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Material didácticoLecciones de catequesis sobre los sacramentos y más temas para jóvenes o adultos.

La comunión espiritual

La comunión espiritual es poco conocida y poco practicada, sin embargo es un manantial especial e incomparable de gracias. Por medio de ella muchas almas llegaron a gran perfección. Una catequesis para explicar esta antigua devoción y animar a los fieles a desear ardientemente recibir al Señor en el Santísimo Sacramento.



“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20)

A propósito de la comunión espiritual, el Catecismo del Concilio de Trento, llamado Catecismo romano, porque es el compendio de la doctrina romana, se expresa así: “Hace falta que los pastores de almas enseñen que no hay sólo una manera para recibir los frutos admirables del sacramento de la Eucaristía, sino que hay dos: la comunión sacramental y la comunión espiritual”. La comunión espiritual es poco conocida y poco practicada, sin embargo es un manantial especial e incomparable de gracias. Por medio de ella muchas almas llegaron a gran perfección.

¿En qué consiste la comunión espiritual? Esta comunión no se hace exteriormente, como la comunión sacramental, sino espiritualmente, es decir interiormente y mentalmente, sin ningún acto material y corporal. Sin embargo, no basta con hacer unos simples actos de fe y de amor hacia Jesús presente en la Eucaristía, sino que hay que formular expresamente el deseo de comulgar. Y para que este deseo sea sincero, hace falta estar dispuestos a comulgar sacramentalmente, si fuera posible. Un simple deseo, si es verdadero y profundo, por muy breve y rápido que sea, basta para constituir una comunión espiritual. Evidentemente, cuanto más sea prolongado ese deseo, más fruto dará la comunión.



Con un simple impulso del corazón hacia Jesús en la Eucaristía se hace la comunión espiritual, se participa de las gracias de la comunión espiritual, porque nuestro Señor está en la Eucaristía para nosotros. Su deseo de entrar en nosotros, de ser todo nuestro, de poseernos, de vivir en nosotros, es vivísimo y Él no pide otra cosa que poder satisfacerle. “Yo ardo en deseos de darme a ti”, le decía Jesús a la Ven. Juana María de la Cruz, “y cuanto más me doy, tanto más deseo darme de nuevo. Después de cada una de tus comuniones, yo soy como el peregrino devorado por la sed, al que se le da una gota de agua y después tiene más sed que antes. Así yo deseo continuamente darme a ti”. Y Jesús dirige estas mismas palabras a cada uno de nosotros.

Jesús querría venir cada día a nuestro corazón con la comunión espiritual, pero no le basta todavía: querría unirse a nosotros continuamente. Este deseo divino se cumple con la comunión espiritual. “Cada vez que tú me deseas”, le decía Jesús a Santa Matilde, “tú me atraes dentro de ti. Un deseo, un suspiro, basta para ponerme en tu posesión”. A Sta. Margarita María le decía: “Tu deseo de recibirme ha tocado tan dulcemente mi corazón, que si yo no hubiera instituido ya este Sacramento, lo hubiera hecho en este momento, para unirme a ti”. El Señor le encargaba a Sta. Margarita de Cortona que le recordara a un religioso las palabras de San Agustín: “Cree y habrás comido”; es decir, haz un acto de fe y de deseo hacia la Eucaristía, y tú serás alimentado por este alimento divino. A la Beata Ida de Lovaina, durante una Misa en la que ella no había podido comulgar, Jesús le decía: “¡Llámame y yo vendré a ti!”, - “¡Venid, o Jesús!”, exclamó entonces la santa, y se sintió llenar de felicidad como si realmente hubiera comulgado. Finalmente, después de una comunión espiritual de la que gozaba todas las delicias, Santa Catalina de Siena oyó que Jesús le decía: “En cualquier lugar, de cualquier manera que me guste, yo puedo, quiero y sé satisfacer maravillosamente los santos ardores de un alma que me desee”.

Este deseo de Jesús de unirse a nosotros es infinito y omnipotente: no conoce otro obstáculo que nuestra libertad. Jesús ha multiplicado los milagros para venir a encerrarse en la hostia, para poder darse a nosotros. ¿Qué le cuesta hacer un milagro más y darse directamente a nosotros sin la mediación del Sacramento? ¿no es acaso el dueño de si mismo, de todas sus gracias, de su divinidad? Y si, llamado por unas pocas palabras, baja del Cielo a la hostia, entre las manos del sacerdote, ¿no bajará directamente a nuestro corazón, si es llamado por el ardor de nuestros deseos?

¿Cómo se podrán entonces expresar los frutos innumerables que la comunión espiritual produce en nosotros? Todo se podría resumir diciendo que es una comunión, es decir, una participación en la Eucaristía y en las gracias de la comunión sacramental, aunque de manera distinta y en grado inferior.

El primer efecto de la comunión espiritual es entonces el de acrecentar nuestra unión con la humanidad y con la divinidad del Verbo encarnado. Este es su efecto principal, su fruto esencial: todas las demás gracias que se reciben, derivan de esta. Helas aquí resumidas:

El fervor es reavivado. La “comunión espiritual”, decía el Santo Cura de Ars, “hace sobre el alma el efecto  de un golpe de soplillo sobre el fuego cubierto de ceniza y próximo a apagarse. Cuando sentimos que el amor de Dios se enfría, ¡corramos pronto a la comunión espiritual!”. En medio de las pruebas de nuestra peregrinación  aquí abajo, continuamente nos invade la tristeza, y nuestro corazón se llena de densas tinieblas. La comunión espiritual disipa la bruma, como el sol de la mañana; ella devuelve la alegría al corazón y da al alma la paz.

Ella conserva también el recogimiento: es el medio más eficaz para predisponerse contra la disipación, la ligereza y todas las divagaciones de la mente y de la fantasía. Nos acostumbra a tener nuestra mirada fija en Jesús, a conservar con Él una dulce y constante intimidad, a vivir con Él en una continua unión de corazones.

Ella nos desapega de todo lo que es puramente sensible y terrenal; nos hace despreciar las vanidades que pasan, los placeres del mundo que duran poco. “Ella es el pan del corazón, dice S. Agustín, ella es la curación del corazón”. Ella separa nuestro corazón de todo lo que es impuro e imperfecto; lo transforma y lo une estrechamente al corazón de Jesús.

Ella hace que nuestras relaciones con Jesús sean más tiernas y familiares. Ella nos da para Él una devoción más ardiente y más profunda, nos hace gustar la suavidad y dulzura de su presencia. “Cuando me santiguo, escribe Santa  Ángela de Foligno, llevando la mano al corazón y diciendo: En el nombre del Padre, y del Hijo…, experimento un vivo amor y una gran dulzura, porque siento que Jesús está allí”. La comunión espiritual pone allí a Jesús, en el interior de nuestro corazón, en una morada permanente y encantadora.

La comunión espiritual tiene también una eficacia maravillosa para borrar los pecados veniales y para perdonar las penas debidas al pecado. La comunión espiritual dará en el cielo a las almas que la habrán hecho bien, una gloria sorprendente, y éstas gustarán de unas alegrías especiales, más dulces y deliciosas, que otros no conocerán. Nuestro Señor le decía a Santa Gertrudis, que cada vez que uno miraba con devoción a la Hostia Santa, aumentaría su felicidad eterna y se prepararía para el cielo tantas delicias distintas a medida que multiplicaba aquí abajo las miradas de amor y de deseo hacia la Eucaristía.

La comunión espiritual, aumentando cada día nuestros deseos de recibir a Jesús, nos empuja a la comunión sacramental, nos impide dejarla por culpa nuestra, la hace ser más frecuente, nos dispone a recibirla mejor y a sacar más frutos de ella. La comunión espiritual es, según todos los Santos, la mejor preparación a la comunión sacramental.

Añadid además que la comunión espiritual se puede ofrecer según la intención del prójimo, sea a favor de los vivos, sea a favor de los difuntos. La beata Margarita María de Alacoque recomendaba la comunión espiritual en sufragio de las almas del Purgatorio. “Vosotros aliviaréis bastante a aquellas pobres almas afligidas, decía ella, ofreciendo por ellas comuniones espirituales para reparar el mal uso que ellas han hecho de las comuniones sacramentales”.

La comunión espiritual se puede hacer siempre durante la Misa, cuando asistáis a ella sin poder comulgar sacramentalmente. S. Alfonso Mª de Ligorio aconseja hacer la comunión espiritual al principio y al final de nuestras visitas al SS. Sacramento: “¡Qué bonita manera de emplear aquel tiempo precioso! Jesús está realmente allí, a unos pocos pasos de vosotros, ardiendo en el deseo de entrar en vosotros. Arded de ese mismo deseo por Él, y Él vendrá a unirse a vosotros en una dulce intimidad”. Vosotros saldréis de las iglesias ¡inflamados de amor!”. Es una buena costumbre hacer además la comunión espiritual por la mañana nada más despertarse. “Al despertar, le decía Jesús a Santa Matilde, ¡tienes que suspirar por mi con todo el corazón! Deséame con un suspiro de amor y yo vendré a ti, obraré en ti y sufriré en ti todos tus padecimientos”. Se puede además hacer después de la oración, después de la meditación, después de la lectura espiritual, antes y después del rezo del rosario y por la noche antes de dormirse. Se puede hacer todas las veces que se quiera. Aquí no importa el tiempo, importa el ardor y la vehemencia del deseo, el hambre y la sed del alma, ¡el impulso del corazón!

Los santos son unánimes en exaltar las maravillas de la comunión espiritual. Llegan a decir, como la Ven. María de la Cruz, “que Dios, con este medio, nos colma muchas veces de las mismas gracias de la comunión sacramental”; y, con Santa Gertrudis y el P. Rodríguez, “alguna vez también de gracias más grandes”; porque, anota éste último, “aunque la comunión sacramental sea, de por sí, de una mayor eficacia, sin embargo el fervor del deseo puede compensar la diferencia”.

Sin embargo no hay que poner al mismo nivel la comunión espiritual y la comunión sacramental, ni mucho menos privarse de esta con el pretexto de que se suple con aquella. Nuestro Señor mostraba a la piadosa Paola Maresca una píxide dorada que contenía sus comuniones sacramentales y una píxide de plata que contenía sus comuniones espirituales, indicándola así el valor de las unas y de las otras.

 


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