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Material didácticoLecciones de catequesis sobre los sacramentos y más temas para jóvenes o adultos.

La Penitencia

Sabemos que la Penitencia es el sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo. Se exponen en esta catequesis los efectos maravillosos que produce este sacramento en el penitente y los 5 pasos necesarios para hacer una buena confesión. También se explica la enseñanza de la Iglesia sobre las absoluciones colectivas.


La Penitencia es el sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.

Jesucristo instituyó el sacramento de la Penitencia después de haber resucitado cuando dijo a sus Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados, a quienes se los retengáis, les serán retenidos” (Jn 20, 22-23).

Sólo Dios puede perdonar los pecados a los hombres. Por eso, lo que Cristo hizo en aquel momento fue conferir a los Apóstoles el poder de administrar el perdón de Dios a los hombres pecadores. Solo el sacerdote, en virtud de la gracia recibida en el sacramento del Orden Sacerdotal, tiene poder para perdonar.

Este poder de perdonar los pecados que Jesús dio a sus Apóstoles es lógico que no se interrumpiera al morir ellos. Jesús no vino a la tierra para salvar nada más que un puñadito de almas selectas, no vino para salvar sólo a las personas que vivían en la tierra en vida de los apóstoles. Jesús vino a salvar a todos los hombres que quisieran salvarse hasta el fin de los tiempos.

Yo no puedo confesarme con otra persona que no sea sacerdote ni puedo confesarme “directamente con Dios”. Quien dice: “Yo me confieso directamente con Dios” y en verdad lo hace arrepentido, realiza algo bueno. Pero si piensa que con sólo eso ya se le perdona un pecado mortal, se equivoca. Es preciso además que desee recibir el sacramento de la Penitencia; para eso justamente lo instituyó Jesucristo. Y si no acepta este medio que es el que ha establecido Jesucristo, demuestra poco arrepentimiento verdadero y poco amor al Señor.

Pudiera ocurrir que alguna vez nos pareciera el sacramento de la Penitencia una carga y pensamos: “¡Ojalá no tuviera que ir a confesarme!” Pero si pensamos seriamente lo que este sacramento hace por nosotros y el amor que le debemos no pensaríamos así.


EFECTOS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

La confesión trae muchísimos bienes al alma entre los que podemos enumerar: 

   1. Infunde en el alma la gracia santificante (o la aumenta si ya se poseía) devolviendo la amistad con Dios. La penitencia infunde la gracia santificante que se había perdido con el pecado. Con ella el hombre vuelve a ser grato a Dios y de ser enemigo pasa a ser hijo adoptivo suyo. Si una persona se confiesa sólo con pecado venial, el sacramento no se recibe en vano. El alma recibe un incremento de gracia santificante.

   2. Perdona los pecados. Siempre, en toda confesión, se perdonan los pecados que el penitente pudiera haber cometido y de los que esté arrepentido.
    En todo pecado se puede distinguir:
-    La culpa: que es la mancha que queda en el alma después del pecado. Se perdona completamente en la confesión.
-    La pena: que es el castigo que se merece al haber pecado.
En el caso del pecado mortal, la pena es el infierno y esta pena se perdona con la confesión. En el pecado venial la pena es temporal y se perdona en parte según el grado de arrepentimiento y la disposición interior al confesarnos. Esa pena debemos además pagarla con oración, mortificación y obras buenas hechas en estado de gracia. Lo que no paguemos aquí lo pagaremos en el purgatorio.

   3. Restituye las virtudes y méritos. Otro efecto más del sacramento es que nos devuelve los méritos de las buenas obras que hayamos hecho si estos se hubieran perdido por el pecado mortal. El pecado mortal nos hace perder todos los méritos que teníamos “acumulados” hasta ese momento. (Como una jugada insensata en la ruleta puede hacer perder los ahorros de toda una vida.) Dios, al perdonarnos el pecado mortal, podía en perfecta justicia dejar nuestros méritos pasados perdidos para siempre. Pero en su bondad infinita, no lo hace así, sino que por medio del sacramento de la Penitencia nos devuelve los méritos que voluntariamente habíamos tirado.

   4. Confiere la gracia sacramental específica. Esta gracia específica consiste en la fortaleza que recibe el cristiano para la lucha interior a fin de evitar los pecados en lo sucesivo, especialmente de aquellos de los que se acusa. Es pues una gracia para no recaer en los pecados acusados. Es una medicina espiritual que fortalece a la vez que sana. Quien no acude a este remedio con frecuencia, no tendrá esta fortaleza y recaerá más fácilmente en el pecado. La confesión frecuente es la mejor garantía contra el pecado mortal. Por ello, sería una tontería decir: “Yo no necesito ir a confesarme porque no he cometido ningún pecado mortal.”

   5. Reconcilia con la Iglesia. El pecado, siendo esencialmente personal, daña también a la Iglesia. Por la comunión de los santos, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Quienes se acercan por ello al sacramento de la Penitencia, además de obtener el perdón de la falta, se reconcilian con la Iglesia a la que hirieron pecando.

ACTOS DEL PENITENTE

Examen de conciencia
Es un paso lógico de quien va a confesar sus pecados, averiguar previamente los que ha cometido desde la última confesión bien hecha.

La cuestión es si nuestro examen de conciencia tiene la profundidad y seriedad que debiera. Normalmente hacemos una pasada rápida y acabamos confesándonos prácticamente de los mismos que la última vez. Para hacer bien la confesión es preciso reflexionar con diligencia en qué, cómo y cuántas veces se ha ofendido a Dios por transgredir los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, así como por descuidar las obligaciones del propio estado y trabajo. Debe recordarse si se ofendió a Dios y al prójimo de pensamiento, palabra, obra u omisión y – si hay pecados mortales – también el número de ellos y las circunstancias que modifican la especie del pecado.

Dolor de los pecados
Este paso es muy importante a la hora de confesarnos y, sin embargo, normalmente lo pasamos por alto. Podemos olvidarnos de confesar un pecado y hacer una buena confesión con verdadero dolor y recibir así el perdón de todos nuestros pecados. Y, por el contrario, podemos confesar todos nuestros pecados con la máxima precisión y, sin embargo, salir del confesionario con ellos aún en el alma, si no tenemos una contrición sincera.

¿Qué es pues esa contrición tan esencial para recibir válidamente el sacramento de la Penitencia?

La contrición se define como un “un pesar de corazón y detestación del pecado cometido con el propósito de nunca más cometerlo”. Por ello, esta contrición es necesaria como condición para el perdón. No es necesario, ni siempre será posible que este dolor se manifieste con sentimientos sensibles de dolor; es un acto de la voluntad que no procede del sentimiento sino de la razón iluminada por la gracia.

Al hablar de contrición tenemos que distinguir dos clases: la perfecta y la imperfecta. La diferencia entre ellas estriba en los motivos que las producen. La contrición perfecta es el dolor de nuestros pecados que nace de un perfecto amor a Dios. Es pues el dolor de haber ofendido a Dios porque es infinitamente bueno y el pecado le desagrada. La contrición imperfecta es una clase de dolor más egoísta podríamos decir, porque es el dolor de haber ofendido a Dios por la fealdad del pecado o por el temor del infierno. Se llama también atrición.

Aunque no tiene poder de perdonar el pecado mortal fuera de la confesión, es un dolor lo suficientemente sincero para conseguirnos el perdón en el sacramento de la Penitencia. La contrición perfecta, por el contrario, justifica al pecador antes de la confesión con tal de que se tenga el deseo de hacer lo que Dios ha ordenado y, por tanto, el deseo de confesarse.

Ante esta verdad alguien podría preguntarse: “si con la contrición perfecta se perdonan los pecados ¿cuál es la razón de confesarlos?” La razón es que este tipo de contrición presupone el deseo de confesarlos; sería contradictorio un dolor perfecto de los pecados unido al rechazo del precepto divino de confesarlos al sacerdote. Además la confesión es necesaria porque nadie puede estar completamente seguro de que su contrición es absolutamente perfecta.

La contrición es el acto más importante de la Penitencia y, por eso, debemos pedirla. Es además indispensable, sin dolor no hay perdón de los pecados.

Propósito de la enmienda
Es la voluntad sincera de no volver a pecar. Este propósito va incluido en la contrición. No es un vago deseo, sino un acto decidido de la voluntad. El propósito brota espontáneamente del dolor. El propósito hay que hacerlo antes de la confesión y es necesario que perdure al recibir la absolución. Tiene que ser universal; es decir, propósito  de no volver a cometer ningún pecado grave. Y debe ser para siempre. Si no hay verdadero propósito de la enmienda la confesión es inválida y sacrílega.

El hecho de que prevea que vuelva a caer no quiere decir necesariamente que mi propósito no es sincero. Basta tener una firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver a caer. Para poder confesarse no hace falta tener seguridad plena y ciertísima de no volver a caer. Esta seguridad no la tiene nadie. Basta estar ciertos de que ahora no quieres caer. Lo mismo que al salir de casa, no sabes si tropezarás pero si sabes que no quieres tropezar.

Pero para que el propósito sea eficaz, es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de pecar, porque “quien ama el peligro perecerá en el.”

En las ocasiones de pecar hay que saber cortar cuanto antes. Si tonteas vendrá el momento en que la tentación te cegará y llegarás a cosas que después, en frío, te parecerá imposible que tú hayas podido realizar.

Si el propósito no lleva a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad apegada al pecado y, por tanto, indigna de perdón.

Quien pudiendo no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida y sacrílega.

Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar. Llega a decir que si tu mano te es ocasión de pecado, te la cortes; y si tu ojo te es ocasión de pecado, te lo arranques, pues más vale entrar en el Reino de los Cielos manco o tuerto que ser arrojado con las dos manos o los dos ojos en el fuego del infierno. (Mt 18, 8ss)

Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar es necesario rezar y orar, pedirlo mucho al Señor y a la Virgen y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.

Decir los pecados al confesor
La acusación de los pecados en la confesión es de institución divina. Al confesor hay que decirle voluntariamente, con humildad y sin engaño ni mentira, todos y cada uno de los pecados graves no acusados todavía en confesión individual bien hecha en orden a obtener la absolución.

Es indispensable manifestar los pecados con toda sinceridad y franqueza, sin intención de ocultarlos o desfigurarlos. Si confesamos con frases vagas o ambiguas, con la esperanza de que el confesor no se entere de lo que estamos diciendo, nuestra confesión puede ser inválida y hasta sacrílega. Al confesor hay que manifestarle con claridad los pecados cometidos para que juzgue el estado del alma, según el número y gravedad de los pecados confesados.

Omitir a sabiendas un pecado grave todavía no confesado hace inválida la confesión (y se comete grave sacrilegio). Todas las confesiones siguientes en que se vuelva a callar este pecado voluntariamente también son sacrilegios.

Si queda olvidado algún pecado grave, pecado olvidado, pecado perdonado. Pero si después me acuerdo, tengo que declararlo en la confesión siguiente. Pero si la confesión estuvo mal hecha, es necesario confesar de nuevo todos esos pecados graves en otra confesión bien hecha.

Los pecados veniales no es necesario decirlos todos. Además de los pecados graves hay que decirle al confesor cuantas veces se han cometido y si hay alguna circunstancia agravante que varíe la especie o malicia del pecado. Las circunstancias agravantes o atenuantes son: quien, qué, cómo, cuándo, dónde, porqué… Por eso no hay que extrañarse si el confesor pregunta sobre los pecados, porque debe conocer cuántos y en qué circunstancias se cometieron los pecados para poder perdonar.

El sigilo sacramental
El sacerdote que escucha la acusación de los pecados en la confesión se rige por la estrictísima ley del sigilo sacramental: la rigurosa obligación de guardar secreto inviolable de todo cuanto ha conocido por la confesión sacramental aún cuando de ello resultara peligro para su propia vida. Es esta una ley divina por cuya aplicación no pocos sacerdotes han sufrido martirio a lo largo de la historia. El sacerdote que violara el sigilo sacramental incurriría en severísimas penas.

Cumplir la penitencia
Es rezar o hacer lo que el confesor me diga. Se llama también satisfacción pues de algún modo quiere expresar nuestra voluntad de reparación a la Iglesia del daño que le hemos producido al pecar.

La penitencia hay que cumplirla en el plazo que diga el confesor. Si no ha fijado tiempo lo mejor es cumplirla cuanto antes para que no se nos olvide. Si la penitencia no se cumple por olvido involuntario, no hay que preocuparse, los pecados quedan perdonados. Pero si no se cumple culpablemente, aunque los pecados quedan perdonados, se comete un nuevo pecado mortal o venial, según que la penitencia fuera grave o leve. Penitencia grave es la que normalmente corresponde a pecados graves. Si no sé o no puedo cumplirla, debo decírselo al confesor para que me ponga una penitencia distinta.

Si después de la confesión no recuerdo la penitencia que me puso el confesor o no puedo cumplirla, lo digo así en la siguiente confesión.

ABSOLUCIONES COLECTIVAS

El sacramento de la Penitencia tiene su momento culminante en la absolución: el momento en que el pecador arrepentido es declarado absuelto (desatado) de sus pecados y reconciliado con Dios y con la Iglesia. La confesión individual e íntegra, con absolución individual, es el único modo ordinario con que el fiel, consciente de pecado grave, se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

La Iglesia tiene prevista una forma extraordinaria de celebración de la Penitencia: la absolución general de los pecados sin confesión individual. Su uso sólo es legítimo en casos excepcionales y bien determinados; por ejemplo: peligro próximo de muerte con imposibilidad de confesar personalmente sus pecados al sacerdote. Y en estos casos, el fiel así perdonado deberá acudir lo antes posible a confesar individualmente sus pecados.

Por tanto, sólo en estos casos puede un sacerdote dar una absolución colectiva. De hecho las condiciones requeridas para hacerlo, se dan sólo en lugares muy concretos hoy en día: en tierras de misión, en lugares con una gravísima escasez de clero… Fuera de estos casos está prohibida y, por tanto, sería inválido impartir la absolución colectiva.

A través de la lícita absolución general, el penitente obtiene el perdón de los pecados que no ha confesado personalmente sólo si:
-    tiene arrepentimiento y propósito de no pecar
-    está dispuesto a reparar los daños y escándalos causados
-    está dispuesto a hacer la confesión individual de los pecados así absueltos a su debido tiempo; es decir, en la primera confesión que haga. Mientras no se confiese individualmente no puede recibir otra absolución colectiva.

El 18 de noviembre de 1988 la Conferencia Episcopal Española publicó un documento aprobado por la Santa Sede en el que declara que hoy en España no existen circunstancias que justifiquen la absolución sacramental general. Y el Arzobispo de Oviedo dijo que las absoluciones así dadas son ilícitas e inválidas.

Aprendamos a valorar sinceramente este gran don que nos ha hecho Jesucristo al instituir el sacramento de la Penitencia. La grandeza de su amor le llevó a establecer un medio verdaderamente divino, por el cual perdonarnos los pecados. Por muchos y graves que estos sean, podemos tener la seguridad de que Dios, a través del sacerdote, los borra todos. Con la parábola del hijo pródigo, Jesús nos enseñó hasta qué extremo está dispuesto a perdonar al hombre arrepentido de su pecado.

No vivas nunca en pecado. Si tienes la desgracia de caer, ese mismo día haz un acto de contrición perfecta y luego confiésate cuanto antes. No lo dejes para después.

Acostúmbrate a confesarte con frecuencia, no sólo una vez al año. El que se confiesa a menudo no es porque tenga muchos pecados, sino para no tenerlos. El que se lava de tarde en tarde estará más sucio que el que se lava a menudo.

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