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Material didácticoLecciones de catequesis sobre los sacramentos y más temas para jóvenes o adultos.

Creo en Jesucristo II

Una breve catequesis que explica qué quiere decir la Iglesia cuando afirma en el Credo que "Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,  y nació de Santa María Virgen." Este mismo misterio abarca varios dogmas que la Iglesia ha declarado acerca de la Virgen María: Su Inmaculada Concepción, su maternidad divina y su perpetua virginidad.


“JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO, NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN”

El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos partícipes de la naturaleza divina.

La Iglesia llama “Encarnación” al misterio de la unión admirable de la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesús en la única Persona divina del Verbo. Para llevar a cabo nuestra salvación, el Hijo de Dios se ha hecho “carne” (Jn 1, 14) [de ahí la palabra En-carnación], haciéndose verdaderamente hombre. La fe en la Encarnación es signo distintivo de la fe cristiana.


CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO...

Que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo significa que la Virgen María concibió al Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35), le dijo el ángel en la Anunciación. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es “Cristo”, es decir, el ungido por el Espíritu Santo desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará “cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38).

...NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN

Dios envió a su Hijo, pero para darle un cuerpo quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27).

La Inmaculada Concepción
Dios eligió gratuitamente a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; para cumplir esta misión fue concebida inmaculada. Esto significa que, por la gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción.

El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como “llena de gracia” (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento verdaderamente libre de su fe al anuncio de su vocación, era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios y no sometida a las consecuencias del pecado original en su naturaleza humana. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX.

Además de estar libre del pecado original desde su concepción, por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida. Ella es la “llena de gracia” (Lc 1, 28), la “toda Santa”. Y cuando el ángel le anuncia que va a dar a luz al Hijo del Altísimo, ella da libremente su consentimiento. María se ofrece totalmente a la Persona y a la obra de Jesús, su Hijo, la Redención de todos los hombres, abrazando con toda su alma la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera.

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso, se puede afirmar que el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María.

La maternidad divina de María
La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). En efecto, aquél que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios Padre. Es Dios mismo.

La concepción de Jesús fue virginal ya que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el poder del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre: Jesús es consubstancial con su Padre en la divinidad y consubstancial con su Madre en su humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas, al haber en Él una sola Persona, la divina. Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1, 20), dice el ángel a José a propósito de María, su desposada.

Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque Él es el Nuevo Adán que empieza una nueva humanidad: la de los hijos de Dios por adopción en el Espíritu Santo por la fe.

La virginidad de María
La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María. María es siempre virgen en el sentido de que ella “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre” (San Agustín).

A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). Pero cuando los Evangelios hablan de «hermanos y hermanas de Jesús», se refieren a parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).

María tuvo un único Hijo, Jesús, pero en Él su maternidad espiritual se extiende a todos los hombres, que Jesús vino a salvar. ¿No es increíble? ¡María, la Madre de Dios, es también madre nuestra! Y se preocupa de nosotros con amor de madre y coopera a nuestro crecimiento espiritual, si la dejamos. Porque el amor se da en la libertad. Nadie puede obligar a otro a amarle. Y Dios y la Virgen respetan nuestra libertad. Ellos nos ofrecen su amor y nos preguntan si queremos dejarnos amar y responder con nuestro amor al suyo. ¿Qué les vas a responder tú? No tengas miedo y recurre a Ella con mucha confianza y aprende a amarla como hijo suyo que eres.

Obediente junto a Jesucristo, el nuevo Adán, la Virgen es la nueva Eva. Si Eva era la “madre de todos los vivientes” desde el punto de vista físico, María nos ha traído la vida espiritual, la vida de la gracia con su SÍ incondicional a Dios.

 

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