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Material didácticoLecciones de catequesis sobre los sacramentos y más temas para jóvenes o adultos.

La dirección espiritual

Esta catequesis nos propone un tema clásico en la tradición de la espiritualidad católica que es pocas veces entendido por los mismos católicos. Muchas veces nosotros no somos buenos jueces de nosotros mismos y necesitamos la ayuda de otra persona que nos dirija y vaya mostrando el camino del Señor para llegar a la santidad. Eso es el director espiritual, la persona que acompaña y ayuda a un alma a descubrir en cada momento lo que Dios espera de ella. Aquí se presenta la necesidad de la dirección espiritual, las cualidades necesarias en el director, las cualidades del dirigido y temas de dirección.



Lo primero que hay que tener en cuenta es que el verdadero y único director espiritual de las almas es el Espíritu Santo. Lo que pasa es que como nosotros no siempre sabemos distinguir la voz del Espíritu Santo de la voz del enemigo, no somos buenos jueces de nosotros mismos y necesitamos la ayuda de otra persona que nos dirija y vaya mostrando el camino del Señor, para llegar a la santidad. Eso es el director espiritual, la persona que acompaña y ayuda a un alma a descubrir en cada momento lo que Dios espera de ella.

El director espiritual debe ser una persona que conozca suficientemente las cosas de la vida espiritual y que él mismo esté en el camino de hacer la voluntad de Dios.

Se podrían decir muchísimas cosas sobre este tema, pero te señalo tres que me parecen muy importantes a tener en cuenta en la dirección espiritual:
    - sinceridad: debemos exponer las cosas con sencillez y sinceridad para que el director espiritual pueda realmente ayudarnos.
    - discreción: hay cosas que solo debo contar al director espiritual, pues si voy pidiendo consejo a todo el mundo (aunque sea gente muy buena, o sacerdotes, o religiosas), al final quedo confundido y no sé qué hacer. Es mejor consultarlo con el director y ya está. (Como a la hora de tomar ciertas decisiones importantes en la vida, o sobre cómo resolver algunos problemas personales espirituales como las dificultades en la oración, en el apostolado, etc.)
    - espíritu de obediencia: es importante también fiarse de lo que me dice el director y hacerlo. No serviría de nada hablar con él para luego no hacer lo que me dice, igual que no sirve de nada ir al médico si luego no estoy dispuesto a tomar la medicina que me manda.

 


SÍNTESIS DE ESPIRITUALIDAD CATÓLICA – LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

http://www.gratisdate.org/nuevas/sintesis/default.htm

-Necesidad de la dirección espiritual. León XIII, en una carta al cardenal Gibbons, enseñaba que «los que tratan de santificarse, por lo mismo que tratan de seguir un camino poco frecuentado, están más expuestos a extraviarse, y por eso necesitan más que los otros un doctor y guía. Y esta manera de proceder siempre se vio en la Iglesia» (cta. Testem benevolentiæ 22-I-1899: Guibert 568).

En efecto, ya en el monacato primitivo, el cristiano que buscaba la perfección lo hacía acogiéndose a la guía de un maestro espiritual, un abba, al que debía manifestarse con plena sinceridad y obedecer con suma docilidad. Los grandes maestros espirituales, como San Juan de la Cruz, comprendieron siempre la necesidad del discernimiento y de la dirección (2 Subida 22, 9-11), e hicieron de ellos un arte espiritual precioso.

La doctrina de la Iglesia sobre este punto ha sido abundante en este siglo. Pío XII, tratando de la santidad sacerdotal, decía: «Al trabajar y avanzar en la vida espiritual, no os fiéis de vosotros mismos, sino que con sencillez y docilidad, buscad y aceptad la ayuda de quien con sabia moderación puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios idóneos, y en todas las dificultades internas y externas os puede dirigir rectamente y llevaros a perfección cada vez mayor, según el ejemplo de los santos y las enseñanzas de la ascética cristiana. Sin estos prudentes directores de conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina» (exh. ap. Menti Nostræ 23-IX-1950, 27).

Esta doctrina clásica ha sido propuesta con frecuencia por el Magisterio apostólico en los últimos decenios; Vaticano II, PO 11a, 18c; OT 3a,8a,19a; S. Congr. Educación Católica, Ratio Fundamentalis institutionis sacerdotalis 6-I-1970, 44, 48, 55; Cta. circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios 6-I-1980; Código de Derecho Canónico 1983, cc. 239,2; 246,4; 630,1; 719,4; Conferencia Episcopal Española, La formación para el ministerio presbiteral, 24-IV-1986, 85,237-241.

-Cualidades del director. Por el sacramento del orden, Dios constituye a los sacerdotes para que «en persona de Cristo Cabeza» enseñen, gobiernen y santifiquen a los fieles (PO 2c). A ellos, pues, corresponde ordinariamente el ministerio de la dirección espiritual, que en ocasiones lleva anexa la confesión sacramental asidua. Sin embargo, muchas veces el Señor confiere el carisma de dirección a monjes y religiosos o religiosas no ordenados, y también a laicos, hombres o mujeres. En todo caso, el director espiritual ha de tener ciencia y experiencia de las cosas espirituales, virtud, paciencia, celo por la santificación de los fieles, buena doctrina espiritual y ciertas dotes naturales de penetración psicológica.

El director espiritual ha de ser muy humilde, y al mismo tiempo muy maduro, para saber que, como dice San Juan de la Cruz, «a cada uno lleva Dios por diferentes caminos; que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro» (Llama 3, 59). Por eso el guía espiritual debe «dar libertad a las almas» (3, 61), y no tratar de encarrilarlas en un camino férreo.

Santa Teresa del Niño Jesús, que en el Carmelo fue ayudante de la maestra de novicias, recibió de Dios muchas luces sobre este ministerio de ayuda espiritual: «Desde lejos parece fácil y de color de rosa el hacer bien a las almas», pero estando en ello «se comprueba que hacer el bien es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas, y guiar a las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro» (Manus. autobiog. X, 11).

Por otra parte, el director espiritual debe también ser humilde para conocer el momento en que conviene hacerse a un lado, dejando que la persona se confíe a otro director quizá más idóneo o que logre con ella un mejor entendimiento. No todo director vale igualmente para guiar el crecimiento espiritual de las personas en todas sus fases (Llama 3, 57).

Hay falta de guías idóneos en el camino de la santidad. Y los ineptos pueden hacer aquí daños no pequeños. Recordemos, por ejemplo, el caso de Santa Teresa (Vida 23, 6-18; 30, 1-7). Ella cuenta que durante diecisiete años, «gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados... Lo que era pecado venial decíanme que no era ninguno; lo que era gravísimo mortal, que era venial» (5, 3). «Los confesores me ayudaban poco» (6, 4). Parecerá que, al menos las verdades más fundamentales, cualquier confesor o director las sabrá; «y es engaño. A mí me acaeció tratar con uno cosas de conciencia, que había oído todo el curso de teología, y me hizo harto daño en cosas que me decía no eran nada. Y sé que no pretendía engañarme, sino que no supo más; y con otros dos o tres, sin éste, me acaeció» (Camino Perf. 5, 3). Y ella lamenta mucho aquellos años de andar extraviada: «Si hubiera quien me sacara a volar...; mas hay -por nuestros pecados- tan pocos [directores idóneos], que creo es harta causa para que los que comienzan no vayan más presto a gran perfección» (Vida 13, 6; +San Juan de la Cruz, Subida prólogo 3; 2 Subida 18, 5; Llama 3, 29-31).

-Cualidades del dirigido. La dirección espiritual es útil cuando el cristiano que se ayuda con ella reúne estas condiciones: si tiende realmente a la perfección; si comprende, en fe y humildad, la necesidad de esa dirección; si procura manifestar su alma con sinceridad, sin perderse en palabrerías y temas inútiles; si muestra docilidad intelectual y espíritu de obediencia. Cuanto tales disposiciones faltan en el cristiano, no suele ser conveniente iniciar o continuar la dirección, a no ser que los encuentros se dediquen a suscitar esas condiciones.

La sinceridad y la obediencia son fundamentales en la dirección espiritual, «porque si no hay esto, dice Santa Teresa, no aseguro que vais bien ni que es Dios el que os enseña» (6 Moradas 9, 12). «Jamás haga nada ni le pase por el pensamiento, sin parecer de confesor letrado y avisado y siervo de Dios, pues El nos tiene dicho que tengamos al confesor en Su lugar» (3, 11). Esa es la norma que ella misma siguió en su vida impetuosa, ajetreada y fecundísima (Vida 26, 3; Fundaciones 27, 15); y la siguió hasta el extremo: «Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le obedeciese; después Su Majestad le volvía para que me lo tornase a mandar» (Vida 26, 5).

-Temas de dirección. Son éstos tantos, que apenas admiten clasificación alguna. El director ha de tocarlos con oportuna gradualidad, mirando las necesidades y posibilidades concretas de la persona que se le confía. He aquí, en todo caso, algunos temas fundamentales: Catequesis individualizada, formar pensamiento y conciencia, orientar lecturas, resolver dudas. Introducir en la liturgia, ayudar a vivir eucaristía, Horas, penitencia, tiempos litúrgicos. Enseñar a amar a Dios, a orar, a vivir en su presencia, a cumplir en todo su voluntad. Enseñar a amar al prójimo en trabajo, perdón, servicialidad, amistad, apostolado, limosna, educación. Localizar los malos apegos de sentido, pensamiento, memoria, voluntad, y orientar bien la lucha ascética que ha de vencerlos con la oración y el ejercicio de todas las virtudes. Ayudar al discernimiento de la vocación personal o de otras cuestiones importantes y a veces dudosas. Y siempre estimular con fuerza hacia la santidad perfecta, superando crisis, desalientos y cansancios.

Hay que pedir a Dios y hay que procurar la gracia grande de un buen director espiritual. Aunque mejor no tenerlo, que tenerlo malo, pues «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mt 15, 14). Sin embargo, también es cierto que «Dios es tan amigo de que el gobierno del hombre sea por otro hombre» (2 Subida 22, 9), que aunque el director no sea del todo idóneo, si es humilde y bueno, con tal de que ayude a escapar de la voluntad propia, puede dar una dirección espiritual benéfica, santificante, ciertamente grata a Dios.

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