tanto, significa glorificación.
Toda la celebración de la Misa tiene esta función de alabanza, de bendición, de glorificación. Pero la plegaria eucarística es el corazón de esta liturgia. La plegaria comienza con el prefacio, levantando los corazones hacia el Padre. Continúa con el Sanctus, proclamando la santidad de Dios y su gloria que llena el universo. Al final de la plegaria eucarística, el sacerdote recita esta doxología final, alabanza de la Trinidad. En ella, el sacerdote eleva la Víctima sagrada y sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades temporales, dice:
«Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».
La Iglesia confiesa la única mediación de Cristo y su Sacerdocio supremo. Sólo “por Cristo, con Él y el Él” podemos llegar al Padre, “nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Sabemos que nuestras obras son agradables a Dios por la mediación de Cristo. Nuestras vidas unidas a su vida, a su muerte y a su resurrección, son honor y gloria de la Trinidad.

La Iglesia existe para la glorificación de Dios
, para eso precisamente ha sido congregado el pueblo cristiano sacerdotal: para elevar a Dios en la Eucaristía la máxima alabanza posible y para atraer en ella, a favor de toda la humanidad innumerables bienes materiales y espirituales. Por eso, es en la Eucaristía donde la Iglesia se expresa y manifiesta totalmente.

Es éste un buen momento para señalar que la participación activa de los fieles, no consiste en recitar juntamente con el sacerdote esta fórmula doxológica. Según la Ordenación General del Misal Romano, “la doxología final de la Plegaria eucarística la pronuncia solamente el sacerdote principal y, si parece bien, juntamente con los demás concelebrantes, pero no los fieles”. (OGMR, 233).
El pueblo cristiano hace suya la plegaria eucarística, y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén. Es el Amén más solemne de la Misa. En el S. III se enumeraban los privilegios principales del pueblo cristiano en los siguientes términos: oír la oración eucarística, pronunciar el Amén y recibir el pan divino. Con este Amén, el pueblo rubricaba el santo Sacrificio. S. Agustín dice: “Decir Amén significa suscribir”. Todavía en la época carolingia las palabras finales del canon no se decían en silencio, únicamente para que el pueblo pudiera contestar a ellas diciendo Amén en voz alta.

La palabra Amén es quizá la aclamación litúrgica principal de la liturgia cristiana.
El término Amén procede de la Antigua Alianza: «Los levitas alzarán la voz, y en voz alta dirán a todos los hombres de Israel... Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén» (Dt 27,15-26; +1Crón 16,36; Neh 8,6). Según los diversos contextos, Amén significa, pues: «Así es, ésa es la verdad, así sea».
Pues bien, en la Nueva Alianza sigue resonando el Amén antiguo. Es la aclamación característica de la liturgia celestial (+Ap 3,14; 5,14; 7,11-12; 19,4), y en la tradición cristiana conserva todo su antiquísimo vigor expresivo (+1Cor 14,16; 2Cor 1,20).
Como toda la liturgia, la pronunciación del Amén tiene un sentido vital. No debe ser una mera respuesta dada con los labios, sino que tiene un valor de adhesión al misterio que se celebra. Decir Amén significa unirse con Cristo, desear hacer de mi vida una doxología, es decir, una glorificación de la Trinidad unido al misterio pascual del Redentor.

Ser “alabanza de su gloria” es parte esencial de la vocación cristiana. Una vez más se comprueba cómo la liturgia debe ser vida. En la doxología se realiza una recapitulación de la gloria de toda la creación en Cristo. A través de su obediencia y amor hasta la cruz, Cristo ha realizado la glorificación perfecta del Padre: “Padre, glorifica tu Nombre” ( Jn 12, 28) y ha alcanzado la glorificación perfecta de su humanidad unida al Verbo: “Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17, 5). Nosotros debemos unirnos con nuestra vida a esa glorificación de la Trinidad. Uniéndonos a Cristo, ofreciendo toda nuestra vida con Él, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el trabajo y todo cuanto hacemos, nos convertimos “en Cristo, por Él y en Él” en alabanza de la gloria de la Trinidad.

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Intercesiones

La Comunión de los Santos es un dogma de fe católica por el que creemos que estamos unidos a los demás cristianos como miembros de un mismo Cuerpo, unidos a nuestra Cabeza que es Cristo.

Muchas de las gracias que hemos recibido se deben a la intercesión y oraciones de otros cristianos, muchas veces escondidos y desconocidos, en favor nuestro.

En la celebración de la Misa, que es la oración por excelencia, se realizan intercesiones de unos por otros, por los vivos y difuntos, y por el mundo entero. En las Plegarias Eucarísticas se incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Estas oraciones se llaman intercesiones. Por ellas vivimos de modo intensísimo el misterio de la Comunión de los Santos
.
Estas oraciones se llaman intercesiones porque en ellas ponemos como intercesores a la Virgen María y los santos. Las Intercesiones, “dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo” (OGMR, 72).

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca:
-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»;
-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»;
-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la Eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad».

La caridad cristiana se dilata sin fin en la Misa alcanzando a todos los hombres. Se confía con audacia a la misericordia de Dios: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».
El recuerdo de los difuntos en la celebración de la Eucaristía y el hecho de ofrecer Misas por ellos, nos muestra esa caridad activa de la Iglesia en favor de sus hijos. Ella, como buena Madre, nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la Misa y en la última de las preces de vísperas, y nos recomienda ofrecer Misas en sufragio de aquellos que esperan ser purificados para llegar a la visión de Dios. Es una gran obra de caridad hacia ellos.

Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados" (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo: «"Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores..., presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres" (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (CEC, 1371).

Dilatemos nuestra caridad junto con la Iglesia, oremos por todos,
por los vivos y los difuntos, sabiendo que tenemos una comunión vital con ellos en Cristo. Oremos por aquellos que nos son más queridos, y oremos también por los que no nos quieren bien, por nuestros enemigos, como Jesús nos enseñó desde la cruz. Al fin y al cabo, la Misa es el memorial de la muerte y resurrección de Aquel “que murió por los impíos”. Cristo, cuando todavía éramos enemigos, “nos ha reconciliado con Dios”.

“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 43-48).

"La caridad cristiana se dilata sin fin en la Misa alcanzando a todos los hombres."

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Segunda invocación al Espíritu Santo

En todas las Plegarias eucarísticas aparece una segunda invocación al Espíritu Santo o segunda epíclesis. Ella nos muestra con claridad la conciencia que tiene la Iglesia de que sólo el Espíritu Santo puede realizar la transformación de los fieles de modo similar a como realiza la transformación de los dones.

La Eucaristía, que es el mismo sacrificio de la cruz, tiene con él una diferencia fundamental. Si en la cruz Cristo se ofreció al Padre Él sólo, en el altar litúrgico se ofrece ahora con su Cuerpo místico, la Iglesia.

En cada celebración eucarística la Iglesia ofrece con Cristo y es ofrecida con Cristo. Esta verdad ha sido enseñada por los Padres de la Iglesia como S. Justino, S. Ireneo, S. Cipriano. También por notables teólogos como Sto. Tomás de Aquino y, recientemente, afirmado con claridad por el Magisterio de la Iglesia. Veamos un texto de la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II: Los fieles, “participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella” (LG, 11).

Es cierto que esta participación en la ofrenda de la Iglesia no es automática, es decir, no basta la presencia física de los fieles en la celebración eucarística. Cada persona participará en la medida de su fe y devoción, o dicho de otro modo, según su grado de unión en la caridad con Cristo.

La Iglesia invoca al Espíritu sobre sí misma para que realice esta transformación en el mismo Cristo que se ofrece.
Como dice José Mª Iraburu, las Plegarias Eucarísticas piden tres cosas:
a) Que Dios acepte el sacrificio que le ofrecemos hoy: «Mira con ojos de bondad esta ofrenda, y acéptala» (Plegaria Euc. I); «dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad» (Plegaria Euc. III); «dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia» (Plegaria Euc. IV).
b) Que por él seamos congregados en la unidad de la Iglesia: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo» (Plegaria Euc. II); «formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» ( Plegaria Euc. III); «congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo» (Plegaria Euc. IV).
c) Que así vengamos a ser víctimas ofrecidas con Cristo al Padre, por obra del Espíritu Santo, cuya acción aquí se implora: Que «él nos transforme en ofrenda permanente» (Plegaria Euc. III), y así «seamos en Cristo víctima viva para alabanza de su gloria» (Plegaria Euc. IV).

San Gregorio Magno, hablando de esta realidad decía: “Es necesario que cuando celebramos este sacrificio eucarístico, nos inmolemos nosotros mismos a Dios en contrición de corazón, porque nosotros que celebramos los misterios de la Pasión del Señor, debemos imitar aquello que hacemos. Porque así será realidad para nosotros la oblación hecha a Dios, cuando nos hagamos nosotros mismos oblación” (Dialog. 4, 61, 1).

La verdadera participación en el sacrificio de la Nueva Alianza implica esta ofrenda victimal de los fieles. Según esto, los cristianos son en Cristo sacerdotes y víctimas, como Cristo lo es, y se ofrecen continuamente al Padre en el altar eucarístico, durante la Misa, y en el altar de su propia vida ordinaria, día a día. Ellos, pues, son en Cristo, por él y con él, «corderos de Dios», pues aceptando la voluntad de Dios, sin condiciones y sin resistencia alguna, hasta la muerte, como Cristo, sacrifican, es decir “hacen sagrada” toda su vida en un movimiento espiritual incesante, que en la Eucaristía tiene siempre su origen y su impulso.

Así es como la vida entera del cristiano viene a hacerse sacrificio eucarístico continuo, glorificador de Dios y redentor de los hombres, como lo quería el Apóstol: «os ruego, hermanos, que os ofrezcáis vosotros mismos como víctima viva, santa, grata a Dios: éste es el culto espiritual que debéis ofrecer» (Rm 12,1).

“Es necesario que cuando celebramos este sacrificio eucarístico, nos inmolemos nosotros mismos a Dios en contrición de corazón...”

San Gregorio Magno (Dialog. 4, 61, 1).

 

Hermana Clare

Hermana Clare

¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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