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EL DON DE LAS INDULGENCIAS

«Jesús crucificado es la gran "indulgencia" que el Padre ha ofrecido a la humanidad»

La celebración de un año jubilar es para todos los fieles un impulso para renovar su fe y reavivar el deseo de seguir a Cristo de una manera radical. No se puede negar que cada instante de nuestra vida es “tiempo de gracia”. Sabemos que la vida es un don que hemos recibido gratuitamente.  Además, por el bautismo, somos hijos de Dios y participamos en su vida sobrenatural. Nunca debería dejar de asombrarnos el hecho de que somos templos de Dios.  La inhabitación de Dios en un alma en gracia es un elemento esencial en la vida de cada cristiano. Como decía San Pablo, “es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20). La presencia de Cristo en nosotros es una fuente inagotable de gracia que nos impulsa a realizar grandes cosas, cosas que superan nuestras capacidades naturales y a recorrer con gran ánimo y valentía el camino que lleva a la vida verdadera, a la vida plena, porque “la gloria de Dios es el hombre vivo” (San Ireneo).

No nos faltan los medios necesarios para poder alcanzar esta meta. En modo particular, los sacramentos son los signos visibles y eficaces por los cuales el Señor sigue actuando y derramando su gracia a los hombres por mediación de la Iglesia. Cristo quiere atraer a todos los hombres hacia sí para ofrecerles el don de la salvación, y lo hace por medio de la Iglesia. Sabemos que “la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y renovación” (Lumen Gentium, nº 15).

Otro medio que nos ofrece la Iglesia para alentar nuestra vida de fe, y que durante un año jubilar es ofrecido con particular abundancia, es el don de las indulgencias. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que “la indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1471). Es importante considerar que la doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la penitencia. El medio ordinario mediante el cual recibimos de Dios el perdón de nuestros pecados es el sacramento de la penitencia. Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que el pecado entraña una doble consecuencia, que brota de su misma naturaleza: «El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y, por ello, nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama "purgatorio". Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado»  (ib., 1472).

El perdón del pecado y la consiguiente restauración de la comunión con Dios obtenidas por el sacramento de la penitencia obtienen para los fieles la remisión de las penas eternas del pecado, pero las penas temporales permanecen. En una catequesis, el Papa Juan Pablo II explicó: «La pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, si bien está reconciliado con Dios, queda todavía marcado por estos "residuos" del pecado que no le abren totalmente a la gracia. Precisamente, en vista de la curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino, la misericordia de Dios sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de "medicina", en la medida en que el hombre se deja interpelar por su conversión profunda» (Catequesis del 29 de septiembre de 1999).

Las indulgencias brotan de la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. En este contexto, el tema de las indulgencias ha de ser comprendido desde la perspectiva de la renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor, a través del ministerio de la Iglesia. Por lo tanto, «en lugar de ser una especie de “descuento” del compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más disponible, generoso y radical» (ib.).

La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libre en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados. Se puede aplicar a uno mismo o, en virtud de la comunión de los santos, a los difuntos, a manera de sufragio. Al fiel cristiano que, por lo menos arrepentido interiormente, realiza una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede, por medio de la Iglesia, una remisión de la pena temporal del mismo valor que la que él mismo con su acción ya recibe. Por otra parte, la indulgencia plenaria requiere como condición espiritual la exclusión "de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial" (Enchiridion Indulgentiarum, norma 7). Luego hace falta rezar o realizar la obra que incorpora la indulgencia, cumpliendo tres condiciones: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa.

Reflexionando sobre todo esto, queda claro que la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad. Para terminar, consideremos las palabras de Juan Pablo II: «Jesús crucificado es la gran "indulgencia" que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial en el Espíritu Santo. Ahora bien, según la lógica de la alianza, que es el corazón de toda la economía de la salvación, no podemos recibir este don sin aceptarlo y corresponder a él. A la luz de este principio, no es difícil comprender cómo la reconciliación con Dios, si bien está fundada en su ofrecimiento gratuito y rico en misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso en el que el hombre está involucrado con su compromiso personal y la Iglesia con su tarea sacramental. […] El hombre debe "curarse" progresivamente de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él» (Catequesis del 29 de septiembre de 1999). Acerquémonos, pues, con confianza al Señor, que no sólo perdona nuestras culpas, sino que también, a través de su Iglesia, difunde sobre nuestras heridas el bálsamo curativo de sus méritos infinitos.

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