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Material didácticoLecciones de catequesis sobre los sacramentos y más temas para jóvenes o adultos.

La vida de gracia

Muchas veces los cristianos saben que la gracia santificante es necesaria para la salvación, pero nunca se paran a pensar en qué es la gracia, ni cómo les ayuda en su lucha diaria para santificarse, ni si es algo que se puede acrecentar. Pues esta catequesis nos explica en un lenguaje muy cercano y asequible qué es la gracia, cuál es su función y cómo debemos cuidar esta vida sobrenatural que Dios ha depositado en nuestras almas en el bautismo.



Empezamos con la segunda parte de nuestro temario, los Sacramentos; pero para poder entender lo que son y su importancia, primero tenemos que hablar sobre “la gracia”, porque siendo los sacramentos signos sensibles que producen la gracia, si no entendemos ésta ¿cómo vamos a entender aquellos? ¿No te parece? (Es como si explicas que un grifo es un cacharro por donde sale el agua... si no sabes lo que es el agua y para qué vale, no entiendes el grifo ni su utilidad.)

Yo cada día estoy más impresionada de hasta qué punto los cristianos ni sabemos lo que es la gracia, ni valoramos el vivir en gracia... ¡ni idea sobre la gracia! Por eso en este tema, de lo que se trata es de comprender y valorar qué es la gracia, primero nosotros mismos, y luego hacérselo comprender y valorar a los chicos.

 


¿Qué es la gracia?

Si buscas la palabra en el diccionario te encuentras una buena parrafada de significados, que tienen todos en común el que siempre es algo positivo, agradable, bueno... Y al final dice: “en la religión cristiana, don de Dios a los hombres que se obtiene por el bautismo, se pierde por el pecado, y que los hace hijos Suyos”... ¡Cuánto sabe el diccionario ¿eh?!

¡Sí Señor! La gracia, en cristiano, es un regalo, un don que Dios nos hace, por el cual nos convierte en hijos suyos y nos hace herederos del Cielo.

¿Te sabes la historia de Pinocho? Un muñeco de madera animado, pero muñeco, una “creación” de Gepetto, que llegó a convertirse en un niño de verdad, de la misma naturaleza que él que le hizo, y por tanto capaz de ser amado y adoptado como un verdadero hijo y compartir su vida... Ese muñeco no evolucionó, ni mejoró su naturaleza, sino que se le concedió el regalo de una transformación total, se le dió una naturaleza superior a la suya... ¿lo entiendes?

Los seres humanos somos una creación de Dios, superior a los otros seres creados, pero con una vida puramente natural... Dios quiso regalarnos una naturaleza superior a la nuestra... la Suya... de manera que tuviésemos vida sobrenatural (por encima de la natural).

Esta gracia se la dio a nuestros primeros padres, que como ya vimos la perdieron por el pecado Original. Desde entonces todos los seres humanos nacemos con la vida natural, pero sin la sobrenatural que es la que nos hace semejantes a Dios, de su misma naturaleza, y capaces de vivir en el Cielo...

¡A ver si me explico! Todos tenemos una vida natural, que empieza en el momento en que somos concebidos y que acaba en el momento de la muerte. Dios quiso darnos “la gracia” que produce en nosotros la vida sobrenatural, como si nos pusiesen una transfusión de sangre de Dios, y empezásemos a ser como Él, sus hijos, y por tanto a tener la capacidad de compartir su vida, de vivir con Él en su casa, el Cielo... manteniendo una verdadera relación de hijos con su padre, de amor, de intimidad... Esto fue lo que perdimos por el pecado Original. ¿Me sigues? Espero que sí... Así que nacemos vivos naturalmente pero muertos sobrenaturalmente.

La forma por la que ahora obtenemos “la gracia” es por el Bautismo. Al recibirlo, se nos borra el pecado, nos convertimos en hijos de Dios (porque participamos de su naturaleza) y tenemos características necesarias para vivir en el Cielo (igual que para vivir sobre la tierra tienes unas características distintas que para vivir en el agua... para vivir en el Cielo, necesitas la gracia).

Pero esta VIDA SOBRENATURAL no es una cosa estática que nos “instalan” en el alma, sino que es, eso, una vida, que recibimos en semilla, y nosotros por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras tenemos que disponernos para que esta vida divina crezca y se desarrolle en nosotros; de manera que cuando lleguemos al Cielo, aunque todos seremos totalmente felices, no todos seremos igualmente felices... Para explicarlo puso Sta. Teresita esta comparación: Si tienes un dedal, un vaso y una bañera, y los llenas hasta arriba de agua a los tres, de manera que si echases una gota más en cualquiera de ellos lo desbordarías, puedes afirmar que los tres están totalmente llenos... pero no puedes decir que están igual de llenos, porque es evidente que la bañera tiene mucha más agua que el dedalillo... Así ocurre con los habitantes del Cielo, según cada uno haya cuidado su vida sobrenatural, usando bien de los sacramentos, con una vida de oración u de buenas obras según el Evangelio... así será la capacidad de felicidad que tenga en la eternidad.

Cualquier acción buena que haga una persona en gracia, por sencilla que sea la acción, tiene un valor “celestial”. Todo lo que ofrezca a Dios, hasta las más pequeñas cosas de cada día, le supondrán limpieza y crecimiento para su alma, acumulación de “tesoros para el Cielo” y será luz para otras almas. Mientras que por muy grandes, buenas, heroicas e impresionantes acciones que haga una persona que no está en gracia, no tendrá nunca más que un valor puramente natural... que acaba con la muerte.

Así que mira si es importante vivir en gracia o no, y cultivar y acrecentar en mí la gracia o no.

Cuando llegue el momento de mi muerte se me va a acabar mi vida natural, y entonces ya sólo me quedará aquella para la que estaba hecho, la sobrenatural... si la tengo viva, si hay en mí vida divina, viviré eternamente feliz en el Cielo... si la tengo muerta, si mi vida sobrenatural está muerta, entonces iré a morir eternamente en el infierno ¿entiendes?

Durante esta vida, nuestra mayor preocupación tendría que ser conseguir esta gracia, conservarla y aumentarla... ¿no te parece?... Hay que ver como luchamos por la vida natural, cómo la defendemos, cómo tememos perderla, cómo procuramos que sea lo mejor posible... con la mayor salud posible... con la mayor belleza posible... con la mayor comodidad posible... “calidad de vida” que le llaman... y eso que sabemos (y ahora nos lo acaba de recordar la Madre Iglesia cuando el miércoles de ceniza nos decía: “recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”) que ¡vamos de paso, chaval!...

Todas la cosa de esta vida hay que cuidarlas, sí, pero siempre en función y al servicio de la otra vida, que es la verdadera, la definitiva... o sea, mira te lo repito: la ver-da-de-ra y de-fi-ni-ti-va.

Un cristiano, consciente de esto... es IMPOSIBLE que ande preocupado “por las cosas de este mundo” y descuide lo único importante...

“Hijo mío, mil veces prefiero tenerte muerto en mis brazos que verte cometer un solo pecado mortal” – le dijo Blanca Navarra a su hijo que sería S. Luis, Rey de Francia. Y “Antes morir que pecar” fue el lema de vida que hizo Domigo Savio, un santo de 15 años. Y ahí tienes una niña, María Goretti, dejando que la maten antes de pecar... Mártir de la castidad. Y un Tomás Moro, ministro de Inglaterra, que estando en la cárcel y condenado a muerte por ser fiel a su fe, al proponerle su mujer que se volviese atrás, él la dijo: ¿Y cuanto tiempo podría yo vivir? ¿20 años?... y ¿voy a cambiar 20 años por la eternidad? ¿Tenemos los cristianos hoy en día estos criterios?

Esta vida, que en el Bautismo se nos regala... como es eso, una vida, podemos cuidarla y alimentarla de forma que vaya creciendo y desarrollándose... o podemos descuidarla, enfermarla, herirla, y hasta matarla.

¿Cómo la matamos? Pues muy facilito... con el pecado mortal. Comete usted un solo pecado mortal e inmediatamente habrá liquidado su vida sobrenatural y todos los méritos que hubiese usted adquirido durante todo el tiempo que vivió en estado de gracia.

Cometer un pecado mortal es, ante todo, una ofensa grave a Dios... pero también es un suicidio...

“Oye, joven, ¿por qué no vas a comulgar?... Oh, yo no puedo, hermana, es que estoy en pecado mortal... ¿!!?... Y te lo dicen tan panchos... ¿Te traduzco esta conversación para que veas lo que están escuchando los oídos de los habitantes en el Cielo (el Señor, Nuestra Madre, ángeles y santos), los del infierno (demonios y condenados), y los del purgatorio?... ¡Escucha! “Oye, joven bautizado, hijo de Dios, llamado a ir al Cielo... ¿por qué no te acercas a recibir en tu alma a tu Señor... al que te ama, al que murió por ti... para que te llene de su luz, de su vida, de su amor, agrande tu corazón, lo limpie y purifique, te fortalezca, te consuele, te alegre... ¿por qué no te acercas a comer la carne de aquel que dijo: “El que come mi carne... tiene vida eterna”?... Oh, yo no puedo, hermana, porque estoy muerto ¿sabes?, estoy podridito, y claro, así no puedo meter al Señor en mi alma, no puedo hacerle entrar en un “condenado en potencia”,... y aquí me tienes tan pancho...” ¿Te das cuenta?

Por el pecado venial no mato... pero hiero mi vida sobrenatural... Es como si en lugar de pegarme una puñalada en el pecho, o abrirme la cabeza a golpes, pues me dedico a hacerme pequeños cortes, a darme bofetadas, a exponerme a fríos terribles, a tirarme a posta por terraplenes, a arrancarme pelos a tirones, a sacarme los dientes a puñetazos, a hacerme quemaduras, a darme unos buenos latigazos,... Claro que no me mato, así a lo suicidiadirecto... pero me meto unas palizas... me dejo en un estado... ¡Claro! Pero como el alma no se ve... Seguro  que normalmente ni se me ocurre salir de casa con los pelos sin peinar y la ropa desconjuntada y sucia... Pero ¡claro! como el alma no se ve... ya puedo tener desaliñá, sucia, legañosa, mal oliente, llena de espinillas, costras, heridas... como no la veo... y además “por lo menos está viva ¿verdad?”

Vida, VIDAAA... La vida no vale sólo con no matarla ni herirla, es necesario cuidarla, alimentarla, protegerla... porque la vida crece y se desarrolla... Piensa en un bebé, ¿basta con que no le hagas daño o no lo mates? Pues no hijo, hay que darle de comer, lavarlo, arroparlo, tratarlo con cariño. No basta, no basta, no basta con no hacer daño y no buscar el mal. En la catequesis ya es un “logro” (por desgracia) el conseguir que nuestros jóvenes cristianos “entiendan y practiquen “algo tan elemental como es la importancia de vivir en gracia. Pero este tema no es sólo para esto, porque quedarse en este mínimo tan mínimo es una pena, eso no es Cristianismo. Tenemos que apuntar alto, enseñarles la Verdad... el Cristianismo es una vida y la vida es para vivirla... Quedarse con la idea de que con “tener vida” basta, sería tanto como pensar que con pasar tu vida en estado vegetativo y entubado ya vale, “Mire usted, si le operamos y con tal tratamiento... oh no gracias, doctor, si total, tiene vida”.... ¿?

Háblales a tus chicos de santidad... de lo que es VIVIR la VIDA... Ponles el ejemplo de un campesino que siembra su tierra... desde luego no va a ser él que haga crecer la semilla, pero como no cuide la tierra, riegue, abone... le saldrá una cosecha chuchurría del todo... y no creo que diga: ¡va, total de que salga una planta...!

A lo mejor te ayuda el leerte en el Catecismo lo que habla sobre la gracia. Y luego meditarlo en tu corazón delante del Señor: Señor, ¿qué es la gracia? ¿cuido y alimento yo esta vida que me regalaste en el bautismo, o soy de los que la llevan medio muerta, medio herida, desnutrida, hecha un asco y encima me conformo?... Deja al Señor que te explique Él en tu corazón qué es todo esto... eso es lo más importante... Luego la “teoría” seguro que tú ya la sabes, y si no, Catecismo.

Ánimo, que estamos llamados a “Vivir la Vida”... a estar sanos, fuertes, alegres, saludables, guapetones... Estamos llamados a “realizarnos”... No nos acostumbremos a la muerte (en nosotros mismos, ni a verla en los demás) ni tampoco la amargura, cansancio y debilidad, que son síntomas de enfermedad.

ES NECESARIO SER SANTOS.

 


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